EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 22 de marzo de 2016

DIEGO MUZZIO





Creo que, en general, presto atención a todo lo que citás al mismo tiempo: imágenes internas, paisaje, realidad, lecturas previas, diálogos, sueños. Sólo que no me doy cuenta. De alguna manera, ya está incorporado en mí, en mi manera de trabajar. Sí, suelo investigar sobre el tema sobre el que estoy escribiendo, si se trata de narrativa, y puedo ver películas o documentales que traten sobre el tema en cuestión, pero no voy al teatro ni escucho música que me inspire.
En el momento en que estoy escribiendo, el cuerpo, de algún modo, desaparece, deja de tener importancia. Pero, cuando me levanto de la mesa en la que estuve trabajando, es como si acabara de correr dos horas seguidas. El cansancio físico, muscular, se siente de golpe. Creo que ese cansancio tienen que ver con el hecho de que uno, durante el tiempo en que estuvo escribiendo, estuvo en tensión. No te das cuenta, claro. Lo sentís después. Pero escribir es, sin duda, también un trabajo físico, una tarea que se hace con los músculos.

Poemas

Java

El vapor que se eleva de la taza sugiere el contorno 
de archipiélagos donde la lluvia doblega 
la verde penumbra de una selva. Y después, 
sobre la playa, ves avanzar una familia de tortugas, 
y más tarde apenas los caparazones vacíos, 
útiles aún para ocultar a los peces más pequeños 
de las fauces de depredadores mayores.
Y los mismos pensamientos vuelven 
con el reflujo turbio de la marea: 
el azar que te permite estar sentado, imaginar
viajes improbables como morir unos minutos 
para descender a dispersar el denso 
cardumen cebado en tu costado. 
Y si al regresar lo harías al mismo lugar, 
bajo las mismas condiciones, y cuánto de tu vida 
estarías dispuesto a resignar por el dudoso privilegio 
de nadar en esas aguas; si al retornar encontraras
que ciertos objetos o incluso tu cuerpo cambiaron
y tu mano ya no sostiene una taza y tu mano
es sólo el dorso de tu mano acoplado a una mandíbula.
La luz no pacta con la oscuridad 
y es necesario encontrar una estrategia que te permita 
atravesar la longitud del día, segregar un caparazón, 
otro cielo bajo el cielo, prevalecer un tiempo 
sobre el agua que aguarda 
la caída y dispersión de tu precaria arquitectura. 


Sentado como un Buda entre las camas de mis hijos

Estoy sentado en la oscuridad
como un Buda entre las camas de mis hijos. 
Estirando cualquiera de mis brazos
podría tocar los bordes de esas camas que, 
en la noche, parecen arcas diminutas
con sus animales en equilibrio en las cabeceras,
una abigarrada Creación fabricada en China. 
Uno eligió elefantes e hipopótamos, 
los animales más grandes y pesados;
el segundo se quedó con lobos
y otros depredadores; así se repartieron 
el mundo de la bestias antes de irse a dormir
como dioses inconscientes. 
Los escucho respirar, moverse, murmurar 
palabras en un idioma pegajoso
que asciende desde la profundidad,
el oscuro temor a las catástrofes: 
fuego, pestes, hambruna, diluvios, 
la propagación del caos en la carne.
Y aquí estoy, sentado en las tinieblas,
entre las dos camas, listo para ahogarme,
si fuera preciso, mientras ellos navegan en sueños 
hacia tierras de promisión.


Ciertas observaciones en un jardín  

He olvidado lo que alguna vez supe sobre los árboles
pero, si fuera pintor, podría pasar mi vida pintándolos, 
aunque mis manos torpes apenas sirven para trazar 
una y otra vez las negras líneas de ciertas palabras
o para recolectar las cerezas dispersas sobre una tierra 
al otro lado del océano. Adramandoni; ese es el nombre 
que los ángeles confiaron a Swedenborg en sueños: 
jardín del Edén. Puedo imaginar el árbol, 
al hombre y a la mujer, a la serpiente, pero no a Dios: 
¿sería sólo una voz? ¿o aparecería de pronto entre las ramas 
como el gato de Cheshire, sonriendo, desapareciendo luego, 
dejando entre las hojas una fantasmal hilera de dientes
y algunas palabras confusas?:  un perro no está loco.
Regreso a las cerezas. Los árboles navegan en la luz, 
pero al declinar la tarde yacen de nuevo inmóviles 
como trampolines verticales. No hay niños riendo bajo las hojas.
O sólo hay uno: él carga su jardín portátil en la memoria
y, atravesando años de olvido, aparece bajo un limonero
para recordarme la importancia de cualquier jardín. 


 Ventanas iluminadas

Abre los ojos. Su mano cae sobre los libros
apilados junto a la cama, toma uno al azar
y lee un poema: es como abrir una ventana 
en una casa desconocida, a la que llegamos 
por la noche, perdidos, empapados por la lluvia.
Aún somnoliento, su cerebro organiza el trabajo:
¿puede aprovechar algo de sus sueños? 
El asno cayendo de lo alto de la montaña
o aquella voz en la oscuridad:
“la muerte es una silla en una habitación vacía”.
Escribe. Corrige. Vuelve a escribir. 
La tarde despliega la pregunta de siempre 
y, al anochecer, cree encontrar una respuesta 
en otro libro abierto al azar:
debo escribir poemas, la más fatigante de las ocupaciones.
Enciende la luz. Se acerca a la ventana. 
Otras luces resplandecen a lo lejos, 
entre las copas de los árboles. 
Algunas permanecerán encendidas hasta la madrugada.


Predilección por las cosas pequeñas

Esta mañana, después de un invierno
demasiado prolongado, mi hijo y yo
salimos a pasear por el bosque.
El iba cantando y juntando ramitas,
hollando apenas las hojas
mientras yo pensaba en los años
que había pasado sin escribir poesía,
enterrado en la prosa de ser padre.
De pronto, mi hijo se detuvo y gritó: 
¡papá, un perro, un perro! 
Al levantar los ojos, vi un pequeño ciervo 
huyendo sobre el sendero, entre los árboles. 
Si la arquitectura de su fuga se desmoronara, 
y al final del día sólo me quedara 
el silencio tumultuoso de su paso, 
el agua del tiempo inclinada hacia la noche: 
¿Regresará mañana? ¿Encontraré en mi sueño 
el movimiento capaz de retenerlo? 
¿Cómo explicarle a mi hijo
que tantas cosas dependen de un poema?

Diego Muzzio

Nací en 1969, en Buenos Aires, y, hasta los diez años, viví en distintos lugares del país: general Roca, Bahía Blanca. Cursé estudios de letras en la UBA, pero no terminé la carrera. Empecé a publicar poesía demasiado joven. Gané algunos concursos literarios; más tarde, empecé  a escribir y publicar narrativa y libros para chicos. Durante mas de diez años, viví en Francia, y regresé en el 2014 . 


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