EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 9 de febrero de 2016

DIANA LAURENCICH



Mi sensación física cuando escribo poesía, no la percibo, es como que me voy a otra parte, como los que dicen que entrás en un estado Alfa y flotás, no sé. Algo así.
Muy distinto es lo que me sucede con la prosa, con la que sí siento el cuerpo, sobre todo las cervicales, las dorsales, las lumbares... ¡si es que estoy mucho tiempo sentada!
Algo curioso que me pasa, es la distinta relación que tengo con la poesía cuando estoy en un medio urbano, una ciudad, un bondi, lo que sea; que cuando estoy en un medio natural.
Entre el ruido y la prisa, como decía la Desiderata, puedo escribir, sí, no tengo problema, pero tiene más que ver con un orden interno, o mejor dicho, darle un orden al caos interno para agarrarme de algo y sobrevivir al caos exterior.
Es algo que también me pasaba o me pasa cuando pinto. Me repliego y buceo en mí y de ahí sale algo tipo Allien en general, tremendo, más angustioso.
En cambio, cuando estoy cerca de la naturaleza, comienzo a empatizar con ella, y mi poesía se vuelve mucho más descriptiva de lo que sucede, estoy como más atenta al afuera.
En el afuera hay orden, en la naturaleza hay orden, por eso busco ser su semejante; convertirme en planta o animal, nube o viento.
Me hace acordar a la última película de Peter Sellers, o al libro, maravilloso también: "Desde el jardín".
Hoy, por ejemplo, estaba viendo cómo una plantucha (porque uno le da categorías a las plantas, no sé por qué) una plantucha que había crecido como loca, había tapado, se había engullido a un rosal de años y años, bello, que estaba a su lado.
Y, a pesar de saber que no me tengo que meter con la naturaleza, que ella tiene sus propios designios; comencé a cortarle hojas, a podar la plantucha y a dejar el rosal a la vista del sol y de los hombres, pero sobre todo del sol.
Eso me enseñó una lección que en la ciudad tardo años en aprender, que es saber cómo es el ser humano, cómo somos.
Lo traslado, y me doy cuenta de que por más belleza que haya en alguien o algo, si te crece al lado una bestia que no para de mostrarse y de crecer a la vista de todos, tu belleza, tus frutos, tu rosa nunca será vista. Nunca, por más valiosa que sea. O, quizá tengas la suerte de que alguien, que percibe algo raro, te empiece a descubrir, a destapar.
Eso es para mí, la poesía en el medio natural. Observar y aprender, escribir para contar lo que aprendo cada día.
En la ciudad, ese aprendizaje que como decía antes, me cuesta años de terapia y llanto, quizá lo transcribo como una poesía en forma de diálogo interno, con mucho dolor, con muchos recuerdos para extirparlos, para que me dejen de sacudir la cabeza. Es como sacarme clavos del cuerpo.
Son dos procesos muy diferentes. Y en general, tienen extensiones distintas. Las poesías del cemento son mucho más extensas que las que escribo en medio de la naturaleza.

Poemas:

Entonces, quién tira la primera piedra.

Imbéciles las reinas que se creen dueñas de sus súbditos.
Imbéciles los pueblos que se creen dueños de sus reinos.
Imbéciles los cuerpos que se creen dueños de sus vidas.
Imbéciles las vidas que se creen dueñas de su cuerpo.
Imbéciles las mujeres que se creen dueñas de sus maridos.
Imbéciles los hombres que se creen dueños de sus mujeres.
Imbéciles los políticos que se creen dueños de sus electores.
Imbéciles los electores que se creen dueños de su voto.
Imbéciles los hijos que se creen dueños de su libertad.
Imbéciles los padres que se creen dueños de sus hijos.
Imbéciles los pronósticos que se creen dueños del tiempo.
Imbéciles los tiempos en que se cree en pronósticos.
Imbéciles los anarcos que se creen dueños de sus destinos.
Imbécil el destino que se cree dueño de alguna anarquía.
Imbéciles los cuerdos que se creen dueños de la serenidad.
Imbécil la serenidad que se cree parte de la cordura.
Imbéciles los escritores que se hacen dueños de la palabra.
Imbécil la palabra que se dice en nombre de la verdad.

Imbéciles las promesas, las pasiones, la amistad eterna, la vida, eternamente creídas.


Todos mienten. Mentimos. Mentiremos.



Su nombre

Estaba acostumbrada a llevar su nombre en la boca.
Como un prendedor o una hebilla de pelo.
A veces lo lucía sin ton ni son.
Me hacía grande.
Me daba brillo.
Me acompañaba.
Ahora lo repito para adentro
como un rezo o una maldición.
Lo peor es que será así
hasta que pierda la última migaja de esperanza
de verlo colgar de su cuerpo.



Belleza

Llovía a la mañana.
Los pájaros volaban a favor,
a veces en contra.
El cristal de una ventana enrejada,
tan bello si no lo hubiera enturbiado
una lámpara bajo consumo
más helada que mis pies.

No tenía ganas de llorar, sino de cantar.
Hay belleza hasta en la miseria.

Y de repente apareció:
la pared con el mural,
y el nido de hornero que no habíamos visto.




Filo

Se me entumecen los dedos
de los pies
y las manos
al silencio lo quiebran los pájaros
no me siento mal
ni bien
estoy suspendida entre la escarcha
y el cielo
las ramas pobres
y la tierra verde profunda y helada

de este invierno.




Mañana invernal

La sangre late y
salta en hemorragias breves
la leche hierve y cae sin control
el viento sopla
y desparrama lo que tira.
¿Cuánto más resistirá mi
equilibrio de funámbula?





Zapatos

Como el pespunte de los zapatos que me regalaron

van y vienen mis pasos
de un lugar a otro
como paria.

Algo me dice:
es tiempo de partir.
Algo:
no vengas más.
Algo:
estás de más.

Recojo mi bolsa
mi menta
mis cigarros
camino bajo el sol
y llego.

Los zapatos regalados traen historias

ellos quedan detrás de la puerta.



Yo entro
y -una vez más-
empiezo.



Otra vez el padre

El padre que no cesa de caer
barranca abajo
sin cadera
sin destino
más que el que todos
sabemos.

¿Cuánto tiempo se puede sostener en pie
si hace rato no camina?

Otra vez hospital
otra vez
el dolor
y la primera entrega.



La mayor estupidez

¿No es acaso la esperanza
como aquel filete pintado
en un colectivo guatemalteco
que se nos escapa
diluyéndose
tras un vidrio
en la carretera?

Diana Laurencich



Comencé a escribir bien chica, poesías, me encantaba escribir poesías, sobre todo encontrarle la rima a las palabras.
A los siete u ocho años, recité por primera vez, en la escuela, una poesía a Belgrano.
En la adolescencia ya no tenía rima y contaba experiencias mías pero con personajes de nombres griegos como para hacerme la culta. Después vino la época punk o dadá de experimentar con las palabras y las sensaciones que generaban.
A eso le siguieron los diarios de vida cuando comencé a viajar por el mundo y tropezarme a cada rato con el dolor y el amor.
Todo esto sin mostrarle nada a nadie, o sólo a los más íntimos. Porque para todos yo era la pintora, y mi hermana gemela, la escritora.
Recién en Lanzarote, en el 2003 o por ahí, comencé a mostrar. Desde entonces, los blogs son el mejor medio para mostrar lo que escribo. Soy muy vaga para lo que es buscar editor, mandar a concursos y menos que menos, para hacer relaciones públicas. Pero lo que llevo escrito es mucho.
www.dianalaurencich.wordpress.com
En facebook: Danixa Laurencich
En Twitter: @DianaLaurencich



No hay comentarios:

Publicar un comentario