EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 25 de abril de 2016

GLORIA PEIRANO


Escribo a partir de imágenes del pasado. Son imágenes mudas, deshilachadas, fragmentarias. No es que las recuerde, no vienen a mí por ese camino, el de la memoria. Conforman, esas imágenes, un reservorio aledaño. Un vivero alejado de la casa principal, húmedo y silencioso, que nadie, nunca, visita. Tal vez sea en el camino que emprendo hacia allí cuando surgen las imágenes mudas. Tal vez sea una condición no alcanzar jamás el vivero, que permanezca aledaño. 

La amalgama entre lo autobiográfico y lo verdadero es exótica. Exótica en el sentido de extranjera. Para que algo resuene como verdadero en la narrativa, parece que debe ser transformado. Esa alquimia no se puede describir. Es la zona que permanece intacta.

La interferencia del mundo y del cuerpo en la escritura es permanente. A veces pienso que escribo poco porque adoro el mundo y el cuerpo. El mío, el de los otros. Podría escribir sobre esa adoración, pero no lo hago: forma parte de la vida a secas, espléndida. 

Un detalle inesperado puede llevarme al camino hacia el vivero. Lo inesperado es la regla. Sin embargo, sé que hay una disponibilidad interna para que aparezca. Una cierta disponibilidad arbitraria, nutrida de todas las lecturas que hice en mi vida. Ese sustrato borgeano, por así decirlo. No se escribe por fuera de lo que se ha leído. Y he leído fundamentalmente a mujeres narradoras. Y escribo como solo podría hacerlo una mujer, eso también.

Fragmentos de “La ruta de los hospitales”, en proceso de escritura: 


[…] Tenés diez años. Los diseñadores de autos pensaron en vos y en mí. Mirame desde el asiento del copiloto, que ha sido diseñado para vos. La distancia entre el asiento y tus rodillas, semicubiertas por la pollera del uniforme. La altura del espejo retrovisor en el que, si tardo demasiado, te mirás, tu rostro, detrás los árboles, más allá de la ventanilla. Detrás de los árboles, siempre, alguna dependencia de un hospital donde yo estoy trabajando, de donde saldré para dar fin a la espera. Mirame, aunque no estoy. Un cocinero me pregunta por un menú. Insisto para que todos los cocineros no se saquen los birretes blancos. Tienen el pelo transpirado, se les pega a la sien. No se debe cocinar así. Las reglas son simples. No se debe cocinar sin birrete. Todas las personas deben pasar, al menos, un día completo en un hospital. Tenés diez años, ya lo entendés. Tenés esta ruta, la ruta de mis hospitales: Muñiz, Roca, Español, Británico, Fiorito, Gandulfo, Fernández. Las clínicas son como las primas ricas, un poco tontas. Es en los hospitales donde vos y yo sabemos que los diseñadores de autos pensaron en vos a la hora de construir un asiento de copiloto. No es lo mismo esperarme ahí. No te bajes. O sí. Es lo mismo. Yo confío, nunca te vigilo. No confío en vos. Confío en el hospital, en que te cuidará, en que no podrás salir. En que alguien, una enfermera, una mucama, me avisará si estás en la otra punta, recorriendo pasillos, mirando a través de puertas entornadas –no mires ahí, la elefantiasis es horrenda, no olvidarás esa imagen-, caminando bajo el sol en la explanada donde está nuestro auto, con el libro que estabas leyendo abierto, desnudo, sobre tu asiento.  


[…] Escuchá: corté pollos, en la espaciosa y húmeda cocina del Muñiz, recién recibida, porque no sabían bien cuáles eran las funciones de una nutricionista en esa época. El primer día, entonces, me mandaron a cortar pollos. Al día siguiente lo llamé por teléfono al Dr. Escudero, el fundador de la carrera, a la Escuela de Nutrición. “Hagalo”, me dijo, “siempre hay que atravesar un palacio de hielo, querida”. Dijo, esa mañana, con su voz ronca, que siempre había que pagar el derecho de piso, que ya me encontrarían la función que me correspondía, que era una carrera nueva. Pero en realidad hablaba de los palacios de hielo. Es que de pronto, cuando menos se lo espera, una se encuentra en una inmensa estancia helada, sentada en un banco, construido también con hielo.
“¿Consigo un hombre?”, “¿Busco un trabajo?”, le pregunté a mi madre cuando mi padre murió y ella estaba desesperada. “¿Atravieso palacios de hielo?”. 
-“¿Pollos?”- me preguntó el Dr. Escudero. 
-“¿Hombres?”- podría haber preguntado, pero él era uno de ellos, y era médico, y era además el fundador de la carrera, de modo que no lo hizo. 
En los palacios de hielo se pierde la razón. Entre esas paredes vivas, lívidas, no hay mayor soledad. Sí, se pierde la razón. Luego, ya lo aprenderás, se la recupera. 
Corté pollos durante semanas. Así empezó el Muñiz, el hospital único entre todos los hospitales. De modo que cuando te hable de él, de los quince años que siguieron después, vos siempre verás lo mismo, verás el origen, y solo entonces, verás la parábola del tiempo, el despliegue singular de aquello contenido en un punto preciso, en ese dibujo inocente pero verdadero que arman los relatos de superación. 

[…] Aquello que no es dolor es sustancia entre los pabellones del Hospital Español de Temperley. Estoy en la cocina, vos deambulás por el hospital geriátrico, cruzás el camino bordeado por moreras, te parás, te estirás en puntas de pie, arrancás una mora madura, de un rojo arterial, la mirás un instante antes de comerla. De alguna manera, ya entendés el mecanismo que te acompañará durante tu vida, y que  consiste, fundamentalmente, en esa conciencia que te desdobla del camino de moreras y te permite gozar en el acto de morder una mora no como si fueras otra, sino como una extensión alucinada, una suerte de continuidad borrosa de vos misma. Más tarde, regresarás lentamente por la franja de sombra hacía mí, que siempre confío en que las entrañas de cualquier hospital te devolverán sana y salva. 
En un hospital, una mora es la sustancia. La sombra del camino, también. No podrás ejercer reserva alguna sobre esa sensualidad, y siempre querrás que te espere, que alguien lo haga, una espera sensata, inmensa, a la altura de esa exigencia, cuando quieras volver.     

Gloria Peirano


Nací en Buenos Aires, en 1967. Soy Licenciada en Letras. Trabajo en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Publiqué “Miramar”, en 2012, por Editorial El fin de la noche y publicaré este año “Las escenas vacías”, por Sello Editorial El Ojo de Mármol.
gpeirano@untref.edu.ar

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