EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 4 de abril de 2016

RICARDO DANIEL PIÑA





… las imágenes internas, el paisaje, la realidad, las lecturas previas y posteriores, por ejemplo.
Con el poema de Güemes, he investigado el tema en la biblioteca provincial. Biblioteca con la cual tenemos un vínculo que va más allá de leer como lector común y corriente. Estamos vinculados en un proyecto de lectura y difusión de autores de la región. (Pero eso es otro tema.)
No suelo ver películas. Únicamente lo hice, con lo último que escribí. (Me serví de Torre Nilson con “Güemes, la tierra en llamas”. Traté de ver documentales sobre Güemes y conversar con algún historiador amigo, de aquí.-Raquel Escudero, ver fbk-)
No voy al teatro para escribir, siempre el teatro escribió en mí.
No escucho música que me inspire. La música en sí, lo es todo para mí. Yo debería ser músico, no poeta.
Todo eso es la materia de mi poesía.
El lugar donde estoy viviendo es materia de mi poesía.
Este lugar, la provincia de Salta inspira la materia que compone mi poesía. El monte y la selva donde vivo (se llama Yunga), inspira, motiva, dispara todo en mí. Y lo revelador de la naturaleza es que me enseña a vivir y soportar las inclemencias políticas, por ejemplo. Y me dice cosas originales. Me habla del origen de las cosas. Del nacimiento. Me habla de por qué las cosas son así.
Si trato de vincular a mi cuerpo con la palabra, descubro que tenía una obsesión con la figura del General Güemes, que data de mi más tierna infancia de colegial. Recuerdo el impacto que fue haber visto en fotografías su monumento. Casi “tallado” en la ladera de un cerro. Fue una de las primeras cosas que quise ver en la ciudad de Salta, cuando llegué. Acá en Salta, se recuerda la noche anterior a la muerte de Güemes. Haber presenciado “la vigilia” a la muerte del General, el 17 de junio en la plaza de noche, toda iluminado con los fogones, llena de gauchos de los fortines y agrupaciones de los más recónditos lugares de la provincia y de otras provincias (como Jujuy o inclusive de Bolivia).
Y haber investigado en su misma tierra y haber visto el monte, las quebradas, los ríos, que lo convirtieron en héroe de la resistencia a la independencia en el norte argentino. Y vivir todos los días en ese paisaje, me hace un ser eterna y tremendamente agradecido a la vida.

Poema


Güemes y la luna.

Ya no te desnudas en el agua blanca,
entristecida y muda
de las sierras y los árboles.
¿Por qué razón no alcanzo a divisar una respuesta
entre tus hojas, como banderas celestes y blancas,
recuperadas a los realistas?

Hojas como banderas de este cebil que respira
en el ojo rojo del pulmón y el cansancio.
Banderas de ese mismo cielo atiborrado de Belgrano
y de su fundación allá en el río Juramento,
que bajaba desde Salta.
¿La oligarquía salteña hace nudos, en sus finos pañuelos,
ante la noticia de que estoy malherido, en el paraje de La Horqueta?

Débiles, mis soldados gimen y maldicen su suerte
y el dolor de la retirada.
Estoy herido, y la oligarquía se ríe a carcajadas, aventurando mi muerte.
Crespones de cebiles negros.
Ceibos rojos en el fragor de las montoneras.
Ceibos negros en los balazos en mi espalda.

¿Se ven las hojas rojas y verdes del cebil?
¿Por qué no puedo verlas?
¿Por qué insistes en permanecer alfombrando las caídas del sol,
como una claudicación? ¿Como una rendición?
¿Por qué esa obsesión de renunciamiento?
¿Tal vez, dices alguna cosa para que los pájaros se duerman y sueñen la forma de la generosidad? ¿Y ya no puedan alertarme de las traiciones?

¿Puedes ver el ejército del norte desplomándose como una maldición,
encima de las cabezas de los realistas? ¿Aterrados y gritando de horror
y flameando sus espadas
por el terror a morir como ratas?

San Martín se prepara en Mendoza para poner en su lugar a los realistas de Chile que se creen llenos de gloria.
Les hemos disparado, en retirada a esos cobardes que nos emboscaban con la oligarquía nacional lameculos de Inglaterra, España & Francia.
Hemos metido bala a más no poder, pero me han herido, cobardes los señoritos españoles que nos estaban esperando porque “ellos” les dijeron que íbamos a estar ahí. Ellos, los traidores. Asesinos del porvenir de la nación. Ellos, la oligarquía explotadora de nuestros niños, amarrados a sus secaderos de tabaco. Clavados a sus fincas de vides y de caña de azúcar.
Ellos, los grandes señores terratenientes, que no saben del dolor de dejarlo todo.
Dejar los hijos, la china, y los tatas.
Dejar los animales.
La querencia.
Dejarlos listos y servidos para que los ultrajen a más no poder.
Ellos no saben del dolor negro del disparo por la espalda.
Ellos, que se creen los propietarios del país.
Se creen herederos de la hidalguía nacional. Ellos se escapan en la sanación del dinero y el comercio con las potencias extranjeras.
Inglaterra y Francia siguen atentas y juegan intrigas con ellos.
Las balas se juntan y se enloquecen en la emboscada servida como un gesto de lealtad a los explotadores imperialistas.

El largo corredor de espinas de tala y oro y plata de Potosí
y la emboscada de la patria roja en la espalda
y los cebiles de sangre que dejan ver el cielo desde el catre de campaña.

No vamos a rendimos nunca.

Van a tener que terminar con cada uno de nosotros.
No quiero la asistencia del médico realista a cambio de mi rendición.
Seremos una lluvia de sablazos sobre sus cabezas. No vamos a rendirnos.
Escupimos su asado.

Puedo ver desde aquí debajo del árbol,
los gestos de mis gauchos y mis indios
para defender la revolución en el norte.
Es el pellejo arrancado y suelto dentro de la camisa.
Son los guardamontes arrasando en el galope, el cerro y la quebrada.
Son las espinas verdes del tala peor que anzuelos arrancando jirones amarillos de los labios y los ojos y verdes relinchos del cuero marrón del caballo atravesado por el monte.
Los alaridos y los gritos de guerra.
Los insultos. La liberación, la esclavitud y la tortura.
Los gauchos atraviesan el monte al galope.
Ellos, seguirán sin mí.
Puedo sentir esa esperanza rompiéndome el corazón, puedo sentirlo en los ojos de mis compañeros muertos peleando por la fe en nosotros mismos.
Lo vivo en las manos fuertes y leales de mis gauchos, a cada momento.
El secreto de esta revolución es la fe en nosotros mismos.

¿Pero dónde queda el norte?
¿Dónde se esconden los traidores de la revolución?
¿En qué quebrada?

Lunita mía,
has tratado de prevenirme en tu luz fantasmal de cráteres,
y en el brillo negro de tus jardines de roca,
pero no supe descifrar tu mensaje a tiempo.
Y aquí estoy, atravesado por las municiones del imperio.
Atravesado en mis nalgas.  Infectándome en mi propia mierda.
Luna. Pachamama, llévenme de una vez.
Mis gauchos me dicen que soy la luz y la victoria.
Que no puedo hacer mi voluntad. No puedo dejarlos.
Mis soldados sabrán llevar la revolución hasta el fin.
Cabalgaremos. Queda poco camino.
Ya estamos cerca. Lo sé.
Curarán mis heridas, finalmente.
Y esperaremos todos juntos.
Para entender.


  -  2 –


El árbol que me calma y aleja el dolor,
de día me lleva volando por los resistentes surcos de la memoria,
y es verde como tus ojos, amada mía.
Estos gallos que no sé de dónde vienen a cantarme,
son verdes como mástiles monárquicos.
Me miran desde lo alto del cebil.
Sus ojitos nerviosos redonditos como canicas de niños inocentes.
Se trepan a las oraciones a los patronos de la patria,
para cantarme todas las mañanas.
Se trepan como los gatos. Como los vigías, alerta entre las piedras y las cañas. Y veo a las hormigas trabajando todo el día.
Sus pinzas negras depredan el monte y retoña así, verde y cristalino.
No saben para qué viven. No saben si las someten o si hacen sus gustos. Tienen un rey. Tienen un refugio.
Tienen una montaña de tierra y son laboriosas y felices.
Yo soy una hormiga en este mundo de caníbales. Animales humanos despiadados, con hambre de lujos.

Todos esos asesinos de mis gauchos,
mis paisanos queridos defensores de la revolución,
llevan esas marcas de la traición en su sangre.
Esos asesinos sin ejército, todos esos degolladores de mis mártires
celestes y blancos que riegan el suelo salteño con el maíz y la uva dormida en su cuerpo, se comen entre ellos se muerden y sacan sangre,
se desgarran el cuero cabelludo, se roban las esposas en sus camas,
se roban las casas, las tierras, se arrancan los tendones,
esos señores de saco y camisa y moño, son lo peor de la nación.
No  tienen bandera, más que el poder de la traición y la entrega.
No sienten resquemor por nada. Ni por el Dios mismo.
Atentan en sus escritorios Luis XVI.
Mandan balas y matan próceres.
Conspiran.
Usan dos caras, una cara de revolucionario y otra cara de amigo
de los opresores. Francia, Inglaterra, Portugal, España.

Cebil, arbolito amigo,
estoy aturdido en los oídos y el alma.
Miro tus ramas acariciando el arco rojo de la patria.
Te vuelves azul por la tarde como los ojos de estos imperialistas
que se reflejan en mis intenciones de llenar esta tierra
del honor de mis gauchos,
Tus ramas se unen al tronco que las entierra.
Las fosas comunes con nuestros compañeros muertos por cada montonera, son la sangre que se llevan tus raíces, hermano de mi alma.
Somos como relámpagos del aire, que cae entre los realistas
que avanzan por el río, o por el monte, o tratan de pasar por la quebrada.
Pero no saben que la Pachamama está a nuestro lado.
La diosa madre tierra cuida a sus hijos.
Creen que es superchería. Que son maleficios.
Es la fe en la patria, que cae sobre ustedes.
Se clava en los cerros del norte.
Los cerros son los ojos del futuro sin dueños de la tierra.
El río que baja de los cerros se duerme y piensa.
El río habla y nos cuida. Yo miro y observo.
Miro a Dios una vez más, que me abandona.
Y miro las causas escritas por mis gauchos.
Leo las causas de Dios evangelizando a mis indios.
Entonces, el tiempo se detiene en el dolor de mis paisanos
que defienden sus convicciones de ser los dueños de la tierra.

Es tanto, ya. No puedo más, pero debo estar fuerte.
Es la última vez que algo arranca las ramas de mi juventud,
que se me va con la sangre.
Algo se quiere llevar la bandera de mis gauchos. No veo bien.
Es tarde.
Está oscuro.

Alcanzo a ver  tu ojo izquierdo…Verde.

Luces marrones y amarillas en el iris de tus ojos, con canciones inscriptas en jeroglíficos.
Las hojas del mamoncillo, son verdes, también, fuertes y grandes y llevan un impulso estremecedor hacia el cielo.
Hay insectos verdes también que adivino en la quebrada como un olla verde de cuatrocientos metros que baja frente mío y sube allá a lo lejos.
El sol asoma por encima de los cerros, allá, en las mañanas.

Mi vida en este instante no alcanza a beberse todo el esplendor de la naturaleza. Estoy acostado frente a ti.

Ese cabalgar del río me pierde para siempre.

Nuestra habitación está construida en una ladera del cerro, frente a la quebrada.
Veo el follaje y la alegría de los árboles desde el ventanal que está detrás.

Las hojas del cebil forman dibujos geométricos.

Entre el cielo de las ramas, las siluetas muestran los ojos azules de los astros.

Las voces de los coyuyos, los grillos, cantan en otro río.

El río de la imaginación en tu aliento.

Otro amanecer  se fundará en la copa de los árboles
y en las almas de mis viejos compañeros de armas, que duermen plácidamente
y me protegen con sus vidas.

Más seguro y feliz no puedo estar.

Esta tarde, la marea de mariposas blancas que venían desde el sur,
bañaban la quebrada, se entretenían
y jugaban y el deseo era el motor de todo.
Quise leer en este teatro natural, bello remolino blanco y suave, una revelación de Dios. Se cortejaban y no dejaban de volar.
Quise creer en Dios. Tocaban mi rostro, mi barba, alegraban mi corazón. Giraban en un cono blanco, verde y azul.
Dios nos estaba mirando.
Un cono que subía y bajaba y giraba en sí mismo.
Dios era liviano y flotaba en el amor de mis hermanos.

En la espalda llevo un ala negra de odio, terror y conquista.
Tendré las alas heladas por la huida y en esta revolución que no termina.
El monte salteño nos esconde y nos cobija tragándonos
como despojos de fusiles y centinelas.
Llevándonos en su barriga de voces de sapos y ranas y grillos.
Y los silbidos y gritos de amor de la pava de monte.

El Alto Perú es una montaña de granito y oro. Es una estrella en el cielo.
Un volcán como cicatriz de América.
El amor y las risas de mis indios, son plumas de pájaros
que se acuestan rebelándose a la colonia.
Pájaros azules arrancando el agua de mi llanto.
Pájaros azules con destino de federación.
Pájaros sorprendidos por las tropas enemigas.
Dando batalla, resistiendo y heridos en la espalda.
Nuestras alas y nuestra libertad nacen del extinguido aliento del extranjero.
Que hacen fiestas y se ríen de nosotros.
Y en esas fiestas está Dios, que también, se ríe de nosotros.

Esta noche, la luna ha llegado hasta mí desde el fondo del infierno,
camaradas de armas, oficiales leales a la bandera, paisanos míos,
compañeros de la independencia.
La oscura necesidad de mis compatriotas,
allá en Buenos Aires,
me sorprende con mi propia muerte negociada en un escritorio.

Qué será de nosotros, compañeros.
Temo del esfuerzo que hacemos todos juntos.
Temo que no resistamos.

Toda mi nación son ustedes.
Toda mi patria, son ustedes.
Dan la vida por mí.  Todo lo son.
Mi nación.
Mi cuerpo.
Mis tripas.

Mi fe en la lucha.




  25 de noviembre al  17 de enero de 2016




Ricardo Daniel Piña



Hasta mayo del año 2015 fue trabajador del libro y perteneció al directorio de la cooperativa Eloísa Cartonera. Es poeta y escritor. Tiene editado allí tres libros de poesía, Sentimiento Bielsa (2005) también publicado por Yiyi Jambo de Paraguay, Ortega No Se Va (2009) publicado también en La Propia Cartonera de Uruguay (2010), La Bicicleta (2010) Eloísa Cartonera. Y Sufrimientos de Actualidad y Ejercicios de Belleza (2009) en Ñasaindy la cartonera de la provincia de Formosa.
Ortega No Se Va, Pekerman Saborizado y Sentimiento Bielsa están editados en la cartonera Niñabonita de Zaragoza, España. Por el capitán David Gimenez. Andrea Alonzo lo publicó en una antología de autores cartoneros. Editó “Luces y sombras para Sofía” traducido al francés y reproducido también, en un CD de audio.
Integró la antología de poesía joven argentina Poesía En La Fisura de Ediciones del Dock. (1995). Seleccionada y antologada por Daniel Freidemberg.
Nació el 22 de agosto de 1962. Vivió hasta hace poco en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Vive en Vaqueros, Provincia de Salta.
Publicó en varias revistas on-line, de papel y sitios de internet.
Dicta clínicas de experimentación y producción de poética.
Tiene una huerta orgánica sobre la ladera del cerro donde vive, al mejor estilo andino.
Es egresado de la primera escuela de agitadores culturales de Washington Cucurto.

rdpina@yahoo.com

https://www.facebook.com/notes/entramada-poes%C3%ADa/arte-ef%C3%ADmero-emplazamiento-de-rocas-en-el-cerro/1108370459196660

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