EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 10 de mayo de 2016

VERÓNICA PÉREZ ARANGO



Cuando escribo un poema trato de escuchar el ritmo que aparece en los primeros versos y, en el mejor de los casos, me dejo llevar por esa música inicial como si estuviera bailando un poco inconsciente una melodía que no entiendo del todo pero confiando en que, al seguir el ritmo, voy a descubrir algo. En ese sentido, el poema me va pidiendo qué hacer, cómo “bailarlo”, cuál es la siguiente palabra que necesita o la intensidad pedida. La gran dificultad entonces se plantea a la hora de escuchar a esa otra que soy yo cuando escribo, sin trampas ni demasiado artilugio. No siempre sé escuchar y la sordera a veces puede llevarnos a escribir versos “de mentira”, o a usar de más el intelecto, a “pensar” el poema. 

Culebras y sapitos

dejar 
a los hijos hoy
que busquen comida
en el fondo de la casa
que no pidan 
nada a nadie
solos
aprendan a cazar 
pequeños animales
algo fácil
una laucha por ejemplo
culebras y sapitos
después de pasar 
todo el día agazapados
en el filo del sol
casi invisibles ya
de tanta blancura 
radiantes
abandonar el cuidado 
dejar lo conocido
que suceda 
la maleza
lo oscuro sin sentido
que crezca 
del lado de los malos
como charcos 
en el patio
llenándose de agua 
cuando llueve 
o quizás no


Después está el paisaje que inevitablemente siempre me influencia, creo que casi todo lo que escribo muchas veces ocurre como una chispa durante los recorridos, que son viajes en miniatura, mínimos: no necesito cruzar al otro lado del mundo para encontrar “paisajes” porque caminar, andar en colectivo o dormir en una carpa modifican mi percepción del mundo sí o sí y me estimulan y me abren al  deseo de pensar el universo con otros ojos:


Quince días descalza.
Quince noches en medias de lana.
El arco tenso de los grados inflama
la subsistencia de las manadas.

Afuera del lago
las uñas delineadas de negro repasan
el orden dentro de la carpa y después de la nada
las velas se apagan
y a falta de leña
quemamos las guitarras.

Acá no hay música
ni luz artificial.
Hay fantasmas.

Me es muy difícil escindir lo que leo, miro, escucho o sueño, de mí y mi escritura. En definitiva, estamos armados de todos esos fragmentos. Me parece que en cada uno de esos actos nace un mundo paralelo increíble que nos sostiene y nos da vida y hace desear. Y ese deseo se derrama en el acto de escribir.

Declaración de amor

no quiero esa parte de vos
no quiero verte entrar 
al cuarto donde dormís 
solo sin otros olores 
que completen el tuyo
quiero un paisaje 
de gestos en miniatura
parecidos a las marcas del agua 
que quedan en los vidrios después de llover
no tu practicidad diaria 
que todo lo puede
quiero volverme 
vieja y fea a tu lado
no saber bien qué soy
entre mis pliegues de materia humana
no quiero esa parte de vos
quiero no resistirme 
al trote de los caballos 
que empujan adentro mío 
al manojo 
de llaves sonoras 
de pájaros salvajes 
haciendo nido en una fogata 
invencible
a prueba de cualquier viento 
cambiar de idioma 
como si un barco equivocara el rumbo
viajando a favor de la corriente 

No podría decir que “investigo” sobre un tema porque eso sería emparentar mi poesía a un costado científico o enciclopédico que claramente no poseo. Pero sí puedo leer mucho sobre algo específico que algún proyecto me demande. Por ejemplo, en este momento estoy trabajando en una serie poética de ciencia ficción basada en un hecho real, así que hace años que colecciono o guardo noticias referidas a descubrimientos de planetas, misiones espaciales y extraterrestres, que después leo, modifico, reversiono:

Mi nombre es Alan Estauce y nací para viajar 
más rápido que el sonido. Cuando era chico 
solía jugar en el patio trasero de la casa. Tenía 
herramientas de distintas formas y materiales.
En invierno escondía liebres muertas debajo de la nieve. 
Muchas veces creí que la luz que salía del hielo al derretirse 
era El Señor con un mensaje, me susurraba al oído 
mientras el agua helada de las plantas iba cayendo en gotas 
sobre el piso de hierba. Desde entonces creo 
que voy a fundirme con el aire. El viento va a descomponerme 
en moléculas. Mis brazos, mis piernas, la barba y 
el corazón, las costillas y el hígado, mi estómago 
y el pene, disueltos entre el olor de las estaciones: el invierno
de chocolate; la vejez monocroma del otoño; el sexo 
en primavera; el derroche del ocio en verano.
Nadie podrá ver al hombre si desaparezco. Ahora mismo 
corre por el patio de atrás una pequeña liebre dorada.


Cuando escribo, uso mis ojos y las manos, y también la espalda apoyada en la silla. Parece una obviedad esto que digo pero no está de más recordar que antes de traducir la escritura al cuerpo, de “pasar” las letras a mano o con el teclado, escribimos en la cabeza, en la memoria y el pensamiento. Siento que al menos en mí funciona de ese modo, algo al principio poco reconocible se arma en mi cabeza, va levando con el tiempo hasta que sus burbujas estallan y ¡paf! Manchan las hojas del cuaderno. Identifico entonces bien dos momentos: primero una instancia en la que la escritura es más impalpable porque no interviene el cuerpo sino el pensamiento, una esfera más borrosa donde hay ideas, palabras que aparecen, imágenes que se van armando y que después sí se convierten en palabra escrita. Ahí nace el segundo momento como si fuera de traducción, en el que la palabra cobra vida concreta, va “tomando cuerpo” y por eso mismo toma al cuerpo y baja directamente a la mano que escribe, a los dedos. Me pregunto ahora si la electricidad que siento en la punta de los dedos cuando estoy muy concentrada escribiendo no tendrá que ver con eso. Es un recorrido hacia abajo: cabeza-mano. Y en el hilo que une ese díptico también hay otros órganos que me involucran: el estómago: se revoluciona y abre al escribir, en los momentos de descubrimiento y de entender de qué va la cosa que escribo, siento una felicidad enorme y excitada, a la manera de los chicos que experimentan algo por primera vez y escuchan sus tripas moverse. De nervios lindos. Y el otro órgano es el corazón: late a toda velocidad. Si escribo de noche, tarde cuando todos duermen en casa, aprovechando el cansancio extremo para tener las defensas bajas y no poner “filtros”, escucho el tic tac de mi corazón a todo lo que da y después quedo insomne de alegría. 

Hay un poema bellísimo de Natalia Leiderman que me interpela porque habla de la escritura y el placer de escribir que hace nido en el cuerpo. Dice así:

los mejores poemas 
los poemas pensados un segundo antes 
de dormirme
de acabar
de morir
seguro fueron los mejores

los poemas que arremetieron
insectos salvajes 
cuando menos lo esperaba

me cruzaron el cuerpo 
de lado a lado
me abultaron la carne

me inquietaron:
un gusano brillante en el cerebro
la eléctrica voz de un condenado

me dijeron estás viva
y después plop
se disolvieron furiosos en el aire.

Verónica Perez Arango

Nací en Buenos Aires en mayo de 1976. Estudié teatro y dramaturgia durante mucho tiempo pero me recibí de Profesora en Letras en la Universidad de Buenos Aires. En una época daba clases de elongación y también escribía eslóganes en una agencia publicitaria. Pero me harté y entonces volví a las aulas donde trabajo como profe de literatura en colegios secundarios. Vivo con mis hijos pequeños y mi noviomarido  en Florida. Publiqué un par de libros y este año va a salir La vida en los techos.
contacto: vearango@gmail.com




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