EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

viernes, 20 de mayo de 2016

JOSÉ MARÍA PALLAORO





No me llevo bien con el cuerpo, es decir, no lo trato de la manera que debiera hacerlo. Me levanto a la mañana, generalmente con dolores, de espalda, cintura, brazos, a veces, solo a veces, dolor de cabeza. No siempre fue así. Pero ahora es así. Decía, me levanto a la mañana, tomo unos mates, y salgo hacia el taller, mi lugar de trabajo. Hay días que enciendo la radio, y eso sí, vuelvo a hacer mate. Miro que todo esté bien, el espacio, mi lugar. Enciendo la computadora y comienzo a trabajar. Escribo todos los días, cualquier cosa, quiero decir, escribo al tipear textos para alimentar los blogs, tomo notas, llevo un diario (solo cuando tengo la voluntad). Ahora, mientras escribo estas palabras, hace frío, para mi cuerpo hace mucho frío. No me gusta el frío. Sentí mucho frío entre 2010 y 2012. Escribir hace que el frío se olvide, eso es lo que me ocurrió entre esos años (es un ejemplo, claro). Fue un período extraño para mí manera de trabajar, corregí muy poco, y casi todo lo escrito (ahora se me ocurre, las palabras son el cuerpo) fue a parar a Los ojos. De todos esos textos armé una serie de libros. Uno, publicado el 26 de noviembre de 2011 en un diario de La Plata, que ya no existe, llamado Diagonales, en un suplemento, llamado Letras. Se llamó 33 papelitos y una mora horizontal. Es decir, 34 textos, fechados, cada uno de ellos, desde el 11 de mayo de 2011 hasta el 10 de octubre de 2011. Todos están en el blog Los ojos. “Papelitos” es una de las etiquetas, es el material que no sé definir, qué son: ¿poemas, prosa poética, canciones, prosa, versiones, breves relatos, haikus…? (ahora me estoy ayudando, un poco, con la contratapa del libro; luego de ser suplemento de diario se convirtió en libro, en 2012). Otra de las etiquetas es “Poemas casi limpios”.
(Hay) muchos interrogantes, eso está claro. La mora sobrevuela, se interna, se va de los 34 textos. Está y no está. Interrogo. No se asume como amor, amor correspondido. La indiferencia del mundo lo reduce todo a la oscuridad de una habitación. No se sabe si la luz es real. Los textos, de algún modo, representan botellas al mar, al mar del conocimiento y de la sensibilidad. Un mar devorador en su profundidad y también en la posible salvación deseada, eso creo. Lo horizontal, el amor consumado ¿Consumado? ¿O tan solo deseo? ¿Están los cuerpos? Desde el primer texto, el nombre: “La imagen verdadera” (para aquella que es la imagen verdadera, la mora). Nació casi como un juego. A partir de algo leído en las redes sociales acerca del zumbido nace el texto, y una declaración. El silencio como respuesta. El frío. La naturaleza. City Bell. Las lecturas. El conocimiento (sensitivo). Susan Sontag y la imagen. La escritura. Galaxia Gutenberg. Necesidad de sol (lo tibio del abrazo). El encuentro. El espejo vacío. La cultura rock (la de mi infancia). La invención a través de la mirada al afuera-dentro. Algo fantástico: mundos paralelos que nunca se tocan ¿En uno de esos mundos está el deseo, el amor? Mora. Amor. Faltan comillas, unas cuantas. No voy a corregir este texto. Nació así. El cuerpo duele menos.

Poemas


De: “Una mora horizontal”, septiembre 2012.

     La imagen verdadera (11.05.11)

     Las piernas heladas, y una melodía que zumba, zumba, zumba. Nadie toca la tapa del cielo, una luna perdida. Un maldito olor que sale de entre las piernas de un durazno dormido en la pileta de la cocina. En la casa el estío se eterniza, es la hora de anclar. Pero el espacio es limitado y hay una incesante negociación donde siempre se pierde. Bingo. Zumba. Bingo. Zumba. Turbulento fluir del tiempo. Ramas cortadas, afuera, secas y frías, como mis pies. Limpiar la estufa de cenizas, limpiar la casa de camelias blancas, despejar el lugar para dar cabida al cielo del otoño. Una manera de curarse, islas, donde lo que sana se desnuda, y se cubre y protege de la lana ancha del agua. Zumba. Se activa el sonido. Zumba. El obturador, zumba. Y al cerrar los ojos, la fotografía caracolea un camino, y a lo lejos se ve la mora y un patio donde poder encontrarse.


     Sontag (24.05.11)

     En el breve atardecer, la noche desnace al hijo. La lluvia cae salpicando las naranjas que aún no pude juntar. Hace frío en el galpón de los sueños, y a ella le agrada la fotografía perfecta del amor. Su nombre vibra lejos, como el negro cigarrillo que seguro se consume entre sus dedos. Hay un humo que se disipa junto al corte de luz involuntario. A oscuras, cierra los ojos y, en el hueco que dejó mi corazón extirpado hace más de seis años, ve nuestro atardecer mojado de jugos ilícitos.


     Gutenberg (25.05.11)

     En la expresión de sus ojos se refleja la mueca gris de todos estos años. Entre sus dientes percibe el ronroneo de un correo electrónico que nunca termina de enviar. No son días de pensamientos para libros fatigosos de poco más de ochenta páginas. El pensar, ¿alguna vez fue? En esa casa los mosaicos se mantuvieron fríos y sucios, abandonados a la buena del viento que jamás meció matas de lirio. Estamos solos; y el pensar, un mundo de otra galaxia.


     Tajos (08.06.11)

     Una fragancia violenta
cruzó la frontera del país
de nuestros cuerpos.
Calladita, se metió entre
las sábanas, y te susurró
a vos, y me susurró a mí,
y el polvo se abismó
dejando un tajo sin fin,
sin fin.


     Pez diamante (21.06.11)

     Camino descalzo sobre el fuego de las almas que me han abandonado.

Y tengo los pies fríos. Fríos, como el diamante indiferente de esas ánimas.


     El sano juicio (08.08.11)

     Hemos crecido bajo el concepto de la devoración del héroe. Las enciclopedias en ese momento y lugar pasaron de moda y belleza. Comimos del carbón su quebradizo despojo, sembrados en pozos construidos por nuestros padres. No vimos, ni participamos del inicio del fuego. Las cenizas que quedaron, primigenias sustancias minerales, no se detuvieron jamás y permitieron reconstruir la historia a nuestra manera, a nuestro sano juicio.


     Anoche (11.08.11)

     Y soñé con vos.
Y cuando desperté
seguí soñando.


     En la mecedora (12.08.11)

     Los fantasmas del día irrumpen en la casa de la que se está yendo. Revisan habitaciones, alacenas, escondrijos de la que nunca vendrá. Se miran, preocupados y temerosos de la respiración pasajera que cae sobre la alfombra como piedra de la mano. Luego, quedan solos, en la sala adormecida, observando el balanceo de la mecedora de caoba, con refuerzo lumbar y manchas de sangre, que poco a poco se va secando.



     Límites (31.08.11)

     En la vieja estación, a la hora de la bruma, pasa la soledad; va, solita, sin brisa, viento ni tempestades, hacia los cuatro extremos del mundo. Los sueños descansan en regresos y puntos de partida. Quietos y sueltos en su larga noche.



     El poema del sol (02.09.11)

     Hay otras explicaciones. Construir un sol, mirando el universo de los otros. Los niños del bien se recrean en campos asfaltados. Los niños, los simples niños, escriben el poema del sol en un universo de tierra, viento y luz, luz de la que aún no sabemos si está encendiéndose o apagándose.


     El amor no está en Roma (20.09.11)

     Está en cualquier ciudad del mundo. En donde los relojes no dan la hora exacta (la rota mirada de los ciegos hacedores de bibliotecas vacías). El amor nada en Roma como manchados azulejos en los baños de las estaciones de servicio. No, el amor no sabe de ciudades al revés, ni tiene el dinero suficiente para recorrer los bares y los cafés y patios literarios. Nada sabe el revés de la ciudad acerca del amor y la trama sigue echada como un perro muerto que se hace.


     Nueva Roma (20.09.11)

     Estruja el papel y lo arroja al río. A la deriva, flota.
Bosteza en el día y se estira y se hace barquito.
Cruza el camino trazado por la natural corriente esencial de cualquier vivir.
Llega al mar. Deja la ciudad de los eternos vagabundeos de viejos y pálidos estilos para ingresar de una buena vez en los ojos del otro, de los otros (que aún no se animan a viajar a Roma).


     La herida (22.09.11)

     La verdad es que no sé qué estaba haciendo en París. Lo único que recuerdo es que caminaba herido, y caminaba, caminaba… Un tren y catorce horas ya me alejaban de Roma. Y ahora en París, ¿puede haber algo más desagradable que la torre de Montparnasse?; y allí estoy, sangrando, en un piso cualquiera y sin una cámara en la mano. Y sin tus ojos que siempre miran por mí.


     Piedras (25.09.11)

     Nada se puede quebrar. Las alas del pájaro moribundo en un rincón del jardín es la piedra del sacrificio que cayó de tus manos. ¿Volará esa piedra? ¿Golpeará la ventana de la habitación? ¿Dormirá entre las sábanas descompuestas de aquel extraño atardecer? La piedra-pájaro se quedará, quieta. Inútil cerrar los ojos imaginándola en la humedad de un trapecio que es solo memoria.



     Islas (01.10.11)

     Son las siete y media de la tarde y está por amanecer. Hay un vago zumbido de pájaros y los murciélagos salen de los rollos de las ventanas. Nada de lo que es, es lo que parece. Entramos en octubre como se entra a una cueva cavada a fuego en el hielo. Caminamos casi desnudos por la calle de los fresnos amarillos, el frío calcina y nos hace toser y apresurar el paso hacia el bar que ya está levantando las cortinas. Saludamos al dueño con un buenas noches, dispuestos a saborear el desayuno y la lectura de los diarios de mañana, sin más deseos que sembrar.


     Desnudos (10.10.11)

     En el último día, unas horas antes de la partida, la mujer de zapatos rojos se los saca y los arroja a la pileta de aguas verdes y ramas y sapos gordos que flotan como náufragos. Vivió años en esa casa, tantos que ni recuerda la mañana en que la moralidad en el arte y otras ruborizaciones de temor similar parecía ser de otros, y ella, como una divinidad de un cielo imperfecto, caminaba descalza por el parque, sola, ante la mirada de los más curiosos, ante el corazón de los que no se animaron a desnudarse en la vida.


 José María Pallaoro
*


Nací en City Bell. Algún papel dice que en casa de una partera médica, Margarita Ch. de Murad, en calle 70, nº 1130, un 28 de febrero a las 22:10 hs.
Nací en City Bell (“Teníamos tambo, quinta, gallinero, en una doble manzana con apenas un ramillete de casas, teníamos los dos talas, la “talita”, el potrero, que cambiaba de lugar a medida que crecíamos con nuevos vecinos…”). Ahí crecí, ahí sigo viviendo. En un lugar, en un espacio. Tal vez, en un hogar.




1 comentario:

  1. Gracias infinito viajar, gracias Selva Dipasquale y Ana Cecilia Adjiman Gache. Beso, ante mil espejos, infinito.
    (La palabra escrita) En el peligro de este mundo, en la maraña más oscura, en los labios incansables, abres tus piernas y me devoras.

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