EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 4 de junio de 2016

ANAHÍ FLORES


No creo tener un procedimiento de escritura. Y cuando más de una vez sospeché que empezaba a tenerlo, me desvié. Si me pongo a pensar en cuáles son mis disparadores para escribir, encuentro escenas de la vida cotidiana (ya sea en la vigilia o en sueños) que parecerían pequeñas pero, por un motivo u otro, me llaman la atención al punto de llevármelas conmigo, observarlas, reconstruirlas con leves variantes, mirarlas desde otros puntos de vista, pensarlas, repensarlas y (a partir de aquí ya no sé cómo funciona la cosa) de pronto, de esa escena empieza a desprenderse algo que tomará la forma de un poema, un cuento o una nouvelle. Una vez que estoy en ese punto, todo pasa por sentarme a escribir y luego revisar, revisar, revisar. No hago investigaciones o búsquedas externas, salvo charlas con un par de amigos que suelen ser, también, mis primeros lectores. Aunque esas charlas no son sobre el asunto que trata en el cuento sino sobre cómo construir la historia de la mejor forma.

Doy mucha importancia al cuerpo. Intento estar cómoda (mis parámetros de comodidad son bastante amplios) y no me quedo quieta por horas, sino que cambio de posición cada cierto tiempo. A veces escribo de pie. Me gusta hacerlo a mano y en papel, me resulta más físico que el teclado de la computadora. 
Hace muchos años, tuve una época en que me ponía cabeza abajo media hora por día. Tal vez por la cantidad de sangre que va al cerebro al estar dada vuelta, se disparaban cantidad de ideas interesantes. Eso me hace acordar a este fragmento del gran Lewis Carroll, en A través del espejo y lo que Alicia encontró allí:
El Caballero pareció sorprendido con la pregunta:
—¿Qué importancia tiene la posición de mi cuerpo? —dijo—. Mi mente continúa trabajando sin hacer diferencias. En realidad, cuanto más cabeza abajo estoy, más cosas nuevas invento.


Poemas 

(de Se durmió y otros poemas, Bajo la Luna, 2015).

Se durmió.
Son las cuatro de la mañana.
Despatarrada en la cuna

no parece

que la última hora y media
estuvo a los gritos,
apuntando al rincón sur

de su cuarto.

El único lugar donde no hay 
ni juguetes ni muebles:

sólo la pared

blanca.

Tiene la respiración pesada. 
Me inquieta

dejarla a solas con ese rincón 
tan liso que ni las sombras

lo tocan.

Pero hay una sombra circular,
suave, que se agranda.

Es la superficie de un lago
donde alguien

acaba de arrojar

una piedra.


(de La plaza, Paisanita Editora, 2013)


—¿Hace calor afuera? —dice el portero
cuando me ve entrar al edificio
arremangada y con el abrigo en la mano.
—Sí —le respondo
y me saco los anteojos oscuros.
—Me dijeron que hace calor afuera —dice.
El ascensor está trabado en algún piso,
los tubos de luz parpadean.
—Está bien que haga calor a esta altura del año —agrega.
Me acomodo el pelo y miro
una mosca que camina por la pared.
—¡Ya era hora de que viniera el calor! —escucho
mientras el ascensor se aleja, conmigo, de la planta baja.
Podría, en la inercia, decir "Sí" 
pero me contengo por temor a que, si lo hago,
la voz se independice del portero
y se venga revoloteando hasta mi piso.


(de Catalinas Sur, Eloisa Cartonera, 2012)


Pasa un barco.
 Desde el barrio, se escucha la sirena. 
Los vecinos se toman un segundo: recuerdan 

el día en que llegaron al puerto 

más de un siglo atrás 

aunque nunca
 hayan cruzado el océano.


(de Ciertas horas de la primavera. Inédito)


En el último asiento del colectivo,
duerme.
Sus manos
como pinzas de cangrejo
aferran el celular.
El pulgar izquierdo
ha echado raíces
en la pantalla.


Anahí Flores


Soy Anahí Flores, nací en otoño y creo que eso es una buena señal: ni mucho frío, ni mucho calor.
Escribo desde que iba al colegio pero en esa época le daba más importancia a la danza.
Ahora sigo bailando pero mi prioridad es escribir.
Pasé muchos años en Brasil, tengo veintinueve años de vegetariana y actualmente vivo en Buenos Aires con mi hija Sofía y su papá, Miguel.

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