EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

viernes, 26 de febrero de 2016

DIEGO BRANDO




La mayor parte de mi producción se basa en la contemplación y en el diálogo. Hace unos meses justamente escribí mucho, iba a la casa de un amigo y hablábamos sobre diversos temas de los que siempre me quedaba una imagen que quizá en ese momento no era muy importante pero que con ciertas noches de insomnio cobraban forma y sentía la urgencia de sentarme y escribirlas. Mis poesías siempre comienzan con una imagen que se dispara, luego todo lo que sigue es asociación. Otras veces me ha sucedido de estar pensando, casi siempre a la noche, y sufrir una especie de destello, un pequeño relámpago que me hacía saltar de la cama. Mi mejor época fue esa, la de las charlas con este amigo y la del insomnio, incluso llegué a querer al insomnio y a temer que por un motivo u otro esas charlas se acabaran algún día.
Me ha pasado de estar mirando por la ventana y pensar en algún verso y justo la letra de la canción que estaba escuchando se me cruzara y yo la asociara de la manera más extraña. El cine es un arte que amo y con el cual incluso tengo un proyecto poético tan difícil de llevar a cabo como satisfactorio. En cuanto a la investigación, si bien es mínima, lo he hecho, claro, siempre que lo necesité.
Las sensaciones físicas suelen ser de euforia, sosiego, inquietud  y de cierto lamento. Cuando se me ocurren los primeros versos y cuando el poema (raramente sucede) está bien terminado, siento esa euforia. El sosiego y la inquietud es la parte media del poema, sosiego cuando siento que voy bien, inquietud cuando no sé para dónde salir, qué asociar. El lamento claramente es cuando el poema no me convence o cuando sé muy bien que está mal y no puedo esperar a corregirlo, es en esos momentos donde aparece la ansiedad de la peor manera. Mi mente trabaja tanto como mi cuerpo a la hora de escribir una poesía, al menos esas sensaciones las siento como una vibración, y puedo aportar también que son de mayor intensidad a la hora de la madrugada.
En cuanto a si me pregunté alguna vez por la relación de cuerpo y arte debo decir que no, aunque mi amigo y maestro literario Diego Sampo me ha hecho referencia a ciertos ensayos que él mismo escribió donde se le daba una clara importancia al cuerpo.



                        I

Cuando mi madre hace un silencio
es porque sobrevuela sus flores
un colibrí de tonos azules.
Las tardes de verano en el patio
con los gatos extendidos a la sombra
de un aromo que crece enorme
suelen tener esa manifestación divina.
El pájaro puede irse y luego volver
construyendo otro silencio.
Yo sólo pienso y contemplo,
así ha sido la vida de mi madre,
un momento detenido tras otro
en el que la muerte se ha querido posar en ella
con la prestancia de un pájaro eléctrico.

               
                           II


El cuerpo pide que lo rieguen
como esas plantas al comenzar el verano,
hojas y flores apuntando hacia la tierra.
El pequeño demonio que se posa
sobre la nuca y los brazos deja marcas
que arden al contacto con la lluvia
y es preciso correr por las avenidas
del pueblo hasta refugiarse
en un pequeño alero de alguna casa ajena.
Somos jóvenes del interior,
vivimos entre la pereza y la insolación
y correr resulta un acto desesperado.
Pero corremos y miramos quién se adelanta,
quién se queda detrás y sonreímos.
Encontramos oro en una tierra abandonada.


                                   III


El ruido del tren en el paso a nivel más cercano
y la sombra proyectada de todo un grupo de álamos,
plantados pero no podados, sobre nuestras siluetas,
ponen en duda, una vez más, nuestra existencia.
¿Estaremos allí, de verdad presentes, o seremos
personajes de un pequeño drama imaginario?
En las noches del pueblo donde residimos
o más bien, en el que soportamos las bromas
de un dios urbano que quiere por momentos borrarnos,
intentamos, a pesar del ruido, conversar
sobre nuestras vidas, o lo que sería de ellas
si las sombras y los sonidos no nos ocultaran.
Brillamos en el interior de nuestras casas
pero afuera somos apenas sombras de nada.
Levantamos la voz, nos corremos del lugar oscuro
buscando la luz, pero no es suficiente,
la escenografía de un teatro divino nos eclipsa
y un pequeño telón parece cerrarse ante nosotros.


                                IV


La casa que nuestro abuelo construyó
con sus propias manos, se cae a pedazos.
Si mañana, por el descuido de una divinidad
se desplomara y no quedaran más que ruinas
no sabríamos erigirnos un nuevo hogar.
Somos jóvenes en la época de la inutilidad,
o quizá, la inutilidad misma. Volvemos
día a día a casa, y encontramos una nueva
fisura, la mancha de humedad más grande.
Pasamos de largo por el pasillo y nos
acostamos en nuestras camas a leer.
Si me preguntaran qué sucedió con nuestra
generación, no sabría responder, quedaría
en silencio. El mismo silencio que mi abuelo
de escucharlo, sin dudas, se pondría a insultar.


                                  V


Mi padre toma fuertemente de la bombilla del mate,
combatimos el verano sentados en las viejas mesas
de cerámica de nuestros abuelos, el calor de la bebida
nos hace transpirar, pero es una costumbre en la que no cedemos.
Llevamos dos días de tranquilidad en el patio,
desde que la tormenta azotó la región y la dejó sin luz.
Impasibles, permanecemos sentados. Sólo a veces,
cuando el perro del vecino salta el tapial,
nos levantamos y con un grito bárbaro lo alejamos.
Protegemos a la gata que justo se le dio por parir.
Es inminente que la luz va a volver en pocas horas,
pero bien podría no hacerlo, nos sentimos hombres primitivos
que nada necesitan de las comodidades de una casa.

Diego Brando

Nací en Leones, Provincia de Córdoba a fines de diciembre de 1987. Empecé a leer en la adolescencia y la literatura siempre fue lo que más me interesó, empecé con narrativa, a la poesía la veía en ese momento como una cuestión un tanto inaccesible para mi conocimiento aunque con el tiempo me demostré lo contrario. Estudié el Profesorado en Lengua y Literatura en la ciudad de Bell Ville viajando diariamente durante 4 años y medio, me recibí en septiembre de 2014 y aún no ejerzo. La escritura de poesía comenzó como una necesidad en el 2012 aunque sólo por un tiempo, la retomé en septiembre de 2015 luego de unas clases de poesía inglesa y norteamericana de parte de Diego Sampo y fue lo mejor que me podría haber pasado. Escribí mi primer poemario y ahora estoy con una segunda idea que espero poder llevar a cabo.


diegobrando87@gmail.com
https://eltonorustico.wordpress.com/
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