EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 14 de mayo de 2016

PABLO DEMA



Carezco de método y de rutinas, sin embargo raramente me abandona la sensación de que quisiera escribir pero no sé si voy a poder. Es muy difuso y a la vez vasto aquello sobre lo que quisiera escribir y además percibo muy bien las limitaciones que tengo. Con todo, el deseo persiste y las energías aparecen. Al principio me pasaba que leía algo y sentía que era lo que yo hubiera querido escribir si hubiese sabido cómo. Entonces transcribía. Con el tiempo comencé a hacer variaciones sobre lo copiado, a quitar partes, introducir cambios léxicos, sustitución de los tú por los vos. Quería escribir algo vivo, tener una voz, y la buscaba modulando la propia sobre las ajenas. Lectura, plagio, deseo de escribir, temor al fracaso. Pero escribir qué cosa, sobre qué. Ahora que lo pienso, puedo usar la palabra “épocas”, “períodos”. Escribir para fabricarse un capullo o una felpa que permita atravesar el desfiladero de un tiempo nuevo, un momento de cambio (desconcierto y dolor siempre). ¿Qué es dejar de ser un niño? Entonces escribir. ¿Qué es hacerse hombre? Entonces escribir. ¿Uno puede criar un hijo? Entonces escribir. En la escritura se despliegan las fantasías y el miedo, se formulan las preguntas y se ensayan respuestas. La escritura es siempre sobre lo importante y sin renuncia a la verdad. Como quien dice: me sumergí y encontré esto en el fondo de mi corazón. Puede ser un perro muerto, un buda, detritus irreconocibles. 
El desarrollo es errático también. Con frecuencia hay algo que captura mi atención y persiste, entonces se inicia como una rumiación que termina haciendo síntesis en una imagen y en un verso. De allí suelo comenzar los borradores de un poema que tenga esa imagen como final. Muchas veces el texto es un marco para el remate, una pequeña escena que sirve de preparación a eso que me resulta iluminador o digno de ser retenido al menos. Y como escribo cosas breves, suelo tener intención de hacer pequeñas series o variaciones sobre un tema. Entonces, sí leo literatura sobre el tema que estoy pensando, poesía, ensayo, filosofía. También miro las etimologías, la misma palabra en varias lenguas. A veces, de ese recorrido me quedan epígrafes que voy poniendo en distintos lugares, gran parte de ese material queda fuera pero tal vez perdura como resonancia. Cuando escribí sobre la amistad dejé fuera una de las citas que más me gustaba y que tomé de un cuento de Joyce (“A Painful case”). Dice: “la amistad entre el hombre y la mujer no puede ser porque tiene que haber sexo, la amistad entre dos hombres no puede ser porque no puede haber sexo”. Me pareció que daba pie a una reflexión sobre el arte de medir las distancias necesarias para sostener un vínculo (más allá de la gracia que produce la presencia pareja de misoginia y homofobia en la reflexión que hace el protagonista luego de un desengaño). Creo que algo de eso está en mis poemas aunque la frase no está como epígrafe.
En estos días traté de escribir un poema que tiene como centro la idea de una prenda de vestir que tengo desde hace más de una década y que me fue regalada (o prestada y no devuelta por mí) por alguien que no he vuelto a ver. La persona no está, está la prenda. Después de ese poema me puse a jugar con la idea de prenda como castigo cuando un niño pierde en un juego (todavía sin resultados aceptables para mí). Allí la prenda se cumple. Y escribí después un tercer poema en el que un hombre usa esta palabra en una acepción cercana a la del universo de la gauchesca: quedar prendado. Si sale bien, tendré una serie de tres poemas con el título general de “Prendas”. 
Otra cosa que estoy probando ahora es el uso de un pseudónimo. Me pasó que tuve la necesidad de escribir un poema en un tono que me recordó al de algunos poetas norteamericanos que leí en traducción. Remedo ese registro de la lengua y escribo unos poemas atribuidos a un escritor ficticio. 

Es fuerte la sensación de peligro vinculada a la escritura, y una vaga angustia también. Al escribir se pone todo; como dice por allí alguien, se abre una puerta que es pesada y normalmente está cerrada para poder tramitar las demandas cotidianas. Entonces escribir es un riesgo, quién sabe hasta dónde llegaremos, qué pasará si miramos de frente eso que motiva la escritura. Por eso la inquietud y la angustia. Son emociones, pero son también sensaciones físicas. No ingiero alimentos cuando escribo, o al menos antes de escribir no lo hago porque los nervios siempre me cierran el estómago. Antes fumaba y tomaba café indefectiblemente, grandes cantidades. 
Puede haber tentativas, abandono, nuevas tentativas. En algún momento la cosa fluye, emociones, mente y cuerpo encuentran una sintonía y uno está completamente absorbido por la escritura. Es un momento de plenitud y goce, las cosas salen, lo que era un amasijo de intenciones vagas, ideas y emociones cobra forma frente a los ojos (es más fuerte esta sensación en la prosa, en la poesía es más como pintar: se agrega una cosa adelante, otra pincelada por el medio, se deja, se vuelve, se mira el conjunto). Tengo presente un libro de Mihaly Csikszentmihalyi, quien ha hecho estudios de campo para relevar situaciones en las que artistas, científicos y trabajadores de cualquier rubro afirman sentirse totalmente plenos, y su descripción de lo que llama “estados de fluidez” es muy precisa y congruente con lo que me pasa al escribir. 
Con el tiempo y los años el momento de escribir es menos angustiante porque no me lo impongo. Llega. O no llega. Y escribo ya sin fumar, sin quemar todas las energías, sin someterme a mortificaciones. Por distintas vías he ido adquiriendo mayor conciencia corporal en los últimos años y procuro tener un trato más amable con el cuerpo. Recuerdo alguna frase de Saer que dice más o menos así: “el cuerpo avisa: atención allá arriba, esto no da para más”. Teniendo en cuenta esa advertencia que denuncia una disociación para nada feliz, se trata de empezar a dejar de pensar en “el cuerpo” como un instrumento al servicio del intelecto y sentir “mi cuerpo, este cuerpo que soy”. En este sentido la literatura, que me dio todo, también me condujo hacia una pista que estoy siguiendo, últimamente en los libros de Alberto Silva: 

El cuerpo

“Me planteo una pregunta que tal vez resulte ingenua: ¿somos nuestro cuerpo? ¿Somos, de verdad, nuestro cuerpo? (…) Me atrevo a afirmar que en el fondo no sabemos (en el sentido de que no vivimos) que básicamente y antes que nada somos cuerpo. (…). Si algo resulta convincente de la tradición del Zen (al menos cuando se centra en la meditación sentada) es que asume a fondo esa sospecha. Tal vez nuestro destino dependa de cuán básica y raigalmente vivamos el cuerpo que simplemente somos” (Alberto Silva, Zen 4. El oficio de vivir, Ed. Bajo la luna, 2014, 24-25).

“El cuerpo pensado por el Zen busca ser antiparadigmático (…). La división cartesiana entre cuerpo y mente, típica de la tradición europea, resulta sorprendente para el Zen, para quien la idea de cuerpo es subsidiaria de persona. El impulso de su pensamiento (que narra una práctica ocurrida y, a la vez, anuncia la inminencia de otra nueva) consiste en centrarse en individuos concebidos como sistemas complejos, donde lo físico y los psíquico, lo natural y lo cultural, lo emotivo, volitivo y especulativo se entrelaza, se inter-penetran, ya que la persona (eso que aparece como cuerpo) constituye una red tupida de energéticos impulsos de vida. Y esa búsqueda de superación de dualismo ya enfrenta las usos habituales de la especulación abstracta” (Alberto Silva, Zen 3. Zensualidad, Ed. Bajo la luna, 2013, pp. 243-244).

Poemas (inéditos)

Prendas

1

No las conservo por nostalgia
ni las oculté por temor a que se volviesen alimento
de una memoria amenazante.
Estaban en el estante y se mudaron conmigo porque las usé siempre,
porque me gustan, porque me sirven y por costumbre. 

Estás lejos, acaso sos feliz o perdiste cosas no sé, no lo pienso tanto.
Te habrá mojado como a todos la lluvia de la vida; 
habrás visto tu risa en otro cuerpo, en tu palma casi,
para hacerte inmortalmente feliz en un instante;
te habrá quemado ya el rayo de la muerte
no del todo todavía como a los tuyos, los primeros.
De verdad que no lo sé, no pienso tanto en eso,
solo uso tus prendas viejas, estiradas,
suavizadas por el tiempo,
llevo algo tuyo en el cuerpo 
cada día en la piel después de todo.


2

É muito difícil esconder o amor
Murilo Mendes

En medio de la noche me despierta el sonido de una sirena.
Enciendo el televisor y aparece un hombre respondiendo una pregunta.
No sé qué pregunta le hicieron, no sé quién es el periodista ni conozco al entrevistado.
El hombre estaba diciendo: 
Y yo quedé prendado, era como si tuviera encendido un fuego en la cavidad del tórax. Una hoguera que nunca se extinguía. Entonces a la noche (era invierno), yo salía de la parroquia y bajaba al río.

El director ha abierto el plano un instante. 
Se ve al periodista de traje azul, anteojos de montura al aire y un bolígrafo en la mano.
El entrevistado tiene un pullover marrón de lana que se ve muy pesado, tal vez porque le queda grande. Se notan sus infantiles incisivos separados cuando vuelven a hacerle un primer plano. 
El pelo ralo. La mirada humedecida de emoción.

Bajaba al río y entraba desnudo en el agua, sigue diciendo. 
Me ponía contra la corriente y tomaba el agua helada sumergiendo todo el cuerpo. Y allá abajo gritaba sacudiendo la cabeza. 
¿Lloraba?, pregunta el periodista.
Sí, la llamaba a ella en realidad.
Sonaría como el último estertor de una turbina muerta.


Los poemas de William Grove

Hell

No es la enfermedad terminal
ni la ruina económica
ni la guerra que se avecina.

Es descubrirte cada noche pensando
que tu vida sería mejor 
si alguien que has amado
-y no me refiero a cualquiera:
hablo de tu padre, tu hermano, tu hijo-
estuviera por fin muerto.


Conduciendo en medio de la noche

Ahora que el coche comienza a hacer un ruido raro
y el agua está llegando a la altura de las luces que vacilan
comprendo cuántos errores he cometido en las últimas horas.

No presté atención al alerta que daban en la radio cuando partí por la mañana.
No le hice caso a mi amante
cuando me dijo que no me largara a la ruta con esta tormenta. 
(Ella ya no quiere saber nada conmigo,
pero hubiera preferido que pasara la noche en el  sofá).
No quiero recibir un llamado a medianoche avisando que te hiciste papilla, dijo.

Pero hasta un cobarde como yo es temerario cuando se siente despechado.
Ahora la lluvia arrecia 
y sólo circulan de frente los camiones de gran porte.
Lejos de mejorar, la situación empeora cuando bajo la cuesta
y después de un último parpadeo las luces se apagan.
Alrededor todo es oscuridad y agua que golpea.

Salir fue un error,
volver fue un error,
seguir fue un error.

Me pregunto si esta evaluación 
no se aplica también a lo que hice en el día de ayer,
a la última semana,
al mes, al año entero
y al resto
de mi vida.


Pablo Dema



Nací en General Cabrera, Córdoba, en 1979. Desde 1998 vivo en Río Cuarto, ciudad a la que vine a estudiar la carrera de letras en la UNRC . Después seguí estudiando a la vez que me iniciaba en la docencia, tarea a la que me dediqué siempre. En 2004 creamos con José Di Marco una revista sobre la literatura de Río Cuarto que devino editorial y difusora de escritores locales y, últimamente, de autores de otras latitudes. www.editorialcartografias.com.
En cuanto a la escritura, desde la adolescencia desarrollé proyectos en distintos géneros con resultados dispares. Escribí relatos, novela, guiones de audiovisuales, crítica, poesía. Esa producción se publicó parcialmente. Los relatos en antologías grupales, las más importantes son Diez bajistas. Antología de la nueva narrativa cordobesa (Alejo Carbonell Comp., EDUVIM, Villa María) y Es lo que hay. Antología de la nueva narrativa en Córdoba (Lilia Lardone Comp., Babel Editora, Córdoba). Otros cuentos se agruparon en cuatro libros: Fotos (Cartografías, Río Cuarto, 2005), Si nada permanece (Ed. Fundación Octubre, Buenos Aires, 2007), Hoteles (Cartografías, 2010) y La canción de las máquinas (Editorial Recovecos, Córdoba, 2014). Y está, también, publicada la novela breve: De piedra o de fuego (Editorial de la UNRC, Río Cuarto, 2009). En poesía la producción es más errática, hay cosas que salieron en revistas o antologías grupales (muchas perdidas, creo que bastante ilegibles hoy por hoy). En los últimos años sentí la necesidad de volver a incursionar con alguna continuidad en ese género. La buena fortuna quiso que diera con Griselda García en un momento dado y de allí salió mi único libro publicado en ese género: Filos (Ediciones Del Dock, Buenos Aires, 2014)



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