EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 28 de mayo de 2016

CLAUDIA ABOAF




Busco activar un registro que llamo “escribir fuera del espejo”.  Un camino inverso a la literatura del yo.  No estoy interesada en mí, ni en los recuerdos personales. No voy por la memoria. Sólo me intereso en tanto soy una persona común, con los mismos registros de todos, de cualquiera. En el momento de la escritura busco el diapasón con el sonido de todas las canciones. Una invocación plural  y resonante. Cualquier colectivo me deja bien, pero una vez arriba - como quién setea el alerta Google- todo lo relativo al tema invocante viaja conmigo, y confío que me llevará a buen destino. Y comienzo la investigación, por caminos inciertos de gato, por cornisas mentales; pero también investigo siempre en la ciencia dura. La biología y la física son fuentes habituales. Filisberto Hernández decía: “Pero no creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también lo otro”.

Escribo despierta, bien despierta. Antes me desbarataba. No dormía cuando el tema acuciaba. Me sentía caer desde el umbral del espejo. Ahora aparece una calma física junto a una exitación en la cabeza, un calor cerca de la coronilla. Si el estado de alerta funciona, no siento desgaste, sino gran actividad de la sangre. Circula. El cuerpo pide y lo escucho. Y hay que levantarse, caminar. Mate o siesta. Me he preguntado acerca de la relación del cuerpo, el arte y la naturaleza. Tener la naturaleza a mano, le pone cuerpo al arte, en mi caso a la escritura. Ahora escribo cerca del río.  Cuando el tiempo lo permite, alterno la escritura con la natación en el agua marrón del Delta.


Fragmento de la novela Pichonas ( Notanpüan, 2014)

Obsesionada con el guiño que Jorge había hecho al jardinero, Andrea intentó aferrarse a sus conocimientos. Imitó la mueca en el espejo pero los ojos aturdidos la miraban extrañados entre un tumulto de caras, perros, y eventos. Cada asunto sencillo, como distinguir el grifo del agua caliente del de la fría, se volvió difícil, como diferenciar en un río turbio una hoja de un pez. Presumió que los sonidos que había escuchado eran del viento atormentado golpeando la puerta contra el marco, y no las voces enfurecidas de los dos hombres.
Tampoco asoció su mano estampada en el vidrio frío –que usó de apoyo al levantarse– con una pista. Intentó enfocarse pero sólo veía los contornos amenazantes tornándose apariencias coloreadas: Jorge con ropas violetas y el otro completamente verde.
Tenía que enfrentarse a la soledad que venía, a la noche, al encierro. Una fuerza colosal, el miedo, despertó los músculos y alertó los nervios. Su cuerpo sabía cómo actuar, pero ella no.
El teléfono la sobresaltó. Debía ser Juana. Tenía que atender, como fuera. Salió del toilette agazapada. Al principio no se atrevía a responder a los hola de su hermana, porque le parecía escuchar otra vez un ajetreo de pasos, roces de ropas y murmullos.
—Juana, qué hora es —dijo por fin.
—Las once; las once se le clavaron como un cuchillo. Padecía la alteración de su rutina; el cuerpo le pedía una cena, descanso.
Juana le confirmó que llegaba al día siguiente. Excitada, le contestó palabras de miedo, de acecho, de perturbación. Juana le cortó.
Corrió al baño y giró la traba. Las imágenes accidentales no parecían querer extinguirse y convivían con ella como si hubieran tomado vida propia.
Sin embargo, al repasar lo que le había contado a Juana por teléfono, empezó a descreer de sus propias palabras. A medida que la noche se despegaba del atardecer, aumentaban sus dudas sobre lo que verdaderamente había sucedido en el parque.
En un momento de la noche avanzada, la regulación animal sedó sus músculos y a su pesar se durmió. A los pocos minutos, el alerta del mismo cuerpo la despertó y la arrancó de su escondite.
Subió las escaleras con pasos en falso y la vista arrasada. Con el miedo del instinto pero con la fuerza de la costumbre llegó al dormitorio. Jorge roncaba boca arriba. Su lado vacío en la cama era como un anzuelo, la almohada se veía intacta. Notó el ligero hundimiento del colchón moldeado por el cuerpo. Al verse fuera de la cama, se sintió fuera de su vida. Soltó un sollozo que tanto podía esperar consuelo como ser una despedida. El hombre y la cama se sacudieron al darse vuelta. Andrea volvió sobre sus pasos decidida a no salir hasta que su hermana llegara.


Claudia Aboaf:

Soy Claudia Aboaf, nací en Buenos Aires y crecí junto a mi abuelo y maestro Ulyses Petit de Murat. Publiqué las novelas Medio Grado de Libertad (Altamira), Pichonas (Notanpuan) y El Rey del Agua (Alfaguara) que sale en septiembre 2016. 
Entre novelas, fui gastronómica, me movía entre comensales, fuegos y cuchillos.

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