EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

viernes, 13 de mayo de 2016

GRACIELA PEROSIO





Foto: Paula Teller


A esta altura lo primero que tengo que decir es que escribo para estar viva. Y estoy convencida de que no lo estaría si no escribiese. Hay personas que se sostienen en sus afectos, en su trabajo, en su rutina, las conocí sostenidas aun en odio y rencor. Yo me sostengo en la escritura. ¿Me gusta lo que escribo? No siempre, pero ampara igual. No sé explicar cómo puede la intemperie dar refugio. Porque escribo desplegada a cielo abierto, en los vientos de llanura sin reparo. Comenzando siempre. Ningún mojón me sirve. Ningún mapa. Ni siquiera me cuidan los antiguos derroteros de la especie. En cambio, me acompañan, eso sí y me desafían a navegar más lejos. El ansia de horizonte me construye. Me inspira un andar, no sé si diría un hacer. Hilvanar las palabras, los sonidos, es dar un orden al universo. Un orden mío, musical, un ritmo, una respiración, un latido. Eso que debo haber oído en la panza de mi madre como tango primero. Dos por cuatro, corazón. A danzar el mundo me llamaron. A celebrar me dedico, por entera.
Cuando escribo la palpitación se acelera. Una inquietud gozosa. Pero inquietud. Me olvido de todo. Desaparece el hambre, puedo pasar todo un día sin comer y no darme cuenta. Me da insomnio. Vibro en otro país. Un país sonoro intermitente. A la vez, la escritura agudiza mis percepciones. Observo los detalles más mínimos para después pensar cómo los nombraría. Voy conociendo la economía del parque. Los movimientos de los patos, los paseos de las cotorras, sus charlas chismosas. El silencio del zorzal en invierno. El despertar primaveral en las yemas de las distintas ramas. Las hay muy perezosas, los hay madrugadoras. Y el lento bostezo del verano cuajado de larvas de mosquitos por las orillas del lago… Me gusta conversar cuando hago las compras, escuchar las historias cotidianas del barrio. Imaginar a partir de las palabras que se deslizan de la mesa de al lado en el café. Lo que está allí, palpitante, ominoso, cautivo, me fascina. Esos miedos que tiran de mi lengua. Esos secretos que a nadie importan. Cada día es un canto, a veces tenebroso. Busco en las ruinas de la lengua, porque siempre son fragmentos, hilachas, alguna pluma escapada de la garza. Y en el fondo…no, nunca hay un fondo. Ni siquiera eso. Solo devenir. Andar y ansias. Dolor tanto. Pensamiento. Y más.
Hay en mi barrio un negocio de marcos y cuadros con una vidriera que ofrece objetos decorativos. La uso como oráculo. Cuando tenía que enfrentar cómo ir terminando El ansia, mi último libro, encontré allí un plato de porcelana con una gran ave roja. Es un ibis escarlata, pensé. Y como el libro tiene escenas que ocurren en el Sahara, el encuentro fue luminoso. El ibis era ave sagrada de los antiguos egipcios y todo lo que empecé a investigar me servía. Esa vidriera se ha vuelto para mi escritura una caja mágica. En estos días hay un pequeño caracol de cristal. Veremos a dónde me lleva.
Después está la Literatura, por supuesto. Días de biblioteca. Silla dura y subrayado. Y los amigos colegas. Importantísimos para mí. Sus libros, sus búsquedas, sus diálogos. Y los que vienen después, los más jóvenes. Pasar el testigo. Dar la mano. Y ver que sobrevivís en su lectura. En la alegría de haber dado para que el otro también pueda hacer lo suyo. C’est tout como dijo mamá Duras.


POEMAS


MIENTRAS PELO LAS CEBOLLAS... 
que pondré en el horno
pienso: no quiero ser post
ni escribir postliteratura, ni leerla
ni mucho menos estudiarla
no quiero definirme por haber 
llegado tarde a una fiesta
a la que creo, no fui invitada
estudiar el pasado, asumirlo
pero a la vez comenzar…

algo se me tiene que ocurrir
a pesar de la caída del muro
de la caída de las torres
de las caídas y de los caídos

de nuevo buscar mi palabra
y que no sea ruido de fondo
el resto que se irá por la cañería
cuando lavés los platos
                     
en cambio, ofrecería un banquete

o acaso, quienes nacimos a la mitad del siglo
¿no pagamos ya bastante por  todo?
¿cuándo vamos a festejar 
el simple triunfo de estar vivos y en pie?
¿para cuándo entonces, el poema mayor?



ALGO SE QUEBRÓ...
tal vez fue por lo que dijo la mujer

da miedo una sobreviviente 
de una historia así
¿de qué no será capaz?
me dejó las marionetas desarmadas 
sin ganas de mover los hilos              
ella no está para títeres…
¿sabés?
midió mi pasado como a una fruta 
a la que le sacás la cáscara 
de un solo tirón

el hombre se quedó mirándola
ella, de espaldas,
ya se iba
“menudita, dura y lúcida
a golpearse por el mundo”(1)


(1) Frase final de La salvaje de Jean Anouilh 

              

LA VENTANA TIENE POSTIGOS DE MADERA OSCURA...
la voz de una mujer vuelve a explicar 
los modificadores del sujeto 

ella ya entendió ahora se aburre 
tras la ventana, un cielo
gris con una luz amarillenta
un resplandor de ámbar otoñal
sobre las nubes, la rama del paraíso
sin hojas y repleta de frutitos maduros 
del color del deseo, dorado y ocre
 sobre un cielo nublado 
 por momentos más oscuro, gris grafito

la ventana se abre a un tiempo
infinito detrás del paraíso, de su rama

yo que no sé a quién miro ni a dónde
veo una niña que mira el infinito
desde mis sesentaytrés años veo
a la niña de doce que lo sabe todo


A VECES PEDÍA DORMIR EN EL SOFÁ...
de brocato damasco
estaba arrimado a la pared
debajo de la ventana 
que daba a la vereda
entonces, por la mañana, se podía oír
el redoble de los cascos del caballo 
del carro del lechero
en el adoquinado viejo
                       Paco era mi amigo
apenas oírlo saltaba a vestirme
y corría afuera
me dejaba subir al pescante
y lo acompañaba a hacer el reparto
por toda la cuadra
había aprendido a inclinar
el tarro grande sobre las lecheritas
de las vecinas
cuando sutilmente me acariciaba 
la cabeza o me rozaba el hombro
era la señal:
llegada a la esquina
había que bajarse
fue mi primer amigo varón
puertas afuera de la guarida familiar
mi amigo Paco
dueño de lejanas madrugas de escarcha

                                                                               (a Fabio Morábito)




HUBO EN MI INFANCIA UN PATIO AMARILLO...
hubo además, un acolchado rojo
que los años fueron destiñendo

lo tendía en el centro
para recostarme encima
con el propósito expreso
de mirar nubes
cuánto amaba seguir las transformaciones
de castillo a dragón, de princesa
a caballo, a pajarito, a mariposa

y mi vieja desde la cocina: Graciela,
andá al almacén, necesito manteca
y yo: pero no puedo, mami, estoy ocupada,
estoy pensando
mi vieja impávida, sin saber 
qué hacer con su enojo
porque intuía que la hija
no le daba una excusa, sino que era cierto
               
el pensamiento siempre fue mi fortaleza
frágil e invencible
como las nubes
el deseo de la piel 
en cambio
se me perdió
¿cómo encontrar hoy esa voz subterránea?
apenas, el gemido de una niña
que se quedó sola con las hadas                        
no del todo confiables
                                                             (a Leonardo Martínez)



UNA SABE QUE LAS CÉLULAS CAMBIAN...
no obstante quiere creer
que algo de ese cuerpo permanece
y sentirlo como un ser que acompaña
especialmente ahora, que
pasados los sesenta
reclama tantas veces
cuidados perentorios
ya no vinculados sólo con la estética 
¡oh! si al menos de aquí en más
se consiguiera no desagradar demasiado…
¿no es verdad? sobre todo
a aquellos con buena memoria
que recuerdan bien la piel tersa
la extrema flexibilidad de las rodillas
la larga cabellera tumultuosa y brillante
¡ah! cómo haría ella para hablar 
de ese cuerpo suyo que tan poco
ha sabido escuchar 

(Este grupo de poemas pertenece a El privilegio de los años, libro que editará Leviatán en la segunda mitad de este año, 2016)

Graciela Perosio

Nací en Buenos Aires de madrugada en medio de una tormenta fatal que inundó la ciudad. Cuando era chica mi viejo me había bautizado ”Terremoto” pero el apelativo no tenía que ver con que fuera una niña ruidosa o demasiado traviesa. No, todo lo contrario, una niña rara que cada vez que abría la boca hacía que se moviera el piso. Siempre me gustó estudiar, dibujar, bailar, leer. Y pensar, ¡ah!, pensar, ¡qué maravilla! Vivía en mi propio mundo fantástico. En casa, las perchas, que entonces eran de madera, estaban todas desarmadas porque les quitaba el palito de abajo para fabricarme varitas mágicas. Tenía varios bonetes de hada y coronas de reina de las flores, como las del libro de Andersen con sus bellas figuras satinadas.
Cerrada la infancia, cuando quise ir a la Universidad Pública, la habían clausurado a raíz del conflicto que se inició con “la noche de los bastones largos”, estudié en la Universidad del Salvador y en 1974 pasé a trabajar en la UBA como auxilar de Literatura Argentina Colonial, una experiencia docente apasionante. Los sucesos históricos me sacaron de allí y de mi proyecto, que era el quehacer académico. Casi casualmente, empecé a investigar en la creatividad vinculada a la palabra. Después vinieron los libros, hoy con uno en prensa y otro inédito, llegan a diez. En este momento la Editorial Ruinas Circulares trabaja en los toques finales de una Antología. A tropezones pareciera que se fue haciendo una obra que como dije, me ha mantenido viva…Ustedes dirán si tiene algún otro valor.





3 comentarios:

  1. Graciela, soy fan de tu poema "Mientras pelo cebollas...", tiene movimiento, inquietud, zozobra y atrapa desde la punta de la madeja del ovillo una escena que persigo: vos me la trajiste tan bien expresada.

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  2. buena poeta, imágenes que me retrotraen a mi vida de niño en Castelar y a mi adolescencia, estudiando por Constitución...

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  3. el pensamiento siempre fue mi fortaleza
    frágil e invencible
    como las nubes
    el deseo de la piel
    en cambio
    se me perdió

    qué bello Gra y todos tus poemas...

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