EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 20 de marzo de 2017

ROBERTO APPRATTO



En realidad, le presto atención a todo lo mencionado: las imágenes internas, vinculados con los sueños y las lecturas, más la noción de realidad y de paisaje, tanto exterior como interior, aportan elementos que decanto en el momento de la escritura, sobre todo por la consideración del sonido. Es un lugar común hablar del sonido en la poesía,  pero debo recurrir  a él como explicación de la construcción del poema, así como de su fracaso. Uno escucha lo que escuchó antes, pero trasplantándolo al espacio de la página, y si le erra en el sonido de los cortes, en la prolongación o la restricción de las imágenes que van surgiendo como respuesta, pierde lo que escuchó y su versión de lo que escuchó. No investigo sobre un tema: trato de ser fiel al momento de la concepción de la imagen inicial, la que determinó la necesidad de la escritura; o sea, me investigo a mí mismo o a mi capacidad de retener sonidos significantes a partir de un estímulo cualquiera.
Por supuesto que veo películas, tanto como leo libros o escucho música. El proceso creativo se nutre de la relación entre distintas textualidades: agregaría el modo de lectura de un poema ajeno como otra fuente de inspiración; cómo se acentúan las palabras, cómo se respira, qué tipo de pausas determinan el surgimiento de una nueva línea de acción.

He pensado a menudo en lo que pasa con el cuerpo, pero no más que eso. No es que lo descarte: no es lo mío. Mi poesía solo intelectualmente pasa por el cuerpo. Sí he especulado muchas veces con el silencio y con la postura corporal en el momento de escribir, así como con la respiración durante el proceso. Hay muchos escritores: Kafka, por ejemplo, o Proust, Sarduy o Joyce, que introducen el cuerpo en el referente de su escritura de manera notable, pero no tengo ningún fragmento a mano para compartir. En otros casos el cuerpo se utiliza de manera agónica, como emblema del sufrimiento o exhibición sexual, y eso no me interesa. 



Poemas



1

en ese punto donde estaba el éxtasis está el cuerpo que veo
en movimiento hacia otros lados en presente.
las pequeñas historias que narra son situaciones en que hacía
lo que no puedo ver:  conversaciones, encuentros, viajes
que parece que hubieran durado más. entre una y otra cosa,
entre el pensamiento y las palabras, está el espacio del éxtasis
que se proyecta hasta un momento antes y cae ligeramente al suelo
sin hacer ruido. esa sabiduría que a veces le veo, cuando mira para otro lado,
está en el cuerpo, que era otro, pero no tanto. en la voz,  donde se palpan
las curvas del sentimiento al entrar y al salir de lugares invisibles
y aquí está, sin decir nada. ese misterio, igual, se ve:
el amor a lo que no se sabe limpia el espacio,
pasa la mano por la historia como si se pudiera. el éxtasis
no levanta la voz pero le suena en el cuerpo.



 2

Estábamos sentados en un jardín, a altas horas de la noche.
Estábamos pensando en el futuro, pero hablábamos de otra cosa.
Los árboles no se veían.
Sí se escuchaba el ruido de las olas, los grillos, el viento
que agitaba las ramas a unos metros.
En el futuro había otras imágenes que seguíamos mirando.
Lo que decíamos quedaba suspendido en el aire y caía
entre los gritos de un asado, quién sabe dónde.
Esas imágenes eran reproducciones de un deseo
que ya conocíamos. Escenas entrecortadas, sin sonido,
que pasaban por el paisaje de tanto en tanto
como una respiración de la charla.
Tomábamos la calma de la noche como una ocasión,
un corte en el espacio para que se metieran las ideas
a su debido tiempo. Estar en el jardín era el éxtasis
que nos hacía más sabios, como si hubiéramos llegado al punto
del agotamiento del mundo, en silencio y sin mirarnos
salvo para confirmar la revisión de nuestras vidas
a la luz de la noche. Como si fuéramos poetas
que trabajan sobre la nada, y cada sonido fuera una palabra
para designar otra cosa hundida en el fondo de la historia,
que en última instancia  era un espacio,
el que teníamos después de todo. Cuando nos callamos
algo seguía hablando: no del fresco de la noche
ni del canto de un pájaro, ni de cómo iba a estar al otro día,
sino de eso que empezaba o terminaba ahí sin que pudiéramos nombrarlo. 



3

Qué significa amar  a esa mujer que está en las fotos.
Cientos de fotos en distintas posturas, gestos, actitudes,
colores, en un sillón, de espaldas en el agua, con otra ropa,
casi a oscuras, con calor, mirando. Distintos momentos
en que yo no estaba, ella sí. Amar eso es sentir nostalgia
de lo que no se tuvo, ganas de haber  estado, al menos,
cerca o en la misma estación. No se puede. Sin embargo
voy igual,  a ver qué esconde
la identidad móvil de esas fotos, que se pierde sin saber
quién es, pero está, firme, aunque no se pueda tocar:
un aire, un modo, una respiración, una cualidad que no se dice
pero aguanta la mirada. Pierdo el aire cuando llego al punto
que se disuelve en los tiempos que esas imágenes casuales
dejan a la vista, como si nada.  Es  la continuidad de eso
que está sin estar, lo que se mueve entre una foto y otra.
No es lo que se ve: es la naturaleza entera
que respira en el medio, el cuerpo suelto, el brillo
de los ojos donde  yo no estaba.  Es la coincidencia,
en ese cuerpo, de varios modos de captar su historia
de un solo golpe, sin pensamiento  que retenga
más allá del presente donde vibra.  Eso
es lo que no tengo por más que me quede
en silencio y me pregunte hasta dónde,
mientras miro.

 
                                       
4

Tengo para escribir cuatro poemas
Todos al mismo tiempo, material
Hay de sobra, puedo escribir más si quiero
Pero alcanzaría con cuatro: tomo aire
Y meto unas palabras en el primero,
Paro con ése y sigo así hasta el cuarto
Hasta que llego a una cantidad suficiente
De palabras en cada uno y termino,
No sé cómo pero termino más o menos a tiempo
Para dar una vuelta y decirme: tengo cuatro poemas,
Todos en un rato, y así día a día  llego
A ciento veinte poemas por mes y a mil
Cuatrocientos cuarenta por año, lo cual
Está bien. Novelas
Serían un poco menos.


Roberto Appratto

Nací en Montevideo en 1950. Me recibí de Profesor de Literatura y di clases, en Educación Secundaria y Terciaria, tanto de literatura como de guion cinematográfico, muchos años. Publiqué varios libros de poesía y de narrativa y ejercí la crítica literaria y cinematográfica, tanto en Uruguay como en el exterior. Sigo escribiendo poesía y narrativa, tanto ficcional como ensayística. 

miércoles, 15 de marzo de 2017

LETICIA HERNANDO



La escritura surge cuando, lo que sea, toca el cuerpo y mueve algo adentro (es un proceso antes físico que intelectual). Hay como una vacilación del ser frente a ese estímulo, un desmoronarse de este cotidiano estar adormecido que, en mi caso, pide ser puesto en palabras, es un imperativo. Macedonio decía que “la metáfora era una prueba de haber vivido”. En este darle forma hay un trabajo intelectual y artesanal a la vez, un saber ciego que se demora en lo opaco de su materia (sea un canto, una idea, una imagen, una disposición en el espacio). El lenguaje es como un nexo entre estas dos opacidades.
Dura un instante y su resolución no tiene fin. Hay poemarios que he tardado casi diez años en darle forma, y poemas que han salido redondos de entrada. Valery decía que un poema no se termina, se abandona…

En esta búsqueda de darle forma puede surgir la investigación de un tema y el diálogo con todo lo que el azar traiga, sea libro, teatro, etc. Cada libro tiene un proceso de escritura y una forma propia. 
Me gustaría aclarar que nunca confundo esta vivencia que hace metáfora con una banal catarsis (en sentido moderno), no es nunca “expresión de un yo”, el "yo" no importa; como tampoco la experiencia que produciría esta “vacilación del ser”, necesariamente con una forma de la tragedia, puede ser perfectamente causada por algo gozoso o feliz.

Cuando pasé a esta pregunta me encontré que su respuesta ya estaba contenida en la anterior. La separación cuerpo/mente es absolutamente ficticia: la mente es un proceso físico, un hecho fisiológico y el cuerpo tiene memoria y saberes que uno desconoce.
Revisando lo escrito me doy cuenta que no dije nada de la voz, de levantar el cuerpo del poema con la voz, ni del placer de probar la sonoridad de las frases, de intercambiar las palabras y rodarlas en la boca.

Me parece que quien más lo expresa nítidamente es Clarece Lispector, aquí un fragmento de su Agua viva, tomado por decisión al azar, porque toda su obra vale de ejemplo:

“No sé sobre qué estoy escribiendo; soy oscura para mí misma. Sólo tuve inicialmente una visión lunar y lúcida, y entonces capturé para mí el instante antes de que muriese, y que perpetuamente muere. No es un mensaje de ideas lo que trasmito y sí una instintiva voluptuosidad de lo que está escondido en la naturaleza y que adivino. Y ésta es una fiesta de palabras. Escribo con signos que son más gesto que voz. Todo esto es lo que me he acostumbrado a pintar revolviendo en la naturaleza íntima de las cosas. Pero ahora ha llegado la hora de parar la pintura para recuperarme, me recupero en estas líneas. Tengo una voz. Del mismo modo como me lanzo en el trazo de mi dibujo, éste es un ejercicio de vida sin planeamiento. El mundo no tiene orden visible y yo sólo tengo el orden de la respiración. Me dejo suceder.”

Poemas

De El viaje, (inédito)


να εύχεσαι νάναι μακρύς ο δρόμος
Desea que el camino sea largo
Constantinos Kavafis


Silencio sobre distancia
ese era el hogar guardado en la memoria
más un crepitar bárbaro de sílabas.

¡Ay de esos viajes que se emprenden a los mismos lugares
pensando que son los mismos lugares!

Partimos
como preparados desde siempre
caballito de Troya, el corazón.

***

                                             
Acá los dioses están llenos de cosas

I

Aunque los caminos se bifurquen 
y no dejen de subir hasta donde escasea el aire,
acá, donde todo es distancia y altura,
las montañas están llenas de colores y de dioses,
y los dioses, llenos de cosas.

Habitan en túmulos de piedras,
en las vueltas de los caminos
mecidos por el viento
allí donde los arrojan, se los encuentra
y hay un nudo de cintas de colores como seña.

II

Son colorados y tienen cuernos
(así lo enseñó el conquistador)
pero también verdes, azules, amarillos.

A veces son introducidos a fuerza de pico y taladro 
en el interior de una montaña
(así se introdujeron en el corazón de los hombres)
y anidan un rincón de roca sin más luz que un pabilo.

Criaturas inconstantes y caprichosas
además de cuernos (como enseñó el conquistador),
tienen botellas de agua ardiente,
tabaco, serpentinas, hojas de coca
y un falo enorme y desproporcionado.
Los llenan de cosas por torcer su voluntad.
Porque los dioses (y eso no lo supo ningún conquistador)
no son ni buenos, ni malos
volubles a las circunstancias
así como vigilan (a pedido del conquistador)
pueden mirar para un costado.

La tierra, en cambio, es un vientre moreno
anterior a dioses, que todo lo contiene.
Hojita de chala, capa de cebolla, la tierra,
todo lo oculta, todo lo da.
Pero hay que saber buscar:
esconde sus frutos como las mujeres su tesoro 
falda sobre falda. 


III

Llegamos con la lengua del conquistador cosida a los labios.
«Gringas», nos dicen, cuando cierran las ventanas
o abren sólo para nosotras el almacén
y comprendo:
no sabemos pronunciar el verdadero nombre de los dioses
ni torcer su voluntad.

***


De El abismo que nos mira (inédito)



–Yo quise entrar en un libro
y ser todas las vidas posibles –dije
como si aún fuéramos partícipes
de un mismo secreto.

–Luego quise estallar 
el orden de las páginas 
y entrar al mundo.

–Entonces me volví feral 
y coleccioné palabras 
sin sentido –agregué 
en voz aún más baja
pero en otros términos,
por miedo a que entendieras.

(Vos reías como el recuerdo: los juegos
eran juegos.)

Guardados en la memoria
las tapias que saltamos,
los misterios del alfabeto:
pozos que nos llevarían al otro lado.

Somos los que se encuentran después de veinte años,
la infancia en la mirada.


De Mar de fondo (inédito)



Escribo
con la lenta pasión de las palabras
mi sitio frente al mar.

Me mece una lengua
que no es tuya 
ni mía
para decir los límites del aire,
enumerar los granitos de arena,
mi parte de este mar.

Corrijo:
en cada corte de verso
crece el rumor del sin sentido.
Me asusto
y pido una corriente que me arrebate,
un miedo tremendo lleno de graznidos y alas,
las carcajadas de la sal.


De Todo lo que calla el que canta, 2015


Leyenda del fuego

[fragmento]

Era un país de fuego y sin sentido. Allí, donde crecen las flores blancas del espanto, se criaban niños como amuletos contra el dolor, o armas para la venganza, pequeñas granadas de piernas veloces, trofeos de mordaza y silencio.
Donde apenas los brotes de alegría, allí, se danzaba alrededor del silencio como otro fuego. La niña decía: “El cielo en los pies, el techo curvando la espalda”, y abría la boca como para la risa.
Así se quedó, quietita, hasta oscurecerse como el carbón.
Cuando ya no se pudieron inventar más fiestas, a hurtadillas de la noche, se escribieron palabras secretas en papeles que se escondían entre las ropas. Y se dieron vueltas alrededor de la casa sin poder entrar, porque a veces hay autos parados en ciertas esquinas que son oscuros –oscuros como el fuego en los pozos de la casa (arden como el miedo)–, llamas lejos, atrás en la memoria.
Mis padres me enseñaron que si alguna materia permanece al ser tocada por el fuego, no es su esencia, no es su forma perfecta e indestructible, sino una mutación: variaciones químicas que pueden guardar complejas relaciones con su forma anterior, pero que a veces olvidan.
—Miente el que encuentra pureza en el fuego —me dijeron—, no limpia nada: de un cuerpo quemado lo que queda es carbón.
(Y me llevaron lejos, mundos adentro.)

[…]

De Loba de sueño rosa, 2010


Niña candida
pequeña erótica iletrada llena de palabras
llamas, siempre nostalgia, 
a los brazos de mi casa.

Porque son las quimeras de la madrugada,
pequeña perversa cándida,
calla. Calla.

Que me engarza a la vida un tímpano en la garganta,
que el vértigo soy yo, 
soy carcajada,
soy el azar bailando en una pata.

Leticia Hernando

Nací en Buenos Aires en 1976. Escribo desde que aprendí a leer, ambas actividades vinieron de la mano y escribir me llevó a armar libritos manuscritos. No tengo formación académica aunque he hecho mi incursión en algunas materias de letras y disfruté muchísimo los cursos de griego con su letras extrañas.
Publiqué: La alegría del desarreglo (2005), Loba de sueño rosa (2010), Prosas del desbarranco (2012), Todo lo que calla el que canta (leyendas), (2015), Pianistas en estrépito y fuga (2016) y tengo inéditos El abismo que nos mira, Mar de fondo y El viaje. Además de un poemario escrito en colaboración con Dafne Pidemunt: Jardín botánico y un cuento infantil escrito para mi sobrina Lola.
Me incluyeron en la antología: Si Hamlet duda le daremos muerte: antología de poesía salvaje, (Libros de la Talita Dorada, 2010).
Desde el 2010 a la actualidad me encuentro desarrollando el proyecto editorial: La mariposa y la iguana junto a la poeta Dafne Pidemunt. Trabajamos de forma autogestiva y cuidamos muchísimo nuestro catálogo, publicamos sólo libros que nos de gusto leer, generalmente son de poesía y temáticas de género y diversidad. La editorial nos permite vivir de lo que amamos y viajar con los libros. También, pensando libros posibles, me dio la experiencia de la traducción y descubrí que es una forma maravillosa de leer. Así me animé primero con La cruzada de los niños de Marcel Schwob, luego vinieron algunos cuentos de Virginia Woolf y un inabarcable Pessoa.
Por metonimia, supongo, me surge una atracción por los papeles y su textura, el arte de plegarlo que es el origami y, en mi caso, es el origami modular ya que mi imaginación tiende a lo abstracto. Y mezclando un poco todo porque siempre todo se mezcla, me puse a desarrollar una colección: Librorigami, donde pienso ciertos textos en relación al plegado del papel y así escribí dos pequeños textos: Astronautas y Monstruos.

JUAN MANUEL ONTIVERO



Al momento de escribir soy una historia atrapada en un cuerpo ágrafo. Ese cuerpo es escritura y hoja en blanco a la vez. Significado y significante; símbolo y representación. De todos los caminos que nos pueden llevar a la escritura, el mío parte de la lectura. Sí, leer (no decodificar signos) es lo que me permite y me permitió siempre sentarme a escribir. Aclaro ahora que llamaré lectura a la lectura de ficción y escritura a la escritura de ficción. El camino medio entre lectura y escritura es, para mí, el balbuceo; esto es cuando queremos hablar de una obra que nos cambió la visión del mundo para siempre. Opinar, reseñar, criticar una obra de arte es balbucear. No es negativo. Es un estadio medio entre la crítica y la producción de una obra. 

Miro una película o una serie, reconozco que me causa emociones. Entonces escribo una reseña en mi blog o en Medium y ya. Balbuceo, no voy y hago una película. Escucho un disco, cualquiera, ponele uno de Etta James, me emociono, busco la guitarra, saco algunas canciones, las canto en la oscuridad de mi escritorio y ya. Pero leo un cuento, una novela, una poesía, y escribo. ¿Qué escribo? No sé. Quizá acrecentamos la obra de quien nos conmovió mediante la escritura. Me pasó desde que me conozco como lector. La pulsión por la escritura nació en mí una vez que hube leído mucho. Es como una necesidad. Es como si te apretaran la garganta y sólo podés balbucear. Porque sólo podemos hablar de literatura a los balbuceos. Ahora bien, cómo dejamos de balbucear. Fácil: sentándose todos los días a escribir. Sé que hay reseñas, críticas, opiniones sobre obras literarias y las respeto, tienen su mérito. Pero si querés hablar sobre lo que te causó esa lectura que hiciste, esa novela, ese cuento, esa poesía que te partió como un rayo y ya dejaste de ser vos para siempre, para hablar sobre eso el único camino es la escritura. Todo lo otro es balbuceo, palabras al ras de lo incognoscible. Humo. Así es como se engrasa la máquina. La máquina es la literatura. Y si no tenés tiempo para leer porque estás escribiendo mucho, es porque estás entrando en una de las categorías del balbuceo: el tráfico legal de renglones cortos. Bien, todo esto para decir que lo que me mueve a escribir es la lectura. Aunque también a veces algunas imágenes incidentales me mueven a escribir. Cuando miro por la ventanilla del colectivo o del tren, por lo general aparece algo, un objeto-signo que genera sensibilidad: puede ser desde una piedra hasta un par de zapatillas. Lo importante es cómo ese signo opera como generador de lo simbólico. Necesitamos escribir no sobre ese signo sino sobre la sensación. 

No puedo escribir desde la experiencia personal. Escucho diálogos en los trenes, en los colectivos, en la sala de profesores, escucho a mis alumxs hablar entre ellos, escucho la respiración de la gente. Uso todo ese material. Lo personal puede aparecer, lo puede captar el ojo psicoanalítico a posteriori, pero no puedo partir de una experiencia personal, no me tiene que pasar necesariamente algo para escribir. 
En el momento de la escritura hay algo que se detiene. No sé qué es. No quiero averiguarlo, pero algo se detiene y me permite escribir. Soy bastante disciplinado en ese sentido. Todos los días escribo un poco. A veces más, a veces menos. Antes me imponía diez mil palabras por día. Después (hoy) me di cuenta de que eso que se detiene cuando escribo tiene que ver con la desconexión que hay con el afuera, con el tiempo, el espacio, con las necesidades del deseo. Me siento, pongo un disco de Björk, cualquiera, o de Etta James, también, cualquiera, y ya puedo escribir. Creo que los momentos de inspiración deben respetarse. A rajatabla. También a rajatabla escribo todos los días, donde sea, como sea. En el tren, en el colectivo, en los recreos del trabajo, en la fila de espera del rapipago, cuando pasan La La Land en el cine. Pase lo que pase, no tenés que dejar de escribir. Se entiende que de leer tampoco. 

Dice Merleau-Ponty: "Una novela, un poema, un cuadro, una pieza musical son individuos, es decir, seres en los que no puede distinguirse la expresión de lo expresado, cuyo sentido sólo es accesible por un contacto directo y que irradian su significación sin abandonar su lugar temporal y espacial. Es en este sentido que nuestro cuerpo es comparable a la obra de arte. Es un nudo de significaciones vivientes y no la ley de un cierto número de término covariantes". (Merleau-Ponty, M, Phénoménologie de la perception, Lagrasse, Vedier, 1996, P. 177).

Imagino a Cervantes escribiendo el Quijote en una celda inmunda; a Leopold van Sacher-Masoch escribiendo e hiperbolizando sus experiencias, Virginia Woolf contra todos los prejuicios de su época, a Pizarnik en su laberinto, a  Mary  Shelley escribiendo el germen de Frankenstein en el verano con Lord Byron. Cada cuerpo está situado en la experiencia concreta que lo desnuda hacia la escritura.

Tengo un cuadro enorme frente a mí, en mi mesa de trabajo. Cada tanto lo miro. Son dos figuras que quieren ser plantas abrazándose. Para mí son dos objetos que se encuentran para despedirse. Recuerdo no sé qué cosas y sigo escribiendo. A veces el vecino grita, se putea con alguien. Lo escucho por sobre la música, me río y sigo escribiendo. Miro todas las lapiceras y lápices de todos los colores. Miro mi biblioteca. No importa si me duele la espalda, o las manos, no. Lo importante es que ya comiste, tenés música y estás ahí, y podés escribir. Sos una historia atrapada en un cuerpo ágrafo. Escribir es la guerra contra el lugar común.

Investigo sólo cuando tengo que describir lugares que desconozco. La hiperbolización se añade a la investigación.

De todos modos, fuera de la disciplina de escribir todos los días, existen micromomentos que me generan una inspiración. Puede ser cualquier cosa: un árbol, la lluvia, una fotografía en Tumblr, una sucesión de acordes no convencional. Cualquier elemento puede estimularte una vez que estás permeable a escribir. Después de todo, se trata de hacer que el cuerpo hable y escriba, a pesar de todo.
Somos historias atrapadas en un cuerpo ágrafo. Ese cuerpo es la misma escritura.


 La prosperidad del desierto (fragmento)

—A esta altura ya no necesitamos la ayuda de Mario —dijo Diego.
—A esta altura no necesitamos la ayuda de nadie —respondió Ernesto.
—Sólo necesitamos esta noche, que no llueva y hacer el pozo.
Perseo para algunos, Funes para otros, escupió. Cara de diablo que saliva la tierra.
Los pasos firmes de Varela en el barro. En el lodo pantanoso de esa noche casi lluviosa. Luces, faroles, linternas. Música de radio en la camioneta. Los borcegos de Varela pisando la lluvia pretérita. La montaña, quieta. El cuerpo, desaparecido. Meses desaparecido.
A seiscientos treinta y siete kilómetros, a eso de las seis y veinte, Mario se levanta, prepara café y sale al patio. Las paredes, las tapias cubiertas por la enredadera. Una Enamorada del muro lo enfrenta desde el fondo. El paso lento del barro levantándose por el único árbol de la cuadra. Casi nadie tiene un árbol así en la ciudad. En verano es nido de murciélagos y ratas. Mario mira como si ese patio ya no le perteneciera. Quizás porque Isabel ya no estaba. Creyó por un minuto que algún día dejaría de fumar y ese minuto junto con esa creencia le ennegrecieron el rostro. Todo lo que había en el mundo se le había prendido como una garrapata. Todo lo malo. —A vos se te prenden todos los vicios, Mario, eh—. La voz de Ernesto en ese tiempo era carrasposa y casi melancólica, como si al fondo de sus palabras hubiera una mesa sola, con un sifón verde de soda apoyado, y las puteadas de Ernesto sobre una mesa azul. La mesa de chapa. La pintura gastada. Corroída. Se habían hecho amigos en la escuela secundaria y ya no se habían separado
Mario fuma despacio. Es siete de septiembre.
— ¿Y para qué necesitaríamos la ayuda de ese pelotudo?
—No sé, él siempre sabe cosas...
— ¿Cosas cómo qué? A ver, dame un ejemplo.
—No sé. Si él estuviese acá, seguro nos daba una mano con el pozo. Terminaríamos más rápido.
—No confío en él. Siempre tiene algún pero. Vos porque le sobás el lomo.
—¿Por qué salís con eso? Ves que sos, eh
—Mario no tiene que saber nada de esto, ¿escuchaste? Na-da. Pelotudito. A ver si me ayudás un poco antes de que se largue la lluvia con todo.
Perseo Funes sabía que iba a llover, por eso luego de hablar agarró la pala y le dio duro a la tierra. No era fácil hacer un pozo en esa parte de la montaña, pero estaba convencido de que se podría. Qué pozo, una fosa común era. La pala golpea contra el piso. La tierra sale y parece brotar desde la misma tierra. Nacimiento del nacimiento del nacimiento. El caos, el génesis y la muerte en esa montaña, a seiscientos treinta y tres kilómetros del cigarrillo que Mario fuma solo en el patio. Tres hombres en la montaña no están del todo seguros si hicieron bien “el trabajo”, si alguien los vio, si Varela sabe, si Mario ya se fue al diario; el trabajo está hecho. María Luisa Guevara yace en el piso, muerta. La lluvia amenaza en forma de truenos. Remolinos de viento enlutan el lugar. Un hilo de sangre seca cuelga de los labios muertos de María Luisa Guevara. Pobrecita. Nadie merece morir así. Nadie merece morir. Nadie merece. Nadie.
—Dame la pala que sigo yo. Si sabía, ni hacía el trabajo.
—Callate y seguí que se larga.
Varela avanza hacia lo frondoso. Bosque en la montaña. El calor de diciembre le hace brotar la transpiración. El gobernador, pensar en lo que dice el gobernador le da más calor. Que tiene que encontrar el cuerpo. Que no puede seguir siendo una incógnita. Todo el mundo va a pensar que la policía de la provincia no sirve para nada. Y no se equivocan, piensa Varela. Como él no se equivocó cuando sacó a los pedos a Perseo Funes de su casa. Quién sería si no él. Pero no había pruebas. Lo llevaron a la comisaría, lo interrogaron y al no obtener respuesta, la policía de la provincia lo cagó bien a trompadas. En el pecho, en la espalda. Uno le dio un trompadón en la cara.
—Ya te voy a agarrar solo, Varelita —le dijo al otro día cuando lo vio en la puerta de salida. Salida para Funes. Puerta de entrada para Varela. Luego, agarró para su casa. María Luisa Guevara no lo esperaba. María Luisa Guevara esperaba que Varela o algún puto policía encontrara su cuerpo enterrado un metro y medio bajo tierra en medio de la montaña. Verde. Musgos, víboras.
Varela transpira. Busca algo que no sabe qué es. Suena el teléfono. El jefe le dice que por hoy dejen de buscar, que Perseo —para algunos— Funes —para otros— está en la comisaría y quiere confesar.
—Dale, dale, dale dale, dale, dale, metele.
—Esperá, no soy una máquina. Quetecré
—No me creo nada, pero apurate que no llegamos más.
—Yo no tengo la culpa de que hayas discutido con tu esposa.
—Callate y seguí.
Las gotas de lluvia eran cada vez más gruesas. María Luisa Guevara había nacido en Yacanto, cerca de San Justo, y ahora las manos a su alrededor cargaban tierra y la sepultaban.
—¿Voh qué te pensaste? Que ibah a hacé lo que quería. No, querida, acá mando yo y a mí… ¡a mí nadie me pasa por encima! A mí se me respeta, ¿mentendé?
Perseo Funes le hablaba al cuerpo, a lo que quedaba de María Luis Guevara. También se hablaba a sí mismo. La sangre se espesaba en su voz. Un trueno negro salió en forma de coágulo de la boca de María. La lluvia era negra como la tierra y caía tanta que tuvieron que subirse a la camioneta para irse. El cuerpo a medio enterrar.
La confesión de Perseo que para ese momento era Funes no duró mucho. Algunas personas en el pueblo dicen que no duró nada; otros, que no existió. Perseo llama por teléfono a la comisaría y dice que quiere confesar. Pero si usted es el culpable, va a decir dónde está el cuerpo, no, no soy culpable, solamente quiero confesar, enseguida tiene que llegarse hasta a la comisaría, señor Funes. Enseguida iría, pero no me puedo mover, ya saben. Esta pierna... ¿pueden venir a buscarme?
Guido Hernández llega a la casa de Perseo Funes. Golpea contra la puerta la mano de Guido. La vecina dice que no hay nadie, que hace cinco minutos salieron dos hombres en una camioneta. Hernández Serna le ordena a su compañero que lo ayude a derribar la puerta. Son policías, pueden hacer lo que quieran, estamos en Córdoba. Las paredes de la casa, chorreadas de olor a mugre y velas colgadas de cada rincón, paredes manchadas de humedad, oscuridad. El compañero, invadido por la curiosidad, se adelanta, transgrede las órdenes de Enrique Hernández Serna, entra en la habitación y corre la cara como si lo que ve le estuviera dando un latigazo en los ojos. La cámara del forense captará luego los detalles. No antes que los ojos de Serna y su ayudante, Juan Manuel Salerno. Lo que fue María Luisa Guevara era sangre y vísceras. Piel muerta, gris, más que pálida. La boca sellada por el paso de los días. Era una momia. Tres meses en la intemperie de la muerte. Marcas de cortes en el abdomen, lo verá luego la forense. Determinará por lo menos a qué se debieron. Funes y Guevara parecían un matrimonio feliz. Jóvenes. Él 33; ella, 31. Funes está en la otra habitación, con los pies que no pueden ya hacer fuerza contra la silla ni contra el piso que alguna vez lo sostuvieron. La silla azul, despintada. La soga al cuello. Funes blanco, la sangre brotando para el otro lado. Funes tomó la curva de la agonía y ahora está vaya a saber dónde: está donde está su confesión. Un espejo negro enfrente al cuerpo. Otro espejo negro frente al otro cuerpo. Sangre. Una estrella puntuda con una de las puntas hacia abajo. Adornos hechos con cintas negras que envuelven palos. Mario sigue sin poder dejar de fumar.
Varela fuma afuera de la casa mientras se lamenta por haber encontrado el cuerpo en condiciones normales de muerte. Fuma y se asfixia con el humo. Tose. Llueve cada vez más en el pueblo y en las montañas y en el pozo abierto donde estaba María Luisa Guevara.  Mario se toma un taxi hasta la estación. El viaje durará lo que tenga que durar. La cara se le espesa cada vez más cuando piensa en los detalles. En los campos verdes que pasarán delante de sus ojos quietos como dos piedras.

Juan Manuel Ontivero

Nací en Ballesteros, provincia de Córdoba, en 1986. Estudié música desde los 9 años. Luego estudié letras. Soy docente de literatura y ejerzo en provincia de Buenos Aires, donde vivo actualmente. Trabajé como metalúrgico, pintor, cartero, bañero de piletas municipales, corrector de estilo en un diario de Villa María, escribidor de horóscopos, redactor de notas relacionadas con el campo de la cultura en general y de las letras en particular. Escapé de todos los lugares. Me instalé en Buenos Aires en 2016. Participo en el grupo de literatura escénica Las puntas del clavo y curso el segundo posgrado en Escritura, lectura y educación, en Flacso. Asistí a los talleres de escritura de Guillermo Martínez y Luis Mey en la Biblioteca Nacional. Nunca se me ocurrió enviar algo a algún concurso ni publicar. No sé cuáles son los pasos que hay que seguir.



martes, 14 de marzo de 2017

BEATRIZ ROSÓN




Tengo una experiencia diferente según se trate de poesía o de narrativa, pero en ambos casos lo que más influye son las imágenes internas. En el caso de la poesía, sucede algo casi físico antes de parir un poema: una sensación extraña e inefable que me indica que “está por salir un poema”. No obstante, no siempre es así. A veces surge un poema después de la lectura de algún autor, cuyas imágenes, ideas y palabra me ponen en el estado antes descripto.  Un punto de partida también puede ser la decisión de mantener un estilo determinado en una serie de poemas, tomar un tema y desarrollarlo (esto me ha pasado cuando el tema está relacionado con realidades muy tangibles, recuerdos, etc.). Pero faltaría a la verdad si no dijera que ante un hecho que conmociona a mucha gente, también surge un poema, de otra manera, como una necesidad de dar cuenta del hecho y de expresar una opinión ante él.

Respecto de la narrativa, parto casi siempre de la realidad. A veces, ha pasado que después de una lectura de algún cuento, surjan ideas. La narrativa es distinta en su entramado, pero generalmente ficcionalizo hechos reales (mi narrativa es realista). En la actualidad sí estoy investigando para una narrativa más larga: una novela breve, porque el tema lo requiere.

Siento un enorme placer mientras estoy escribiendo. Como si estuviera en otra dimensión. Siempre he percibido la relación cuerpo/arte como un estado especial, en que el cuerpo desaparece. De hecho, si estoy inmersa en una narración larga o serie de poesías, olvido comer y desaparecen las urgencias por fumar (soy muy fumadora). En otras palabras: me olvido de fumar y hasta de comer. Desaparece el tiempo, la dimensión real, etc.

He leído algunos análisis del cuerpo en el arte, pero no del cuerpo en el momento de la creación. Es muy interesante la pregunta.


Poemas

Del libro Tiempo (2011). Neuquén. Fundación Tribu Salvaje:



APARECIDO



“¡Oh Dios, mi Dios!, ¿por qué me abandonaste?
 ¡Las palabras que lanzo no me salvan!”
Salmos, 22:2

Sobre la arena
bailoteante
los murmullos marítimos
rondan un cuerpo
escarpado
de rocas.

Los gemidos del agua
los riscos lloradores
resucitan presencia
contra el paisaje.

Es casi un caracol encogido en sí mismo
o a medio destripar
acercado
por mareas milenarias
de crónica insondable.



EL RITUAL DEL OCÉANO


La actriz/mujer – mujer/indiana jones
contaba plumas de colores...
vos mirabas hacia mí, desprevenida
y sonreías, casi como la flor del cardo.
Entonces también sonreí
y el agua del océano se aquietó en mansedumbre
detenida por siglos.
Refugio de puente de ojos
te abandonaste a mí que no podía
hacerme nido o regazo.
Me asomé a la cocina y huí valientemente.
Un pozo de violencia te desgarró
para punzarme.
En la distancia, el aliento más fino
tritura dudas sobre la memoria
de los muñecos, la rayuela, el amor.



PEREGRINA DUARTE


Murió una peregrina, anoche,
bajo el sol de las discusiones sobre salarios
murió una peregrina colgada de un ligustro
anoche.

Zapatos negros impecables  –  dijo el diario –
bleiser azul restregado y digno
en la postura de indignidad
que impidió el desayuno
a los cuatro o cinco estudiantes del bar vecino.

Peregrina anoche murió bajo el sol
sus setenta años cansados de paciencia de vagar.
las estrellas entonaron un himno perplejo
mientras pasaba la media de nailon, corrida/tal vez
                                        –  los diarios no lo dicen –
                                   y sujetaba su cuello magro
de viandas livianas a los setentaitantos.

Peregrina merece más
que una enorme foto de ahorcado
en las ciudades de lo indigno
merece más que este epitafio
y este frío de verdugos
que congela el combate.



QUEHACERES

De noche en Neuquén
con Piazzola en el aire
y sopa en la cocina
se hiela el corazón.

Siberia de parálisis congénita
mortaja de cansancio y miedo
que desnuda solamente
si se avista
el misterio de esta carne insurrecta
de pueblo buscavidas
que quiere otro presente
tan nuestro
(tan de otros)

Quizás
desencogerse al sol
para respira tal vez
sacudir el dolor y reandar
por fin
nuestro destino.  



Beatriz Rosón

Nací en 1961 y me dediqué casi toda la vida a estudiar primero, y a dar clases después (soy profesora de Literatura). La escritura siempre fue un escape, una salida del mundo o un confrontarlo, pero con una fuerte presencia en lo cotidiano.
Publiqué recién en 2011, un libro escrito al fragor de la lucha en DDHH, en la primavera democrática: Tiempo. Varios cuentos y poemas fueron publicados en antologías en Buenos Aires, Córdoba y Neuquén. Actualmente estoy en la etapa final de la escritura de una novela ambientada en la última avanzada del ejército argentino sobre las poblaciones de los pueblos originarios. Este trabajo me ocupa desde hace varios años, ya que mi interés inicial fue el del saber de las machis, y es el tema central de la novela, por lo que se hizo y hace necesaria una exhaustiva investigación



martes, 28 de febrero de 2017

ANAHÍ MALLOL





No sé si hay algo así como un procedimiento de escritura, para mí, pero si tuviera que hablar acerca de un improbable inicio del proceso de escritura de un poema, tal vez podría decir que surge de un estado de profunda escucha o percepción. Ese estado adquiere en un momento, y no sin esfuerzo, una corporalidad lingüística o imaginativa por medio de palabras que pueden ser escritas -las más de las veces, escritas mentalmente- hasta que se da el momento de sentarse a escribir sobre el papel o con el teclado. Y ese es el momento más delicado, porque debe estar rodeado de mucho silencio y capacidad de concentración. Es como si se le arrancara un pequeño pedazo de mundo al mundo, a su devenir permanente (es algo que Proust describe muy bien, tanto como posibilidad cuanto como imposibilidad, en dos o tres ocasiones en su largo texto, ese inicio lento de la escritura). Pero es algo que sucede, que adviene, y que es difícil convocar a capricho. Tampoco es inspiración. Son unas condiciones materiales y mentales especiales.

Al inicio puede tratarse de la percepción de algo exterior (un paisaje, una frase leída o escuchada, la contemplación de una obra de arte) tanto como de un evanescente estado o sensación interna (palabras, imágenes), pero sería mucho más exacto decir que en todos los casos se trata de una relación o flujo entre ambos aspectos. De ahí surgen dos o tres poemas. Si eso define un prisma o lente o modo de percibir las cosas por un tiempo variable (por lo general dos o tres años), surge una serie de poemas que empiezan a acomodarse en un registro, un estilo, un núcleo de significaciones y matices, un libro. Eso va rodeado de un trabajo de investigación acerca de las cosas que me motivan en ese momento, una investigación que incluye lecturas, conversaciones, películas, música. Y viene una fase, paralela y futura, de mucho trabajo, búsqueda, consulta, corrección, reescritura.
La sensación predominante es la de un apartamiento fundamental y una participación esencial en algo que acontece. Solo escribo desde un estado de concentración muy profundo. Un estado al que entro y del que salgo lentamente y con dificultad. O no. Sé que a veces atiendo el teléfono, contesto preguntas, hago mi vida cotidiana un par de días, y después no recuerdo nada de eso. Otras veces, por el contrario, no recuerdo lo que he escrito, y cuando lo reencuentro meses después siento un asombro profundo y una extrañeza inquietante. 

El resultado final, después de haber escrito uno, dos o tres poemas, es un estado de tranquilidad y a la vez cansancio mental y físico. Me siento a la vez más liviana y con el cuerpo pesado como si hubiera hecho mucho ejercicio. Sí, a veces el trabajo con la literatura, que parece una negación del cuerpo, el otro extremo de la vida corporal, es aquel que, en el momento de la escritura, anuda la relación con el cuerpo, si se escribe desde una especie de plena copresencia entre uno y algo más allá o más acá. Porque en ese esfuerzo de aprehensión de algo, en las palabras o alrededor de ellas, hay una tensión que busca hacer una ligazón con el mundo, una superación de los límites, que intenta sobrepasar las barreras mentales y las físicas para acceder a cierto núcleo de, no sé cómo llamarlo, tal vez, sentido, o vida o modo de estar en el mundo, de estar presente, como contemporáneo de su tiempo.

Sí, me he preguntado por la relación entre el cuerpo y el trabajo de escritura. Porque además los poemas no son iguales, dependiendo del estado físico y mental, sobre todo el ritmo no es igual. Estados angustiosos o de ansiedad, estados de contractura o de mucha actividad, se responden en mi caso con poemas de versos muy cortos, cortados, diría, como de respiración agitada, o versos alternando ritmos largos y ritmos muy cortos. A estados más relajados responden poemas con un ritmo más parejo. Este año estuve escribiendo poemas que surgían al final de una sesión de yoga y relajación, y las primeras imágenes o versos de esos poemas aparecían en mí después de la respiración profunda. Y es un libro sobre el cuerpo, sobre ser el cuerpo, no habitarlo, sino estar, justamente, allí. 

Pienso en dos cosas, en ese verso de Pizarnik, algo enigmático y a la vez tan cierto: “Haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo”. Si se obvia la lectura de resonancias desgarradoras, la que llevan a pensar en una tensión insoportable entre la vida y la obra, etcétera, (es decir, la lectura que lamentablemente domina la crítica sobre los textos de Pizarnik), se puede ver ahí algo muy interesante, porque la poesía, al anudar cuerpo y palabra, se deja interpretar como un modo, y uno muy valioso, de estar en el mundo, en todas sus dimensiones, una forma de vivir, que no tiene por qué llevar a la tragedia. 

Me acuerdo de una vez en que tenía que encontrarme con Liliana Heer a tomar el té, y Liliana me dijo, “no, Anahí, no puedo ir. Ocurre que estoy escribiendo un libro en el que la protagonista cava lentamente un túnel bajo la tierra, y no me siento bien, estoy con  ahogos y fallas de la respiración. Lo dejamos para más adelante”. Más adelante compré el libro, y, aunque su escritura no es del tipo descriptivo, o tal vez justamente gracias a ello, los ahogos, las fallas y faltas de la respiración, eran perfectamente perceptibles en el texto.

Y pienso también en otra frase, una que usa siempre Mirta Rosenberg cuando hablamos de literatura. Ante ciertos textos o escrituras, ella dice: “Yo le creo” o “Yo no le creo nada”. Y aunque todos sabemos que ese criterio es muy difícil de definir, todos sabemos también de qué se trata. Hay textos o poemas que se sienten, como lector, verdaderos, es decir que el poeta pudo tocar algo ahí de alguna consistencia (y que no tiene nada que ver con lo autobiográfico). Y hay muchos con los que no, no pasa nada. Me parece un criterio interesante, cuando hay una inclinación tan marcada en la actualidad por lo banal y el divertimento literarios, que están muy bien, pero cansa… Cuando un texto está escrito desde ahí, desde esa verdad (micro verdad) que adviene cuando se anudan el cuerpo y la palabra en un instante, la literatura es un acontecimiento. Si no, son palabras.

Acá va mi cita del divino Proust:

Bajamos hacia Hudimesnil; de repente me invadió esa profunda sensación de dicha que no había tenido desde los días de Combray; una dicha análoga a la que me infundieron, entre otras cosas, los campanarios de Martinville. Pero esta vez esa sensación quedó incompleta. Acababa de ver a un lado del camino en la escarpa por donde íbamos tres árboles que debían de servir de entrada a un paseo cubierto; no era la primera vez que veía yo aquel dibujo que formaban los tres árboles, y aunque no pude encontrar en mi memoria el lugar de donde parecían haberse escapado, sin embargo, me di cuenta de que me había sido muy familiar en tiempos pasados; de suerte que como mi espíritu titubeó entre un año muy lejano y el momento presente, los alrededores de Balbec vacilaron también, y me entraron dudas de si aquel paseo no era una ficción, Balbec es un sitio donde nunca estuve sino en imaginación, la señora de Villeparisis un personaje de novela, y los tres árboles añosos, la realidad esa con que se encuentra uno al alzar la vista del libro que se estaba leyendo y que nos describía un ambiente en el cual se nos figuró que nos hallábamos de verdad. Miré los tres árboles; los veía perfectamente, pero mi ánimo tenía la sensación de que ocultaban alguna cosa que no podía él aprehender; así ocurre con objetos colocados a distancia, que, aunque estiremos el brazo, nunca logramos más que acariciar su superficie con la punta de los dedos, sin poder cogerlos. Y entonces descansa uno un momento para alargar luego el brazo con más fuerza aún, a ver si llega más allá. Pero para que mi espíritu hubiese podido hacer lo mismo y tomar impulso habría sido menester que estuviera yo solo. ¡Cuánto me hubiese alegrado de poder aislarme un rato, como en los paseos por el lado de Guermantes, cuando me separaba de mis padres! Parecía como si algo me mandara hacerlo. Reconocía yo esa clase de placer, que requiere, es cierto, un determinado trabajo del pensamiento replegándose sobre sí mismo; pero esfuerzo muy grato comparado con esas mediocres satisfacciones del abandono y la renuncia. Tal placer, de cuyo objeto apenas si tenía un vago presentimiento y casi necesitaba crearlo yo mismo, lo sentía en muy raras ocasiones; pero cada vez que así ocurría que habían pasado hasta entonces se me figuraba que las cosas no tenían importancia y que haciéndome a su realidad me sería dable comenzar por fin la verdadera vida. Me puse la mano delante de los ojos para poder tenerlos cerrados sin que la señora de Villeparisis se diera cuenta. Por un momento no pensé en nada, y luego, con el pensamiento concentrado, recogido con más fuerza, salté hacia adelante en dirección a aquellos tres árboles, o, mejor dicho, en aquella dirección interior en donde yo los veía dentro de mí mismo. Otra vez sentí tras ellos la existencia de un objeto conocido, pero vago, que no pude atraerme. Entretanto, el coche andaba y yo los veía acercarse. ¿En dónde los había visto ya? En los alrededores de Combray no había ningún paseo que empezara así. Tampoco cabía el lugar que me recordaban en aquel campo alemán donde fui un año a tomar aguas con la abuela. ¿Sería acaso que venían de unos años muy remotos de mi vida, borrado ya enteramente en mi memoria el paisaje que los rodeaba, y que, igual que esas páginas que se encuentra uno de pronto, todo emocionado, en un libro que creíamos no haber leído, eran lo único que sobrenadaba del libro de mi primera infancia? ¿Formaban parte, por el contrario, de esos paisajes de ilusión, siempre idénticos, al menos para mí, porque en mi caso el aspecto extraño de esos paisajes no era más que la objetivación en sueños del esfuerzo que hacía cuando despierto por llegar hasta el misterio que se escondía tras las apariencias de un lugar determinado donde yo lo presentía, o de ese otro esfuerzo para volver a introducir el misterio en un sitio que estuve deseando conocer mucho tiempo, y que me pareció superficial en cuanto logré verlo, como me pasó con Balbec? ¿Eran imagen recién desprendida de un sueño de la noche anterior, pero tan borrosa que me parecía venir de mucho más lejos? ¿O sería quizá que no los había visto nunca y que ocultaban tras su realidad una significación obscura, tan difícil de descubrir como un remoto pasado, y por ello al solicitarme para que profundizara en un pensamiento se me figuraba que reconocía un recuerdo? ¿O acaso no encerraban pensamiento alguno y el cansancio de mi vista era la causa de que se me representaran dobles en el tiempo, como a veces ve uno doble en el espacio? No lo sabía: Mientras tanto iban viniendo hacia mí; aparición mítica acaso, ronda de brujas o de normas que me proponían sus oráculos. Yo me creí más bien que eran fantasmas del pasado, buenos compañeros de mi infancia, amigos desaparecidos que invocaban nuestros comunes recuerdos. Y lo mismo que sombras, parecía como que me pedían que los llevara conmigo, que los devolviera a la vida. En sus ademanes sencillos y fogosos percibía yo la impotente pena de un ser amado que perdió el uso de la palabra y se da cuenta de que no podrá decirnos lo que quiere y de que nosotros no sabremos adivinarlo. En una encrucijada el coche los dejó atrás. El coche, que me arrastraba en dirección opuesta a lo único que yo consideraba como cierto, a lo que me hubiera hecho feliz de verdad, y se parecía en eso a mi vida. Vi cómo se alejaban los árboles, agitando desesperadamente sus brazos, cual si me dijeran: “Lo que tú no aprendas hoy de nosotros nunca lo podrás saber. Si nos dejas caer otra vez en el camino ese desde cuyo fondo queríamos izarnos a tu altura, toda una parte de ti mismo que nosotros te llevábamos volverá por siempre a la nada”. Y, en efecto, aunque más adelante encontré otra vez esa clase de placer y de inquietud que acababa de sentir, y una noche me entregué a él –tarde, sí, pero para siempre–, ello es que nunca supe lo que querían traerme esos árboles ni dónde los había visto. Y cuando el coche cambió de dirección, les volví la espalda y dejé de verlos, mientras que la señora de Villeparisis me preguntaba por qué estaba tan preocupado; me sentía tan triste como si acabara de morírseme un amigo, de morirme yo mismo, de renegar a un muerto o a un Dios. Proust, Marcel. A la sombra de las muchachas en flor.



Poemas


cuerpo presente


-1-

comienza por los pies
plantados en la tierra
siente la planta el arco el nacimiento
de los dedos
respira suave y solo es
los pies
después sube
con cada aliento
por las piernas las caderas
se detiene en la cintura
y continúa despacio
con los pulmones que se llenan y vacían 
en ritmos
acompasados
el torso los brazos
el lugar del corazón
los hombros el cuello
la cabeza
se piensa así como si fuera
solo cuerpo pero
al concentrarse en cada parte nimia
en cada articulación
en el latido
el cuerpo a la vez pesa y empieza
a hacerse ligero
no ya un peso una carga una molestia
el cuerpo se eleva
ella respira y lo ve
poco a poco remontarse
girar con las estrellas
no ser ya casi
más que un poco
de polvo plateado
en la marea de la materia deshecha
y encuentra sí
en la nada en que una idea
se dispersa
el fin y el comienzo
de una plenitud nueva
de una inconsistencia que se siente
al fin, viva y verdadera.


-2-

se sienta
todo lo erguida que puede
en el pasto medio corto
en la mañana
de noviembre
la humedad del rocío
sobre el verde nuevo
moja apenas sus vestidos
entre la tierra y el cielo
ella ensaya
un modo de estar presente
en este instante
en esta vida
respira despacio e inhala
un aire tibio y fragante
que se expande en el cuerpo
como una luz
apenas dorada
retiene y es una fuerza
que vuelve lleno
el cuerpo y joven
el anhelo de la vida
exhala despacio
como si quisiera retener
un poco todavía
el aliento de la mañana
y, casi se diría, ronronea
el aire sale y se lleva
todo lo que pueda parecerse
a un dolor
a una preocupación
a una pena
-se detiene
con los ojos cerrados
escucha los pájaros
el aire suave
un rumor apenas
y vuelve a empezar-
entre el cielo y la tierra
apenas una sombra
un ser vivo que respira
el aire dorado.
resplandece
en la cara
la sonrisa llena
mitad espíritu
mitad materia
en la mañana cálida
se vuelve todo primavera.


-3-

a veces piensa
quién fuera un animal
pero no 
un animal cualquiera
se quiere un elefante
o una hormiga apenas
lo mismo da
la vida es vida
y camina sobre la tierra
pero si pudiera elegir
no dudaría
le pediría
al genio de la lámpara
ser un elefante
sagrado
un elefante blanco
que caminara
poderoso y suave a la vez
con sus patas firmes como columnas griegas
atento a cosas importantes
el cambio de las estaciones
los ciclos de la vida
e indiferente en el fondo a todo
porque se sabe
-si es lo que es
de verdad materia y espíritu divino-
un elefante blanco
con el poder tranquilo del que no tiene
ni enemigos ni atacantes y pasea
en las mañanas por la pradera busca
un lugar donde bañarse
unas hojas tiernas
o pasea
enjoyado con dorados
sobre la cabeza y la frente y campanitas
que tintinean
por todos admirado
regalado
querido
en la ciudad
más grande de la india
tranquilo sereno
soberano
un elefante blanco
quién pudiera. 



- 4-

un cuerpo echado sobre el pasto
en la mañana de primavera joven
puede ser muchas cosas
una promesa y un pasado
una molestia o una puerta
al éxtasis de los sentidos
una cárcel para algo
que desea un más allá
puede incluso no ser nada
pero cuando un cuerpo se echa
sobre el pasto que verdea
en la primavera joven
y simplemente se echa
sobre el pasto y se deja
estar ahí
y no es más que un cuerpo
que late que respira oye olfatea
el pasto que verdea los insectos algún 
pájaro y no desea
ni más allá ni éxtasis ni promesas
ese es un cuerpo
que hace el paraíso
en esta tierra.

Anahí Mallol


Nací en mayo de 68 en La Plata, Argentina.
En esa época había cosas, ideas, que se movían. Algunos creían que podían cambiar algo por medio de la imaginación, la acción, la palabra y el amor. Otros soñaban con un pie sobre la luna, entre la realidad y un deseo poderoso. Crecí con miedo, silencio, alerta, violencia, eufemismos y desapariciones. Me hice joven en una primavera cuyas flores marchitaron pronto la ley de obediencia debida y el punto final. Después vinieron los indultos. Cada día se hablaba más del Sida y se instalaba como otro miedo. Empecé a escribir, sigo escribiendo, ahora, cuando nadie cree que se pueda cambiar mucho, y la resignación, inadmisible, es una amargura y una derrota históricas; cuando la palabra casi no tiene valor por la institucionalización de la mentira; cuando la amistad y el amor virtuales nos hacen creer cerca pero nos mantienen lejos; cuando una acción chiquita pero honesta, un poema que vuelve a pensar en las palabras y las cosas de todos los días y se pregunta por su valor o trata de darle un sentido, tal vez efímero, tal vez en búsqueda de un más allá de lo banal, a la vida de todos los días, es todavía una esperanza o, al menos, un testimonio de vida.
Publiqué siete libros de poemas, Postdata, 1998, Siesta,  Polaroid, 2001, Siesta, Oleo sobre lienzo, 2004 (Colección Chicas de Bolsillo, UNLP);  Zoo, Paradiso, 2009, Querida Alicia, La Sofía Cartonera (2012), como un iceberg, Paradiso, (2013). Una ciudad, 27 Pulqui, (2016); hay un par de inéditos sobre los que trabajo, y dos libros de ensayos sobre poetas argentinos, El poema y su doble, Simurg, 2003, Poesía argentina entre dos siglos: 1990-2010, Edulp, 2017. 
Publiqué poemas en las revistas: La novia de Tyson, Los amigos de lo ajeno, Diario de poesía, Voy a salir y si me hiere un rayo, Proun, Pisar el césped, La curva, Apofántica, Ñ, entre otras, y en diversos sitios web, entre ellos www.zapatosrojos.com.ar; www.lainfanciadelprocedimiento.blogspot.com y www.laseleccionesafectivas.blogspot.com, op.cit, entre otros, y en cuatro o cinco antologías.
Se tradujeron poemas míos al inglés, francés, italiano, portugués.
Soy miembro del Consejo Editor de la revista EXTRA, de poesía y traducción, que dirige Mirta Rosenberg.
Facebook, Anahí Mallol
anahimallol@yahoo.com.ar




jueves, 23 de febrero de 2017

YANINA AUDISIO



Al momento de escribir no hay demasiada explicación posible. Lo que puedo precisar aquí es un análisis a posteriori de una actividad que, si bien es elegida y casi celebrada, también tiene algo de imposición. La inspiración funciona en mi proceso creativo desde el orden de la inquietud. La escritura surgió en mí como un efecto secundario del excedente de lenguaje producido por la lectura. Desde que aprendí a leer no pude dejar de hacerlo diariamente y con intensidad. Así continúa siendo. El principal estímulo para mí es la lectura. Todo escritor es un plagiario, en ese sentido. Encuentro otras provocaciones de la inquietud en imágenes, sean pictóricas o fotográficas. Mi libro Piedras, papeles, tijeras explora el tema de la maternidad desde la visión del hijo y se desencadenó desde dos fuentes: conversaciones personales y películas. Fue la sucesión de películas sobre el tema lo que me impuso esa búsqueda.

Se trata de inquietud, algo que pugna por encontrar una forma, que atenaza la garganta y altera la respiración. El pinchazo de insecto que busca sangre, la sacudida del perro porque el agua pesa y tiembla sobre un cuerpo que prefiere olvidarse de sí. El tema del cuerpo siempre me interpeló. El lenguaje es para mí un cuerpo más difuso donde alojar los huesos que siempre dudaron de la existencia de una casa. El arte que prefiero tiene ese diálogo constante con lo corporal: la pintura, la escultura, la danza, el teatro, el cine. Recomiendo leer a Henri Meschonnic en “La poética como crítica del sentido”, pero prefiero adjuntar aquí un poema de su autoría.

el corazón en la mano el corazón
en la boca
corazón que desborda
corazón desplazado desmarcado
es el cuerpo en sus esperas
es esperar
quién es el cuerpo

Y para continuar con la idea de que los cuerpos se plasman de modo más potente y eficaz en la imagen, adjunto el enlace de una entrevista al cineasta Peter Greenaway:




Poemas


Alguna vez te rascaste donde no picaba
no supiste qué hacer con los brazos
Encendida la luz y prendida el agua 
las ventanas abiertas sobre los pantanos
La sombra en la espalda como un río crecido

Hay que  hacer algo con el cuerpo
detrás están quedando varios difuntos
Te tocó como si te leyera dos veces
una lluvia pequeña armando su charco
La boca cerrada pájaro detenido

Podrías decirlo de muchas maneras 
siempre se está solo dentro del cuerpo
no acabo de conocer el olor de mi casa
Sin decirlo aún algo se cae o se levanta
la correspondencia del aire sobre el corcel desbocado

Inadecuación de la lengua sobre las cosas
pájaro suelto cerrada la boca. 


***

Sospecho lo mismo para este hombre y para aquel otro. Una silla, una chimenea, un alero.
Algunos incluso prefieren tener ventanas.
La señora que los fines de semana limpia las oficinas del edificio de atrás lo entiende. Los que embocaron con precisión el bollito en la papelera, no.
Sospecho esas cositas apenas visibles, la uña mordida, la luz prendida, la moneda del último viaje.
Aquello que quedó en la juventud de la madre. Alguno incluso prefiere visitarla una vez por semana.
Sospecho la falta de un momento propicio para saber de alguien. Y aun así, la proximidad ocurre. Todos colgados entre un asesino y un ladrón.  
Sospecho esa confusión entre silencio y frío. En clave aturdimiento. Entre amor y abandono. En clave sacrificial. Entre lluvia y muerte. En clave sonrisa para la última cámara. 
Sospecho lo mismo para su perro y para su dios.


***


En estas piedras crece el cactus
en el cactus varios de ellos grabaron
sus iniciales próximas
pedacitos de sonido para meterse dentro
varios de ellos se amaron de repente 
una vez más o la última 
como la piedra es dura aunque porosa
el acto del amor tuvo traducción
en el cuerpo carnoso aunque difícil
del cactus
Seiscientos millones de años antes
una fractura entre continentes no había ocurrido
América y África eran una
aún el cuarzo y la magnetita
los fenómenos erosivos
los cardos de espina
los portugueses ávidos
las ballenas arponeadas
los turistas buscando un paisaje
cada elemento punzante a mano
no se habían conjugado
en los pedacitos de sonido mudos
sobre la piel llagada del vegetal
Organismos multicelulares complejos
debieron ir desde la esponja
por una cadena de ojos y extremidades inciertos
hacia las funciones diferenciadas
capaces de creer que ante el mar 
con el estandarte pequeño de una letra con otra letra
todo el esfuerzo de la naturaleza bastaría
para detener la grandeza dudosa de su amor
en el cuerpo de la separación ¿en la piedra? por violencia 
(geológica) 
en el cuerpo de la amputación ¿en el agua? por violencia 
(predatoria)
en el cuerpo de la herida ¿en el verde? por violencia 
(tierna)
La lengua de las ballenas ya no es un manjar para nobles
la espina del cactus no detiene el mal de amor.

***

Arrancaría la maleza invasiva en el parejo orden del sembradío
Sus pisadas silenciadas por el viento del sur
Está llegando de a poquito
Tengo en las uñas la tierra que arañó mi abuelo
¿Cuál fue su idea del mal, entre los dedos, con los yuyos?

La oscuridad caería cada vez
Sus pisadas aumentadas por la herradura contra las piedras
Está a casi abrir alguna puerta

¿Cómo chocaba contra  la mañana su cuerpo?
La mucha luz de la escarcha le habrá dado conciencia del frío
Era la mañana una neblina espesa
¿Se habrá aturdido algún día con los pájaros de siempre?

Esa culebrita que el abuelo no mató vuelve a mí
Cuando estoy quieta me baja mucho la temperatura
Como si aquello que él dejó vivir me mordiera
Acaso cortaría la leña que nunca alcanza en la madrugada cruda

¿Soñó conmigo sobre el campo humedecido? 
Nunca supo de las noches en que lloré recién nacida 
Del insomnio de mi padre
De sus ganas de morir

¿Mi destrucción ya estaba en el cuerpo del abuelo?
Devastado por la enfermedad sin nombre
¿Hacía equilibrio sobre el gatillo?
Era un error de cálculo, la poca morfina
Para peor la bala de entonces no alcanzó a cumplir su tarea
Imposible morir como se quiere
¿O es solo un problema de mi familia?

Un animal acuático abriría los ojos en la laguna
Su hijo, mi padre, esgrimió el arma, ¿sería la misma?
Fue su crisis algo que ocurrió ante mí
Los demás no existieron esa tarde
Esa tarde olvidé, aunque existiera,
El rumor líquido de los árboles

Sobre la plaga, lluvias de sal
Una cruz de aire para pedir agua
Una bolsa de agua ahuyenta las moscas

La sierra no se parece al campo
Sin embargo, hubo que salir de la cáscara
De todas las ciudades
¿Estaría el abuelo viéndonos?
Era la salvación una hija sin miedo

Las armas no se quitan
Mi padre, su hijo, tuvo que entregármela
¿Sería un error de cálculo la falta de llanto?
¿Cuál fue su idea del mal, entre los dedos, rodeados de yuyos?
¿Qué hice? ¿Qué hiciste, abuelo?
Esa mañana en la neblina


***

El patio de la primera casa era pequeño
de pared a pared un par de bracitos abiertos
la enredadera queriendo cubrir un muro
el hermano es mayor apenas
los pantalones cortos
las piedritas contra las piernas
Para ver qué se puede adentro de uno
olvidar el juego y el hermano
una de las piedritas en la nariz
el solo camino del descubrimiento
también sola la desesperación
se respira también a pesar de la molestia
El patio está adentro de la nariz
la larga erosión en la historia de la piedra
todo lo que fue pisado ahí 
las corrientes arrastrando 
un silencio de siglos
cuerpito triunfal sobre esta tierra
El patio de la primera casa
la desesperación por mano propia
comprobar que se respira
tarde suelta sin decir nada
la escritura advendría en ese terreno:
todo lo que se recupera así, contra el cuerpo.


Yanina Audisio


Nací en Río Cuarto, Córdoba, en 1983. Siempre me disgustó vivir allí y la lectura y la escritura fueron mi primera forma de huida. Después viví en Córdoba, hui hacia la Psicología, me recibí, ejercí y abandoné. Recuperé así el tiempo para mi primer amor y obsesión, la literatura, y ya no lo solté más. Publiqué tres poemarios: “La noche en los perros”, “La boca y su testigo” (Primer premio 7mo Concurso de Cuento y Poesía “Adolfo Bioy Casares”, Municipalidad de Las Flores) y “Piedras, papeles, tijeras”.  Como con eso no basta, también realizo traducciones de poesía en lengua inglesa, coordino el grupo de literatura escénica Las Puntas del Clavo y publico textos difíciles de conseguir en el blog Inventar un pájaro. Para despuntar el vicio, curso la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF.