EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 23 de mayo de 2016

ANALÍA DE LA FUENTE


Mi procedimiento de escritura no es tan estricto, quiero decir, no es una constante, va cambiando a través del tiempo, según mis experiencias. 
Cuando bastante joven, comencé a escribir, consciente de que no escribía algo estrictamente autorreferencial sino otra cosa, deseaba que fueran poemas. Me pasaba por las noches, después de trabajar y cursar en la facultad o el profesorado, que sentía algo así como ganas urgentes de volcar una idea sobre el papel. La pantalla se me acercaba y me tenía un rato largo expulsando lo que consideré, durante años, mi momento de libertad del día: la noche.
En aquellos poemas, ya lejanos, si bien tenían relación con los episodios de mi vida, había algo que hacía que no los considerase, simplemente, parte de mi escritura autobiográfica, (llevo un diario íntimo desde los 14 años tras leer en la escuela secundaria El diario de Ana Frank). Empecé a darme cuenta del artilugio de la ficción, instancia que en lo personal no fue tan evidente, me costó sonsacarla o exprimirla en distintas esferas en las que pude expresarme -llámense trabajo, lugar de estudios, familia o ámbito de esparcimiento-.
Esa noción llegó a mi vida con el personaje central de toda letra: el lector. Cuando empecé a compartir mi escritura con otros, que a su vez leían en voz alta sus textos, algo hizo clic y a partir de ahí no hubo retorno. Agradezco interminablemente ese inicio: ver el trabajo propio de escritura a partir de la escucha ajena es para mí una de las formas más felices del compartir. 
Actualmente escribo pensando en un tema que invade el mundo de mis ideas. Entonces empiezo a mirarlo todo desde esa óptica, aun sin quererlo: mi primer libro publicado, Trasbordos (2012), es un conjunto de poemas con un claro hilo conductor.
Fue la primera vez que decidí escribir no, poemas independientes, sino a partir de una estructura contenedora, en este caso, el hogar, o mejor dicho, su falta.
Hoy, y desde 2012, trabajo en Árbol-cantar de gesta-, este poemario nació con la espera de Eva, mi primera hija, nacida en 2013, y continuó con la de mi segundo embarazo que trajo al mundo a Lucía, nacida en 2014.
Actualmente continúo escribiendo esos poemas y es mi intención seguir investigando sobre temas afines por un tiempo más. "Afines", desde un punto de vista absolutamente subjetivo,  según mi propio plan de escritura, aludo, por ejemplo,  a leer más sobre botánica y formas de vida vegetal, a interiorizarme cuanto pueda respecto de la prehistoria humana y del mundo antes de la escritura. Aspiro a poder contar con unos dos años de autocorrección y/o aparición de nuevos poemas. Este proyecto transitó una revolución copernicana, un cambio de paradigma: los primeros textos de Árbol son más subjetivos que los que finalmente aparecen en el poemario. Hoy ya no se trata del la experiencia personal de parir, con todo lo que eso implica, sino de tratar de entender la historia de la humanidad, viajando al pasado lejano de una vida animal. Entonces, la primera persona de los primeros poemas fue deviniendo en un nosotros ancestral en el que el yo poético, se considera partícipe de un presente demasiado virtual.   

En cuanto a las sensaciones físicas a la hora de escribir, se reducen más que nada a lo intelectual, a la cabeza; sin embargo, me pasa que hay un momento de la escritura que es previo a la instancia de ponerme a escribir en silencio y soledad:  El momento en que nacen las ideas y tomo nota de ellas, puede ser un momento cualquiera de la vida cotidiana; en la calle, en el trabajo, en un bondi; episodios de la vida urbana que llaman mi atención y me toman, y que, a la vez, me devuelven a algún ítem relacionado con el tema en el que esté trabajando a la hora de escribir.
Barthes habla en La preparación de la novela, del momento de la notación en su estudio del haiku. Relaciona ambos conceptos, entendiendo que la primera no es sino más que la captura escrituraria a partir de un deslumbramiento o momento epifánico que daría lugar a esa forma poemática breve conocida como haiku. Eso es lo que a él le interesa del 5-7-5 importado de Oriente.
A mí me interesa no el haiku, pero sí ese sacudón físico e intelectual que el mundo y sus cosas ejercen sobre nosotros para producir. Que produzcamos una pequeña nota que será luego la madre de otras y otras hasta llegar al cuerpo de un poema, un cuento o lo que queramos escribir en tanto ficción.
Es claro para mí que, en el momento de la notación de las ideas, el cuerpo sí ocupa un lugar protagónico. Del mismo modo, me ocurre en momentos de lectura. Hay algo en los textos que sinceramente me interesan y me atrapan que sabe ir de la decodificación intelectual por un camino azaroso, que toma el cuerpo y lo atraviesa con distintas sensaciones.
Por otro lado, si bien antes dije que al escribir lo que me ocurre es más mental que físico, entiendo que la mente y el cuerpo no están disociados como lo creí durante mucho tiempo de mi vida. Esa escisión ficticia que muchos adoptamos al crecer, es incapaz de explicarnos como seres vivos en relación con el universo. Cómo explicar si no las contracturas a granel que provienen de horas de lectura en que el cuerpo se entumece con la concentración propia de los alienados o el asomo de ideas y más ideas que se acercan como una tormenta de símbolos detrás de un buen rato de caminar o correr (Barthes habla del paseo urbano no al estilo del spleen baudelaireano sino para acercarnos a sus alumbramientos en torno al 5-7-5 afrancesado; Artaud, por su parte, habla, en El teatro y su doble, de esa entrada en el estado de éxtasis que puede ser consecuencia de una larga carrera, uno de los últimos capítulos habla particularmente de la gimnasia como posibilidad para el arte, y origen de expresiones creativas).
Por último, respecto del cuerpo y la escritura, me gustaría citar a María Negroni a quien escuché decir, mientras cursaba un seminario sobre el poema en prosa, que la poesía (parafraseo de memoria, para acercarme a lo realmente dicho) está en todo lo que sale de la tripa, sin importar la forma o el género, y que lo que a ella le interesa de la literatura es esa sensación de que lo escrito contagia al lector cuando proviene de ese lugar. Me gustó esa forma de comprender lo poético que ya intuía en consonancia con la recreación del mundo en forma personal, con un hacer de uno que es capaz de romper las lógicas colectivas para generar algo nuevo.  



Poemas


Trasbordos (2012)

I

Hay una hora sin nombre
entre todas.
Una hora sin tiempo
que danza para nadie
en los extremos del daño.
Es la hora en que casa se derrumba.
Hay una hora precisa, como de siesta en el trópico,
abrasadora, avasallante,
una hora de minutos esbirros,
de segundos infames.
A esas horas hasta el lenguaje pierde el camino y
desanda mi sangre
hacia lúgubres, sádicas, ominosas preguntas,
que nacen prolíficas de lo inalcanzable.
A esa hora y su merced,
es que hasta las palabras, su mundo y mi refugio me abandonan.


II

La lengua crea sus caminos de ausencia,
pide peras al olmo,
asegura bajo siete llaves la trampa de la pena y sus pasos.
Transforma rincones de orfandad y casas vacías
en la trastienda de las dependencias,
donde todo ocurre más allá del no, del quizá y sus histerias.
La lengua se hace otra por las noches,
cuando escribe su refugio,
huye del miedo, lo hace olvido, eco que se va cantando bajo.
Quizá por las noches casa sea la boca que no aprende a callar,
casa sea el grito que la boca elige para escribir su historia.


III

La casa me exilia hacia mis ansias
si la costumbre se pasea por los cuartos, la cocina o el baño;
la casa huye de mí
cuando es una suma de hábitos que balconea una pena sin rostro,
una angustia sin sabor y sin nombre.
Se entrega al silencio
en la fiesta absurda de la costumbre y sus intromisiones.
¿Dónde reside la calma de la casa?
¿En una entrega autómata de criatura sin órganos,
en el río sin sangre de peces negros junto a la rabia que se apaga,
o, tal vez, en el darse a una voluntad desmedida
que es de nadie?
No hay calma en el fuego, ni fuego en la casa,
¿lobo estás?
La rutina funda las ruinas de la casa,
su solo temor concentrado e inmerso
en la hondonada del abandono,
en las fauces de dejarme devorar.


IV

Hay raíces como formas de exilio.
Raíces que dicen destierro, mío, hogar.
Casa es el colmo de la naturaleza.
Un refugio para bestias escapando de depredadores imaginarios.



VI

cómo explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome
Alejandra Pizarnik

En esta poética habrá gritos,
gritos de la sangre que pide a gritos,
gritos para exhibir su angustia de hambre.
Esta poética abandona la casa,
entendió la supremacía de las nadas del mundo,
lo fugitivo del tiempo,
el peligro de la belleza,
el lazo que no hermanaba la pena sino el verso y su danza.
Por eso esta poética se va.
Esta poética es la de la piedra en el zapato.
Viaja lo incompleto, lo por nacer.
Esta poética y su piedra se van,
cantando bajo su grito en medio de la noche.




Analía de la Fuente

Soy mamá de Eva y Lucía, vinieron al mundo en 2013 y 2014 respectivamente, y aunque ya lo dije en la entrevista, me gusta recordarlo. Con Pedro Nazar, músico, poeta, docente, formamos esta familia que invitó al juego y al poema a entrar a la casa y a quedarse en ella, cambiantes y azarosos.
Para vivir, crío y soy creada. 
Para vivir, enseño, por necesidad y convicción. Básicamente, me dedico a leer en voz alta con mis alumnos de nivel medio y a acompañarlos en la difícil tarea de exteriorizar lo que anda pasándoles. 
Abandoné todos los destinos mesiánicos que alguna vez alguien preparó para mí, descanso en paz. Y agradezco algunas de las formas sutiles del abandono.-
analia.delafuente@gmail.com
facebook: Analía de la Fuente

2 comentarios:

  1. Me gustaron tus poemas, el ritmo como algo natural, como algo secretamente atractivo, una riqueza espontánea en las palabras, en fin, espero leer más de tu poesía...

    ResponderEliminar