EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

domingo, 29 de mayo de 2016

RICARDO ROJAS AYRALA




Mi procedimiento de escritura es muy cambiante, inestable y lábil. Puede ser un sencillo tráfico con una frase escuchada en un tren, con una imagen menor de un libro ya casi olvidado por completo, con una reflexión solitaria entre amorosos confidentes, con alguna diatriba callejera tan ofensiva como chabacana, con un colorinche sueño febril y recurrente que rompe la noche para siempre, con la consigna de tablón más desoída y pretenciosa, con alguna obsesión permanente en el dintel de la memoria mejor estropeada, con dos verbos, o tres, del reclamo sindical más urgente de cualquier colectivo postergado, con alguna mitología antigua mal leída en algún idioma extranjero muerto recién, con el sonsonete de una propaganda que insiste con cierto cacharro satelital a todas luces inútil y pomposo, con un juramento infinito mal formulado, y peor cumplido, con un cuadro hipnótico colgado en algún desván al que no volveremos nunca más, con alguna figura menor de una murga de un barrio bravo, con algún lema férreo y trascendente de cualquier revolución echada a perder para siempre o con algún consejo de una madre cansona en un recodo borroneado del ayer más empalagoso, quizá, sobre esto girará entonces el asunto como un alegre tiovivo del infierno. Lo único que no se altera demasiado en el transcurso de los días es el ritual mismo de la escritura y el temita de las notas, tomo notas para todo. Una coqueta libretita china que me regaló una amiga queridísima me acompaña a todos lados, desbordante de papelitos, hojitas, retazos, notas y más notas para todo. En cuanto a lo fáctico, la pepita del escribir, suele suceder por la mañana, entre las 6 AM y las 11 AM, de lunes a lunes por asuntos de mera supervivencia. Pienso en libros cuando acometo un proyecto de escritura. En general estos libros por venir orbitan sobre un tema específico y concreto, la misericordia, por ejemplo, terminó siendo un libro de poesía sobre unos monjes, ya muertos hace rato, partícipes de un Concilio que provocó un cisma medieval famoso (“Obispos en la niebla” se llama el resultado final), o sobre la cuestión tan moderna de argumentar indiscriminadamente, que se terminó estructurando en el libro “Argumentos para disuadir a una jauría y otros usos civiles”, o también el demérito interesado y el descrédito injustificado del diálogo filosófico que acabó resultando en un libro de narrativa, que se llama “Hazañas y desventuras de Amulius y Numitor”, un compendio de microficciones jocundas e iconoclastas, o la tibia defensa del derecho a pensar en nada, mirando las nubes pasar, soñando un mundo mejor, terminó en el libro de poemas “Las nubes”. Suelo escribir sobre un tema en particular aunque depende de en que registro se está desarrollando esa tarea específica, es decir cuál me parece a mí que es ese registro. Yo me las suelo ver con la poesía, la narrativa y el teatro, y no tengo muy en claro dónde termina una y dónde comienzan las otras. Me ha sucedido de empezar algo que parecía un poema y concluyó siendo una novela, después de años y años de rodaje, claro. Pues a la pregunta de qué es aquello a lo que más atención presto a la hora de escribir creo que, yo, le regalo más atención a la construcción de un mundo. Un libro, ya sea de poesía o de narrativa, debe intentar construir un mundo. Debe ser lo suficientemente ambicioso como para atreverse a esa empresa desmedida, más allá de si al final lo logre o no. Le brindo también mucha atención al lenguaje, creo en la utilización precisa de las palabras. ¡Hay tantas! El decir exacto para mí es un lujo al que no se debe renunciar jamás, ya como escritores, ya como flaneurs, ya como vecinos, ya como ciudadanos, ya como amantes infinitos, ya como facinerosos fascinados. Me llama la atención el habla de la gente del pueblo, los modismos maravillosos que utilizan, que glorifican, que ensalzan y que luego abandonan sin más, de un día para otro. Sus juegos de palabras, sus equívocos jocosos, sus calambures inesperados, sus insondables y maravillosas invenciones lexicográficas. Investigo, investigo e investigo podría ser una definición exacta de lo que me sucede con un tema que me llama la atención y me azuza a escribir. La construcción de un mundo siempre parte de este, tan ramplón y tan cualunque de todos los días, de la situación concreta de éste que habitamos hoy, aquí y ahora que nos lleva a interrogarnos si de verdad este tosco, injustísimo y criminal mundo en el que deambulamos con nuestras sueños es el que deseamos para vivir nosotros, nuestros hermanos, nuestros hijos, nuestros mayores, nuestros amigos, nuestros compañeros. Cuando traigo el pasado a alguno de mis textos es para cuestionar el presente, o al menos interpelarlo con énfasis en búsqueda de lo humano. Lo mismo funciona para lo onírico y lo inconsciente que aparecen una y otra vez en mis textos como un esperpento, como un capricho o como un fetiche. Suelo frecuentar los teatros, los cines, las salas musicales, los bodegones literarios y leer cantidades de libros pues me parece interesante, y grato, hacerlo para justipreciar, además, cierta visión general que alumbra lo que tanto me inquieta y me permite anoticiarme, del algún modo, de lo que varios de mis predecesores y de mis coetáneos pontifican con insobornable razón. Ni bien termino de acometer este procedimiento sencillo trato de olvidarlo, por completo y de inmediato, para poder escribir en paz e intentar articular una obra propia, una voz propia, unos temas propios, una obra que resignifique todos los libros que voy escribiendo con paciencia y con una infinita constancia oriental, mucho más acorde a un cangrejo ermitaño que vive de prestado en la caparazón reluciente de otro animálculo peor conocido.


La sensación más profunda que siento, mientas escribo, es de felicidad. Escribir es muy placentero para mí. No soy un escritor atormentado aunque me subleva, en grado sumo, la situación desigual, horrorosa e injusta de nuestras precarias sociedades latinoamericanas. Como dice César Aira, yo me siento escritor cuando estoy escribiendo algo. La relación entre el cuerpo y el arte es un tema sobre el cual se ha teorizado, se teoriza y se teorizará profusamente. Cuando hablamos de cuerpo y arte como escritor pienso en una relación urgente y perentoria, una relación de presencia insoslayable, constancia y reclamo mudo. Se escribe solo, frente a ese texto que avanza hacia la nada, como un capitán primerizo frente a un iceberg misterioso, mientras ese yo –imbuido en el rol omnipotente y solitario del escriba pertinaz–, sentado frente al ordenador compañero, sostiene una relación fraternal, compleja e íntima consigo mismo. Cuando digo yo, me refiero al cuerpo, no tan relajado en una silla, y a la mente, prendida fuego entre esas letras en borbotón. Cabeza loca encendida, y en llamas, en lo alto de un cuerpo relajado, sentadito, expectante, suspendido, como si la cosa no fuera con él, no le incumbiera un ápice, no le rozara ningún borde, no estuviera sucediendo, no fuera. Míseros artesanos como decía otro, con tanta razón, en su pobre oficio apestado de maravillas agrego yo. Al tratar de hablar de estas cuestiones me vienen volando a la punta de la lengua, de inmediato, las palabras de la maravillosa Margaritte Duras (del libro “escribir”): “Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro. En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo. Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido. Ahora sé que he estado diez años en la casa. Sola. Y para escribir libros que me han permitido saber, a mí y a los demás, que era la escritora que soy. ¿Cómo ocurrió? Y, ¿cómo explicarlo? Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neauphle la hice yo, fue hecha por mí. Para mí. Y que sólo estoy sola en esa casa. Para escribir. Para escribir no como lo había hecho hasta entonces. Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca. Allí escribí El arrebato de Lol V. Stein y El vicecónsul.* Luego, después de éstos, otros. Comprendí que yo era una persona sola con mi escritura, sola muy lejos de todo. Quizá duró diez años, ya no lo sé, rara vez contaba el tiempo que pasaba escribiendo ni, simplemente, el tiempo. Contaba el tiempo que pasaba esperando a Robert Antelme y a Marie-Louise, su joven hermana. Después, ya no contaba nada”.



Poemas



3.1 – PASATIEMPO

Maravillado por la sencillez del engranaje de un molino de viento, Numitor se creyó inventor, y dedicó horas muy aciagas a aplicar los mismos manejos y disposiciones técnicas a los carruajes, a los muebles de uso diario y a los toneles de amontillado, primero; luego, a las bombardas, a los tiovivos, a las armaduras, a las piezas de marfil del ajedrez, a los puzzles de cinco mil piezas y, más luego, a todos los artefactos de la más variada complejidad que tuviera a su alcance.
Amulius, impertérrito, escondió en los fondos de los tambos la vajilla de porcelana de China y los libros de estampas de la revolución de octubre. 

(De Hazañas y desventuras de Amulius y Numitor, Editorial La Bohemia, Argentina, 1999.)


3.2 - Una joven religiosa díscola

Epitafio de una joven religiosa
que tuvo una indecorosa familiaridad con los varones
y fue dada a la composición de poemas:

Reposa para siempre bajo este mármol
una joven consagrada a Dios y a la poesía,
que sostuvo escandalosa familiaridad con los varones
y asistió a varios convites de juglaría sola, 
aún estando ausentes ancianos 
y otras personalidades honradas, y viudas, 
y hermanas de la misma orden, 
y mujeres honestas, 
y en ausencia de muchos seglares de costumbres beatas,
ni siendo recibidos, en esos convites, 
distintos religiosos íntegros.
Asidua de la casa de inciertos lectores, 
adscriptos a nuevas doctrinas heréticas,
donde fue de tantísimo y notorio éxito, 
por sus poderosas rimas, que siempre 
alababan al mundo, a las bestias 
y a las cosas creadas por el  altísimo,
aunque no era hermana de ninguno, 
ni consanguínea, ni de leche, ni uterina.
Él, que ama la poesía, 
por alguno de sus versos más felices 
sabrá perdonarla.


(De Obispos en la niebla, poesía, 2005, Editorial Tintanueva, México.)



3.3 Último argumento de cualquier

Eurípides para disuadir a una jauría

“Padre del manso alivio, acude leve.”
Antón Arrufat

Si acaso supieran, ustedes,
nobles asesinos,
que siempre luché a favor de la razón,
la belleza y la piedad.
Si apenas pudieran vislumbrar el sentido
de la palabra justicia.
Quizá.

¿Qué gobierna vuestro juicio?
¿La venganza? ¿La ira?
¿Una cantidad exacta de monedas fenicias?
¿Alguna violenta sinrazón?
¿El hambre, apenas?

Si no tuvieran tanta sed de sangre,
en este caso,
la de un pobre y resignado literato...
Como a cualquier insensible asesino de Nubia
esos ardores les ciegan el entendimiento,
si es que a él tienen acceso, ustedes,
de algún modo.

Pero yo no les niego mi carne
por cobardía... No.
No puedan malinterpretarme.
¿Quién, cinco segundos antes de morir,
no aguarda al deus ex machina,
que lo salve de atravesar estos abismos?

Sólo necesito algo de tiempo,
un poco de tiempo. Sin duda.
Unos instantes más,
al menos, ahora.
¿Quién no los necesita?

No es clemencia
lo que solicito a vuestra avidez,
nobles asesinos.
Horrores más grandes que estos
me esperan, intuyo,
en la quietud de la eternidad.

Porque únicamente los justos,
ya muertos,
son los que duermen felices
estos olvidos.

Dulces dentelladas.
Temibles tarascones.
Oh, sangre mía.
Oh, bárbaros.


(De Argumentos para disuadir a una jauría y otros usos civiles, Editorial Descierto, Argentina, 2013.)



3.4 - Buenos Aires, veinte de diciembre 

«Y no hay nadie sobre la ribera...
Nadie sobre la ribera, amigos...»
Juan L. Ortiz


Desde los escarabajos «envenenados» por la sangre nuestra,
con dudosa eficacia, por las riberas viejas que tanto amamos
y contra la calle vacía, marchábamos, con la partitura del oleaje.

Después la luz suburbana que se ausenta en sus uñas
campechanas, en sus miserias mínimas, en sus aguardentosos
efluvios de «wine bar», en sus miserias máximas de fariseos,
en sus «Tintoretos» mentirosos, listos para la entrevista amnésica
de tv en directo, el fogonazo retemplado y la centella tonta.

Y en la calle, «¡Ay, mis enemigos!», cenizas de sauces tortuosos
superficiales y quietos, ni uno solo, solo, solo.

Silenciosos. A «pie juntillas», a unos «email» equivocados, a
«unas morales» que te las regalo, sobre astrágalos biselados
por el escrúpulo más reacio a todo lo humano que se levanta,
que se alza, que leva, que arrasa, que desborda, que reclama.
¿Cuál ciudad errante en sus miasmas, hierve en sus filmes
más sentimentales, mientras, esta suerte de «presidentes
argentinos» se escapa en los helicópteros más previsibles
tras sus cobardes engranajes burgueses?

¿Qué cortada callada, muda? ¿Qué limbo de los patriarcas?
¿Qué última trompeta? ¿Qué plazoleta rala, en estas traiciones,
y ausente ante nuestros treinta y ocho muertos «perpetuos»? ¿Qué
libro de «Nehemías»? ¿Qué fondo? ¿Qué fraternidad? ¿Qué mar?
¿Qué metralla? ¿Qué libertad como cáscara de la desigualdad?
¿Qué senda desfallecida, finita? ¿Qué costilla crecida al filo?
¿Antes o después de cuál toque de queda?

La pena, amor mío, es como el colibrí: ¡es de aquí! ¡es de aquí!

Las bajas ceremonias alzadas sobre el desencanto más cruel
de los fuegos siempre «apagados» y los toscos calderos vacíos.
Calderos fríos. Calderos oxidados. Calderos ardidos en sus
olvidos, en su pobre «merchandising» de fracasos y fracasos
y fracasos en ese sordo capitalismo que todo lo transforma
en mercancía. Todo lo que ve, todo lo que toca, todo lo que
rememora, todo lo que huye, todo lo que oye, todo lo que
huele, todo lo que etiqueta, todo lo que bota y todo lo que
anticipa. Cielo del puro deseo, antes de la forma y la no forma.

Escarabajos, escarabajos, dos o tres escarabajos, ahora
rojos, recién en la calle inundada de papeles: «nosotros
no olvidamos a nuestros mártires, no».

¿Más arriba, esas banderas?
¿Mucho más?

(De Un sauzal para Kikí de Cundinamarca, editorial Ponciano Arriaga, México, 2013.)



3.5 – LA NUBE DE LOS PÁRVULOS

Porque, también, 
esa corte de bulliciosos niños 
que en todo momento descifran
el correcto significado de las nubes,
las que tanto atormentan a los enamorados,
a los delegados de fábrica más comprometidos,
a las maestras de primeras letras, a los cosmógrafos, 
a los embajadores, a los cosecheros y a los suicidas,
un día crecerán y lo olvidarán todo.


(De Las nubes, Editorial Descierto, 2015, Argentina.)


Ricardo Rojas Ayrala

Soy porteño, de Buenos Aires. Criado con esmero en el bullicio de los revoltosos suburbios bonaerenses del sur. Se, a ciencia cierta, que el artista es un trabajador. Gracias a los hados no han dejado de publicarme una y otra vez acá, allá y más acullá. Además de escritor soy gestor cultural y por sobre todas las cosas soy un viandante que aboga por un mundo mejor para todos, más justo, más equitativo, más solidario. Soy secretario de cultura de una organización fraternal de trabajadores, del sector farmacia (ADEF), prosecretario del sindicato de escritoras y escritores de la Argentina (la SEA), dirijo con la escritora Marta Miranda el festival Vapoesía Argentina entre otras acciones de cultura en las que participo con un fervor sospechoso, torvo e inclaudicable. Conduzco también “La púrpura de tiro” (www.lapurpuradetiro.com.ar) el sitio virtual de cultura de los trabajadores.

ricardorojas_1999@yahoo.com 
Facebook: Richard poetus rojas 



















No hay comentarios:

Publicar un comentario