EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 26 de marzo de 2016

RAMIRO SACCO




Me interesa la imagen pictórica, eso quiere decir dibujar, fotografiar, juntar, tallar, leer, mover, apostar, escribir, barrer, tantear, posponer, cortar, pegar, unir, romper, modelar, hornear, pintar. 
Investigo y trabajo la técnica de la encáustica hace diez años. Es una técnica antigua anterior al óleo, su aglutinante es la cera de abeja y se mezcla con pigmentos. Es como la cocina pictórica, como hacer óleo. Me interesa la alquimia del oficio. 


Los soportes que uso son bastante deliberados, pensados o en cierta forma el soporte, para mí, también es signo. Como el espacio.
Estoy todo el día en el taller, generalmente. Pero no trabajo todo el tiempo, tanteo, voy, vengo, salgo, miro. Soy medio pájaro como me muevo. Soy medio árbol también, cuando tomo mate. 
Tengo planes para trabajar. Me viene una idea o la busco. Hasta dar con algo, con un atisbo o un presagio. Y todo se convierte en diálogo. Con una cosa, con una caja, una silla, un paisaje, una tela, un árbol, un libro, un caballo, con los saberes, con el deterioro, con la tormenta, con la ruina, con el agua. Empiezo a ser como un canal dialéctico entre sujeto y objeto. Trabajo en silencio o con algún disco. Si es a la mañana es folklore, algo telúrico. Si es al atardecer es música clásica, si es más de noche es jazz. Puedo apagar todo para escuchar pinceladas, pequeños sonidos, los pasos que hago, el apoyar cosas. También sería como una micromelodía. Pero nada para inspirar, no sé si creer eso. Todo para acompañar el encuentro con el goce. 



No trabajo mucho las obras, es decir, largos meses. Puede ser una semana o dos. O retomar alguna de hace tres años y modificar o continuar. Nada que esté en el taller está terminado. Y más que repetir, insisto. 
Suelo escribir sobre las ideas, soy bastante teórico. Me interesa la palabra. El lenguaje. En la lectura oscilo mucho entre lo teórico y lo poético. Antes de pintar o después. De nuevo diría que no termino de creer en la inspiración. Hay algo que dice Ricardo Zelarayán y es como mi mantra: «no existen los poetas, existen los hablados por la poesía.»
Planteo una idea que me la puede dar el soporte mismo o algún elemento encontrado (un bidón arrugado, una chapa, una caja, un lugar), la dibujo, caliento la cera, mientras preparo pinceles o leo algo hasta que esté listo. No es lúdico para nada. Estoy parado en medio de lo técnico y lo poético, del oficio y la poética más bien. 
Respecto a las sensaciones físicas, tengo una idea bastante escatológica. La sensación física es la misma que me pasa al mirar un árbol o un río. No es cartesiana, pero tampoco me desligo completamente. Tengo la sensación de que el taller es como un cuerpo. Pero en el momento de trabajar es como “ir de cuerpo”. Quiero comparar el taller con el baño. Recuerdo que en un momento de viajes, me interesaba conocer los baños, el baño de Yupanqui, el baño de Manuel de Falla, el baño de Spilimbergo o de Castagnino. Todos por esta misma razón. Es una comparación fuerte pero real. Es un momento del cuerpo a solas consigo mismo, reflexivo, observador, atento, muy atento. La relación con el cuerpo es totalmente natural, diría. 
También me interesa pensar la pregunta por el cuerpo. Como juegos de lenguaje. Mi relación con el cuerpo de quién. Con el cuerpo de las cosas, con el cuerpo del soporte. A veces hay un momento en el que al trabajar o estar concentrado, todo se vuelve cuerpo. El cuerpo como una forma de recepción, de vacuidad, el cuerpo como el lugar para recibir una ausencia (Berger), el cuerpo como existencia bruta y salvaje. Plotino diría que no tenemos cuerpo, que es el alma el que lleva un cuerpo. Entonces, es como manejar una máquina. No creo, vuelvo a Zelarayán, no existen los cuerpos, ¿existen los hablados por el cuerpo? 


Pienso en artistas que usaron su cuerpo como soporte, como Carlos Leppe (artista chileno), como Alberto Greco, como Liliana Maresca; o los cuerpos de Bacon, de Macció, de Giacometti. Pero también es pensado el cuerpo invisible de Morandi, de Rothko o de Chillida. Sin embargo en todos esos cuerpos hizo nido una historia, una poética. Volvemos a ser hablados siempre.


Ramiro Sacco

Nací en San Fernando, en diciembre del '79. Estudié en la Universidad Nacional de las Artes, aprendí mucho en el taller de Pablo Betti y en los encuentros con Horacio Safons. Hice cerámica con Eduardo Garavaglia. Doy clases en mi taller, frente al Canal de San Fernando, en ese límite con Tigre. Vivo y trabajo allí, cuando se me acumula el acopio de obras y por los roces del sinsentido, o al pensar en Carl Sagan, organizo fogatas para quemar obra y redimir lo invisible.
www.ramirosacco.com.ar
ramirosacco@gmail.com




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