EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 7 de marzo de 2016

LORELEY EL JABER

 

De intentar describir mi proceso de escritura diría que suelo detenerme en imágenes concretas, momentos específicos -reales o imaginarios, luminosos u opacos- pero temporalmente pequeños.  Un modo de recortar el tiempo, el devenir, lo que sucede, y mirar aquello recortado casi como si fuera un film, interrogarlo, desgajarlo. Me interesa reparar en los detalles: cómo ondula el pelo en el agua, cómo se escabulle el aliento, ese mirar olvidado... A veces las lecturas inciden, seguramente su influencia está ahí aún a pesar de que uno mismo no lo perciba en primera instancia. Pero diría que es el paisaje que miro, el espacio que me rodea el que dispara con potencia la imagen, el que lleva a la poesía y, en esa línea, los sentidos que aparecen en tensión o en comunión conesa imagen; luego la historia y entonces el lenguaje deslizándose,  buscando forma.
Creo que el cuerpo tiene un lugar especial en aquello que escribo. Esos detalles, esos momentos de los que hablé, siempre cobran un sentido si es el cuerpo el que está comprometido. Como si hubiera un modo de sentir lo que dice la lengua y escribe la mano, la poesía repercute en mí generalmente en el aire, en el aliento. Leo lo que escribo, cada verso, leo una y otra vez y me ahogo o me libero y, mientras leo, ajusto la imagen en función del aire, de su exceso  o de su falta con la que quiero aguijonear. Mi cuerpo se funde, busca fundirse;  cuando logro eso, leo el poema  y sonrío.
 Muchos autores vienen a mi mente al hablar del cuerpo y de la escritura. Pero ofrezco este fragmento del filósofo  Jean-Luc Nancy, de su libroCorpus, que justamente estuve leyendo en estos días:

      “Escribir: tocar el extremo. ¿Cómo entonces tocar el cuerpo, en lugar de significarlo o de hacerlo significar? Uno está tentado de responder con prisa que o bien eso es imposible (…), o bien que se trata de remedar o de amoldar el cuerpo a la misma escritura (bailar, sangrar…). Respuestas sin duda inevitables –sin embargo, rápidas, convenidas, insuficientes: una y otra hablan en el fondo de significar el cuerpo, directa o indirectamente, como ausencia o como presencia. Escribir no es significar. Se ha preguntado: ¿cómo tocar el cuerpo? Puede que no sea posible responder a este cómo, como si de una pregunta retórica se tratara. Pero lo que hay que decir es que eso –tocar el cuerpo, tocarlo,  tocar en fin- ocurre todo el tiempo en la escritura.
Puede que eso no ocurra exactamente en la escritura, si esta tiene un “dentro”. Pero a orillas, al límite, en la punta, en el extremo de la escritura, no ocurre sino eso. Ahora bien, la escritura tiene su lugar sobre el límite. No le ocurre, pues, otra cosa a la escritura, si algo le ocurre, que tocar. “


Poemas


 ME MIRA CON OJOS AGOTADOS...
Las manos entrelazadas en el pecho
aferran una cartera que nunca le gustó
que una vez le regalé
y que ahora agarra firme y desesperada
como si toda su historia estuviera allí escondida
Tiene la cabeza lastimada
La sangre le tiñe el pelo rubio y lo endurece cubriéndole la frente
Me mira
me señala con sus ojos grandes la herida
y se deshace en agua
Llora como una nena perdida
sola
abandonada
La abrazo
pero mi cuerpo no logra aquietar ese miedo triste
La abrazo
aún cuando sé que nada calma mi abrazo
La veo quebrada
en una cama de hospital
con la cartera en el pecho y las manos atadas con fuerza a ese cuero viejo
y me pregunto y
no entiendo
qué hace mi inmensa hermana ahí
tan chiquita
tan entregada
La veo y
no entiendo
Me trago esta amargura que se me instala
(a mí también)
en los ojos grandes
(que las dos tenemos)
y la acaricio
con mi mejor cara






COMO QUIEN SE ENTREGA A UN AMOR DESAHUCIADO...
así se sube al bote para andar el río
A medida que rema
concentrada en las manos, en los brazos, en los detalles del agua
siente
otra vez
que el río la absorbe, la llama
que hay una fuerza ahí
que quisiera tragar con furia
deshacer ese ritmo acompasado y
romper esa potencia acuosa que
claramente ella desea pero
no tiene
Los que la conocen saben que su historia final no se debió a un descuido
y no se explican esa imagen última
no se explican
el ímpetu de la mujer desgarbada
aquélla de los cabellos negros
abandonando el bote a mitad de camino
y ofreciendo
como en un rezo antiguo
su cara
su cabeza
su cuerpo
entero
al río



ESTÁ ACOSTADA EN UNA HAMACA PARAGUAYA...
La mirada perdida en un tiempo que no está
en un hombre que se fue
en una hija que eligió olvidarla
Lleva el tabaco a la boca
Fuma
Mientras lanza el humo que puebla su cuerpo viejo
deja que un brazo cuelgue por fuera de la tela que la sostiene
Los dedos amarillos
de esa única mano a la vista
aferran un cigarro que se consume empecinado
La ceniza cae
persistente
De repente asoma su cabeza y mira
la alfombra gris coloreando el piso verde
Un largo y agudo quejido se escucha entonces frente a
cada resto de fuego esparcido
como si fueran esquirlas de una vida pasada
acorralándola


Mi cuerpo
ganado por el ruido
es
ahora
un chillido que hiere



Loreley El Jaber, “La Espesura”, Ediciones Del Dock, en proceso de edición



Soy Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires, investigadora  del Conicet y docente de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad. He escrito el libro de ensayos Un país malsano. La conquista del espacio en las crónicas del Río de la Plata (2011) y co-edité el volumen 1 -“Una patria literaria”- de la Historia crítica de la literatura argentina (2014). En cuanto a la poesía, publiqué La Playa (2010) y diversos poemas en las revistas Contratiempo (Chicago, 2007), Casquivana (Buenos Aires, 2012) y Sala Grumo (Buenos Aires/ Río de Janeiro, 2013 y 2015) donde algunos poemas fueron traducidos al portugués.


 leljaber@gmail.com

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