EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 18 de junio de 2016

CARLOS BATTILANA



Una conversación que escuché en un tren o en un colectivo; una imagen de una película, de un paisaje, de un cuadro; un texto que leí; la experiencia del mundo en cualquiera de sus modos y proyecciones forman parte de un imaginario personal y, seguramente, es el material de la escritura de los poemas. Escribo con constancia, y trato de tener paciencia: me gustaría estar inspirado todo el tiempo, pero eso no es lo mío. Por eso apelo a formas que -algunos considerarán- precarias de la escritura, como el artesanado y la reescritura: esas formas, en un momento, empiezan a tener una lógica, un pequeño universo autónomo empieza a adquirir fuerza, e incluso cierto vértigo, y la voluntad ya no me pertenece del todo. Esa sería una manera física de la inspiración. Respeto a los que mencionan a la inspiración como un hecho. Poetas buenísimos como Hugo Padeletti hablan de ella con naturalidad, como si un rapto o un vértigo los alcanzara en un instante, y como si sus poemas fueran dictados, de memoria, por una voz que viene de alguna parte. Dos o tres veces soñé algún poema, y quizás la memoria los escribió. Pero no ha sido lo habitual. La materia me envolvió: escribo manuscritos en cuadernos, paso esos manuscritos a otro cuaderno, luego los traslado a la computadora. En verdad, no tiene mucha importancia el ritual: cada uno tiene sus obsesiones y sus mitos, y cada uno escribe como puede. Esas ceremonias o rituales son pequeñas llaves personales que se relacionan más con la ruptura de la ansiedad y con cierta vibración psicológica que con una clave que diga algo de la propia escritura. En mi caso particular, esa forma privada de trabajo me permite ir despejando el poema, aun en aparentes detalles como un signo de puntuación, un espacio, la inclusión o la supresión de un vocablo. El título de un libro es bastante orientador para comprender hacia donde avanzan los poemas, como si tuvieran un flujo en dirección a una especie de imán que los atrae, una deriva que sabe adonde va, aunque yo mismo no lo sepa del todo. 

Es un lugar común decir que se escribe con el cuerpo, pero creo que (al menos en mi caso) es absolutamente cierto: la escritura de poesía tiene alguna consecuencia física, que posee distinta resonancia cuando escribo por primera vez un texto, o si lo reescribo. Me resulta más placentero reescribir, aunque sea incorporar una coma, como si el poema fuera una especie de artefacto con el cual hacer cosas: ese acto me permite mirar las cosas desde otro lugar. Recuerdo una cita de Borges en su artículo “La poesía”, del libro Siete noches, referido al efecto que produce el arte en el cuerpo: “Tengo para mí que la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo.” Y también recuerdo unos versos de Estela Figueroa respecto de ciertas palabras que, como coágulos, aparecen casi físicamente en nuestra mente: “A veces creo/ que todo lo que tenía para escribir/ lo he escrito.//No obstante me persiguen/ versos como éste./ ‘¿Id, cantos míos!’ ”.



Poemas



Parrilla


Sobre el fin de la calle
rumbo al cuartel
hay un asador:

es verano
pero corre una pequeña
brisa.

Mi padre
mi madre
nuestros hermanos
disfrutan de la cena
familiar
al aire libre.

No hay nada que temer
estamos abrazados por el campo
el mundo acontece en ese punto
minúsculo del universo. Tengo
seis años. Conozco
todo
lo que me circunda.
Somos libres
en el lugar.

Mi padre es feliz;
se rodea de sus hijos
de su mujer
tiene información suficiente
para proveernos
durante algunos años:
axiomas, libros, narraciones
de adolescencia.
Ahora que
su muerte es fresca
y reciente, recreo el instante
en que mi padre
distribuye la carne,
las achuras, las ensaladas
en derredor.
Mi madre lo roza con los ojos
y deliberadamente
lo deja hacer
deja que su fuerza crezca
allí, en ese punto
minúsculo del universo.

(de Materia, Vox, 2010)




El dulce porvenir


Cuando los mejores poetas de mi generación
curtidos por las drogas
la grasa y el vino excesivo
están haciendo pie
y pueden usar la palabra templanza
con toda propiedad

reunir poemas
evaluar con cierta distancia
sus tesoros
su cúmulo precioso

cuando cerca de los 50
la juventud
es una palabra
que ha sido usada
y se puede recordar
-sí, con alegría-
las viejas amistades
los duelos
los viajes pequeños

cuando
el poeta
de los grandes experimentos
pero de otros poemas
mejores aún
es una increíble
referencia
y ahora
puede
-finalmente-
distribuir
el aire
y la respiración 
porque ha corrido tanto

yo aún
el poeta de la familia
el poeta que
literalmente
ha administrado la energía
el poeta del tenis
estoy cambiando a mi hijo
interminable
en el baño
posterior de la casa
y le digo
“te amo te amo”
y barro
bajo los signos y los hábitos
de antiguos mecanismos
la ropa la basura y me muevo
-ya ciego-
entre escombros de fuego
y no tengo, lo sé,
escapatoria
no puedo ni podré respirar

amo
con pobreza
como pude

pronuncio “te amo”
como una
invocación
como una oración religiosa
-polvo del camino-
la única propiedad
con base 
en lo real.

(de: Un western del frío, editorial Viajero Insomne, 2015)


*

En este 
tiempo
escaso con que cuento
alejado del origen
miro la lluvia
el sauce
sus ramas eléctricas
y remojo con agua
con sangre
aquello
que se ha vuelto
pulida narración
pero que aún
cuenta
con algunos huecos
de donde
extraer
el segundo, los minutos,
estas horas que aquí
están
me rodean.

Si pudiera
acostar
el cuerpo
bajo el agua
haría
que las estrías y los borbotones
arrasaran el barro
el polvo acumulado por años
y disolvieran
el lenguaje
antiguo
las viejas palabras
hasta volverme burbuja
charquito
un poco de agua
en el agua.

(de: Velocidad crucero y otros libros, editorial Conejos, 2014).



Búfalos


Pesado como las piedras de este lugar en Invierno, el Mar del Sur parece el último puerto del Atlántico. Un Domingo a la mañana, por junio, alguien oficia misa, y mecemos las olas, juntos, en derredor, como un conjunto de búfalos atribulados por el viento y los cazadores de hace 1000 años. La línea de la playa fagocita todos nuestros días, los pasados y los que están por venir, y en ese presente pleno comulgan los oriundos del lugar, como lo hacen los árboles, o las plantas, o nuestra pequeña voluntad.


(de: Narración, Vox, 2013).


Cenas

Es diciembre. Los almuerzos y las cenas comienzan a abundar. Saludan todos el año que se va, y como un film antiguo, recordamos que el presente nos sostiene en un cielo blanco. Los gestos, las ínfimas sonrisas, la escasa duración de estar juntos acompañan las horas, y los días. Procuramos estar bien, procuramos sonreír. Nos abrazamos, como se abrazan las plantas y los árboles. Decimos adiós, hablamos con palabras, movemos las manos, recordamos que el pasado fue una piedra dura de roer. Aquí estamos, sin mayor éxito, desgastando los minutos, o los segundos, nuestras pequeñas horas doradas.


(de: Narración, Vox, 2013).



Carlos Battilana

Nací en Paso de los Libres, en la provincia de Corrientes. A los siete años vine a vivir a Buenos Aires. En esta ciudad estudié y trabajé. Publiqué algunos libros de poesía: Unos días (ed. Libros del Sicomoro, 1992); El fin del verano (ed. Siesta, 1999); La demora (ed. Siesta, 2003); El lado ciego (ed. Siesta, 2005); Materia (ed. Vox, 2010); Presente continuo (ed. Viajera, 2010); Narración (ed. Vox, 2013); Velocidad crucero y otros libros (ed. Conejos, 2014); Un western del frío (ed. Viajero Insomne, 2015). Enseño literatura latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires. 

carlosebattilana@gmail.com












































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