EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

viernes, 26 de febrero de 2016

GRISELDA GARCÍA



Les presto atención a ciertas obsesiones, sueños que se repiten, imágenes que insisten en el paisaje interior, la gota de agua en el cuello del muchacho en el subte, un día de calor, el recuerdo de las manos de mi abuela al cocinar. Veo películas, series (se aprende a narrar), voy al teatro a ver ópera y escuchar conciertos. La traducción de poesía también influye; es un poco caerse dentro de otro autor. Esos estímulos van quedando en maceración durante años. Si son lo bastante importantes terminan abriéndose paso en forma de texto o cortometraje.
Al momento de escribir, la relación con mi cuerpo es total: suben oleadas de energía desde mi centro. A veces son latigazos de electricidad; otras, llamaradas más sutiles. Trato de no pensar demasiado en esto, quiero evitar que la mente adquiera demasiado poder en detrimento del saber del cuerpo. Siento y, en el mejor de los casos, dejo salir las palabras. Esto último no ocurre siempre. Se van acumulando con el paso del tiempo, hasta que en un momento me escucho (por lo general a algún bar, esos livings de la existencia) y estalla todo. Después siento que fue una limpieza pero no de algo que estaba sucio. Como en la práctica de yoga, se trata de ir abriendo, de devolver espacios, de expandir lo contraído.

Podría recomendar muchos autores, pero me inclino por Marguerite Duras, El mal de la muerte

(fragmento)

Otra tarde usted lo hace, como estaba previsto, duerme con el rostro en lo alto de sus piernas separadas, contra su sexo, ya en la humedad de su cuerpo, allí donde ella se abre. Ella lo deja hacer.


Otra tarde, por distracción, usted la hace gozar y ella grita.


Usted le dice que no grite.


Ella dice que ya no gritará más.


No grita más.


Jamás de ahora en adelante ninguna otra gritará por usted.



Quizás obtenga usted de ella un placer hasta entonces desconocido para usted, no lo sé.


Tampoco sé si percibe el sordo y lejano zumbido de su goce en su respiración, en ese suavísimo estertor que va y viene de su boca al aire exterior. No lo creo.


Ella abre los ojos, dice: Cuánta felicidad.


Usted le pone la mano en la boca para que se calle, le dice que no se dicen esas cosas.


Ella cierra los ojos.


Ella dice que ya no lo dirá más.


Ella pregunta si ellos sí hablan de eso. Usted dice que no.


Pregunta ella de qué hablan. Usted dice que hablan de todo lo demás, que hablan de todo, excepto de eso.

Marguerite Duras. El mal de la muerte. 1982.


Poemas de Mi pequeño acto privado. Barnacle libros. Buenos Aires. 2015.

El llamado de la sangre

Cada noche Padre, ciego de ardor
golpeaba la cuna de carne
donde yo crecía.

Mi cuerpo recuerda la embestida
mes a mes.
En sangre acusa aquel deseo
este terror.


Sobreviviente

Amanezco con el pecho desnudo
junto a un soldado raso que fuma al sol.
Un bere bere me ofrece su pipa de kif
los otros tripulantes
han sido enterrados de pie
junto a un muro.

¿Escuché, acaso
el ulular de barcos en la tormenta
el gemir de los ahogados
el grito de los niños en el jardín?
Nada salvo el rumor del mar.

Bajo el mosquitero de una cama en Tánger
sigo con la vista la ruta de las arañas.
Me cura el sueño.
Con párpados pesados
me adormezco al sol
inmóvil quién sabe hasta cuándo.


La reina tuerta

Hasta un ciego con memoria del tacto
podría servirme
lo guiaría el olor de la sal, la tibieza
la humedad silenciosa.

Detrás de él vendrían cientos
aceite en el cabello
olor acre de la orina.
Yo sólo tendría que yacer inmóvil
palmear alguna espalda, quizás.

Lo mejor es lo que más tarde llega
una noche, sin ser esperado
delicado como un ladrón
mil veces más silencioso.

¿Soy aquella niñita de pollera al viento
bailando entre altos pastizales?


Liturgia


En los momentos más altos
desde puntos lejanos
los veo acercarse
vienen a mí con ofrendas.

Doy mi cuerpo y comen
doy mi sangre y beben.

Vivo en ellos
como la madre en los hijos
que un día le darán la espalda.

Casta de cuervos
que hubiera preferido
no engendrar.



Griselda García (Buenos Aires, 1979)



Soy escritora, practicante de yoga y vegetariana. Trabajo en una editorial leyendo poesía y ayudo a los autores a dar a luz buenos libros. En mis talleres de escritura propongo una serie de ejercicios de entrenamiento vocal y desbloqueo corporal. En los últimos años, estuvimos organizando junto a algunos amigos retiros de escritura y práctica (ásanas, respiración, meditación) y resultan experiencias muy enriquecedoras. A mediados de 2016 saldrá Ahora, mi octavo libro.



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