EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 12 de abril de 2016

RAFAEL FELIPE OTERIÑO



Hay un proceso y es misterioso. De ordinario, comienza con la irrupción verbal, sin causa aparente, de un fragmento de cotidianidad, que de inmediato remite a algún recuerdo o experiencia íntima, que, a su vez, gira, se interpola, desplazándose hacia otra significación más general que es encerrada en el poema. Está sostenido primordialmente por la emoción. Emoción que busca asiento en las palabras, palabras que son portadoras, antes que de un significado, de una temperatura particular. Y todo eso ocurre como en una danza en la que los pasos parecen avanzar con olvido de mi persona. Si fueran a preguntarme por qué escribo, no dudaría en responder con Dylan Thomas: porque me gustan las palabras como signo, como sentido, como sonido, "sentir que ahí están ellas: hechas de blanco y de negro, pero que de su propio ser surgen el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración, todo eso que hace grandes y efímeras nuestras vidas. Recurro a ellas como si fueran seres vivos, enlazándolas, aislándolas, haciéndolas jugar en la frase o confrontadas con otras por su valor gráfico, semántico, sonoro, para recorrer la distancia que va de una ausencia a una presencia, de una falta a una compensación, de lo no dicho a lo finalmente expresado.  Corrijo mucho, estudio, leo, salgo a caminar con el poema en la mente; todo ello me da las imágenes y figuras que luego toman cuerpo en mi escritura.
Escribir poesía me transporta a otro nivel del entendimiento que, en el plano de la psiquis, opera con efecto liberador: de zona conquistada. Ya sea por el goce de haber confirmado mis intuiciones o por haberme salvado de los días grises al enfrentarme con un punto de vista absolutamente perturbador. Por eso, del contacto con la poesía salgo renovado, como de un viaje. Lo que de verdad hay detrás de un poema no es una persona con nombre, domicilio, estado civil y demás señas civiles, sino la vida misma, con sus emociones, temperaturas, alusiones y referencias, filtrada en la figura verbal del poema, hecha de métricas, asonancias y consonancias, blancos y negros de la página. Obedeciendo a estímulos, pulsiones y mandatos el poeta trata de alcanzar ese escalón en el que las palabras reconducen a la naturaleza de lo vivido y tienden a convertirse en el secreto del agua, en la locución del río, en la manifestación de la noche y del cielo estrellado.  Hay un poema de  Czeslaw Milosz que habla de la poesía  y de la muerte física:  “…Liberada de los fantasmas de la psicosis,/ de los gritos del tejido que perece,/ de la agonía del empalado, // Vaga por el mundo,/ para siempre, clara.”

Poemas

LA PIEDRA

Yo soy el que arroja la piedra,
el que le da su ímpetu y dirección,
el que aporta el músculo y la voluntad.

Ella es la que cruza el aire
y se clava lejos, adonde no se oye
mi voz ni el eco de su partida.

De este lado sólo queda el peso
de una llama que alumbra con leves
parpadeos. Del otro lado

está el misterio de la tierra nueva,
los muros cada vez más altos
de la nueva edificación.

Pero de eso nada sé: allá no pueden
mis ojos, ni mi oído alcanza
a entender su voz. Sólo he visto

que la piedra partió: clavada está
en alguna parte, adonde no llega
mi voluntad, ni la imaginación.



A LA LENGUA EXTRANJERA

Me asomo a la lengua extranjera como a un reino.
Tesón de palabras
que son valles, esteros, montañas.

A veces se entrelazan y escucho una voz.
Y devociones que permanecían ocultas
se acercan a mi mesa como guardianes altos.

Conversan animosas, intercambian miradas,
las oigo respirar como catedrales
por cuyas naves espaciosas voy.

Entonces, se abre una puerta y la atravieso.
Y detrás hay un palacio con su jardín enorme
y un lago transparente en el que me zambullo y nado.



SEGUNDA NATURALEZA

El amanecer comienza, como siempre, en voz baja.
Lo acompaña un trino que, con el paso de las horas, se apaga.
Entonces entran los grandes autobuses,
palas mecánicas y grúas a reinar sobre el planeta.
Un taladro avisa que el mundo ya está en marcha.

En el silencio de la habitación continúa aquel trino,
aunque sólo esta página lo escucha.

Levanto la vista
y sobre la pared cuelgan fotografías de familia.
Cuadriculan el tiempo, lo fijan: es su modo de reinar en el silencio.
Pero padre, madre, abuelo, hermana, no están allí.
Son como esos pájaros del amanecer
que una luz, casi dorada, despierta.

Hojas de papel, paredes blancas: escudos contra la desaparición.




ARROYO CARNAVAL

No era un río,
no era el mar donde los compañeros del aula veraneaban,
yo lo atravesaba sobre troncos atados.

La otra orilla no era un país,
ni siquiera una región diferente,
donde la curvatura del mundo fuera más visible.

Allí nos emboscábamos y cazábamos.
Cegados por la claridad,
disparábamos perdigones que no daban en el blanco.

No era un río ni una región ni un país,
las cortezas disputaban a las mañanas sus geografías de luz,
las arañas caminaban sobre el agua sin dejar rastros.

Era lo verdadero,
todo lo demás es una historia que se empeña en retroceder.



PARÁBOLA

Aparece de pronto en el horizonte, con grandes bocanadas de humo blanco. Deja a nuestro lado su estrépito de hierros calientes, y va directamente al corazón del más joven.

Pero una ventanilla, que dura apenas un segundo en la retina, nos dice que hay más en las entrañas, hacia donde ella va. Más de lo inmenso que gira en sus ruedas; más de lo finito que se consuma en los rieles.

El joven la tiene ahora en sus manos y comienza una tracción que dura años: tomarle la fiebre, acunarla despacio, enderezar el ojo bizco. Mientras el maquinista ajusta los relojes, para que el universo prosiga su viaje.

Gratitud y palabras quemadas es lo que queda de la vida.

Rafael Felipe Oteriño


Rafael Felipe Oteriño nació en La Plata, en 1945. Publicó once libros de poesía, el último titulado Viento extranjero (Ediciones del Dock). Su obra se encuentra reunida en Antología poética  (Fondo Nacional de las Artes), Cármenes (Vinciguerra) y En la mesa desnuda (Ediciones Al Margen). Primer Premio Regional de Poesía Secretaría de Cultura de la Nación (1985/88), Konex de Poesía (1989/93), Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía (2009), Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional (2014). Ensayista y docente universitario, codirige la colección Época de ensayos sobre poesía. Es miembro de número de la Academia Argentina de Letras.

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