EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 30 de abril de 2016

CECILIA PERNA




Creo que la cuestión del soporte para pensar la escritura es fundamental. En unos ejercicios de entrenamiento teatral estuvimos investigando últimamente las posibles relaciones entre la fantasía y la acción física. La consigna parece simple: fantaseo una imagen, voy y la realizo. Pero no es nada simple. Porque puedo fantasear que vuelo y, sin embargo, no puedo volar. Ni atravesar una pared, ni cantar como Barry White. Son las limitaciones del cuerpo humano y de mi propio cuerpo singular. Incluso, están las limitaciones de mi deseo o mi capacidad: puedo fantasear que levanto un mueble muy pesado y quizá si lo intente lo consiga, pero a costa de lastimarme un músculo o quedar agotada; así que probablemente mostrar la fuerza de Super-chica esté bien para la fantasía, pero no voy a hacerlo en una escena, porque no me da el soporte y el soporte habilita una acción dentro de su propios límites, más allá de lo que la fantasía pida. Luego, con las manos en la masa, descubrimos que, adentro de esos límites, las posibilidades son millares y es con la conciencia de esos límites que aparece la creatividad real en la realización de una imagen para la escena. La fantasía finalmente se inserta ahí como un operador más. 
Creo que esta tensión entre fantasía y materia (¿o fantasía y soporte? no me convence la palabra soporte) es fundamental a la hora de escribir. Se tiende a creer que, en el campo de la escritura, como en el de la fantasía, todo es posible (y esto aun considerando que, la mayoría de las veces, nuestras fantasías son de lo más limitadas, además de que provienen siempre de nuestro vínculo con el entorno). Así, se le da a la materia verbal un lugar ideal, que la mantiene un poco “fuera del mundo”. Para un pintor, por ejemplo, las cosas son más obvias desde siempre: no es lo mismo papel y tinta que tela y óleo. Y es así históricamente, porque el papel, la tinta o el óleo son claramente materiales creados por el hombre en el tiempo. En cambio el lenguaje parece estar ahí desde siempre y por eso siempre queda un poco “fuera de este mundo” un poco “inmaterial”.  Pero no lo es para nada.
Un escritor es un artista plástico y es un actor. Toda la reflexión sobre los materiales, que vale para una pintura, una instalación, una performance o una obra escénica, vale de igual modo para el trabajo sobre el lenguaje. De hecho es así, por ejemplo, desde el teatro de Artaud, que se esfuerza en dar a la palabra en escena el mismo peso que al cuerpo del actor, sus gestos, trajes u objetos, para reavivar su fuerza performática, hasta la obra del artista plástico norteamericano Glenn Ligon, que trabaja la escritura en su dimensión más material, deteniéndose en mostrar la tinta con la que compone las palabras y dándole a ese negro sobre blanco un valor físico y político. Traigo estos dos puntos para formar un arco con dos puntos más o menos cercanos, pero podría hacerse otro arco muchísimo más abarcador en tiempo y espacio. Dentro de ese arco hay millones de posibilidades. Y entre esas posibilidades se inscribe toda la literatura. La literatura no está separada de nada. 
Por eso decía lo fundamental del soporte. Aunque soporte no es la palabra que más me guste: es demasiado binaria, todavía presupone algo trascendental que se imprime sobre una materialidad secundaria. Y no funciona así.
El escritor se enfrenta siempre a los límites de la materia. Celebra una forma de creatividad que es un ejercicio físico, para el que hace falta fortaleza y persistencia. No es médium sino obrero. El escritor se enfrenta al estímulo cotidiano de las imágenes, a los límites y posibilidades de la lengua en la que escribe, de la lengua que lo rodea, pero también de otras lenguas que conoce o que usa y que operan, incluso desde afuera de su hacer, mostrando hasta dónde una lengua se diferencia de otra, como el óleo se diferencia de la acuarela, como un rojo no es igual a ningún otro rojo posible. El escritor se enfrenta a su cuerpo, a los tiempos de su cuerpo, a su fortaleza física, a la organización de sus rutinas de sueño y hambre, de duchas y clases, de besos y festejos familiares, de soledad. Se enfrenta a la decisión de escribir bajo una forma: la de un género literario, la de un libro, la de una plantilla predeterminada. Se enfrenta a sus dedos que tipean, a su muñeca que traza líneas sobre un papel en blanco, a sus yemas que investigan pantallas táctiles. Ese es su mundo material de creación. En ese mundo concreto, la fantasía encuentra sus límites y la materia abre sus posibilidades. En ese mundo concreto la creación se vuelve una realidad en acción que nos saca de la babia intelectual y subjetiva, que no se puede compartir y que está destinada a perderse, a no dejar huella de nuestro paso por el mundo. Esa huella que todos los que escribimos queremos dejar. Mínima. Como cuando te despertás de un sueño y no recordás nada, pero te queda en el cuerpo la sensación de haber vivido una experiencia singular. Yo persigo trabajar para dejar esa huella. Una mínima estela de belleza que provoque en alguien las ganas de quedarse y de seguir trabajando en la huella, que es mi huella y es suya y fue de todos los que decidieron alguna vez marcar el mundo con eso que llamamos arte.     



Poemas


Última metáfora sobre la realidad

La realidad es un mazo
de cartas de Tarot
dispuestas en hilera
boca abajo
aguardando la mano 
que destape finalmente
su verdad.

Pero no hay que elegir 
una cantidad preestablecida
de cartas al azar
y ordenarlas según
figuras ancestrales
que algún otro
muy lejos de mí — o de vos
previó para leer
nuestro destino.

No.

Lo que hay que hacer
es darlas vuelta 
a todas
desparramarlas
en un caos alborozado sobre el paño
y mirarlas fijamente
fijamente
hasta que cada figura
se alce de su lecho de cartón 
y comience a despertar
en una danza propia.

Que muestren 
todas su verdad 
en la precisión 
de cada movimiento 
y podamos ver así
las figuras combinarse
unas con otras
por afinidad
por propia voluntad 
combinarse
también con el paño, con el aire,
con la mano que ahora elige 
ciertas cartas
— viendo lo que elige
y entonces, 
no es el azar sino
la necesidad
precisa de cada movimiento
la que nos fabrica 
en su combinatoria 
mágica y real 
la actualidad de un destino
convincente.


Realidad 

Esa sensación
de entrar en el vacío
al despertar de un sueño
entre las sábanas de siempre
adentro de tan sólo nuestro cuerpo
y encontrarse
la mañana pelada de encanto;
despegar los ojos
en la aridez
de la luz que atraviesa la ventana
— la vigilia
ese vacío.

Esa sensación
de lámina sutil
de celofán de nada,
que todas las mañanas nos envuelve
— aísla un sí,
compacta un interior
cada mañana contra el límite del cuerpo —
finísima frontera
que nos hunde hacia adentro
nos distingue
del mundo y se extiende
igual que un horizonte
— infinitamente leve al infinito
todo se vuelve
inalcanzable.

Eso. Un celofán
de nada nos divide
la vida en interiores — cada quien
adentro de su sí
-empaquetado-
moviéndose en la grilla cotidiana
del medio al que llamamos
realidad.


Hoy
a la tarde estaba sola
en mi departamento
y decidí salir
al encuentro del último rayo
de luz de otoño. En la vereda
sentí el calor
del sol atravesar la lana de la ropa
que avanzó hasta tocarme
el centro del hueso.
Al instante supe
que el rayo
que se hundía adentro mío
era un camino en reversa
por el cual podía yo
salir al universo. Podía hacer correr
por la luz y el calor
de ese rayo que fluía
mi pensamiento
mi amor
mi furia de vivir
y las palabras. Todo
estaba conectado.
La realidad
era un sostén interminable
desde el cual
podía convocar
sin pudor
todas las cosas.


Amorío

En la facultad me enseñaron 
que en griego
es posible arrancar
del corazón de las cosas
un atributo puntual
y ubicarlo 
en forma de adjetivo
en posición especial
junto al nombre
que apunta como flecha a la sustancia. 

A eso se le llama 
“posición atributiva”.

Así
encontramos en Homero 
construcciones tales como 
“altivo Néstor”
“deiforme Alejandro” o 
“melenudos aqueos”. 
El hecho de que venga
en primer lugar
el adjetivo
significa
que todo aqueo es 
persona melenuda y que los griegos
lo han dado así 
por sentado
a través de los siglos. 
Tan sólo la palabra
“aqueo”
 alcanza a representar 
en la mente de un griego 
un hombre de cabellos 
abundantes. Sin embargo, a veces
es necesario 
mencionar también 
el atributo. Resaltarlo 
especialmente
en ocasión en que el contexto
de la acción así lo pida.
A veces
Por ejemplo, un héroe 
tiene más de un atributo: 
“divino Odiseo”
“ingenioso Odiseo”
 y  es lindo resaltar 
los atributos 
de los héroes y  las cosas:
las palabras 
están allí para exaltar 
la belleza infinita
de todo lo que pasa. 

Esta noche me volvía
de una lectura
de poesía en un bondi 
que me tomé equivocado 
en Villa Urquiza,
en la parada adyacente
a otra parada de la que supe alguna vez
volver a casa con la luz 
rutilante y divina del amanecer.

Y en el bondi equivocado 
me quedé pensando en el error
gramatical
histórico
en la irreparable injusticia
que se ha cometido al mencionar 
durante todo el siglo 20
al Amor. 

“Amor libre” — pensé
es dicho así
la más desencantada
tautología:
es como decir
“mar inmenso”
“espuma blanca”
“noche oscura”
pero mil veces
 peor
porque la libertad del amor
no tiene en absoluto
matices. 

Pensé  — la libertad
es del amor
un atributo intrínseco
¿Cómo ha podido usarse
la expresión “amor libre” 
como propuesta vital, consigna
política o causa
de revisión permanente? 

Tratar de encauzar 
al amor
prever su curso
 —como quien fuera a seguir
con la yema del dedo
la línea azul de un río
por encima de un mapa,
es tan absurdo como usar
el adjetivo “libre”
después del sustantivo.
Como si hubiera alguna cosa
que contrastar
con su libertad
intrínseca,
como si fuera posible
decir
“amor rehén”
“amor tirano” o “amor 
forzado”.

Si el amor se parece
a un río
no es
porque tenga un cauce 
sino
porque es imposible volver
a pasar dos veces por su misma
sustancia fluida:
si toco 
por azar en la mitad 
de un cuarto lleno
de gente,
casualmente la mano
que una vez
sirvió a mi mejilla 
de almohada, 
esa mano ya no es
la que fue ni tampoco
mi mano es ya la misma. Pero fluye
la caricia en el amor
río en su milagro
sin causa.

“Libre amor” deberíamos decir
cuando 
la poesía del contexto
nos pida destacar 
semejante atributo 

— y si no
como los griegos
que sabían muy bien 
la esencia que contiene 
una palabra
ya con decir
simplemente Amor
alcanza.

Cecilia Perna



Cecilia Perna nació en 1979. Es profesora  y poeta. Publicó los libros: La boca de Mercurio (Siesta, 2003), Libro Chino (Gog y Magog, 2009), el libro-álbum Vísperas (Zorra/poesía, 2009) con los dibujos  de Alfonso Piantini y su reedición ampliada, Otra Víspera, (Buenos Aires Poetry, 2016) . Estudió larga y formalmente Letras en la UBA y sigue una maestría en Literatura latinoamericana en UNTREF. Para compensar, toma clases de danza, teatro y pintura por aquí y por allá. Hace ya largo tiempo que escribe en la web reseñas de teatro y cine para la Revista Ruleta China, además de actualizar cada dos por tres su blog www.unababeldecristal.wordpress.com . Traduce poesía y da talleres de escritura imaginativa en su casa de Palermo, donde vive con sus dos gatas Mandala y Pugliese.

Contacto: ceciliaperna@gmail.com

Blog: https://unababeldecristal.wordpress.com/


2 comentarios:

  1. Muy bueno...fluye como un río en un lecho de piedra.

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  2. No se puede volver a pasar dos veces por la misma sustancia fluida del amor.
    Me encantó

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