EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 14 de mayo de 2016

GRACIELA CROS



Con tantos años de escritura poética encima puedo afirmar que en cada poema el procedimiento es distinto, la llegada al texto determina su camino y puede ser una imagen de mi pantalla interna o exterior, paisaje o gente, la calle, los ruidos, el silencio de la madrugada, la música del amanecer o los derrumbes del día a día; puede tocarme en una lectura de otro autor o en un sueño, sí, también, he escrito varios poemas que venían de sueños, y mucho, sí, en diálogos que escucho por la calle, o aún en personas que están conversando conmigo, escucho frases y me quedo absorta contemplándolos porque en sus dichos veo líneas o títulos de poemas, a veces se lo comento a mi interlocutor en el mismo momento y se queda observándome extrañado como si la génesis de un poema no pudiera, en lo absoluto, salir de ahí, de una charla cualquiera en la cola del banco, por ejemplo. Pero es así, también en las películas hay canteras inagotables. En un tiempo veía películas en casa con una libreta en la mano y anotaba textos o escenas que me impresionaban. Investigo, sí, en muchos poemas, y bastante. Me obsesiono y comienzo a leer y leer sobre un tema y luego trato de recoger la red y ver qué quedó. Son procesos complejos, apasionadamente laberínticos en algunos casos, y en otros tan directos y sin vericuetos como un rayo. Pero no podría decir que busco, no busco, encuentro, encuentro la cola de un poema, la punta del ovillo y empiezo a tirar pacientemente, o no, a veces febrilmente y en ocasiones algo nace, surge, crece, se expande, y se convierte en el poema. Y en muchas otras, no llego a nada!

Con bastante frecuencia me contracturo o pierdo la noción del tiempo y como mal, en piloto automático lo que significa que como de más o de menos,  me olvido del reloj, del afuera, de las obligaciones, duermo a los saltos, despierto agotada, camino como zombie, puedo guardar en la heladera lo que va en el placard, manejo mal, me distraigo, me convierto en un peligro! Pero, a la vez, mi cuerpo está dichoso, no hay mejor sensación que esa, estar escribiendo y sentir que la cosa está ahí, como el gran pez, agitándose dentro nuestro, y sólo hace falta un paso más para tenerlo, para sujetarlo, escurridizo como es, y aquietarlo en palabras. El cuerpo reclama menos cuando se escribe. En la dicha no se reclama. Sus demandas vienen después, al terminar de hacerlo. Sin embargo, a esa altura del proceso, cuando sentimos que el poema está, que es, ya no importa. El goce de poner a ser algo que antes no era es tal que ningún reclamo del cuerpo importa. Algo de ese frenesí, de esa epifanía, lo rejuvenece y llena de nueva energía. La poesía salva, qué duda cabe. Nunca me siento más plena que cuando escribo y advierto que la cosa camina.   

Poemas


Con el miedo en los talones*


Esta mañana crucé el parque del Teleférico
como lo hago a diario.

No había bandurrias ni caballos.
No había chicos ni perros.
Nadie.

El parque
era mío.

De pronto
un tero
chilló fuerte y rápido
y no dejó de hacerlo mientras alzaba vuelo
y se arrojaba sobre mí 
en picada veloz 
directo a mi cabeza.

Me agaché  
y recordé la escena de Arizona Dream 
en la que Vincent Gallo imita a Cary Grant 
cuando es atacado por el avión fumigador.

La escena original es de Hitchcock 
y Kusturica la recrea a modo de homenaje.

Me agaché 
y me quedó picando en los oídos 
el aletear feroz.

Vino al ataque seis o siete veces más.
Me cubrí la cabeza con los brazos, 
me la tapé con la campera, 
agarré una rama del suelo 
y la usé como espada.

El tero estaba cada vez más furioso.

Como en Los Pájaros, otra de Hitchcock, 
salí corriendo del campo expulsada por un ave.

Me quedé pensando en la naturaleza,
en su perturbación, en esos tincazos
de la fragilidad, el débil equilibrio. 

  
*film de Alfred Hitchcock.



*


Censo canino

Un hombre
toca el timbre.

Al salir
me pregunta
si tengo perro.

Le digo que no.

¿Y la cuchita?
señala,
apuntando con el mentón.

Es empleado municipal
y tiene el aire triunfal
de haber
descubierto
una falta.

Se me murió, le digo,
guardo la cucha 
de recuerdo.

La mención de la muerte
lo trastorna
y me pide disculpas.

Lo veo alejarse
y pienso
en mi padre.

En 
lo 
de 
él 
que
no 
guardo.


La parte más negra

Un día aparece 
y uno siente 
que todo 
terminó.

Se pudo fingir hasta ese momento 
pero ya no podrá hacerlo
ni por un segundo más.

No es una mancha que se expande.
Un gas que asfixia.

Es una sensación de luz cortada.
De parabrisas estrellado 
por una piedra en el camino.

No quedan huellas.

Uno no sabe quién es ni dónde está.

Te arrancan los ojos, 
te cortan la lengua, 
te tapan los oídos, 
te despellejan vivo.

No hay referencias en ese vacío.

Al rato, como si alguien 
encendiera la luz,
la parte más negra se esconde, 
es decir, adelgaza 
tanto como para hacernos creer
que desapareció.

Los que estamos en el ajo
sabemos que esto no ocurre.

Una vez que se presenta 
nunca más deja de hacerlo.

Esto pasa de vez en cuando, 
por eso vuelven a aumentarme 
la dosis.


Carozo en el fruto

Intento escribir y me demoro.
Me demoro viviendo con retratos.
Sólo piso al caminar
baldosas negras

de una sala en la que estás
a más de mil kilómetros.

No es que elija el teléfono
para resolver esta engañosa contingencia
pero el hilo me atrae, su abandono me atrae,
su obscena integridad me desafía.

Aparece tu voz del otro lado
y se ajusta a las reglas:
me estás hablando suave, cálida
y tiernamente al oído.

Pájaro que se posa y al instante se alza.

Suena el timbre de calle y la vida
Me solicita un poco de atención.


“Salvo dos cortas interrupciones, hace dos semanas
que no pronuncio una sola palabra.
Al fin mi soledad se cierra y estoy en el trabajo
como carozo en el fruto.”


Al salir
me preguntan por el valor del deseo.
No sé qué responder y les tiendo la mano
¿qué harán con ella estos desorientados?

Vuelvo a la casa oscurecida 
por una soledad impertinente
y me reprocho sentimientos fatales.

Lo que escribo es un misterio que no alcanzo
a descifrar y por eso lo escribo

Caída en la tentación de fascinarme
sólo piso al escribir baldosas negras
de una sala que está a más de mil kilómetros.

Caída en la fascinación,
encerrada como carozo en el fruto,
escribo con retratos.

En esta casa oscurecida
por una soledad impertinente
no hay más que miedo, miedo, miedo.

No recuerdo quién soy.
Vagamente evoco a una mujer en su mitad
abrazada a un hombre silencioso:
cuerpo elocuente en el mutismo.

Caída en la tentación de ser otra.
Una que baila, arde, dice.
Una que ocupa mi lugar y lo hace mejor.

La soledad del arca que es mi casa
me ve saltear baldosas.
Sólo cuentan las negras
de una sala a más de mil kilómetros.

La soledad del arca 
mira
por los ojos de la fascinación.

Estoy ciega y es ella la que ve.

Estoy muda y es ella la que habla.

Encerrada, como carozo en el fruto,
estoy viviendo con retratos. 

No hay consuelo, no hay consuelo 
en la fidelidad a la fascinación.
No lo hay.

*Entrecomillado de Rainer M. Rilke.


Temporada de pérdidas

El jardinero me avisa que 
en la canilla del jardín hay 
una rotura y corre un chorro de agua 
desde hace días, 
que a fin de mes 
me va a llegar una factura de locos. 
Le agradezco y le cuento que también 
pierde 
el depósito del baño 
y que el tanque intermediario no funciona y hay 
un goteo continuo en la conexión, que, sin duda, 
cuando vean el medidor 
los de la junta vecinal que provee el agua 
me van a arrancar la cabeza. 
Por mantener la conversación 
en un estado cordial 
le digo sin pensar: 
es mi temporada de pérdidas
y después me doy cuenta de lo dicho 
pero de la muerte llevándote, nada, 
nada puedo decir. 

Graciela Cros


Nací en Carlos Casares, en la llanura del oeste bonaerense, y a partir de 1971 me radiqué en la cordillera norte rionegrina, Bariloche, donde armé mi familia y nacieron hijas y nietos. Antes de la Patagonia viví en Buenos Aires y estudié en la UBA, Letras, pasé el onganiato y La noche de los bastones largos. Aquí, en Bariloche, escribí casi todos mis libros excepto uno, el primero. Ya van más de diez libros de poemas, una docena, creo, los últimos “Libro de Boock”, “La Cuna de Newton”, “Mansilla”, “Hacer la de Elvis” y “Cordelia en Guatemala”; publiqué una novela que premiaron “Muere más tarde”, algunos libros de cuentos en co-autoría, una antología de poetas jóvenes de Bariloche, y un disco compacto donde leo mis textos, mucho trabajo, mucha vida ya. Me gusta la poesía más que cualquier otro carril expresivo pero es cierto que me gusta todo el Arte. Y ahí sigo. Estoy incluida en muchas antologías de Argentina y del exterior y me han traducido al alemán, inglés y portugués. Doy talleres y seminarios de poesía contemporánea. Viajo todo lo que puedo y en Brasil tengo un lugar especial al que me gusta llamar “mi segundo hogar” y que aparece en mis textos tal como lo hace la Patagonia. Inventé la “Ley del Coirón” hace un montón de tiempo y para mi sorpresa todavía se habla de ella en congresos y coloquios. Tengo dos libros en preparación. Y un dictum en el que creo: “Tener amigos poetas salva el día”. 
gracielacros@gmail.com
 Una de poetas http://unadepoetas.blogspot.com.ar/ 
Facebook: graciela.cros@facebook.com


6 comentarios:

  1. Muchas gracias Selva por invitarme a ser parte de este viajar infinito. Los poetas y la poesía agradecidos por tu generosa labor.

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  2. Muy reconfortante leer esta especie confesión de la estrayegia poética. Es tanto lo que se tiene en común con otros poetas. Solo lamento mi timidez y mis distancias. Abrazo

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    1. Silvia, gracias, cualquier material que quieras enviar o si querés comunicarte con nosotros podés escribirnos a elinfinitoviajar@gmail.com

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  3. Leo tus palabras, recorro tus versos como si pisara por donde anidan tus poemas. Un tero, celoso en su vigilia, hábil en su estrategia intenta distraerme. Pero llego hasta el final. Y celebro el cuidado equilibrio - el tuyo y el mio- que me llevó a disfrutar de tu poesía.

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  4. Como siempreme impactan tus escritos. Felicitaciones!!! A delante!!!

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