EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

miércoles, 25 de mayo de 2016

GRACIELA BATTICUORE





La poesía llega, con su música, cuando quiere. Sucede. No tiene en mí nada que ver con la voluntad sino con un estado de emoción, algún acontecimiento extraordinario que me moviliza y del que sólo puedo dar cuenta a través suyo. Escribo como si respirara, con un ritmo inconsciente. Por lo general es una tirada más o menos larga que tiene un núcleo narrativo, una arquitectura relativamente escueta, pocas palabras, sintaxis mínima, lo necesario para recrear imágenes que vienen de lo íntimo. La poesía es para mí un acontecimiento íntimo, que sale al escenario de la página en blanco dando siempre un salto al vacío. 
Los poemas van llegando a lo largo de varios días, una semana, un mes: se descuelgan de algún sitio que desconozco sin que yo planee nada. No investigo, no estudio en el momento de escribir poesía, la dejo llegar sin lineamientos previos. Los poemas se despliegan como un delgado pergamino hasta que tengo una tirada que suele rondar los cincuenta. Cuando llego a ese número sé que acaba la pieza o que cerraré pronto. No escribo poemas sueltos, escribo en series. El título aparece solo, también, antes o después: Cuaderno de espera, Sol de enero, La noche, La caída… son algunos de los que publiqué o preparo actualmente, otros esperan a madurar. 
Suelo escribir en dos tiempos: el de la emoción, que fluye como una cascada, y otro tiempo más lento en el que hace falta decantar. Pensar, después de haber sentido, y sopesar la gravedad de cada palabra, su música, su sintaxis, la espacialidad o las elipsis. En esa segunda etapa se trata casi siempre de quitar, más que de agregar. Y de ajustar o precisar la cadencia, el ritmo, cada término o conjunción, buscando que la arquitectura del poema sea exacta, sigilosa, casi nunca caudalosa sino mínima. Se me viene a la mente ahora la imagen de las agujas de un reloj, que detrás del cuadrante sobre el que se mueven esconden una compleja maquinaria que calibra la hora. 
Para mí escribir poesía es trabajo de orfebre. Y también es magia, encantamiento.  

Me gusta escribir de mañana cuando la casa reposa y mi cuerpo está en silencio todavía: las ideas y las emociones me pertenecen a esa hora por completo. En el patio de casa, rodeada de un muro verde por el que trepa la enredadera y se descuelga, desde lo alto, el cielo. O en mi cocina, si es invierno, envuelta en el calor que sale de alguna hornalla encendida, un viejo rito que me viene del pasado y de mi mamá. Preparo unos mates y me dispongo a escribir. No suena todavía ningún teléfono. Mi hijo está en la escuela y yo en la casa, sola. Entonces espero la marea... 

Escribir poesía me centra, me ancla, me expande y me atraviesa el cuerpo. Suele relajarme y hacerme sentir “en mi lugar”. Es una experiencia diferente a otras prácticas de escritura en la que interviene más el pensamiento, el sentido crítico a través de la argumentación. La poesía me conecta con saberes propios inconscientes, profundos, probablemente a través de la intuición o la percepción. Saca a flote lo que no sabía que sé: acerca de mí, de las cosas, del mundo. Así que cuando sobreviene la poesía y logro escribir siento concretamente que algo ancla, por fin, armónicamente en mi cuerpo. Algo encuentra su justo espacio en mí, como si fuera un objeto que encaja en un estuche perfecto, hecho a medida. Entonces respiro. Me siento bien, así escriba sobre el amor, la muerte, la soledad o la locura. 
Si tengo que hablar de lecturas de los últimos años que me tocaron hondo, elijo nombrar a dos grandes escritoras: Marguerite Duras y Clarice Lispector. De países lejanos y continentes diversos, las dos fueron y siguen siendo leídas con devoción. Las dos son narradoras, no poetas propiamente, pero en sus escritos habita la poesía. De Duras recomiendo, por supuesto, El amante. Pero también La vida material: un texto luminoso. Y su ensayo titulado: “Escribir”. De Clarice, entre varios libros hermosos que leí (La pasión según GH, La hora de la estrella…) me quedo con el más poético y radical: Agua viva.  Recorto dos breves fragmentos de una y otra escritora, para celebrarlas: 

“No quiero tener la terrible limitación de quien vive sólo de lo que es pasible de tener sentido. Yo no: lo que quiero es una verdad inventada”. CL.

“Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado”. MD.


Poemas


Hoy me han dicho que se muere 
mi padre.

Hay ruidos, rumores alrededor.
Yo le tomo una mano,
la beso, la acaricio,
le hablo con la niña que hay en mí.

Es un coloso en esa foto 
donde yo tengo siete 
en una terraza de Mar del Plata.

Comíamos tostadas
él y yo,
mientras veíamos pasar la gente las olas,
poblarse la playa.

Teníamos un Fiat rojo.
Yo estoy sentada sobre el capot 
con mi flequillo y mi cola de caballo.
Remerita blanca, short, ojotas, piernas desnudas.

El verano envolvía el aire,
me dejaba crecer.

Para mirarte 
yo tenía que elevar
los ojos, 
para tomarte 
la mano enorme
tenía que subir 
mi brazo.

Y así andábamos por la calle o la arena,
mi mano hundida en
tu mano 
gigante,
de pliegues 
mullidos y ásperos,
consistentes;
tu mano
firme, 

mi sostén.


***


Leo y releo poemas
estos días.
Descubro poetas, madreselvas.
Las palabras me hacen un 
hoyo un cobijo donde adormecerme:
descansa en ellas
mi alma dolorida.

Como una hamaca que se bambolea.
Como una cuna de primeros días.
Como el agua cuando serpea,
sostiene.

Si no fuera por estas palabras.
Y por los lirios
y los tallos
y los cálices
y todos esos pétalos blancos esparcidos…
Si no fuera por la lluvia que limpia, 
sacude…

acaso 
muda sombra

sería.


***


Dejo ahora que el tiempo
corra su vuelta. Que sigan
girando sin prisa las agujas del reloj.

he comprendido de pronto
la lógica del universo. 

***


Sé que piensa en la muerte,
elabora acaso
un concepto 
que le hace temer 
y ensombrecerse.
La muerte ajena o la propia, 

¿la muerte qué es? 

(ausencia, 
niebla,
manos que ya no están. 
Esto le causa náusea y un terror 
irrefrenable.)

Aprende, sin saberlo,
ese costado inabordable de la vida.



***


Ven aquí: dancemos un poco,
que cae algo de nieve sobre mi tejado.
Un pájaro me susurra al oído,
no quiero perder esta claridad.

Ven aquí, andariega,
trotemos junto a la mar. 
Ya es la tarde y una brisa corre. 
No me deja pensar.


Todos los poemas son de Sol de enero (del dock, 2015)



Mi nombre es Graciela Batticuore. Nací en la ciudad de Buenos Aires, la noche del 23 de agosto de 1966. Estudié letras en la UBA, donde me doctoré en el 2009. Después entré a CONICET, me desempeño ahora como Investigadora Independiente, especializada en temas del siglo XIX: lectura, autoría, cultura letrada y sociabilidad, literatura escrita por mujeres, públicos y bibliotecas. Estoy a cargo de la cátedra de Literatura Argentina I en la UBA. Mis escritores favoritos del pasado argentino son Lucio V. Mansilla y Sarmiento. Escribí algunos libros de ensayo, entre ellos La mujer romántica. Lectoras, escritoras y autores en la Argentina (Edhasa, 2005) y Mariquita Sánchez. Bajo el signo de la revolución (Edhasa, 2010). Preparo un volumen titulado Lectoras. Prácticas e imaginarios en la Argentina (para Capital Intelectual). En el 2014 publiqué mi primer libro de poemas, Cuaderno de espera, dedicado a mi hijo Lucio. El año pasado, Sol de enero (del dock). Mi próximo libro se titula La noche.
gracielabatticuore@gmail.com

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