EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 30 de abril de 2016

LILIANA VILLANUEVA





Presto atención a todo. Presto tanta atención a lo que la gente normalmente no ve ni escucha que muchas veces me obligo a volver a la ‘realidad’ para que no me pase un auto por encima. Y cuando vuelvo, me doy cuenta de que el semáforo está otra vez en rojo y todavía no crucé la calle. 
Presto atención a personas, a carteles o grafitis y también a las chapas de los autos (recompongo las letras en palabras); pesco diálogos o frases que escucho en un café, en una reunión o por la calle. 
Le presto muchísima atención a las frases que vienen hechas, que escucho en mi cabeza, eso es algo que me sucede desde mi poco tierna infancia: por lo general, se trata de principios de textos. Y leo, sobre todo leo. Las lecturas mueven los temas que están ahí, esperando ese empujón. 
Pero no llamaría a todo eso ‘procedimiento’, más bien es una actitud o una forma de vivir que ni siquiera tuve la oportunidad de elegir. Soy arquitecta, y en vez de construir edificios estoy buscando la forma o la estructura de una novela, las puertas de un cuento, las ventanas que abre una crónica. 
Cuando viajo me interesan más los baobabs y las historias de la gente que los edificios que visito. Cuando escribo sobre algo en particular, leo todo lo que hay sobre ese tema, –ya se trate del avance de los misiles rusos, de la vida de una periodista uruguaya, de las amantes de Onetti o de la utilidad de los elefantes. Compro libros técnicos hasta agotar mi presupuesto y hasta que mi heladera semeja a uno de esos fiordos congelados de Noruega. 
Hiberno, lejos de toda vida social, y no me quejo porque me gusta. Creo que cuando uno escribe hay que elegir entre la escritura y la vida. Llegué a hacer un viaje al Cáucaso para cerrar una historia con un ruso; me casé en Senegal para darle un título a mis crónicas africanas. ¿O fue al revés? ¿O exagero?

Cuando escribo no existo físicamente: soy una voz. O más bien, soy el instrumento de una voz que me dicta y que me exige –me exige literalmente– ser escrita. A veces me peleo con mis personajes, les digo que no soy sólo una médium a su antojo, les pido que me dejen vivir un poco. Para la relación de la escritura con el cuerpo recomiendo un taller en Montevideo: “Escribir con el cuerpo”, de Mariana Casares. Ella es bailarina, fue alumna de Mario Levrero, y a sus alumnos les hace bailar una no-danza durante cuatro horas. Después se tiran al piso –ella les pone una manta porque el cuerpo se enfría muy rápido– y escriben lo que les salga. Mariana es maravillosa, han salido libros de sus clases. Yo todavía no me expuse a ese ‘tratamiento’. 



La idea del frío

Veintisiete grados bajo cero. Leo el número con el menos adelante en la pantalla eléctrica frente al McDonald’s, en la plaza Púshkinskaya. VEINTISIETE–GRADOS–BAJO–CERO, repite mi cabeza y convierte el número en palabras, las palabras no llegan a convertirse en idea, no puedo hacerme una idea de tanto frío en mi cabeza, no sé qué parte de mi cabeza está aún en funcionamiento bajo estas condiciones extremas, mi cabeza, que no hay gorro ni abrigo que la abrigue de este frío que es materia, porque el aire a esta temperatura se convierte en materia pura, en algo que abraza con cientos de brazos de manos heladas, manos diminutas que se pegan a la cara, a los resquicios donde la lana, la tela, el cuero, la piel de algún animal convertida en tapado no llega, no cubre. Soy un oso abrigado entre cientos de osos que a esta hora de la mañana caminan por la calle a ritmo de película en cámara lenta, de tarjeta postal navideña. A esta temperatura los rusos son más rusos y lo festejan con silencio, un silencio conforme, una constatación de que así debe ser, de que nada es seguro en esta vida salvo el invierno, que viene una y otra vez para recordar que el frío es ancestral a Rusia, que el mundo está en orden cuando la pantalla frente al McDonald’s anuncia que la temperatura superó los veinte grados bajo cero, el límite a partir del cual un ruso se atreve a decir que hace frío. Hay más de cuarenta expresiones para definir a la nieve en ruso, pero para el frío hay una sola. Jóladna, afirman con un movimiento de cabeza, el idioma es menos exclamativo, es más directo. Jóladna, que puede traducirse como: ES frío, HAY frío, o simplemente frío. Jóladna, afirmación y después silencio.
Camino entre desconocidos que no se miran entre sí porque miran para adentro, como si el aire helado de la calle fuera el preámbulo de una misa, la ceremonia de ser rusos. Es frío este día después de la clase de ruso, hay frío mientras camino sobre una masa de hielo hacia la parada del tranvía, el crujido de la nieve bajo mis botas: botas de cuero revestidas interiormente con piel de oveja, medias de lana tres cuartos, medias bombacha, camiseta térmica, remera de lana, pullover, abrigo de cuero y piel, bufanda, gorro y orejera de polar. Debajo de todo eso estoy yo. No puedo dejar de sentirme un sándwich puro pan, soy el poco fiambre que queda de esa cosa en la que me convertí cuando me vine a vivir a este país, a esta ciudad que con la primera nevada se transforma en un pueblo de calles sin asfalto, con veredas que son túneles entre montañas de nieve, cuando el aire es una masa en silencio y nadie habla en la calle. El único sonido es el chirrido del tranvía al hacer la curva, el freno, la gente que sube en silencio como en una procesión. Hay lugar y asiento para todos en este día de invierno cuando el mundo está en orden, donde no hay borrachos, ni olores, ni calles sucias, grises calles de asfalto tirado como por olvido, un asfalto ahora inexistente bajo el manto de nieve, lo único que aquí parece crear un orden natural. Alientos de frío salen de las bocas de otros pasajeros, de mi boca, vapores de calor que se condensan en el aire suben desde los kioskos de la plaza, de las chimeneas de las casas, como otros alientos de otras bocas, un concierto silencioso de vapores. Todo respira frío y tranquilidad esta mañana, la gente y las casas, los árboles y los objetos, todos y cada uno protagonistas del mismo aire. Estoy sentada junto a la ventana, el tranvía avanza muy lentamente, como con cuidado, un cuidado nuevo, insólito. Los edificios bajo el cielo azul límpido parecen aun más limpios, contentos, sonrientes las ventanas reflejando el sol, que hace resaltar las superficies blancas, porque todo lo que está quieto es blanco. Siento calor en la cara, el sol calienta mi piel, es una caricia cálida en medio de tanto frío. Cierro los ojos.
Y cuando los abro, estoy en otro mundo, un mundo que es este mismo pero en otra escala, una escala aumentada de la realidad o enajenada por la irrealidad, porque empezó a nevar y los copos en el aire iluminado se separan en mínimas partículas que quedan suspendidas en el espacio, como el polvo en el reflejo del sol en una mañana de verano. Pero no es polvo, son partículas minúsculas de hielo perfectamente reconocibles, se me acercan como ínfimos platos voladores, chocan contra el vidrio y desaparecen en puntos que no llegan a ser gotas. Me arrimo a la ventana y los miro de cerca, flotando ingrávidos en el aire. Y entonces, aunque no pueda creer lo que ven mis ojos, los veo: son dibujos de nieve, uno, dos, cuatro, se multiplican en el aire, flotan sin peso en esa masa fría y luminosa. Cada una es un dibujo diferente, son infinitas las formas, son simétricas, translúcidas, cerradas en sí mismas, perfectas, tienen una vida que no dura nada, pero hasta la nada dura más tiempo en esta mañana bajo el sol de Moscú. Las veo y quisiera jugar con ellas, hacer dibujos en el aire, flores de hielo en la ventana, combinaciones de mandalas rusas, ornamentos orientales sin principio ni fin. Pero me quedo sentada en mi asiento y no hago nada. Todo sigue igual, cada uno está en lo suyo: la abuelita con sus dos bolsos llenos de botellas de cerveza vacías dormita en su asiento individual, un hombre con gorro de piel como un zorrino tiene la vista fija en un punto frente a él, una chica sonríe mientras lee un libro, el conductor, arropado como un prisionero del Gulag, cambia la velocidad. Quiero decirles que miren los dibujos, es un espectáculo para los ojos, sólo hay que acercarse un poco. Pero no digo nada, me quedo callada. Entonces, veo que soy la única que repara en ellos, quizás me fue otorgado por un rato el don de ver como a través de un lente especial, de meterme en una dimensión diferente. Entiendo y sonrío. Sé que es un regalo, un mensaje, un misterio. Y lo agradezco en silencio.

(Esta crónica se editó en diversas antologías de España y Argentina y espera con otras veintinueve crónicas de Rusia ser editada este año (aunque el editor me dijo que el papel está muy caro). “La idea del frío” ganó el Premio Osvaldo Soriano de Relato de la Facultad de Periodismo y Ciencias Sociales de La Plata en 2013).

Liliana Villanueva


Nací en Buenos Aires. Dibujé desde muy chica y quise estudiar Bellas Artes, como mis padres, pero mi madre me dijo que ni se me ocurriera: tenía que estudiar una ‘carrera intelectual’. Ella murió en la dictadura por una explosión de bomba. Me fui a Alemania para escapar de mi madrastra, que me secuestró cuando era niña. Viví en Berlín, donde construí escuelas, viviendas sociales, una estación de ómnibus y el centro de una ciudad. Me doctoré en Darmstadt en arquitectura y allí –muy joven– ejercí la docencia. Llevé a mis alumnos alemanes a España a recorrer las Plazas Mayores. En Moscú –donde viví cuatro años– me convertí en periodista de casualidad. Trabajé en una agencia de noticias y en Radio Francia Internacional cubriendo intentos de golpes, guerras en el Cáucaso, crisis económicas y operaciones de marcapasos a presidentes rusos que amenazaban la estabilidad de Europa y de medio mundo. Volví a Buenos Aires y en el taller de Hebe Uhart me crecieron algunas raíces que están muy poco arraigadas a la tierra. Me fugué a Montevideo pero todo salió mal, hasta los amores. En 2015 mi libro Las Clases de Hebe Uhart ganó el Premio del Lector de la Fundación del Libro de Buenos Aires. En Radio Uruguay tengo una columna que se llama Taller Literario, donde hablo de los procesos de escritura. Y siempre tengo las valijas hechas. 


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