EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 21 de mayo de 2016

CAROLINA BUGNONE




Mi procedimiento de escritura es más bien caótico, si tuviera el tiempo y la disponibilidad que quiero, lo haría todos los días. Caótico pero entusiasta. No suelo plantearme “un tema” y entonces, mirar películas acordes o leer sobre eso, etc; sucede al revés. En ese sentido, el texto me busca a mí más que yo a él. Cualquier cosa dispara una sensación (a veces ni siquiera una idea, sino algo más primario) que, a veces sale en un texto de forma bastante inmediata, y otras trabaja un tiempo y después pasa a lo escrito. Es difícil establecer si primero “entra” algo o primero uno tiene algo que desea salir, lo entiendo como un vaivén, una especie de circulación de aire entre lo que despierta sensaciones (la vida cotidiana, los sueños, lo que otros cuentan, la calle) y lo que está desde antes esperando una excusa para salir como poesía o cuento. Me parece que ese mismo vaivén es el que se produce después cuando alguien lee lo escrito; recién ahí el texto se completa (y también se abre) con la mirada y la interpretación de los otros.

Cuando escribo borro un poco al cuerpo, igual que al tiempo. Cuando tengo la suerte de disponer de tiempo, me meto de lleno en ese otro mundo y me olvido que tengo un cuerpo, que puede tener frío o sed o hambre. Es parte del placer que es para mí escribir. De todos modos, creo que es algo muy particular de cada persona que escribe o que crea, tan particular como la relación que cada uno tiene con su cuerpo y con su cabeza. Al cuerpo no lo podemos evitar, pero cuando escribo, lo suspendo. Creo que la relación entre cuerpo y arte varía no sólo de persona en persona, sino también de arte en arte. Danza y teatro no pueden prescindir del cuerpo, pero la tentación de ponerlo entre paréntesis al escribir, es muy fuerte. También es cierto que las ganas de escribir, la sensación o la idea que impulsa a escribir, me llega en situaciones en las que el cuerpo está andando: en la calle, en un negocio, frente al televisor, en una reunión social o incluso laboral. El acto de escritura empieza ahí.

No he leído específicamente sobre eso, pero me vienen a la cabeza algunas ideas.

S. Freud (en “El creador literario y el fantaseo”) plantea que el juego de los niños se extiende, en los escritores y poetas, en el hecho de crear. Anuda ese placer del juego, donde los chicos se meten en ese mundo, se concentran y “viven” las situaciones que juegan, al placer del fantaseo literario como invención, también, de otro mundo. Pero no implica allí al cuerpo como sí lo implica el juego infantil. 

Por otro lado, cuando Jean Piaget (en “El Nacimiento de la Inteligencia en el niño”) describe lo que él considera el primer acto de “inteligencia” de un bebé, que es cuando acaba de nacer y pone en práctica el reflejo de succión en el pecho o mamadera, habla sobre una “reacción global del individuo”. El bebé adopta una posición de su cuerpo que está todo en función de ese acto: cierra los puños, deja sus piernas quietas, etc. Todo en su cuerpo responde al ejercicio de ese acto. Y se me ocurre que la concentración, el gesto, la postura del cuerpo que uno adopta cuando escribe, tiene algo que ver con esa descripción. Ya no enlazado a una cuestión de “hecho inteligente” ni de “ejercicio de un reflejo”, sino del acto de escribir. Al menos, es lo que me pasa a mí (porque Piaget, por supuesto, no dijo nada de esto).

Poemas

Yo tengo un río por cabeza
y un calor y unas plantas
por cuerpo.
Los mosquitos que tengo por cerebro
pican las ideas
y los pájaros que tengo por lengua
sólo dejan de hablar
cuando duermo.

Cuando duermo
se oye, de fondo
la respiración pausada
de los las hojas de los árboles.

Y cuando sueño
las imágenes
son brazadas en el lecho
del río que tengo por cabeza
y nado con los ojos abiertos
a esperar que el agua 
tome su curso
el calor su cuerpo
los mosquitos las teorías
la tierra los pies
los pájaros mi boca

y ser una persona 
bastante normal
al día siguiente.
///

Hace calor en Paso Vera
el río se desplaza en secreto
mirándolo fijo puedo ver su movimiento
sutil, como si fuera un pestañeo
o el paso del vapor desde la pava.
Los pies en la orilla se traslucen
y pican las llagas que dejará el sol en la espalda.

Un árbol, cien árboles
la marca de los sauces.

Acá en el río todo se duplica
como si no bastara una existencia para cada cosa
como si algo nos obligara a vivir dos veces.

Un árbol, cien árboles
la marca de los sauces.

Frente al mar 
todavía, si entrecierro los ojos
puedo divisar una línea verde 
en el horizonte del agua gris.

///

¿Cómo decir algo donde no hay más lugar?
Del otro lado del teléfono guardo silencio, tu respiración es la canción de fondo y no se apaga. 

Como en las batallas
los silencios minan el campo.

  ///


Mar

I

Cruzar la calle
bajar la escalera
sacarse los zapatos 
sin asustarse ni deponer la mirada. 
Caminar 
como se camina 
en los lugares que uno imaginó 
con el cuidado que hay que tener ante el encuentro 
con lo deseado.

II

Un mareo básico 
para dejar el cuerpo:
sentarse en esa pared donde la gente 
pone el suyo
tomar aire frío y mate.
Indagar 
la parte de adentro 
de esa mirada oscilante.

III

No hay que hacer contacto visual con el mar,
y abrir un libro frente al agua es casi un insulto.
La orilla espera exclusividad.

Bajo la tiranía imaginada en ese balanceo, yace un mundo que no queremos conocer
y es mucho peor 
que cualquier historia que nos inventemos.
Corramos el velo,
no hay nada.

Carolina Bugnone


Me llamo Carolina Bugnone, nací en 1974 en Concepción del Uruguay, Entre Ríos. Estudié música en la Escuela de Música “Celiá Torrá”, en mi ciudad. Me licencié en Psicología en la Universidad Nacional de La Plata. Vivo en Mar del Plata. Nunca tengo tiempo para escribir, pero escribo todo el tiempo. Obtuve el Primer Premio en la categoría Cuento del Certamen Osvaldo Soriano (Mar del Plata, 2010) y algunas menciones en otros concursos. Fue editado un libro de cuentos “Hasta las seis hay tiempo” por Milena Caserola y El 8vo loco en 2012 (en el proyecto Exposición de la Actual Narrativa Rioplatense). En poesía, la editorial Goles Rosas, editó un libro de poesía “Cuando te despiertes, las chicharras”, en 2015. Fui parte del colectivo Psicofango (hicimos fiestas literarias, una revista independiente y un programa de radio). Coordino talleres de escritura creativa, y conduzco una columna de Arte y Literatura en FM DE la Azotea (Mar del Plata). Participo, sin regularidad, proyectos musicales (flauta traversa). 
Cada tanto actualizo mi blog “O qué” www.lasletrasoque.wordpress.com.
 carolbugnone@gmail.com 

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