EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

domingo, 5 de junio de 2016

CARMEN IRIONDO





La escritura es para mí un modo casi natural y espontáneo de expresarme. Cito con frecuencia a Gabriela Mistral cuando habla de la poesía como “un sedimento de la infancia sumergida.” Está ligada a mis cotidianos ser y estar en el mundo, obviamente poco estables y aparece entre un vaho de fantasmas y una punzante realidad que me duele en el cuerpo. Va por caminos asociativos, riachos de mayor o menor caudal: un poema que nace me despierta, a veces, una urgencia a sacarlo afuera, otras veces quiero con toda el alma escribir un poema que se rebela y no se revela. Frustraciones y articulaciones a otra de mis actividades que aún hoy está vigente y practico cotidianamente, que es la danza.  La música y la rima fueron en su momento tan cruciales para mi escritura, que en otra etapa decidí romperlas, encabalgar poemas de forma complicada, como queriendo salir de la casa natal, cansada de convenciones y prejuicios. Lo que sí sé es que no puedo dejar de escribir, todos los días algo aparece, insiste como un síntoma, sobre papeles, teclados, servilletas, anotaciones que se ocultan por años dentro de un libro o una agenda, libros subrayados hasta faltarles el respeto, márgenes llenos de signos que después serán jeroglíficos de un sueño extranjero que no puedo interpretar. 

Cuando escribo el cuerpo se me enfría, necesito calor para sentir los dedos, a veces en invierno, unos guantes de lana sin dedos que me tejo durante el verano, me ayudan. Lo imaginario recorre su camino hasta tocar el cuerpo con puntadas. La zona cordial, una mezcla de estómago con diafragma, se ahueca de manera agradable, escribo en la cama con frecuencia, sentada en posición de loto y sin respaldo para cuidar mi espalda. Cuando lo hago a mano me gusta lo sensual de la sensación del ronroneo de la birome sobre cualquier papel y formar las letras físicamente, como cuando al bailar, la energía de todo el cuerpo se libera desde el torso hacia los dedos. Cuando no me gusta lo que escribo y choco contra obstáculos de forma, me pican los ojos, se me tensiona apenas el omóplato izquierdo llamado para mí el lugar desde donde se despliega el ala. Tomo agua mineral sin gas pensando en un café como premio con algo dulce para después. Releo al día siguiente, ya soy otro cuerpo, otras sensaciones y la razón más clara.

El cuerpo es presagio de la creación, es un lugar mudo desde donde nace cierta incomodidad que hay que procesar de alguna forma: no basta con moverse, no es suficiente estirarlo ni tocarlo, no alcanza la comida, la bebida, el vínculo con otro humano, hay que salir a la extimidad. Esto es compulsivo, es corporal hasta que aparece la palabra, el color, el espacio, el pincel, la imagen, el sonido y la alquimia ambivalente de dolor y satisfacción (goce) de su salida.  Hay obras, esculturas y pinturas que revelan el trabajo loquísimo de una intensidad ilimitada, solo porque sí. En la danza se produce para mí el misterio de la metáfora que encuentra el cuerpo y lo adapta a un lenguaje con la dinámica y reglas del habla: sonido, espacio, tiempo, organización, capacidad de narrar. El cuerpo, cuerpo poético, “cuerpo de obra”, nombrando esta fusión. Decía Frost: “como un trozo de hielo en una piedra caliente el poema debe deslizarse en su propio misterio.”
Daniel Sibony, escritor y psicoanalista francés describe la urgencia por buscar un lugar propio y como la “falta en ser” que es la cuestión misma del amor, se alivia cuando toma cuerpo, como luego se nombrará un cuerpo de obra. 
Pascal Quignard escribe y dice poéticamente la ligazón intensa del cuerpo con el arte. “El koto es una cítara de trece cuerdas. Se toca sobre las rodillas. El tiempo que se consagra al koto es el furyu. En Japón el furyu es exactamente lo que el mundo romano llamaba otium. El tiempo consagrado al desinterés por el arte. El tiempo consagrado al vacío. El tiempo consagrado. El tiempo consagrado a la noche entre dos soles.” Es esta la articulación con la posibilidad del arte.


 Poemas

I

Suena una alarma dentro de mi día
ni bien me cebo un mate. Toca una
campana el celular de estreno: cada
vez más delgados, con hambre,
el aparato y yo, por falta de tiempo
de estos tiempos sin tiempo.

No es el aroma de ese mate perfecto
que me alcanza, tampoco tus palabras;
es un tifón que ataca mi memoria
del sonido a campo, a campanazos,
campaña, llamado al mediodía, campanas.
¡A comer! ¡Se enfría la comida!

En mi bolso vibrante insiste un neo timbre.
Repite, reproduce, reclama, reducción.
                       

II

Palabra vaca, palabra voz, palabra verbo.
Vac en sánscrito, palabra diosa que aburrida,
cuentan, se fue a bailar al bosque sola con la
música de ramas y frutales, distraída de sí.
A la Gran Vaca Palabra le gustaba ser libre
y jugaba entre las plantas errando al infinito.
Equivocando nortes, amando sus errores,
de golpe ciclotímica leona que devora,
palabra que se come a la palabra y contrae
en ese instante su esqueleto animal.
Todo está por verse. La que no espera
no se desespera más.


 III

Ambrosía, macedonia, comamos
las palabras para fundir el miedo
a las creencias,
que tengo
que sufro
que me caen
¿que no me cuestan nada?
Se olvidaron de esa bolsa de género
estropeada, rápida y prematura
suelta de puntos justo en el borde.


IV

El horizonte se ha puesto. Rosado,
sus tules vaporosos escapan de la niebla
seduciendo a ese sol para que se zambulla
en el horizonte. Torneado por los rezos
el sol deja asomar un medio círculo filoso,
áureo, anaranjado y contento. El anillo de fuego
para mi dedo libre de noviazgo. Una tenue
acuarela de un plato rojo en vuelo.
A tempo de un adagio, hoy distinto que siempre,
hundido va a su amparo.

Carmen Iriondo

Nací en Buenos Aires, donde pasé una infancia triste. Fui a una escuela exigente en la que afortunadamente fui reconocida por mi trabajo. Madre adolescente pero feliz, estudio y me recibo de licenciada en psicología en la Universidad Nacional de Mar del Plata en 1976, desde entonces trabajo como psicoanalista en mi consultorio. Escribo poemas desde que tengo recuerdos, cuento esto en un libro “Vuelo de fiebre” (Mansalva). Leo libros de papel a pesar de las invasiones de este tiempo que ofrece tanto encantamiento veloz. Llevo publicada una veintena de libros de poesía, y otros. Escribo letras de canciones, canto, grabé un CD “Me da la gana”, he actuado en películas, en teatro, y descubrí hace mucho que los compartimentos estancos no acuerdan con la creación. La poesía, en mi caso, resume con palabras la fusión de las facetas diversas del sinsentido, el nonsense que puja por encontrar significados a lo que termina por dañar a los sujetos en forma de los sistemas sociales injustos y de gran crueldad en los que navegamos. La soledad es una buena pista de despegue.


Carmen Iriondo
irikarmen@yahoo.com. ar
Estoy en Facebook y en Instagram @macaririondo

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