EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 19 de marzo de 2016

SILVIO MATTONI



En general, escribo a partir de una pequeña anécdota, viaje, recuerdo, cosas vistas. También puedo tener una cita de alguien que quisiera incluir y voy llevando el poema hacia un modo de expresión que le dé cabida a ese fragmento. A veces cambio la cita, la vuelvo irreconocible.
Más allá del poema singular, que puede ser extenso, ya que casi nunca escribo poemas brevísimos, rastreo temas, tópicos, cuyas repeticiones van formando una idea de libro, que puede estar al principio, con los primeros poemas, o bien irse cerrando después de muchas cosas escritas. El título del conjunto le pone un rótulo a la indagación de la zona temática.
Trato, mientras hay un libro en marcha, de leer mucha poesía (si estoy necesitado de elementos) o ninguna (si me desvío demasiado).

El cine y el teatro, a los que casi nunca voy, no me hacen falta, pero supongo que en algún caso una película me dio alguna idea para títulos generales.
En el último libro que hice, todavía inédito, cito canciones o arias o cualquier música con letra, en cualquier idioma. Cito una canción por poema, un fragmento de letra cantabile oculto en los versos. Fue la única vez en que necesité música para escribir, o el recuerdo de la música.
Sería necio decir que no creo en la inspiración, aunque le crea poco, porque una gran parte de cada poema no está previsto ni por asomo antes del estado de escribir, antes de estar escribiendo, absorto. En ese rapto, como por descuido, sale lo inesperado de un ritmo, lo que más me gusta. Curiosamente, ese rapto al escribir podría describir lo que hace mi cuerpo. Digamos que me inclino sobre el cuaderno, voy haciendo marquitas con la lapicera de tinta en gel, que resbala, que hace puntos gordos. Estoy como acunándome solo, con la cabeza ladeada hacia la derecha, hacia la mano que escribe.

Nadie sabe todo lo que puede hacer un cuerpo, más allá de uno. Esto es casi una cita de Spinoza, que miraba la habilidad de las arañas, la compleja y poligonal factura de sus telas, y pensaba que no era pensamiento la causa de sus diseños.
Segregamos frases como otros animales hacen cera o cultivan hongos bajo tierra o braman, croan, mugen.

Para mí el cuerpo es una relación con lo involuntario, que es, como suele decirse, la mitad del arte.


Del libro inédito El gigante de tinta.


Amigo ruso

De nuevo, un viaje de una sola vuelta
de la tierra en su eje. En la ciudad
donde estuve casi no vi a nadie
pero miré mil caras, deslumbrantes
u opacas. Subí en vagones que no me llevaron
más que a otros negocios llenos de regalos
que no hacían falta. Y esa noche
única que pasé en el barrio de Congreso
ya despoblado, salvo por turistas y chicos
sin horarios fijos, me quedé leyendo
las aventuras de un poeta ruso que alguien
en la muchedumbre, con un aspecto
desconocido, había traducido felizmente
para mí. Algo aparecía en ese libro
colmado de banquetes, bailes y decepciones,
de chicas francas y varones cínicos
a los que un arcaico honor hace matarse
sin entusiasmo. Salí así del silencio
que ya no tendría tiempo de volver
cuando llegase a la pieza más tarde.
La carta que me mandé en un papelito
a través del oleaje de la gente
donde muchos podrían ser amigos
no alcanzaba la altura de una frase:
“Para todos los que siguen viaje,
soy un muerto.
Para la chica que no me vio.
Para los hijos de mis hijos.
Para los que bajan antes.
Conozco otro arte y aun así,
la música pop es parte del llanto,
sólo mío y masivo”.
Mi nuevo amigo ruso a veinte mil
kilómetros de acá y a dos centurias
de su glorioso acmé me dio un abrazo
y se tomó su vodka ya sin cuerpo
para acompañar mis cervezas argentinas.
Su ritmo traducido parecía
ingenioso y vivaz, las discusiones
políticas de una vereda de bar
casi en penumbras le agregaron
cierta música. Lo escuché cantar
una defensa clara de los versos
contra la vejez y la caída anónima
de la resignación en las novelas.
“Los años tienden a la dura prosa
que da miedo a los nenes movedizos
con sus versitos instantáneos, y a mí
–me confesó suspirando el ruso muerto–
me da pereza arrastrarme tras ella.”
Éramos poesía en movimiento
cuando caminé desde el bar al hotel
repitiendo sus palabras sabias. ¿Y la prosa?
“Sasha, para la prosa están los diarios”.

Orión

Traduzco a un autor cruel consigo mismo
que me enreda en sus frases; y le presto
la microfibra azul de tinta china
a mi hijito de cinco, Galileo,
para poder seguir una hora más. Dibuja
en hojas color crema un auto enorme
con más de diez ventanas, luego unos helicópteros
donde están su familia cercana y otros grupos
de amigos y parientes. Cuando me entrega
los diseños terminados, planos monocromos,
la hoja de abajo aparece acribillada
de puntitos azules. “Son estrellas”, me dice.
Y empieza a unir rayitas, gotas, manchas
infinitesimales que el azar dejó pasar
a través de la textura porosa
de sus papeles de trabajo, de a poco va
formando una figura. “¿Qué dibujás?”, pregunto.
“Uno las estrellas para armar a Orión”, me dice.
Así es, asombrado me fijo en el muñeco
que levanta su brazo hecho de puntos azules
y que exhibe orgulloso un cinturón notable.
“¿Pero quién te dijo que en el cielo está Orión?”
“Eso lo sabe todo el mundo”, contesta.
De pronto la poesía se vuelve adivinanza
o el hallazgo fortuito de unas coincidencias
entre las palabras vivas, un cuerpo que crece,
y lo escrito hace años. Porque alguna vez
le mostré la Vía Láctea, el chorro deslumbrante
de luces en la noche de las sierras,
a un bebé que no hablaba pero alzaba
su dedito índice. Escribí lo que pensé
y lo que nunca dije, que allá arriba
había un gigante y que las tres luces
de su cinto inclinado acá en el sur
tenían nombres de mujeres bíblicas.
Ahora él reconocía mi silencio
y junto a la figura de puntos engrosados
por el flujo de tinta suave y firme
empezó a anotar lo único que sabe
escribir, su nombre en mayúsculas de imprenta:
GALILEO. Guardo la hoja para después,
cuando me tire de nuevo a caminar
sobre el agua imprevista de un poema
y trate de evitar el destino que acecha
en el final de una persecución
inútil. Si alcanzo a demorar la picadura
del escorpión, podré recuperar lo visto
con un nenito alzado mirando el nacimiento
de cada estrella. En la computadora
dejo que cante una contralto, busco
el sentido de su voz, la cacería
puesta en lo alto: “Mi corazón está
en las sierras, no acá, está persiguiendo
a una liebre o a un cuis entre las sierras
adondequiera que vaya”. Con la oda
mística de un compositor estonio
dicha en inglés, despedimos la infancia
porque ahora todo nos habla, Galileo.
“Quedaron atrás las sierras del oeste
donde nació el valor, país del precio
exacto; donde sea que me pierda, donde
me lleven los años, seguiré amando siempre
la sierra en que tu dedo marcó el cielo.
Adiós a las cañadas y los valles,
chau bosquecitos y arbustos silvestres,
rumor de arroyos y vertientes mudas.”
Ahora querés jugar, se acabó la hora
del arte. Querés poner canciones
menos opacas, menos trascendentes. “Mi corazón
está en las sierras persiguiendo a un ciervo”
y no espera la flecha del final
ni el aguijón de los ocho minutos
que dura el tema. “En las montañas altas
adondequiera que voy”; que también vaya
entre capas de olvido junto a vos
el hermoso gigante de los cuentos
que sólo atiende y carga a los que crecen.


Viña del mar

Ya pasé una semana a pocos metros
del borde del océano Pacífico,
que ciertamente no me perturbó,
salvo el sonido en las mañanas solas
de muletillas típicas del habla
local, que no me dejan pensar más
que puras idioteces. Pensamientos,
géneros literarios, experiencias plásticas
se reducen al chiste y a las risas
entre dos vasos de pisco que se internan
en la sombra de una noche sin límites.
Pero cuando ya todo parece perdido
dentro de un canto desdeñoso que tira
la propia vida por la ventana porque el mundo
tiene que consumirse de inmediato,
entonces aparece el cuento claro
de un gatito muerto y muy querido,
del amor intenso que no amortigua
bebida alguna, o las razones familiares
que traumatizaron violenta, ancestralmente
y producen poetas, tímidos renunciantes
al simple esbozo de la felicidad.
No dice mucho el mar, menos que el ritmo
de los oradores alcohólicos, nocturnos,
envueltos en esa capa vidriosa, entregados
a sus cápsulas de intimidad. Qué raro
ponerse a armar versos después de siete noches
al borde del abismo, ¿un paso al frente?
“Espero tu llegada como a un ángel
de pelo negro y suave y voz aguda
que alargará las sílabas pretónicas
para decirle al mar que estamos vivos.”



Un muerto punk

Iba manejando por el gran bulevar,
los palos borrachos florecen ignorados
y un pedazo de sombra toca el borde
izquierdo del auto. A mi derecha vi
a un tipo alto que caminaba solo.
El tráfico me hace ir a paso de hombre,
a su paso que mira todo curiosamente:
parece descifrar las caras de los otros
que se cruzan con él. Veo los mismos
gestos, como si leyera su libro
un minuto después. Está de espaldas,
pelo canoso escaso, rulado o erizado,
de pantalones blancos de verano,
mocasines sin medias. Y no lleva
maletín ni cartera, manos libres
que pone en los bolsillos. Caminar
es un acto aún más despreocupado
de lo que parecía. La camisa
de mangas cortas destiñó un celeste
envejecido. Alza la vista a la arquitectura
de edificios recientes, evalúa
su precio, desdeña acaso la mediocridad
estética. Pero también estima
cuánto le suma a la belleza física
de cada mujer joven la manera de andar,
la ropa indiferente, el gesto de ser algo
que puede ser deseado. Se parece
bastante a un viejo amigo que está muerto,
que en el ocio incansable trabajaba
con su voz sociológica y satírica,
o sea ética. Observaba detalles
en cada cosa, en cada movimiento
que se volvían signos. Aquel mundo
no estaba hecho para ser un libro
pero él lo leía. Escucho incluso,
mientras cambio de marcha a punto muerto,
que algo va canturreando, unas palabras
dichas a medias en un idioma extraño
por un rostro de espaldas. Era un barítono
de entusiasmo infinito pero sin ejercicios
y cuyos vicios mayormente ingeridos
por vías respiratorias le habían limitado
un poco el timbre y bastante el registro.
El semáforo me para junto al tipo
que se da vuelta, revisa los carteles
de colectivos. Debajo del techo
de plástico o metal liviano pude verlo:
no era el muerto, obviamente, pero aun
su modo de desconocer los medios
de transporte y la ciudad, su indagación
del barrio encarecido, ese aire suelto
de explorador me lo recuerdan. Alto,
vestido para la temperatura ambiente,
no peinado, no cargado, haciendo sólo
notas mentales. El rostro es más cetrino,
menos inglés. Igual mientras me alejo,
paso del bulevar a la avenida
de seis carriles, creí escuchar un canto
en alemán, a media voz, su tarareo
de un viejo lied de invierno en el calor
terriblemente sudamericano.
Y los versos románticos se han vuelto hieráticos
para un muerto imposible que no quiso
nunca sentir perdidamente nada,
y desear más que amar: “Como extranjero
llegué y como extraño me fui.
Me cayeron nevadas de flores chicas, blancas
de estos palos borrachos. Es mentira
que las chicas quisieran que les hablen
de amor, de casamiento. Ahora el mundo
está embarrado por mi inexistencia.
No se puede elegir la hora de salida
pero tuve que hallar en lo oscuro el camino
bajo las luces que titilaban, blancas
en calles de persecuciones inútiles
aun si las gacelas, de piernas gráciles
de animalito bambi, finalmente dejaban
que las tocase. ¿Por qué tengo que esperar
hasta que me echen? Los dueños de las casas
no se quieren mover y adiestran perros.
Al que desea le gusta caminar
de un lado al otro. Si apareciera
otra chica dormida, tiraría
una piedra a su pieza. Le diría
que cierre después todo. Buenas noches.
Le escribiría un cuento sobre narices finas,
aristocráticas, seleccionadas por la plata
durante siglos, para que pueda leer
sin mi presencia que todavía la pienso.”
El barítono para, sigue el piano
tras la pausa entre lieder. Y él no sigue
mandándome mensajes, un fantasma
nunca merecerá ninguna fe.


Buenos Aires

Tras una vida agitada, el descanso
vendría a coronar la búsqueda incesante
de una expresión. Nuestra amiga parece
haber dejado el arte como una ciudad vieja
y construyó una casa en una de las grandes
metrópolis del mundo. A su hijo le dio
–aunque dar sea una forma de decir–
un padre y una hermana, lo que suele
llamarse una familia. Todo lo que se salva
se apacigua en el ritmo rutinario y amable
del ajetreo diario: las horas, las comidas
y las interrupciones del compás.
Y el padre novedoso que antes fue un excesivo
rocker de impulsos destructivos busca
en la paz del hogar sus arreglos y acordes;
canta feliz al fin sobre una rama
imaginaria de su genealogía.
Mira a la chica oscura que llena de palabras
cada minuto, leyendo y esperando
la risa que la despierte, mientras arma
los hemistiquios que no sabría nombrar
y encabalga las noches con los días.
“¿Qué haremos con tantos temores y tantas dudas?”
–se pregunta a ritmo lento, anunciando
el balanceo de un cuerpo callado, lunar,
que se sigue hamacando como si estuviera
lejos, pero sí escucha el pedido de contacto
físico. Y sin embargo hay otro, mental acaso.
El cantante cree que es un sueño su amor,
si bien ella produce un mundo que no orbita
alrededor de nada, se mueve sola, distraída.
“¿Por qué me siento perseguido por la nocturna
ave vigilante?” Un pájaro de presa
que sobresalta de un rasguño. El yo
se perseguía solo, se perdía
como un satélite olvidado por su planeta.
Pero la tierra era el sostén del gesto
que la canción repite: “sigue hamacándote”,
mientras la voz se alarga y la guitarra
se acerca ya al final de su reincidencia
cuando vuelva el sentido y esa luz desvanezca
la bruma de la noche. Ahora con calma
y los ojos abiertos, no hay que hacer
nada, o casi nada, sin darse cuenta.
Mis amigos no dirían demasiado más
o ni siquiera estas alegorías. Saben
incluso verbalmente que la dicha,
por más precisa que parezca, no hace
grandes ruidos, ni canta, apenas tararea.

Silvio Mattoni


Nací en Córdoba, el 29 de noviembre de 1969. Fui a la escuela, leí, fui al secundario, aprendí poco latín, nada de griego, algo de francés. Fui a la universidad y no salí más, todavía doy clases ahí.
Publiqué mis primeros poemas en revistas a fines de los 80, el primer librito fue una plaqueta casi, en 1992, a raíz de un premio en la UBA.
Después se editaron: El bizantino (1994), Tres poemas dramáticos (1995), Sagitario (1998), Canéforas (2000), El país de las larvas (2001), Hilos (2002), El paseo (2003), Poemas sentimentales (2005), Excursiones (2006), El descuido (2007), La división del día (2008), La chica del volcán (2010), La canción de los héroes (2012), Avenida de Mayo (2012) y Peluquería masculina (2013).
Y los ensayos: Koré (2000), El cuenco de plata. Literatura, poesía, mundo (2003), El presente. Poesía argentina y otras lecturas (2008) y Camino de agua. Lugares, música, experiencia (2013). También en 2014 el diario Campus. Traduje libros de Henri Michaux, Georges Bataille, Giorgio Agamben, Michel Foucault, Gilles Deleuze, Paul Valéry, Francis Ponge, Catulo, Marguerite Duras, Diderot, Cesare Pavese, Mario Luzi, Pascal Quignard, Louis-René des Forêts, Yves Bonnefoy, Clément Rosset, Robert Marteau y Simone Weil, entre otros.

Sigo viviendo en Córdoba. Tengo una familia grande, cuatro hijos. Espero seguir escribiendo siempre.

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