EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 21 de mayo de 2016

FERNANDO ALDAO



No tengo un método de escritura. No escribo todo el tiempo. No tengo horario de escritura. No entreno la mano (debería). Escribo casi nunca (odio esto). Obedezco a no sé qué corrientes subterráneas. Orillo un borde casi mudo donde la palabra emerge con dificultad de un fondo barroso, oscuro y homogéneo. No sé qué busco. No sé qué o quién me busca en la página en blanco, en el lodo negro de la página en blanco. En el silencio. Pero algo me llama y trato de oírlo. Cuando puedo, cultivo una especie de acecho. Me quedo un rato mirando. Esperando. Sé que el fantasma está por aparecer. Irrumpe. Salta sobre la superficie del agua oscura. Se desliza aterrador sobre el pastizal. Siempre con distinta máscara. A veces, un animal. O una flor que se abre y resplandece. Una bruma helada que se levanta en medio de la noche. Mi padre muerto. Un ruido. El espectro de la enamorada convertida en escorpión. Esa aparición aterradora y maravillosa desata imágenes, vínculos secretos y siniestros, viajes de vida o muerte al fondo subacuático de mí mismo para encontrar una joya perdida del libro del Misterio, que casi se revela. Pero no.
Cuando escribo soy presa de un profundo malestar. Un horrible desconcierto. Una espantosa sensación de que la casa, el cuerpo se resquebraja. La maleza entra por las grietas. La noche fría y estrellada. Una soledad sin nombre en la que hasta el verbo se quiebra. Un gran esfuerzo, para juntar los restos. De la frase. De mí mismo. De la idea. De la casa y del cuerpo. Nunca lo logro. Apenas, colocar mosaicos partidos, de formas que no coinciden y colores imposibles, uno junto a otro, trabajosamente, para formar una imagen cuyo sentido se me escapa. No lo disfruto para nada y, al mismo tiempo, sí, lo disfruto. Maravillado, ante la aparición de “lo otro, (si hay suerte), irrupción violenta de lo extraño, lo que no soy yo, lo que me desmiente, lo que me completa”. Una flor extraña y maravillosa. Un rostro monstruoso. Un milagro. Si esta sensación no llega, lo que escribo es horriblemente retórico, vanal, cosmético, formal, vacío, correcto, oficial, narcisista, premiable, escolar y va a la basura, directo.

Recuerdo un texto de que ilustra bastante bien esta sensación. Se trata del ensayo sobre “Esquizofrenia y Chamanismo” que aparece en el libro “Los Mitos” de Joseph Campbell. Reynaldo Jiménez me lo prestó una vez. Me impactó profundamente. En este ensayo, Campbell afirma que hay una semejanza entre la experiencia del paciente esquizofrénico y el chamán. Ambos experimentan una ruptura psíquica comparable, un desgarramiento del alma que los recluye en su más oscuro interior. A diferencia de lo que sucede en las clínicas psiquiátricas de nuestras ciudades, en la tribu se considera como un posible chamán al que sufre este “brote”. La comunidad lo aísla durante semanas hasta que el “enfermo”, dentro del repertorio de imágenes de su propia cultura, que operan como marco de contención y explicación del mundo, trabajosamente, toca al Dios, al Espíritu, a Lo Otro y emprende el viaje de regreso, ya reintegrado a sí mismo y a su comunidad.
No hay nada de chamánico en mi escritura pero siento que todo esto me resuena fuerte.

Estos poemas que siguen a continuación no sé si ilustran lo que acabo de decir. Creo que sí. Un poco. Aquí van:




Orquídea

Salís del bosque sumergido
para morder con tu boca mi boca
y deshacerla
en verde pestilencial.

Pero las algas tejen sepulcros
abrigo de hojas y dedos enredados
que no abandonaré.

Fondo blando del río
tu manto me cuida
pesada piel
de escama de pez y pétalo
barro hilado
de oro tu manto
ahogado me protege
de la mordedura
boca de tiburón, oh Fiera
tajo
transpiración de líquido negro
que sonámbulo
intento lamer.

Con letras de oro
invoco tu nombre.
pero no hay suspensión
la escena prosigue
mordés la propia herida y gritás.

Aún así
el ruido no quiebra mi sueño.
Un supremo poder
me permite ignorar.

Todavía dormido
dejo la tumba de algas
y alado surco lo profundo
desconociéndolo todo.
Escribo en el fondo las voces
que alguna vez celebramos,
los besos repito en el agua
y bailo
pero mi abrazo no sujeta.
La Fiera se dispersa y ataca
quién sabe qué.
No hay otros como yo en el fondo.
Todo se retira.
Solo una calma de agua incómoda
que confunde amor y quietud.

Tres pétalos blancos la Fiera
fecunda el fondo del río
con roce prolongado de rígida dulzura
y fertilidad.

Pétalo abierto la palma de la mano
dos dedos finísimos y un tercero,
más grueso, letal,
hundido en la carne del fondo del río
muslo del agua sagrada del río
pétalo abierto
blanco malva labelo
de finísimas líneas
manchas de la piel de una serpiente
o un jaguar.
Salpicadura negro rojiza
sangre o barro salpicada piel
amarillo dorada Flor de los Muertos
labelo que se adelanta lengua
de tu boca
abierta vulva de negro centro
negro abismo abierto
Fiera                Escorpión.
Flor de la coronación del amor:
a tu doliente abismo enamorado, jamás abro los ojos.






La Aparición es un imán

La Aparición es un imán
que todo lo traga
con cada contracción del hueco que
muestra / oculta
las delicias del sagrario
para herir con cada esquirla
de las paredes, galería y cavidades
la lengua, 
y órganos del Profanador.

La Aparición
un centro astillado
cuyo grito anima el fondo
y obliga al nadador a chocar
contra la roca
entre las disonancias
que parten de su boca
y la multiplicación de los tajos
en la plata viva del rostro.

Coral, labio partido
boca de la Virgen,
piedras cosidas al maxilar
y bajo la ropa
hueso
duro cristal de roca el pezón.
Oh, Protectora del Ahogado
que busca en lo profundo
la piedra que trastorna las formas del amor
y destila pestilencias cuyas gotas
en el último trago
tras el vértigo y el mareo
(los pasos tambaleantes)
derraman vapores
y misterios de la Pura Presencia.

Con aliento último el nadador
busca rozar pero solo ramas
de coral desgarran.
Una y otra vez
se ejecuta la tarea
“hundirse entre los labios del lago”
pero apenas logra penetrar
las capas de tul, las nubes
que separan la cima del acantilado
y la Aparición del fondo del estanque.

Rígido velo de perlada
impenetrable desnudez
no alcanza con mirar desde lejos
hay que rasgarlo todo
rodear el borde, la comisura
la herida lamer,
calmar el dolor y arrojarse
(disolución en la corriente
remolino de negra boca en viaje
a qué provincia del inframundo).

Sería preferible abandonar el acto,
buscar alguna otra forma de vida.
Pero en ese punto preciso de la frase
ella abre la seda,
desata la cintita del corsé
y deja entrever el tajo, la dulcísima herida.

Salto mortal
retorno al país del que fuimos arrancados
el suicida se arroja sobre la Aparición y la desgarra.

Ella, cabeza de Medusa
petrifica al atacante
y recibe las heridas
pero no sangra ni padece.
Abre / cierra la perforación
poderoso anillo que ciñe
la corona de tentáculos de donde mana
sonido y silencio.

Y, para rematar
en el último aliento
con el índice en alto (qué idiota) le digo:

“Tu eres todos los seres.
Estás hecha de mil formas.
Visibles, tus entrañas.
Todo en ti -declamo- 
se ha exteriorizado.
Hermosa y aterradora reconciliación,
bañada en sombra y luz antigua.
Apenas nacida,
ya te arrastras entre márgenes de otro mundo
y en tus escamas
la extraña y familiar inscripción:

yo
soy
vos”.






Eléctrico y centelleante


Vibrante y luminoso
el cráneo ardido, el dedo
al filo húmedo
del tajo que bordea
la herida sagrada
de mi propia corteza.

Doliente y enlutado
soy el Soberano de una playa
donde todo muere
donde huyen los peces
donde los árboles enferman
donde nada se transforma.

Dichoso, tétrico Infante
bailando en el agua azul
remando con las manos
sobre una barca que no avanza
y flota
en la arena irisada de mi propia fiebre

Mi brújula, un planeta
de órbita extinta
en un cielo que mira
con ojos de cadáver.
Debajo de la tierra
alumbro con luz magnética
y abundo en desastres,
naufragios, cicatrices.

Toco la raíz de las algas
entre arboledas
profundas y secretas
del fondo oscuro del mar.

Con dulcísimo aullido
me arranco el corazón
y busco dentro del pecho
una piedra de lunático brillo
que no me pertenece.

Mi sueño avanza, retrocede,
aumenta y decrece
con el humor de un astro invisible.

Extirpado del tiempo
asomo la cabeza por encima del agua.
La corriente me arrastra
lejos de la orilla

y no puedo regresar
porque nunca partí.



El tránsito errático

A prudente distancia de tu boca oscura
trazo alrededor de mí
un círculo mágico
por mantenerme alejado
separado con violencia
en exaltación inversa
en desierta comunión
en terrenos que nadie habita
donde lo inhumano reclama
con extraño encantamiento
la encarnación del
rojo espectro de la locura.

De pie
urdiendo una melodía
de blancas consonantes
y vocales imantadas
sobre esta tierra que alumbra criaturas
con horrible crujido de muerte y oscuridad.

Infectado
en mí también gotea día y noche
el sueño envenado de la Caída
y la Ruina del Paraíso
mientras el antiguo Dios
Protector del que Saquea
ríe complacido
por haber tenido la oportunidad
de practicar conmigo
el delicioso arte del castigo
y la magia siniestra de dictar sentencia
contra lo que vive.

Ésta es mi canción:

Cristo, acuérdate de mí.
lánzame a Tu salvación.
que se opere el milagro.
que el crujir de mi cráneo
traspase el cuero reseco
parche de piel de caballo
de Tu Altísimo Oído,
y me escuches y me alcances y me toques.

Pero llega ahora un barco y la disuelta tripulación
pregunta por mí
El mástil, árbol rajado
en cuyas ramas, la sierpe
maridando el Bien y el Mal
todo lo cierra y lo clausura:
claridad y negrura
inocencia y mortalidad
sufrimiento, necesidad.
horror, deseo y alegría.

Por río de mil brazos,
en el mar de mil caminos,
voy esclavo del viaje
flotando sin rumbo
sobre la masa turbia
del agua que purifica
atado a la más libre
y abierta de las rutas
y a la inquietud
perpetua del agua.

Mi confianza en el misterio
y el tránsito errático
de los astros me conduce
a ningún puerto ni ciudad.
Mi patria es el oscuro
desorden del agua. Mío,
el turbio vaivén sombrío y
su poder de corrupción.


A través de un cristal ciego
me contemplo
atado a las cuerdas de un arpa
cuya vibración quiebra mi espina.
Rumores de tambor
laten bajo mi vejiga
y planeo boca arriba
sobre el vientre alado de un sapo
hacia las velas oscuras
de un barco que llega

un barco

la disuelta tripulación

pregunta

el mástil, árbol rajado
en cuyas ramas, la sierpe
maridando el Bien y el Mal
todo lo cierra y lo clausura:
claridad y negrura
inocencia y mortalidad
sufrimiento, necesidad.
horror, deseo y alegría.



Fernando Aldao


Nací en Buenos Aires en 1965. Escribo y hago música (o trato). En 1986 publiqué “Lirio, urna en la garganta” (Ed. Trocadero). Entre 1986 y 1989 participé de “El Invitado Sorpresa”, banda de artistas que exploró las relaciones entre palabra, música e imagen a través de la realización de espectáculos performáticos en los que se combinaban vestuarios, escenografías, rock experimental, poesía y video. En 1998 publiqué “El desconcierto” (Tsé-Tsé. Edición digital en Issu). Junto con Reynaldo Jiménez, entre 2002 y 2014 participé de atlánticopacífico y EX, ambos proyectos de búsqueda entre la palabra, la música y el video. Los resultados de estas exploraciones sonaron en distintos eventos y festivales realizados en Buenos Aires, Montevideo, Sao Paulo, Curitiba, Lima, Caracas, San José de Costa Rica, México D.F., San Luis Potosí, Nueva York y Madrid. En 2004, edité el CD “Microambientes” de “ambient rock”. Desde 2014, integro el Ensamble de Guitarras de Coghlan dirigido por Fernando Kabusacki. En este momento, trabajo en un nuevo libro llamado “La sombra indefinible”. También en un disco, aún sin nombre, que oscila entre el “ambient”, el “kraut-rock”.
fernandoaldao@gmail.com
www.facebook.com/rterciopelo
www.vimeo.com/microambientes
https://itunes.apple.com/ar/album/microambientes/id925960481?l=en
https://issuu.com/fernandoaldao/docs/eldesconcierto

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