EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

jueves, 23 de junio de 2016

ANDREA MILDE





Tejo tapices desde hace casi treinta años; algunos les llaman gobelinos, por los tapices realizados en la Manufacture Royale des Gobelins de París. Traducido del alemán, mi idioma materno, sería Bildteppich, “tapiz pictórico”, en alusión a una época en la que el tapiz simulaba ser un cuadro pintado pues la aportación del pintor parecía más importante. Yo le llamo “tapiz narrativo”, para poner énfasis sobre la representación de los contenidos.
Por regla general aprovecho el tiempo libre entre tapiz y tapiz para remover el mundo interior, convertirme en esponja, absorber y añadir nuevas ideas que brotan de la actualidad. Todo se refleja en una libreta-diario. Después, suelo escoger de entre todos un tema, una idea en la que se centrará todo el trabajo posterior. Como no siempre dispongo de un lugar con espacio para montar más de un telar, suelo hacer de la necesidad una virtud y volcarme en una sola pieza. La mayor parte de mi trabajo la realizo de forma bastante clásica: en un gran e inmóvil telar de alto lizo, en un taller estable, y en soledad. Lo primordial no es la búsqueda de la perfección técnica sino el equilibrio entre la velocidad que pueden lograr las manos en su labor, el diálogo que mantiene mi mente con lo que ocurre en el telar, y la tensión emocional que da autenticidad y coherencia a la obra.

El procedimiento clásico del arte de tejer tapices es bastante riguroso:
1. El borrador
Se parte de una idea que en mi caso suele ser un primer dibujo o una acuarela, generalmente en formato pequeño.
2. El cartón
Se amplia el borrador al tamaño que deberá tener el tapiz. El resultado de esta ampliación se denomina “cartón”. Las grandes manufacturas dieron lugar a una profesión, la de “cartonier” (Francisco de Goya la ejercía en la Real Fábrica de Tapices de Madrid). Este “cartón” debía descomponer cuerpos y superficies en pequeñas zonas para crear a través de los degradados (matices de color) la sensación de volumen y con ello la ilusión de tridimensión. Además definía la carta de colores de las diferentes mezclas de lana (importante para el tinte). Este cartón servía de modelo para los tejedores. Sus contornos se calcaban a la urdimbre en el telar para guiar a los tejedores en la ejecución de la pieza, era absolutamente vinculante para ellos, es decir que no se permitía que introdujeran modificaciones. La razón primera es que como solían trabajar varios tejedores en una pieza, para garantizar la homogeneidad de la pieza final resultó importante limitar la interpretación individual. Y la segunda es porque en el telar no se ve nunca toda la pieza. A medida que el tapiz va creciendo, se va enrollando en el cilindro inferior del telar. Nadie ve el tejido completo hasta el momento del acabado final, que puede durar desde unos cuantos meses a unos años. Como no se puede corregir errores “sobre la marcha”, es necesario que el trabajo en el “cartón” se haga minuciosamente y de forma responsable, porque en cierta medida depende de él el logro del tapiz.
3. La tejeduría
Una vez terminado el “cartón”, se prepara la urdimbre en el telar, el material para la trama y comienza la parte más larga y lenta del proceso: la de tejer. En casos como el mío, en el que no existe una fragmentación del proceso, la fidelidad respecto del “cartón” es más una cuestión de autodisciplina. Me ayuda a mantener esa tensión emocional de la que hablé arriba, el diálogo y la frescura. 





Cuando empiezo, quiero creer que mi forma de trabajar no obedece a un plan, sin embargo cuando echo la vista atrás, sí me parece que se puede pensar que lo haya. Lo mismo ocurre con los temas: en los años que llevo tejiendo, siento que hay temas que siguen captando mi atención: la situación de la mujer y las migraciones…Pero hay un tema que está presente en todas las piezas: el tiempo, como lo concebimos, percibimos y gestionamos.
Algo de eso practico cada vez que comienzo una sesión de trabajo y es un pequeño ritual: delante del telar pongo dos tatamis; en ellos, coloco todas las herramientas, todos los materiales necesarios para el trabajo y también me siento yo, con las piernas cruzadas. Los dos tatamis en la horizontal y el telar en la vertical constituyen los ejes de un mundo distinto, mis propias coordenadas de tiempo y espacio, mi balsa con la que viajo en el tiempo, o mejor dicho, hacia un lugar en el que no existe el tiempo, solo el tempo. La quietud, la desaceleración hasta alcanzar la lentitud necesaria para comenzar el trabajo, con el equilibrio justo entre tensión y soltura le dan el componente meditativo.
Hay un momento en el que el cuerpo parece no existir, ni la espalda, ni los hombros... y las manos parecen conocer la coreografía que han de seguir sin que yo tenga que estar pendiente de ellas. La vuelta, a veces es un aterrizaje doloroso en el mundo real: la vista cansada, los brazos pesados, las piernas dormidas.







El último tapiz aún en proceso

Recuerdo a mi profesor de la escuela de artes aplicadas en Aubusson, Francia, quien al inicio de nuestra estancia nos hizo tejer varios días seguidos en una pequeña pieza con un solo color. Al principio se veía cada interrupción, dónde nos habíamos levantado para ir al baño, a comer, a clase de dibujo; dónde empezaba un nuevo día, qué humor teníamos, si había estrés, enfado, cansancio, tranquilidad. Para él eramos libros abiertos. Nos dio una gran lección. Aprendimos que más allá de lo que expresamos en el tapiz en el plano gráfico, volcamos otra parte de nuestro ser, más corpórea, en el tejido. En este sentido, cada sesión es un ejercicio de decidir hasta donde quiero que llegue el control o la renuncia a la corporalidad y la huella que pueda dejar en el tejido o hasta qué punto permito su presencia. Los indios navajos dicen sabiamente que la tejedora debe dejar un hilo suelto para que su alma no quede atrapada en su obra. Sabia mente.


Andrea Milde


Salté los primeros charcos en Alemania y las primeras olas en México, me acostumbré al café en Italia y al vino en España. Aprendí de mi madre a tejer calcetines y en Francia a tejer tapices.  No sé si considerarme nómada por naturaleza o porque la vida así lo requirió. Quizá por ello me haya inclinado hacia la creación de tapices narrativos, un arte nómada por excelencia. A veces sospecho que el gran telar, delante del cual he pasado muchas horas de mi vida a lo largo de los últimos treinta años, ejerce de anclaje en un mundo de coordenadas fijas, el cual, aunque no es el real, es inmutable y aporta un espacio de reposo en medio del ajetreo. Cuando el trabajo en el telar me agobia, y necesito aire y horizonte lejano, lo alterno con intervenciones en paisajes urbanos y naturales y la construcción de grandes y pequeños laberintos. 
Treinta años de creación de tapices han dado para unas cuantas exposiciones internacionales, individuales y colectivas. También para unos cuantos talleres, charlas, publicaciones y presentaciones. Desde el 2012 hasta el 2015 he volcado gran parte de mi tiempo y energía en el KUKUprojekt, un proyecto que nació en formato virtual y consiguió volverse presencial en un pequeño pueblo en el norte de España. 
Actualmente es el trabajo en el telar lo que ha vuelto a ocupar el centro de mi vida y con ello la reflexión sobre cómo evitar que esta disciplina desaparezca. En el horizonte cercano del 2018 aparece el KUKUmobil, un proyecto itinerante con el que me gustaría recorrer parte de Europa, desde Portugal hasta Alemania, para dar a conocer el arte de tejer e invitar a una reflexión colectiva sobre su futuro, el futuro de Europa y nuestro futuro. 




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