EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 30 de abril de 2016

HORACIO CONVERTINI








Trabajo básicamente con imágenes internas que surgen de otras que se me han impregnado, sobre todo, de lo cotidiano. Recuerdo a un vendedor ambulante que subía a la línea 4, dueño de la nariz más extraordinaria que haya visto en mi vida, una nariz imposible de inventar y que sin embargo existía. Quería utilizarla y se la puse al personaje de un cuento. Porque no era sólo la nariz: también la forma de hablar y lo que significa enfrentar la vida desde un atributo físico monstruoso, imposible de esconder. En el proceso también aportan lo suyo las lecturas (algunas, cuando son simultáneas a la escritura, te invaden), las películas y las formas de hablar que uno detecta en la calle.

En cuanto a las sensaciones físicas al momento de escribir, me ha pasado de estar escribiendo una escena de pelea y replicarla en el living de mi casa para entender el movimiento de los cuerpos, las posiciones de defensa, el golpe, el esquive. Cuando trabajaba en la novela infantil Terror en Diablo Perdido, que trata del fantasma de un gaucho matrero que debe matar a tres niños para cumplir un pacto con el Diablo, agarré un cuchillo de la cocina y me puse a tirar puñaladas a diferente altura. Quería experimentar el pisotón de la estocada y esas cosas. No es algo habitual, pero sucede. Lo más habitual es la caminata urgente por la calle para destrabar un capítulo que no avanza.

Fragmento de la Novela New Pompey

Acaba de morir mi madre. Acabo de separarme. Acabo de renacer entre los restos de una vida destrozada y no hay nada bueno en eso. La casa está a oscuras. La única luz proviene de los tubos al rojo de un calefactor eléctrico que no calienta una mierda. El frío es más que una sensación física. Arrastra recuerdos. Mi madre vivió acá, sola, los últimos diez años de su vida. Los inviernos debieron de haberle resultado terribles. No prendía las estufas a gas porque tenía miedo de morir asfixiada por una pérdida. Se las arreglaba con este aparato inservible, un montón de pulóveres superpuestos y las lámparas de la casa prendidas a full, porque ella creía que la luz entibiaba el aire.
Cuando me vine a vivir, horas después de su muerte y de haberme convencido de que no había forma de salvar mi relación con José, lo primero que hice fue probar las estufas. Abrí la llave de paso de la más grande, que está en el living, y prendí un fósforo. Una corriente de gas aspiró la llama y la pantalla se encendió con un fuego azul. Hice lo mismo con la que está en el comedor, el centro neurálgico de la casa, el lugar donde había latido el pulso de una familia extraña, nunca desgraciada pero tampoco feliz. Una familia sin hambre, con techo, sin demasiadas alegrías, y que se había ido disgregando de a poco por la incomprensión que nos separaba con tabiques de orgullo herido. Mi padre nunca entendió mis debilidades ni mis elecciones. Las tomaba como reflejos de una carencia interior de la que él se consideraba inocente. Mi madre, si bien tuvo piedad de no confesarme jamás que la había defraudado, se empeñaba en cantar loas al primo Eduardito, el doctor Eduardito, ejemplo viviente de lo que un buen hijo podía llegar a ser. Yo no tardé en darme cuenta de que no los amaba. A mi padre, el día en que advertí que ya casi no me dirigía la palabra, que me evitaba como se evita el recuerdo de una ilusión rota; a mi madre, cuando le dije lo que me pasaba por dentro y se desangró en lágrimas, en mocos, en gemidos de bronca y dolor por la normalidad perdida. ¿Ellos me amaban? Supongo que sí, pero de una manera que a mí no me servía.


Horacio Convertini

Cumplí 55 años. Soy escritor desde hace diez. Vengo del palo del periodismo, lo que puede ser una ventaja o una desventaja, según la hora del día y el estado de ánimo. Alguna vez confíe en los premios literarios para hacerme un lugar bajo el sol. Gané algunos, arrimé en otros, no me quejo. Los concursos me ayudaron a construir la autoestima, a publicar, a viajar, a ganar un dinero que parecía caído del cielo, a conocer gente que me mejoró como persona y como autor. Tengo trece libros publicados, entre narrativa para adultos e infantil. Es hora de aflojar un poco, ¿no?


En la foto estoy en la Semana Negra de Gijón de 2013, cuando gané el premio Memorial Silverio Cañada por la novela La soledad del mal.



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