EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 23 de febrero de 2016

PAULA JIMÉNEZ ESPAÑA





Mi encuentro con la inspiración es interior y aleatorio, si aparece una canción, por ejemplo, como en el caso de mi libro Canciones de amor (los poemas están inspirados en canciones que escuchaba durante mi adolescencia), es eso, aparece; no se da si me propongo buscar con intencionalidad. Por ejemplo, respecto al libro que antes mencioné, al comienzo intenté escribir a partir de temas de Pearl, el álbum póstumo de Janis Joplin, un disco cargado de fuerza y de dramatismo, porque es un testamento, pero a la cuarta canción, Janis dijo basta. Mi brújula interna me indicó otro camino y ahí comenzaron a fluir recuerdos relacionados con músicas determinadas, algunas sobre las cuales jamás hubiera escrito de habérmelo propuesto, como por ejemplo “Stop” de Erasure, que aunque me encanta bailarlo, me parece un tema bolichero, superficial, menor comparado por Move over, por ejemplo. Pero justamente ahí, en lo bolichero y lo superficial estaba lo que yo necesitaba para refundar en mi memoria determinada escena amorosa sobre la que necesitaba escribir y a donde nunca me hubiera llevado ese blues tan intenso por el que iba al comienzo del proyecto. Incluso decir proyecto a esta altura me suena demasiado forzado para la relación de libertad de la que gozo tanto en la poesía. Lo que estoy haciendo ahora es una serie de poemas muy sumergido en una atmósfera emocional que tiene que ver con la opresión hacia las mujeres – algo que como toda mujer conozco bien- y en asociación con la opresión de otros grupos vulnerables, pero también esto me lleva a identificar ese mismo clima con otros temas donde la pérdida se instala por algo más natural y no a través del ataque de nadie. Pero esto es lo que me sucede en la vida, en este momento en particular: la poesía está siendo eco de una manera que tengo de conectarme con la realidad, de una determinada intensidad que me despiertan las cosas reales y que en este momento me desborda.


Un poeta en el que para mí está muy presente el cuerpo es Konstantinos Kavafis, quizás no en relación directa con la escritura poética pero si cómo tema, desde el erotismo o la nostalgia del erotismo propio al cuerpo ajeno, a su vigor joven, como objeto de deseo hacia quien están destinados esos versos, a veces como puentes para volver al pasado. Para mí en ese sentido es una escritura muy carnal, muy concentrada en el pasaje transitorio del espíritu por la materia.

Recuerda cuerpo

Recuerda, cuerpo, cuánto te amaron;
no sólo las camas que tuviste,
sino también los deseos que brillaron abiertamente
en los ojos que te vieron;
las voces temblorosas, que algún obstáculo frustró.
Ahora que todos están en el pasado,
parece como si en realidad te hubieras
entregado a esos deseos.
Cómo deslumbraban.
Recuerda los ojos que te vieron,
las voces que temblaron por ti.
Recuerda, cuerpo.


Kavafis



Yo personalmente creo tener una sensación de suspensión de la carnalidad en el momento de la escritura, de florecimiento de la imaginación o del lenguaje a condición de un opacamiento de las sensaciones corporales, aunque a veces soy conciente de una especie de cosquiillita, o excitación que me asalta cuando estoy frente a la computadora. Y algo que me suele suceder cuando estoy muy compenetrada en un texto: se me van todos los dolores físicos que pueda tener, hasta anestesio una incomodidad de posición en la silla o incluso sonora, si estoy en un lugar ruidoso, de golpe no escucho nada más que mis pensamientos. La sensación al momento de escribir es de una gran energización que después, cuando termino, se transforma en agotamiento repentino. Por eso creo que escribir es una trampa, nunca estamos donde estamos, no somos el cuerpo físico, se rompe esa sensación de identidad con lo perecedero. Al escribir se sopla una burbuja en el tiempo como en el cuento El milagro secreto: de pronto, en diez segundos, somos capaces de vivir las cosas que viviríamos en una vida, y a los ochenta años tener sensaciones de enamoramiento en el pecho como a los veinte. El cuerpo se recupera en la escritura. Pero ese cuerpo que se recupera es el ideal el que ni siquiera conocimos cuando teníamos veinte.

Poemas

Pearl


Cuando suena Move over  tomo sol
en la terraza, bajo mi espalda hierve
la membrana plateada impermeable
y el verano y el aceite Johnson
me calcinan la piel.
Cuando suena Move over me pregunto
cuántas cosas podré hacer en esta vida
y concluyo que todas.
Estoy despierta, pero el mundo duerme
su antigua siesta mientras Move over suena
y en el zaguán de un edificio tomado
mi amante palestino
me da un beso. Su lengua asoma
femínea y delicada
entre los pelos negros de la barba
cuando suena Move over.
Pero una chica como yo – y él no lo sabe-
hubiera muerto por besar a Jannis Joplin
entrando a la cabina de un estudio
con manos anilladas y vibrando
a capella Summertime.
Los platillos redoblan las campanas
porque ella sigue ardiendo o porque nunca
lo estuvo más que cantándome Move over
en mis auriculares.
La música es un río que esta tarde
desemboca en su boca que es el cuadro de Munch
y los golpes de bata alejan como un viaje de Roiphnol
cualquier pasado, con excepción del suyo.
Y al sonar de Move over, Janis Joplin
tiene los ojos de mi amiga Carolina, ocultos bajo lentes
redondos y dorados y el pelo revuelto y abundante.
Ella me mira con el verde de esos iris que atraviesan los vidrios
me mira con la fuerza concentrada de ese verde
muriendo en su esplendor
como el amor
mientras suena Move over.


Stop!

Tranquilidad,  ordenan los muchachos
y sacan un revolver que dispara
una bala perdida a las estrellas.
No tengan miedo, no, no pasa nada
repite el copiloto y a las piernas
me arroja el frío de su arma
ya vacía.  Nosotras dos salimos de bailar
hicimos dedo
y caímos en el auto de estos dos policías
que nos conducen a su antojo
por la ruta.  No sabemos a dónde
nos llevan, mientras suena
en la radio del Ford la promesa
que no será cumplida.
We’ll be together again – musicaliza el dúo
de moda del verano –  I’ve been waiting
for a long time.



Las madres errantes

Mis vecinas buscan a sus hijos al salir del colegio
y en los jueguitos del amenity
mientras hablan de cosas que ignoro, son las madres
que veo cada tarde detrás de mi ventana
(después de un tiempo, algunas
terminan pareciéndose).
Cuando mi tía murió, mi prima
me llamó por teléfono. No me dejó llorar
dijo: “Así está bien, sufría”.
Hay quienes se suicidan
a poco de perderlas o mueren como Barthes
en un accidente tonto, inexplicable.
Cuando era chica pensaba
que no podría sobrevivir a su muerte
y todavía no lo sé. No creo
en las convenciones, pero ese día
su día
la visito y le llevo un regalo, a veces dos.
Una primeriza me explicó que el amor
a su hijo era enamoramiento, metejón
que no se le pasaba.
Yo separé a mi gato de su madre
cuando tenía dos meses.
Ella lo olvidó y al verlo años después
mostró su garras y sus dientes
por defender un plato de comida.
Cuando vuelvo de un viaje
mi gato maúlla
como quejándose de mi ausencia.
Mi perro fue su madre y yo lo soy
de mis plantas cuando las riego.
Todos los días las mujeres dan
hijos en adopción y durante meses
supieron lo que irían a hacer.
Algunas meten la cabeza en el horno
y se desligan definitivamente.
Están las que se quedan y amenazan
con morir de un síncope.
Cartonean, ganan concursos de belleza,
roban carteras en el subte, hacen mènage à trois
son arrojadas a los basurales o al costado de las vías de un tren.
Hay madres que están solas y desean. Hay otras que desean.
Los astrólogos hablan de la energía de la luna. Pero la luna es blanca
y es perfecta. En la tierra las madres tienen imperfecciones.
Y yerran, como un buscapié
con la ilusión de un centro.
Burbuja, pistilo hermafrodita, todas
ansiando el trono
que como el aire rojo de una noche de amor
permanece vacío.





El dique

Nadie te vio salir. ¿Y si te hubieran visto
quién iba a imaginarlo, tu madre
porque te vio nauseosa
cuando te levantaste de la mesa, tus amigos
aunque eso qué te importa si todos te ayudaron a su modo
con plata o con el dato secreto de un doctor?
Te hablaron de raspar
o de aspirar, pero vos no querías
poner ninguna imagen donde ellos
pusieran sus espéculos
sus máquinas ruidosas y sacaran el rojo
que embadurnó los guantes
y que dejó a tu prima boquiabierta
cuando el tipo asomó gesticulando
en la sala de espera
para decirle que todo estaba bien.
Que vos estabas bien.
El fin de la anestesia fue volver
de un viaje al centro de una tierra sepultada
por el agua. Te bajaste de un barco
que se meció entre sueños
donde hubo un mar violento y chillaban gaviotas
como cuando se desata una tormenta.
Eras vos buscando desatarte, como una enchalecada
que batía los hombros. Volviste con el agua
apretada entre las sienes.
Y ese llanto era una bomba que nunca explotó.
Cuando la pesadilla pasó, vos
aún de blanco
te dedicaste a sonreír porque a los veinte
esa sonrisa parecía que era todo
lo que eras y lo que ibas a ser: un murmullo
de pétalos trayendo el zumbar de la abeja
hacia lo dulce, un gesto rozagante y azorado
ante el mundo infinito que esperaba
ofrecerte su vértigo. Todavía
esa mujer ingenua
camina en puntas bordeándote la cama
te punza con su frío solitario
te llama a veces cuando estás por dormir y te desvela
como una enemiga oculta.

Paula Jiménez España


Nací en Buenos Aires el año en que las mujeres no llegamos a la luna y a los once entendí, muy precozmente, que para llegar a lugares mucho más cercanos, siendo mujer iba a tener que batallarla. Creo que fue entonces, a esa edad, durante un almuerzo, que me hice feminista. Un año antes había empezado a escribir narraciones apasionadas para conseguir el amor de una maestra que se llamaba Nora. Mi primer texto terminado fue una descripción del otoño escrita con trazo grueso y negrísimo con el que deseaba marcar a fuego el papel. Había dibujado unas hojas marrones que caían dejando un árbol pelado porque, aunque pocas cosas sabía a esa edad, sí entendía que en ese momento del año las cosas comenzaban a morir. A Nora le gustó y me puso un diez. Tal vez a ella le deba lo mejor de lo que vino después, la poesía. Publiqué unos cuantos libros de poemas, uno de cuentos y soy periodista de Página 12 (un gran orgullo para mí). Espero vivir mucho para seguir escribiendo y leyendo libros y astros (desde 2012 ejerzo como astróloga). Ah!: algún día querré irme a vivir a la montaña.


4 comentarios:

  1. me impresionaron las madres errantes y dique. Temas que no los aborda cualquiera por más poeta que se considere.

    ResponderEliminar
  2. Me gustó mucho. Hay algo ahí detrás, flotando.

    ResponderEliminar
  3. Realmente preciosos los poemas! vine a parar acá por un librito tuyo que cayó no se como en mis manos "la calle de las alegrías" divino! realmente inspirador, gracias infinitas por escribir cosas tan maravillosas como ese librito que "casualmente" cayó en mis manos (lo de casualmente es una ironía, puesto que no creo en ellas

    ResponderEliminar
  4. La belleza se demuestra en estos poemas, conozco pocos poetas que tengan ese don, entre ellos Raul Mansilla de Neuquén, excelente poeta, te admiro...

    ResponderEliminar