EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

domingo, 3 de abril de 2016

MIGUEL GAYA



Si hablamos de escribir poemas, no hay un procedimiento habitual, si acaso una voluntad de prestarse o entregarse a la escritura. Y en esa puesta a disposición del poema cuenta sobre todo el abrirse a un ritmo, a una música que va dando paso a la imagen del poema. Pero no es que la imagen, o las imágenes vengan, por decirlo así, sino que se van haciendo, y eso con las palabras, con la música que traen las palabras. Sería como el modo en que la música de las palabras resulta ilustrada. En rigor, no parecen tener relación alguna con algo previo, objetivo o biográfico, ni obedecer a un plan, o al menos un plan que yo conozca previamente, y eso es particularmente lo que más me gusta de escribir poesía. En ese sentido, no sé de dónde viene el poema; solo le presto atención, y trato de que no se escape, y lo voy siguiendo en su modo de expresarse, de hacerse. No estoy hablando de inspiración, sino de una puesta del cuerpo a disposición de la escritura del poema, y a ir manejando eso como si fuera un kayak en la corriente del río. De ese modo, el camino, y el sentido del camino del poema se entienden o termina de construirse al finalizar el poema.

Lo que es seguro es que hay situaciones, lecturas (de poesía especialmente), que parecen, si no disparar en lo inmediato, sí predisponer a la escritura. Luego está el proceso de pulido, o versión final, que muchas veces malogra el poema, y si hay suerte lo completa. Otras veces el poema sale fallido, o no alcanza a desarrollarse del todo, y cualquier cosa que se intente solo lo empobrece. En estos casos lo mejor es dejarlo ir, olvidarlo. A veces la corrección es inmediata, otras el poema reposa hasta que le encontrás el cierre, o el ritmo que soluciona eso que lo hacía sentirlo rengo.

Es por lo menos curioso que cualquier otro proceso de escritura (narrativa) tenga un procedimiento tan radicalmente diferente, al menos para mí. En narrativa me pasa estar inmerso en el universo de lo que estoy escribiendo, casi todo el tiempo, y repetirme una y otra vez secuencias, escenas, o párrafos, hasta sentarme a escribir. Entonces el procedimiento es más físico, más guiado y controlado. Más racional, si pudiéramos afirmar que el resultado lo es. Y si hay suerte no lo es, o no lo es del todo. Dicho de otro modo, si hay algún parámetro objetivo para medir los resultados de cualquier escritura, es que se resista a su racionalización completa. 
Cuando escribo cualquier estímulo exterior me molesta, cualquier cosa que pueda estar haciendo pasa a segundo plano de conciencia. No es que necesite silencio, particularmente, pero no me dejo invadir, ni necesito, música o estímulos exteriores. Puedo comer o beber, y al terminar de escribir no habré registrado lo que hice, ni habrá valido la pena. Tampoco me ha servido de nada, sino todo lo contrario, intentar apuntalar la escritura con alcohol, tabaco, café o lo que fuera. Cualquier alteración de la conciencia empobrece los resultados finales, para decirlo de algún modo.
Aunque la felicidad que procura escribir, o culminar un poema es claramente física y eufórica, no he pensado con detenimiento el tema, o no vinculo de modo especial el cuerpo con la escritura.  Al menos, en el acto mismo de escribir. Para decirlo de un modo ridículo, escribir sería “casi un hecho espiritual”. De todos modos, escribir es un modo físico de estar en el mundo. 



Poemas

El infinito callar



1.

Los versos que callaron. Los que no fueron escritos
o siquiera concebidos cuando debieron nacer. Aquellos
que se esperaban y no llegaron, o llegados
no fueron bienvenidos por tardíos. 
Los que se maldijeron, los tímidos o sepultados.
Los malformados y mudos.  Los malnacidos. 
Los que perdimos para siempre entre papeles
o en la madrugada, después del sueño 
y antes de despertar. 
Nada de eso está perdido. 
Todo cuanto pudo ser 
sostiene lo que existe. 
Hay un coro, un murmullo, un mundo susurrado
que dictan lo que dices.


2.

Hoy compré un libro. No pude leerlo.
No me resultó caro, pero el precio es alto 
cuando no se puede leer lo que se tiene.
No entiendo el lenguaje en que está escrito,
no sé lo que dice el autor, los signos 
no tienen significado para mí.
Repaso las páginas con cuidado, 
las doy vuelta con esmero, las aliso
y aplasto suavemente, siguiendo con el dedo
los renglones escritos, los espacios en blanco,
y nada me dicen. Ajusto mis anteojos 
sobre el puente de la nariz, suspiro
y recomienzo. No importa cuánto me esmere,
no importa mi voluntad: el libro es mudo
y yo soy ciego ante él.
Cierro el libro y me pregunto
a cuántos mundos cierro 
con ese gesto, cuántas
historias he cegado, qué hombres y mujeres jamás
me hablarán, abrirán su corazón 
y sus mentes para mí, solo,
en la noche, contándome muy quedamente
sus mentirosas inconcebibles verdades.  


3.

Estoy olvidando algunas cosas.
Cada mañana las cosas que olvido hacen un agujero
y se echan a dormir. No creo que alguna vez acuda
a despertarlas.
En sus agujeros sueñan. De su sueño salen cosas que no olvido. 

4.

Tanto la noche como el crepúsculo pueden esperar.
Ahora miro las sombras de la tarde y son eternas,
y las palomas zurean en las copas de los árboles.
Con un libro en las manos te miro trajinar en el jardín, atenta y pensativa.
Si levantas la cabeza finjo leer, y espío cuando te alejas.
No es un jardín ordenado; es pinchudo y desprolijo, y no te da las gracias
por tu cuidado, pero lo mismo lo riegas
con placidez y conciencia.
El agua que repartes brilla de repente con el sol, 
la tarde sigue. 

5.

Hemos olvidado algo en algún lugar de la casa.
Algo que es nuestro. Lo compramos
o lo llevamos con nosotros
como una posesión.
Ya no lo tenemos. 
No lo recordamos tampoco
ni lo echamos en falta ni sabemos siquiera
que lo hemos olvidado.
Pero ahí está.
En un lugar del mundo
que es nuestro. Nuestra casa.

Pero no sabemos que está en nuestra casa.
No sabemos nada de él, ni siquiera que haya existido una vez
y que fue, y es, nuestro.

Esto no es cierto. 
No es cierto que no sepamos nada de él.
Si por azar nos lo cruzáramos, lo reconoceríamos,
y sabríamos su peso, su tacto, y cómo nos acompañó. 

Pero no recordamos nada de él, cómo llegó a nuestras manos, cómo se fue.

Además nadie lo ve. 
No está oculto adrede, no está perdido. Pero ignoramos todos
el lugar donde está. 

No lo buscamos, no lo queremos, no está presente para nadie
pero ahí está.
En la casa nuestra.

Es más que probable que no lo veamos jamás
y que un día nos muramos
sin verlo.

Entonces alguien,
tal vez,
alguien que vacía a conciencia y con tristeza
nuestra casa
tropezará con él,
lo sostendrá en su mano
y nosotros nos haremos presente allí
junto a un objeto
que hemos olvidado para siempre. 

Miguel Gaya



Nací en Ayacucho 1953. Vivo en Buenos Aires desde los 13 años. En 1979 formamos con Jonio González y Javier Cófreces el Grupo Onofrio de Poesía Descarnada, y desde entonces he estado vinculado con ellos en la revista La Danza del Ratón (1981/2002) y Ediciones en Danza (2001 y sigue). Soy abogado, con formación y experiencia en defensa de derechos humanos y prensa. En poesía publiqué alrededor de ocho libros de poesía, principalmente en Ediciones en Danza y dos novelas, una de ellas policial. Este año publico su secuela, “Resurrección de un comisario”. En Ediciones en Danza publicaré “Cabeza de artista”, algunos de cuyos poemas adelanto aquí.
miguelgaya@msn.com

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