EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

viernes, 26 de febrero de 2016

HORACIO FIEBELKORN



Tengo una zona interna en la que confluye todo:  lo real visible, el sonido incidental, las voces, los sueños, las lecturas. No digo “el paisaje” ya que soy platense, y el karma de los platenses es crecer en una ciudad que no tiene paisaje, y por eso tenemos que inventarlo.
Sólo de tanto en tanto investigo algún tema, es cuando se me hace necesario, o cuando el texto lo reclama. Trato de estar siempre atento a la demanda del propio texto en curso.
Siempre veo películas. Hay una cuyo clima fue propiciando un libro entero, Elegías, del 2008. La película es “El espejo”, de Tarkovsky, cuya virtud es hacer que el espectador, a partir de los recuerdos del cineasta, sea capaz de conectarse con su propia historia personal, con su propia memoria. Es una maravilla de película. Mi libro no está a su altura, pero lo intenté. A lo mejor ese fracaso es su mérito.

Música siempre, pero no en el momento de la escritura. Para eso necesito silencio. En mi casa escucho música instrumental. Es la que necesito para poder identificar la voz posible de  cualquier texto. Me gustan mucho los conciertos de piano de Keith Jarrett en Europa. También algunos discos de Bill Frisell. Al rock lo tengo reservado para cuando voy por la calle.
Hubo un poema, “Venus embarrada”, que está en “El sueño de las antenas”, cuyo desarrollo pudo destrabarse durante varias caminatas en la que escuché obsesivamente “Stepping out”, de Cream, que me iba marcando un pulso rítmico posible para sostener el poema, que es medio largón.
Vuelvo a lo primero, la zona interna donde confluye todo. Hay un poema que quizá ilustra lo que digo. Es “Pájaro en el palo”, que en el libro Elegías es un fragmento sin título de una serie más larga, y está también en una antología personal que se publicó en Uruguay. En ese texto, cuyo significado sólo pude entender tiempo después de escribirlo, se combina una observación falsa, una voz popular, y una escena imposible.
No tengo sensaciones físicas al momento de escribir. Creo que lo físico queda en suspenso, lo mismo que toda emoción discernible. Predomina un estado neutro, como si estuviera buceando con extrema atención.
Llega, sí, un alivio, o cierto alivio, al dar con “la palabra justa”, digamos, en un verso, o al encontrar el cierre adecuado, o el criterio de corrección que demanda un poema. Es una satisfacción íntima y silenciosa.
El cuerpo y el arte: hay momentos en que son la misma cosa. El momento de la escritura, por ejemplo. Aunque tal vez sea esa propia mímesis lo que hace que tal percepción, al menos para mí, sea más intelectual que física.
Si predominara lo físico, no podría escribir.
Como en un vínculo amoroso o erótico: si te entregás en plenitud a la escena, no pensás en escribir ni en pintar. Lo vivís, y punto. Lo otro, en todo caso, viene después.
No sé. No me siento un “artista” ni me interesa vivir “artísticamente”.


Poemas


Venus embarrada

Fue en esos caños, en las tuberías de cemento
y terciopelo que unen el vapor de las ciudades.
A ese lugar nos empujó el sueño. No hubo fuentes
ni arboledas, ni pasto de altura. Nada de andar descalzos
ni pensamientos leves que mitiguen excesos de la memoria.
No hubo calles de nombres raros que inviten al olvido.
Más bien se impuso el repique obsesivo: quiénes fuimos
hasta el momento en que la lluvia nos detuvo.
Que el silencio haga lo suyo, no calles por él,
que ya calla por todos mientras observa la marea,
la colección turbia de la estadística, los datos duros
del riñón de todo este asunto, justo allí donde el ocre
de las toneladas de piel y huesos que dos siglos
arrastraron, se vuelve una mancha fundida en los
borrachos que hacen cola y gritan, por una lonja de carne,
un poco más de vino. Así son las cosas en este mercado,
así se trafica el ojo con la voz, la sal con las lentejas,
las manos y la piel. Y toda la gran mugre, la marea oscura,
corre por avenidas de siglos y vuelve a mear en los canteros.
No hay más fuente que la avenida giratoria cubierta
de basura. No hay más avenida que aquella que pasa
por las puertas del nombre. No hay más puertas que las
abiertas por el cielo, rayado por las antenas que el viento
mueve en la terraza genérica de la mente.
El aluminio de los caños leves que cruzan el ojo,
no basta para sostener algo como una idea que se afirma
decenas de metros por encima de las cabezas.
Antenas, antenas que se agitan. No muestran lo mejor,
no echan sombra, no preguntan nada, solo emiten y
reciben señales, puntos en el espacio, ruidos
en el tiempo, y por el tajo que abren allá arriba se filtran
las maderas quebradas, las fogatas, las huellas petrificadas
de los que antes caminaron, comieron, garcharon,
discutieron precio y valor y se quemaron en la marcha
de los minutos. Ahora es cuando callo, y la veo,
Venus embarrada, con sus retratos, la mirada metálica,
sus pocas ganas de responder cuando pregunto
de dónde viene, Venus que se aleja y se diluye
entre sifones rotos y papeles que giran mientras
corro tras ella para decirle que hay que irse,
porque se viene la lluvia.


Pájaro en el palo

Un pájaro pega en el palo.
En las avenidas, bajo los árboles,
en los caminos de cintura,
quieren saber qué pasa con el cruce
de un pájaro y un palo,
qué fue del pájaro después del palo,
qué quedó del vuelo, dónde
cayó lo que volaba, qué marca en el palo
dejó aquello que venía y sacudió el aire,
quién puso ahí ese palo, cómo fue,
de dónde vino lo que se estrelló.
Nadie vio nada, nunca se sabe
qué música suena
en el cuerpo de un pájaro
que pega en el palo.


Hotel Room

Mi padre esperaba en el cuarto del hotel.
Yo me demoraba en una disquería de la esquina.
Era verano en nuestras vacaciones de hombres solos.
Cuando subí a la habitación, el viejo me dijo:
“Acaban de robarme, nos quedamos sin nada”.
Supe que no era verdad, porque mi padre
está muerto, y lo veía joven y flaco,
demasiado parecido a mí.
Así nos despedimos. En un sueño,
en un cuarto de hotel desconocido.



Sobre el tiempo que se pierde en buscar el tiempo perdido


Los discos de vinilo decían
“33 ½ r.p.m.” aunque las bandejas
andaban siempre un poco más lento
o un poco más rápido. De modo tal
que la música nunca fue
lo que nuestro oído creía percibir. Y así
de las miles de veces que escuchamos
“A day in the life”, “Las cuatro estaciones”,
“Lady Jane”, “Los mareados” o
“Visions of Johanna” resultan
largas horas robadas por el tocadiscos
a la pieza original, o en su defecto
versiones prolongadas que agregaban
minutos a la música, voces más gruesas,
bajos más bajos, largos pasillos entre notas.
Acaso la única opción a mano para que vuelva
la música perdida sea girar el disco en sentido inverso
lo que permitirá escuchar,
encriptada y secreta,
la vieja canción del pelotudo.

Horacio Fiebelkorn

Soy hijo de la educación pública. Nací en La Plata en 1958, y las palabras sembraron su veneno en mí cuando vi por la tele a Almendra en 1969. En 1973 ví en vivo a Pescado Rabioso en el estadio Atenas, y me cagó la vida definitivamente. Después vino todo lo otro. Tengo dos hijos adultos, y algunos libros publicados. Vivo en Buenos Aires,  aunque en La Plata llevo adelante el ciclo de lectura Misa de 7, desde hace un año.

 horacio.fiebel@gmail.com

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