EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 7 de mayo de 2016

LUIS BACIGALUPO



No hablaría de un procedimiento de escritura en términos de una voluntad operativa, sino, por el contrario, de un fenómeno sobre el que no me propongo ejercer, en principio, ningún control. Se trataría más bien de una disposición a ser capturado por algo que, sin ser yo aún del todo consciente de ello, ha captado mi atención: una atención más intuitiva que atenta, algo así como un acceso, un rapto cuyas causas todavía no se han dignado revelárseme. Quizás de esas causas poco sepa al término del poema. Eso que me ha tomado por asalto en un momento que podríamos llamar inicial, porque hay un punto en que uno dice “aquí empieza la cosa”, cuando en verdad ésta tiene un inicio tan remoto como nuestro origen, cobra forma per se, independientemente de todo proyecto de escritura. Esa forma que se configura en una palabra, verso, estrofa o poema se despliega de una manera convocante y solidaria constituyendo sintagmas y paradigmas sujetos al rigor de una mirada compositiva lo suficientemente laxa como para que ese rigorismo no devenga rigor mortis de una sintaxis, métrica, ritmo, significancia o texto en su conjunto. Todo y mucho más aún advierto en la escritura de un poema, todo y mucho más aun indiferenciadamente, como mezcla de todo y como mezcla de efectos de todos y cada uno de esos componentes que están, como en una inmensa olla, borboteando en un caldo propicio para abrir el apetito de escribir. Hablo de un caldo donde un único sabor reúne las diferencias de los diversos elementos que lo conforman, sea del orden de los procedimientos, las tropologías, la semántica, la prosodia, lo verbal y pre-verbal incluso. Pero ese único sabor evoca -memoria involuntaria- “infinitos viajes” bajo una constelación de impresiones fulgentes.
Lo que entiendo por imágenes internas responde a un campo de alguna imprecisión, y es quizás en esa imprecisión que reside su poder convocante. Una invocación a un sentido de totalidad estallado, diseminado, en estado de fuga y disipación. Un poema es la busca de restitución del sentido de unidad. Las imágenes de la experiencia sensorial básicamente visuales devienen sonoras en ese proceso de transmutación de realidades que se da en el pasaje, dicho groseramente, de la vida a la literatura. No creo que exista, al menos en mí, una mecánica lineal entre un estímulo y su respuesta. Descreo de esa eficacia. Siempre escuché música de la más variada, apasionada pero también críticamente, desde el rock sinfónico que seguía en mi adolescencia con una devoción presuntuosa, blues, jazz, free jazz, hasta la llamada música étnica, folklórica, clásica, electroacústica, contemporánea, ópera... Me gusta escuchar ópera, pero la ópera fue creada para ser escuchada y vista. Es teatro cantado, teatro lírico. Me conmueve más que el cine, que el teatro incluso. Son experiencias que entran por los ojos y los oídos (los oídos en gran medida: los aspectos dramáticos en la ópera van a la saga de los líricos: Haendel, Mozart, Rossini, Wagner, Verdi, Puccini son los responsables de la inmortalidad de sus obras, de sus partituras, y viceversa. Sí, por los ojos y los oídos y te estallan dentro: temblores, escalofríos, erizamientos, palpitaciones… y alguna lágrima… hay que admitirlo. Considero que he visto bastante cine, pero en los poemas que he escrito difícilmente encuentre mención sea explícita sea implícita a sus procedimientos o de algún film en particular. En fin, mis experiencias no son llevadas a mis poemas, sino que mis poemas son mis experiencias construidas por experiencias o estímulos disueltos en una gran solución, siempre problemática, que en algo se parece al olvido. Esta experiencia que tiene que ver con el olvido de lo vivido posibilita abrir el acceso al texto, que viene a restituir esos restos de un “algo” a la unidad, a un todo. Ese es, se me ocurre, el sentido de un poema: recuperar la pérdida, reponer la falta, un poema vendría a ser como la viva memoria del olvido. Entiendo la poesía no como una respuesta a mis experiencias, a mis relaciones con el mundo, con mi propia subjetividad o con el otro, menos aún como una extensión de estas experiencias, comparto con ellas la lengua, pero a la vez la transformo para la indagación de otra realidad, de otros sentidos, de otras búsquedas, búsquedas de objetos que desconozco, mayormente, búsquedas incluso que me buscan (de las cuales me constituyo en su objeto) y en sus insistencias nunca terminan de encontrarme.

Sensaciones placenteras y displacenteras parecieran librar una batalla sobre ese campo en ocasiones minado que es mi cuerpo al momento de escribir. Ambas, aspiran a sitiarlo. Esta figura bélica determina cierto estado de tensión, por no decir de conflagración de humores de todo tipo. Nunca se da con una postura apropiada para escribir, que es una gimnasia fatigosa y, hay que decirlo, tampoco con el suficiente entrenamiento como para rendir al cien por ciento (es risible pero me gusta esta idea de competición atlética). Salvo Pessoa (bicho aparte), que escribía de pie, los escritores poseemos el hábito del sedentarismo, con el agravante de que no sabemos sentarnos para ejercer esa descarga pulsional que comporta el acto de escribir. El tronco se tumba hacia adelante, como si la cabeza tuviese un contenido valioso que verter, perentorio, sobre la hoja en blanco o la pantalla de la computadora. La postura que se adopta en la práctica de zazen es muy relajante, propicia e inspiradora. Las prácticas de hatha yoga nos ofrecerían también un buen entrenamiento para afrontar la escritura de un modo más ligero, libre del lastre de un cuerpo que demanda atención cuando ésta debiera estar puesta en otra parte (¿dónde?). O no. Quizás eso sea escribir, responder a los dictados del cuerpo y generar en él, desde los dictados de la lengua, respuestas, síntomas, sintagmas que no necesariamente debemos leer. Hay poemas más conceptuales y otros más emocionales, las respuestas corporales, físicas, fisiológicas están estrechamente vinculadas a nuestra escritura, a aquello que estamos diciendo, a aquello que decimos incluso sin saber bien a qué refiere, de dónde procede y a dónde apunta. Las palabras nos tocan, hacen cosquillas, golpean, acarician, rascan, soplan, mojan, lastiman, curan, matan y resucitan (nada de esto posee un sentido figurado, sino literal, es así, real en la justa medida de la realidad más real que el realismo pueda concebir). No me he hecho demasiadas preguntas acerca del vínculo entre el cuerpo y el arte, quizás porque doy por sentado que ninguna experiencia humana está desvinculada del cuerpo. Todo acto o pensamiento en el hombre está condicionado por una corporeidad a la que a su vez transforma en su realización. La letra es un cuerpo que habla, un relieve que proyecta un sentido propio y ajeno. Es una relación cuerpo a cuerpo la que se da con la escritura, más aún entre quienes suponen una eroticidad casi epidérmica de la palabra, de la lengua, el dibujo erizado de una grafía resistente a toda hermenéutica. La cosa está allí: hoy no busco más allá de la cosa, es ella la que busca.
Inevitablemente pienso en Artaud, en textos como Van Gogh el suicidado por la sociedad o Para terminar con el juicio de Dios, pero especialmente en esa excesiva y maravillosa nouvelle que es Heliogábalo o el anarquista coronado. En Artaud está siempre presente la eroticidad de los cuerpos, los humores y rumores excrementicios, sus glosolalias están en este orden, como eyaculadas a través del conducto gutural. Hace ya muchos años leí un artículo de Pierre Guyotat precisamente sobre Artaud y su Heliogábalo…, muy revulsivo, “El lenguaje del cuerpo”, donde vinculaba escritura y masturbación, entre otras cosas. La relación cuerpo escritura estuvo presente en gran parte del posestructuralismo: Kristeva, Foucault, Deleuze, etc. El lugar del cuerpo en la literatura, pienso… Rabelais… Sade… O. Lamborghini… Desbordes.


Poemas


El sueño de los niños

Fiebre, no perturbes sus sueños 
sus alegrías
melodías silbadas las tardes de sol.

Acaricia sus nostalgias blancas
como sus voces
la memoria de sus melancolías.

Acaban de morir de una distracción, 
fiebre,
de un diente, de un puñal atolondrado.
Han sido asesinados en el corazón de sus fábulas,
se hallaban en ellas
cuando el crimen se perpetró entre el vivir
y el desfallecer.

Supieron protagonizar hechos de sangre,
lo sé. 
Menudencias domésticas descalzas 
entre el patio y el baño, 
era carnaval
en la vereda de baldosas rotas, rojas,
en el umbral de la puerta verde con mirilla,
estrecha
como ese pasillo oscuro donde las formas
nunca terminaban de disolverse.

Fiebre, no delires sus ojos de pánico,
bajo cielos rasos que caen
en una oscilación monstruosa y opresiva.

Hay una fatiga y un sudor 
que inoculan en la almohada el
escalofrío de sus médulas.

Sudor,
por qué volviste a tu lugar de origen
tan lejos del mío, tan lejos de mí
sin decir adiós te fuiste
al pequeño país de oriente. 

Por qué morir en este sueño
sin haber antes aprendido el arte
de olvidar.

Comporta una muerte minuciosa 
del sufrimiento
demorarse en este ofuscado sentir,
en el retrato de lo triste de esta estupidez tan niña.

Lo que colma, oprime
hasta que el tiempo quiera o deje de querer.
Es como estar sujeto a la certeza
de no conseguir nada sino a cambio de nada.

Alas de una mariposa muerta entre tus labios.

Fiebre, 
has pasado la noche en vela,
tus niños muertos ya no sueñan con despertar. 
Apenas corren se elevan en su carrera a ras del suelo 
sin pensar por un instante en detenerse
en esa esquina,
en esa esquina a la que temen llegar
saben que el terror espera en la encrucijada.

Se alejan 
y se pierden en la sed, 
en el deseo, en los albores de la vía láctea.
Se alejan del primer amor tan 
y tan lejos
como el bosque lo permita. 
Allí el aquelarre,
resplandores en la piel amada,
suave como el agua pueda serlo,
perdida ya 
en el anhelo de arder hasta extinguirse
en el sueño de una reparación.

Qué palabra breve sin embargo
con sus cuatro letras gastadas.
Por qué te fuiste lejos,
lejos de aquí,
tras el haz de luz que se lanza siempre en persecución
de la primera sombra.

Fiebre, abandona esta vigilia, 
el perímetro de las extensiones más intensas,
las diáfanas existencias de un fuego que nos quema
tan lejos ambos de ambos,
flotando en la atmósfera de un olvido precoz.
Duerme, en las orillas de tus aguas,
bajo tus temblores, fiebre,
ya duerme sin mí.


Los hambrientos

En este campo pastan los hambrientos
con la caída del sol, bajo las estrellas
cuando despunta el alba 
fatigados pero sin claudicar
encendidos por el mediodía pastan aun
cuando el sueño los echa en tierra

así son los sueños de los hambrientos
que no cesan de pastar
no tienen memoria de saciedad
por lo que abundan en un hambre eterna

yo los miro 
y no dejo de ver lo que no veo 
sino en mi corazón
un veneno sutil consume el hambre de los hambrientos

es un campo rico en pastos blandos y pastos duros
pero ellos no hacen distinción

los pastos de ese campo crecen en igual proporción 
en que son cortados
por la voracidad hambrienta de los hambrientos

yo los miro con un ojo aterrado y otro envenenado
pero si el señor lo quiso así…
que así sea

el pasto allí nunca ha de faltar

que se den entonces por contentos los hambrientos
(jamás por satisfechos)
y que pasten por siempre en paz

el buen pastor vela
por la realización eterna de sus pasturas

que también vele por mí
si es que al fin he de ser pasto.


La meta

No nos concierne el divagar del otro
a través de senderos divergentes
ni en la encrucijada común importa
un encuentro casual de almas.

Qué camino resiente el pie
en el follaje de la orilla.

La huida retorna a su causa 
y se demora en disolverla.

Siempre se vuelve a la muerte
bajo este océano de vidas.

A través del divagar del otro
o en la encrucijada común
del conocimiento y la ignorancia
la meta al fin se alcanza.


El amor

El bien y el mal se acuestan en una misma cama
uno gira a un lado, otro, al otro.
Enseguida se duermen. 

El mal sueña con el bien y el bien con el mal 
simultáneamente.
Las pesadillas del bien son tan dulces
como amargos los dulces sueños del mal.
A veces lo dulce y lo amargo se mezclan de tal forma
que lo único que queda son sueños
sueños sin atributos.

Cuando el bien y el mal no duermen 
pueden estar haciendo el amor
o fornicando como dos bestias felices.
Pocas cosas realizan con tanta entrega
como esto último.
Pero cuando hacen el amor
saben intercambiar dosis de odio al punto de
impregnar el acto de una atmósfera amorosa
inusitada.

No hay preferencias
puede que el mal esté arriba
puede que el bien.
Lo excepcional es cuando ambos se encuentran
ya sea arriba 
ya sea abajo
a un tiempo.

Es entonces que sospechamos de la presencia
de un tercero
un tercero invisible involucrado en el coito.
No se sabría decir si es un gran amante
o mejor fornicador. 
¿Cuál es la diferencia?

Cuando este copulador ignoto duerme sueña que
el bien y el mal son uno
cuyo rostro en todo se parece al suyo.

Al despertar
no lo refleja el espejo
porque sólo el sueño era real.

Luis Bacigalupo


Nací un 5 de octubre de 1958. De niño jugaba a jugar que estaba jugando, poco más tarde se me dio por pintar al óleo paisajes y retratos que en mi adolescencia por fortuna abandoné para empezar a escribir ya con alguna constancia. Nunca dejé de jugar, que es mi manera más seria de escribir. Estudié teatro y cursé la carrera de Letras en la UBA. Soy editor del sello “El jardín de las delicias”. Escribo tanto poesía como novelas. Mayormente mi material permanece inédito. Mis libros publicados de poesía son: Trogloditas, 1987. Yo escribía un poemita, 1988. El relumbrón de la claraboya, 1989. Las purpurinas, 1989. Madagascar, 1989. El océano, 1992. Elíptica del espíritu, 1995. Mixtión, 2014. En 2000 se publica mi novela Los excomulgados. Dicto talleres de escritura asistemáticamente desde hace ya unas tres décadas sólo para aprender.



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