EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

domingo, 17 de abril de 2016

DAVID WAPNER

Foto: Ana Camusso


Cuando escribo, respondo con frecuencia a un murmullo interior que me habla desde que me recuerdo a mí mismo: palabras, articulaciones de sonidos que no tienen un significado preciso. Tengo recuerdos de situaciones que nunca llego a asir o comprender del todo, pero me dan seguridad. Esto no quiere decir que lo que escribo sea una transcripción fiel de este imaginario fantasma, pero algo subyace en cada texto. Aunque publiqué novela, cuento, teatro y crónica-ensayo, yo fundamentalmente escribo poesía y compongo canciones. La única constante que podría percibirse como un método en mi trabajo es la incomodidad que me generan ciertos intersticios en el texto que me llevan a corregir hasta aliviarme o descartar. Como padezco una suerte de dislexia, sobre todo cuando escribo ficción en prosa, las constantes revisiones me llevan a encontrar erratas absurdas que, a veces, me parece no terminan nunca. Esto me sucede aún cuando reviso un libro ya publicado. En mi vida escribí con todas las tecnologías que tuve disponibles: lápiz, lapicera a fuente, birome, máquina de escribir, primitivas y modernas computadoras. Cuando escribía a mano, en forma paralela dibujaba, mis cuadernos cruzan texto y dibujo. La máquina de escribir me ayudó a ser constante en la escritura de ficciones largas. La computadora me multiplicó herramientas  de experimentación. Tipeo de memoria tanto en teclados qwerty como hebreo. En poesía trabajo sin planificación, sólo sentarme y a lo que sea. Aún así, en ciertos libros que puedo considerar conceptuales, hubo una pauta a partir de la cual fluyeron los poemas, como en el caso de “Cabía una vez”, poemas para chicos que ilustró Juan Lima. También, aunque no es lo más común, pude recurrir  a estímulos externos: por ejemplo, una visita al Museo del Prado que estuve obligado a recorrer en silla de ruedas motivó un libro de poemas-crónica, algunos de los cuales se podrán leer dentro de muy poco en la revista Op.Cit. O las creaciones en plastilina de los niños africanos de nuestro taller que llevamos a cabo con Ana Camusso, motivaron “Fauna niña”, un libro de poemas ilustrados que saldrá publicado –Anubis, el dios chacal mediante– en el curso de este año por editorial Bajo la luna. Los cuentos y novelas necesitan un grado de planificación, pero no es siempre así en mi caso. Me zambullo en una historia que me viene dando vueltas desde hace un tiempo, y la dejo discurrir, para que no moleste más. Luego, el texto me va pidiendo y yo le doy. Como no se satisface, pide más, y en ese toma y daca, va apareciendo lo inesperado, o voy colocando piezas que en mi cabeza ya estaban armadas, sin darme cuenta. Mi cabeza siempre procesa frases, imágenes, baraja palabras, sonidos. De ahí que muchas veces parezco no atender qué es lo que pasa a mi alrededor, que estoy en babia. Pero, no, todo lo externo pasa al procesador. Leo, veo cine y series viejas, recitales, tutoriales de acordes, escalas. Y mi vida con Ana y nuestros animales. Soy noctámbulo, escribo sobre todo de noche. Rara vez recurro a la catarsis, y de suceder, la guardo en un rincón. 
Cuando escribo siento un vacío en el estómago, necesito masticar algo o beber café. La ansiedad hace que se alternen debilidad y exceso de energía en mis músculos. Son frecuentes la taquicardia y la excitación genital, que no responden a un estímulo específico. Me levanto con frecuencia, camino, voy al baño, leo algo y vuelvo al texto. Desde hace un tiempo escribo mucho en la cama. Cuando el poema, o lo que sea, fluye, el nivel de adrenalina es alto y, cuando llego a un pico, corto en seco, muerdo algo, me sueno la nariz, cierro los ojos. ¿Un autor? ¿Un texto? ¡El Dante! ¡La Divina Comedia! Ahí tenés un viaje al arte a través del cuerpo, o del cuerpo a través del arte:

Tú eres mi maestro y mi autor:
tú sólo eres aquel de quien tomé
el bello estilo, que me ha dado honor.
Mira la bestia por la que me he vuelto:
socórreme de ella, famoso sabio,
porque hace temblar las venas y el pulso.


Poemas:


UNA GRAN ANSIEDAD ME CONSUME, COMIENZO A ESCRIBIR...
Mar seguro de caja estrecha, o, de otro modo, mar para niños.
Playa amplia, arena limpia, el agua lejos.
Sol oblicuo, helados, cola.
Para que esto funcione, se necesita cuidado en el manejo de la caja.  
Si alguien agita, maremoto: ¡Cuántos muertos en la caja quieta! ¡Cuantos cuerpos al fondo del mar!
Sólo hay mirar, para que la vida siga, en plano horizontal.
Si tienta el estornudo, mirar para otro lado: ¡Qué tragedia el huracán! ¡Fuera de la caja, estrellados!
No guardar comida en la caja, si se quiere respetar el natural devenir de las cosas. 
No sentarse encima, no prenderle fuego.

(En “Perrupagia-Amoghino-Búnfeld”, 2012, Alción, Córdoba)


I

He aquí Mardablogues, nacido Mardafón, en una encrucijada. Canta Mardablogues las canciones que le dictan Mardafones, y no lo hace mal. Aturdido, eso sí, a veces grita y no se da cuenta. Callate, Mardafón, le dicen, y así se entabla el diálogo. Dúo, trío, lo que venga, Mardablogues se impone.

II

Estamos instalados en el día siguiente; el calor de los acontecimientos, de los vivos y de los muertos, causa un cansancio que Mardafones ejecutan. La interpretación de este y otros días, diferentes entre sí sólo por la intensidad de la angustia, obliga a Mardafones a pronunciarse en forma abierta por la abolición de este estado de cosas, cantando cosas como "borga, borga / el que mata es una borfa / el que muere se nota"

III

El trabajo Mardafón entra en letargo, para suavizar la voz, darle un poco de descanso de boca cerrada. Mardablogues mientras tanto se mantiene alerta, atento al crujido de una puerta, a un suspiro del perro, a una gota repentina de un grifo. Cualquier imprevisto puede causar que despierte la garganta Mardafón, grite en medio de la noche y arruine así su canto por una semana.

IV

Cuando el canto Mardafón comienza con un bostezo, siempre hay quien murmura, "Mardafones, sonaron". A lo mejor, ya sonaron hace rato, y lo que vemos, son sus carcasas sonrientes. La voz cantante improvisa con cierto talento, pero no tienen en dónde afirmarse y la boca cierra repentina, mordiendo los labios los dientes.
(De “Mardablogues”, 2010, IAP (Imprenta Argentina de Poesía), Buenos Aires)


EH...
tú, 
pájaro,
esos ojos
no son tuyos
no te rías de mí,
que no entiendo las bromas
que me juegan ustedes a menudo

no es verdad
que tu pico se quedó
en un beso que nunca terminaba
y había que volar de regreso
y te fuiste no sin antes encargarle a tu pico:
“no abandones este beso,
besa, pico, besa siempre,
aunque yo no esté”

(De “Fauna Niña”, 2014, inédito)



Aquí frustá la mano; obsfrurvfru ronquidos no rfruspondfru a frustímulos fruxtfrurnos sino ronquidos  autogfrustiona su vida. Sfru mufruvfru porronquidos quifrurfru y fruso mfru hacfru mal. No frus justo, frun absoluto. 
—La mano sfru mufruvfru sola.
Eso frus lo ronquidos quisfru dfrucir. A vfrucfrus, frul pudor mfru sobrfrupasa. Obsfrurvfru ronquidos hacfru unos días fufru lanzado un cohfrutfru al fruspacio. Nadifru sabfru adondfru iba. Mi mano sí, pfruro no mfru lo dijo.
—Ajá, frura su mano.
Crfruí ronquidos fruso frustaba claro. O pufrudfru sfrur ronquidos no. Tal vfruz la lfrungua comifrunza a fallarmfru. Tfrunía un don pfruro ahora farfulla. Farfulla. En frul alma sfru mufruvfrun todavía algunas palabras. Hay, crfruo, cada vfruz mayor confusión dfrubido a las vías congfrustionadas. 
-Oh, nononó.
No mfru ataronquidos. ¿Crfrufru ronquidos soy débil? Lfrua mis frustudios clínicos. ¿Qué dicfrun? Apártfrusfru un poco, vfruo ronquidos no salfru dfru su sorprfrusa. Estoy duro por dfruntro, camino a saltitos, pfruro frus prudfruntfru tfrumfrur.
—Lfru tfrumo.
Mfru parfrucfru muy bifrun, no sfru podría hacfrur otra cosa, y todavía sfruré pfruor cuando rfrucupfrurfru mi mano. Vfrua frusta mano, tratfru dfru tomarla, no lfru sfrua hostil. Ella frun frustfru momfrunto frustá prfrusa dfru un frustado dfru ambigüfrudad dfru los sfruntidos: ¡no sabfru lo ronquidos hacfru! No frus por maldad. Nadifru tifrunfru la culpa cuando sfru pifrurdfrun facultadfrus. 
—Bifrun.
No sfru apartfru. Quédfrusfru ahí un rato. Mirémosnos. Ah, qué cosa bonita. ¿Cuántos años tifrunfru? ¿Cuál frus su talla? ¿Qué sfru lfru ofrfrucfru? ¿Como mfruzcla los colorfrus? Mirémosnos, por favor. 
—Era eso nomás.
Era eso nomás.

(En “Ícaro”, novela, 2007, Editorial Comunicarte, Córdoba).

David Wapner


Nací un 28 de diciembre de 1957, en una clínica que ya no existe, pero cuyo edificio aún está en pie sobre la Avenida Juan B. Justo, casi esquina Donato Álvarez. Pasé los dos primeros años de mi vida en Haedo, y de esa etapa es la historia de Cachito, el carnicero más querido de nuestro barrio. Un día la policía lo mató, y el barrio se enteró de que se trataba de un matrero, que con su banda asaltaba camiones frigoríficos, asesinaba a sus choferes, robaba las media reses, y luego vendía esa carne en su carnicería a excelentes precios, o la regalaba a los enfermos y necesitados.

david.wapner@gmail.com
https://www.facebook.com/david.wapner
http://davidwapner.blogspot.co.il/
Columna Barrofón, en revista Basar Americano:
http://www.bazaramericano.com/buscador.php?que=David+Wapner&por=autor




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