EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 21 de mayo de 2016

JUAN CARLOS MOISÉS


"1970, el segundo de la izquierda en cuclillas, con el el Equipo del Club Deportivo Sarmiento"

Con los años el procedimiento de escritura se fue ampliando y modificando. Sin dar una precisión, y creo que sin proponérmelo y tampoco exclusivamente, la escritura se fue dando dentro de un mundo que tenía y tiene que ver con mi lugar de nacimiento, donde pasé la infancia, formé una familia, tuve mis trabajos y viví toda mi vida. Hace dos años me alejé de mi pueblo del sur, pero de algún modo sigo viviendo en él en estado de memoria. 
Un escritor sin lecturas está listo. Un escritor que no tenga oído para escuchar las voces del entorno, también. Los sueños son parte de nuestra realidad. Y todo lo que tiene que ver con la cultura y las manifestaciones artísticas enriquecen y amplían el marco de posibilidades. El cine fue mi primera biblioteca. La música tiene su forma, más cerca de la abstracción si se quiere, y el poema necesita de algún modo ese ingrediente. También la plástica fue importante, porque empecé a dibujar y escribir al mismo tiempo, a los 16/17 años. El teatro como práctica me llegó después de mis 30 años y creo que ayudó a moldear lo que venía haciendo. En lo textual el teatro fue una especie de palo en la rueda de la poesía, hasta que pude entender e incorporar su esencia dramatúrgica al género de la poesía. Pero no fue inmediato; me llevó mucho trabajo. El montaje cinematográfico se me impuso en varios de los poemas largos o de cierta extensión que escribí en los últimos años. No se puede escribir como si nunca hubiera llegado el cine a nuestras vidas, como no se escribió igual después de la aparición de la imprenta. Nunca investigo antes de escribir un poema. En todo caso, si el texto lo requiere, consulto la data en el transcurso de la corrección. Con todo, la motivación o pulsión que me lleva a escribir un poema viene espontáneamente, sin proponérmelo, a partir de fragmentos que me da la experiencia, la relación, la respuesta o reacción que provocan. A veces me llega en textos completos pero deficientes que escribo de un tirón y que luego requieren mucha dedicación para darle una forma entre las posibles. En ningún caso tiene que ver con algún tipo de inspiración. Intento escribir con el pulso caliente, sólo eso.  

Ninguna sensación física que no sea escribir con todo el cuerpo, con lo que uno es y con la espontaneidad del que mira y no se pregunta por el mecanismo complejísimo interno del ojo. No, nunca me pregunté por la relación del cuerpo y el arte. En todo caso, mantengo una actitud de desconfianza. Lo trato con cierto  distanciamiento, como si hablara de un tercero, sin contemplación, aun cuando lo elija como tema para un fin que no es el cuerpo mismo, sino lo que proyecta o conecta con otras cosas de la vida, del pensamiento, y a veces, cuando sale, con alguna posibilidad metafísica que se impone sola. Transcribo un fragmento del poeta Darío Canton, publicado en Asemal, que aborda una visión descarnada sobre la presencia, uso y abuso, de los cuerpos en este mundo. “La marca / de la guerra llega / presiona sobre la piel / la quema / es una contracción / más fuerte / más larga / que la del parto”. 




Klee

Tal vez un retrato, observando su obra
El gato y el pajarito



Pienso en el gato
tres
pelos de cada lado guardando la simetría
mirándolo a uno transformado en 
inocente pajarito
el pajarito no sabe de qué se trata
y es el que pierde
lo pinté en tres lúcidas noches
cuando no podía dejar 
de pensar en usted
fue seguramente
lo que dijo
-o lo que pensó-
después
comencé a volar como un pajarito
no me mire tan fijo tuve que decirle
yo soy el gato me dijo
y agregó
también soy el pajarito.

(De Ese otro buen poema, 1984)





Después de los años perdidos
                                                         
                                                        a Milton

un viejo amigo golpea a la puerta
irrumpe en la casa
esa cara que reconocemos
es el reencuentro
decimos: la tormenta
no se pone de acuerdo con la primavera
había olvidado ciertos árboles solos
como personas
maltratados por el viento frío
de acuerdo hablemos de nosotros
te afeitaste la barba
ahora parecés Groucho
con el bigote espeso
no no vi una noche en Casablanca
Buenos Aires Casablanca allí eras otro hermano
yo estaba acá en el sur soñando
las innumerables formas del poema
o de la vida
un año y medio con la cara pintada
como un guerrero
la edad de nuestro hijo mayor
fue ayer ayer cuando nació recuerdo
ella sufrió en el desgarramiento
dijiste unos nacen otros mueren
las infinitas formas de la muerte
ahora tocaste el otro extremo
tu pueblo natal
y te estamos viendo

escribir poesía
sí ese viejo truco
sentir con la cabeza
pensar con el corazón


(De Querido mundo, 1988)




Una imagen levemente científica


1

A la huella de la vaca
la reconocemos en forma de hueco 
en la tierra; 
es visible la forma inversa 
de la pezuña, 
lo blando del suelo 
y lo pesado de la vaca,
junto, reunido, para darnos
una imagen levemente científica
de la relación de los cuerpos.

Como lo hiciera Arquímides
el astuto, desnudo, 
jugando con el agua, 
guiñándose un ojo
en la bañadera. 



2

Ahora este poeta de provincia,
no sabe si por el cansancio del día 
o por el solo gusto de la imitación, también
se ha metido en el agua hasta las costillas; 
echado para atrás, relajado, 
mira las formas y los colores
de las cerámicas de la pared
sin que nada altere el momento.
Sus ojos van y vienen dejándose
llevar por el placer esperado 
del baño de inmersión.

Hasta que ve esas piernas risueñas 
que no parecen las suyas
moverse y deformarse monstruosamente
con sólo agitar el agua.
Sabe que es una ilusión pasajera.

No como la deformidad de los cuerpos 
ante el espejo curvo de la realidad,
entre lo que es y lo que refleja.

Piensa que un estudio de cuerpos llevados
al máximo de tensión no debería ser capaz 
de hacer tartamudear 
la mirada inocente de la ciencia,
como un perro que se echa a dormir
a los pies de la verdad.

Y su mente, que ya está trabajando
para la oportunidad, se pregunta 
cómo encaja todo esto en el hilo 
de voz sentimental de su poesía,
dentro o fuera de la bañadera.


(De Animal teórico, 2004)



El regalo


Fue a los dieciséis que le regalé 
mi caballo a mi hermano menor.
El caballo no era gran cosa
pero tenía un significado para mí.
Me había acompañado diez años
y ahora se le notaba el cansancio
como a todos los que han vivido 
lo suyo sin pedir nada a nadie.
Lo traje de tiro y le pasé la mano 
por las crines en señal de despedida. 
El caballo estiró su cabeza
y dio un relincho fuerte y largo 
que nos sorprendió a todos.
Mi hermano, asustado, se soltó 
de la mano de papá y dio un salto
sin sacarle los ojos de encima 
al petiso; lo vería tan imponente. 

Y después de un momento dijo —Papi, 
¿viste que el relincho del caballo
no volvió al caballo? 
                                               
                                
                                                   (a Gustavo Moisés)


(De Esta boca es nuestra, 2009)


Peras   


Peras de agua que vemos en el frutal, 
tardías en el verano que se demora, 
pequeñas, con pintas, ásperas 
en el diente, dulzonas en el paladar.

Antes que la pulpa de la pera 
es la idea de la pera la que hace 
su trabajo primero en la saliva.

No están solas, prendidas de la rama, 
con su propio vacío existencial. 
Alrededor, donde la alfalfa y las hojas 
de la menta conviven sin patalear, 
no me excluyo, aunque a veces sienta 
que estoy de más en esta forma 
descifrable de existencia.
¿Y si alguna vez en la quinta llegara 
a contemplar una falla donde ahora 
veo un orden para todas las cosas? 

Levanto la mano y arqueo la rama.
La dejo a tiro para que la otra corte 
la pera en la yema donde se une 
el cabo con el brote. No se diría 
pero acompaña un tris, un siseo 
sin queja con destino de vida singular.

(De El jugador de fútbol, 2015)


Juan Carlos Moisés


Nací el 4 de agosto de 1954, en la casa familiar de la entonces Colonia Sarmiento, provincia del Chubut. Me recibió una partera porque el médico gaucho del pueblo había tenido que ausentarse en esos días. Nací de madre descendiente de andaluces y castellanos, y de padre descendiente de libaneses. Viví hasta los 59 años en el pueblo, con algunas pocas interrupciones. Estudié los cuatro primeros años del secundario en Comodoro Rivadavia. Pasé sin pena ni gloria por la carrera de Historia en la Universidad Nacional de La Plata a los 19/20 años, que sin embargo, por toda la vida cultural que frecuenté, incluso y particularmente en Buenos aires, fue la excusa para definir mi vocación artística. Residí un año en Rawson donde me desempeñé como Director de Cultura de la provincia, entre 1984 y 1985. 
Tuve una infancia “poderosa”, como gusta decir a mi hijo mayor. ¿Qué era una infancia de entonces? La calle, las canchitas de fútbol, los amigos de aventuras, un caballo que me regaló mi padre cuando tenía 6 años y tuve hasta los 16, el río Senguer, el lago Musters, las lagunas heladas donde patinábamos en invierno, los animales de granja y los silvestres, el mundo espléndido y salvaje de la chacra de abuela María, los tíos y las tías que vivían en la chacra, los que vivían en Comodoro Rivadavia y en Buenos Aires, las visitas que hacíamos a los campos vecinos con mis padres, la diversidad de etnias en la que me encontraba, de las que me llegaban voces, pelos, señales. A los 16, jugando un partido de fútbol en mi pueblo, sufrí una fractura en la pierna izquierda que me sacó el sueño de ser futbolista, pero me depositó casi inmediatamente en el arte. A los 21 formé una familia. Escribí, dibujé, hice historieta, dramaturgia, dirección teatral. Tuve maestros a los que nunca olvido y de los que aprendí mucho. Tengo buenos amigos en el ámbito artístico, en la vida. Tuve trabajos en empresas, en empleos públicos y en varias escuelas. A los 59, con la misma alegría y parecido dramatismo que a los 16, comenzó mi vida nómade. Y así será hasta que el motor del auto se estropee en el camino y deba quedar abandonado a un costado de la ruta.  
flamencosenlalaguna@gmail.com

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