EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 11 de abril de 2016

NATALIA ROMERO


Mi procedimiento de escritura tiene que ver con un impulso. Algo me suena adentro y tengo que darle una forma. Puede ser una imagen de algo vivido, a la manera de un recuerdo que vuelve y se reconstruye, puede ser una vivencia; sobretodo se trata de vivencias. 
Escribo en base a la experiencia, que es un instante. Escribo para que ese instante me diga algo más. 
Hay mucho de lo que me rodea y de un gesto de volver a mirar todo otra vez. El lugar que habito, el agua, el cielo, las estrellas, los planetas. Todo eso que es enorme y de lo que poco sabemos. También las plantas que riego, los modos de vincularme con quienes amo, mi familia, las cosas que descubro ahí. 
La poesía es un modo de mirarme y de mirar hacia afuera. Mi atención está en lo que me emociona, en el afecto. 
No investigo pero todo lo que aprendo o descubro forma parte de mi escritura. 
Lo que me inspira tiene que ver con lo que leo, lo que recién me deslumbra y también mis escritoras/es preferidos. A veces con algunos documentales que me traen nuevas maneras de abordaje. Y siempre en silencio, para que suene el poema. Esa es mi condición. 
Me encanta esta pregunta sobre el cuerpo.  El cuerpo y la escritura son indivisibles. Cuando se escribe se está a flor de piel. El cuerpo está en su punto máximo de apertura. Eso siento. Y hay algo, eso sí, que no es físico, sin embargo se manifiesta ahí; en una mirada fija, en un silencio absoluto, en un temblor, en un latido más fuerte, una alegría, un llanto, un tacto.
Hay un fragmento de un libro de Patti Smith que para mí refiere a eso. A la llegada de ese pulso de la poesía, y de su manifestación:
“Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque Humboldt, junto a la orilla del río Prairie. Tengo recuerdos borrosos, semejantes de huellas dactilares en platos de cristal, de un viejo cobertizo para barcos, una glorieta circular, un puente de piedra con arcos. El río desembocaba en una vasta laguna y en su superficie presencié un milagro singular. Un largo cuello curvo se alzó de un vestido de plumas blancas.
“Cisne” dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.
La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la lentitud con que había batido las alas.
El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que expresaran mi noción de él. “Cisne” repetí, no enteramente satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.”
Éramos unos niños, Patti Smith, Lumen, 2010.


Poemas


Pasa un avión

Justo arriba mío
cuando levanto la vista pasa un avión.
Lo veo volar lento
cruza por el cielo la entrada del patio
y sé que allá
mantiene la potencia de su velocidad.
Veo la línea fina como de hielo
que deja en el celeste del mediodía.
Desde acá abajo
percibo tan distinta
la distancia.
Es como contarte esto
mientras no estás
o no poder decirte nada
como ahora, que el sol da de lleno
sobre las plantas
y te digo mirá
qué lindas las hojas
y no digo nada más
y el agua que cae sobre las macetas
dibuja la misma línea
que en el cielo dejó el avión.


Aguacero

Cuando pasamos el río Sauce Grande
la ruta es toda de niebla
si seguimos el sendero del agua
llegamos a la playa,
hay lagunas de lluvia
por el camino
el campo se vuelve océano.
Pienso que puedo morir ahora.
Vemos solo líquido que nos cubre
creemos estar al refugio 
en el auto que nos lleva.
El agua es un cuerpo inmenso
no se corta, nunca sangra.
Adelante un auto hace luces intermitentes
rojo amarillo rojo
la cortina de agua lo cubre todo.
Seremos libres
devueltos por la tormenta
sin más abrigo que la lluvia.
Caen sapos del cielo me dijo mi abuelo
yo los ví.
Había olor a mar.



Si hubiera alguien sin heridas en este mundo,
viviría sin deseo.
John Berger


La comadreja

Hay un arroyo pequeño 
que cruza la ruta
del camino de tierra
por el que avanzamos.
Es de noche y hay sólo
algunos faroles encendidos.
La luna chispea sobre el suelo
marca el azul profundo del agua.
Parás el auto
señalás la comadreja  
que se alumbra 
bajo el portón de la casa.
El bicho es grande como un gato
y sus garras tocan las filas de hierro.
Veo a la comadreja 
por sobre tus hombros,
el cuerpo gordo, erizado, su pelaje cobre.
Parece tibia.
Una boca como de oso.
Sus ojos, muy pequeños.
La comadreja me asusta
pero ella apenas se mueve.
Me asusta porque me atrae.
Es la primera vez que veo una
entonces, no sé cómo nombrarla.
Estoy al lado de un hombre
que despejó el follaje del camino
para mostrarme un animal
que nunca había visto antes.
Como al hombre y a ese pato 
que se acerca por el arroyo.
Distingo bajo la luz de los faroles
sólo las plumas del pato, blancas.



Catori

Hay preguntas que Catori no se hace.
Por ejemplo
si el sol va a rodearlo todo
o la lluvia romper 
los brotes nuevos de las plantas.
Sobre la ruta el cartel 
dice Miel y Jalea,
nosotros entramos a paso lento.
El señor que nos recibe en la entrada
saluda con un gesto de bienvenida 
y avanzamos hacia las uvas.
En el vivero
las parras están cubiertas 
por un camino transparente.
Bajo el cielo de nylon
el calor es agua
y mientras caminamos 
con la piel de las uvas en maduración,
descubro tus pies
entre los brotes perfectos de vid.
Afuera no existe el mundo.
Catori aparece,
ella no se pregunta tampoco
por el paso del tiempo.
Nos guía hacia las uvas más grandes.
Sonríe, levanta la vista 
habla apenas nuestro idioma
entonces nos miramos a los ojos.
Bajo las uvas el calor asciende.
El sol rebota en tus pies
y visitamos el segundo sendero.
Tus manos toman una calabaza 
con hueco y semillas secas.
Suena como un tambor
y en su corteza el aire
también suena.
Catori parte una semilla 
su boca se abre
levanta la tapa de madera 
de un nido pequeño.
Los cuatro pichones
esperan el alimento de su madre.
Sus picos parpadean sin emitir sonido.
Los dos sabemos que Catori 
no se pregunta nada.
Una certeza de origen va con ella.




Astro

La ruta corta 
el medio del campo,
donde nadie nos espera.
Acá podemos admitir derrotas
y hasta olvidarlas.
No vemos la forma del sol
pero sí la marca
que deja.
Una luz rosa
y esos dos molinos
uno al lado del otro,
sin rastros
de quien los construyó.
No hay nada con el sol
no es más que el sol
y sigue ahí.
Todos los días de mi vida
va a estar en el cielo.
Lo que nos rodea
no sabe que estamos
en ese segundo que se apaga
ni bien ocurre
y esa garza que vuela al ras
del suelo tampoco nos ve.
Ni los caballos de crines largas
marrones vivos.
Todo lo que invente ahora
existe
cuando la belleza es tanta
que ni lloramos,
el aire parece de oro
quiero tenerlo siempre
con la misma seguridad
que al sol. 

Natalia Romero


Nací en Bahía Blanca, un 21 de febrero de 1985, con el sol y la luna en piscis y el mismo día en que mi abuelo cumplía sus cincuenta y nueve años. 
Hoy vivo en Capital en el barrio de San Telmo y en El Pato, donde comparto hogar con mi pareja. 
Estudié en la UBA, soy licenciada en Ciencias de la Comunicación, con una tesina sobre poesía y género con foco en la obra de Diana Bellessi. Ahora estoy cursando la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF.
Coordino talleres de escritura y poesía, espacio llamado El otro lado de las cosas (verso de Bellessi), y la librería A Cien Metros de la Orilla, ubicada en un pequeño rincón de mi casa y especializada en poesía.
Publiqué poemas en plaquetas, revistas y antologías. En 2014 salió Nací en verano, mi segundo libro, por el sello El Ojo del Mármol.
Recibí el primer premio del concurso SARAS (Uruguay 2015) donde mis poemas fueron traducidos al inglés.
Actualizo cada tanto: http://www.todaslascostas.blogspot.com





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