EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 7 de junio de 2016

FLOR DEFELIPPE





Mi procedimiento de escritura consiste en una búsqueda constante, en indagar al máximo las múltiples posibilidades que puede albergar un texto en potencia. El germen inicial puede descansar en una imagen, un libro, una palabra, alguna experiencia reciente, algo ordinario. Puede provenir de cualquier parte. Disfruto de la soledad, me cuesta concentrarme si no estoy en estado de aislamiento absoluto; aunque también me gusta escribir en cafés, y ahí creo que es la capacidad que tiene la escritura de convertirse en mi “cuarto propio”, donde se genera una suerte de cápsula donde todo lo externo desaparece.

Cuando encuentro alguna idea o frase que puede llegar a convertirse en algo más, intento explotar toda su potencialidad hasta llegar a darle una forma. Creo que la escritura es algo así como un cincel sobre el mármol; es cuestión de seguir las líneas y el poema va surgiendo de la piedra, va encontrando la manera de llegar a su destino, a su mejor versión posible. También me gusta mucho la investigación, siempre investigo previamente antes de escribir sobre un tema que desconozco, tengo una curiosidad insaciable. Esto a veces hace que quiera abarcar muchos temas a la vez y termine por no focalizar en ninguno con profundidad, porque también soy dispersa. Pero con el tiempo aprendí a guiar mejor mi ansiedad. En todo caso, la dispersión también me llevó a encontrar cosas interesantísimas a las que nunca hubiera llegado si seguía un camino en línea recta.

 Amo ir al teatro, creo que ahí es donde se ve con mayor claridad que la palabra, el cuerpo y el tiempo conforman una unidad, aunque también creo que esta relación se produce en cualquier tipo de creación artística. Existe algo ancestral, algo de evocación, que también está en la escritura. 

El cuerpo entra en calor a la hora de escribir (o actuar, o pintar, o hacer música). Hay algo físico que empieza a conmoverse, que entra en conexión con lo emocional e intelectual, planos que no deberían pensarse separadamente. En cuanto a la relación entre arte y cuerpo, pienso en Jerzi Grotowski, quien se dedicó a construir un teatro despojado de todos los artificios escénicos, ya que lo único indispensable para que se produzca el hecho teatral es la presencia del actor, del cuerpo. Y en un poema de Mary Oliver (que conocí gracias a otra gran poeta, Claudia Masin) que dice: “No hay por qué ser buenos. / no hay por qué caminar por el desierto/ de rodillas incontables kilómetros, por arrepentimiento. /Sólo hay que dejar que el animal suave del cuerpo/ ame aquello que ama (…).” 

Poemas

Bombuchas

Trepo el tiempo
como una tarántula
la casa, el barro
tantas cosas detrás.
Las hamacas, los postes de luz
el sauce cortado
el ruido a bombuchas
la palabra c a r n a v a l...
Miro por fracciones
algunas fotos
idealizando muertos.
Lo que no está se vuelve sublime
y lo que está,
                    se pudre.


Nunca supe cómo cruzar el terreno baldío

Nunca supe cómo cruzar el terreno baldío
ni atravesar en skate las calles de tierra
ni hacer chistes visionarios y precisos
pero me trepaba a los árboles
y a los postes de luz 
con la habilidad de un chimpancé. 
Podía ver, entonces, la proyección diminuta de:

la casa los primos el lomo de un perro

el viento allá arriba era otro y el silencio
me pertenecía como 
pocas cosas pueden pertenecer en la vida.

Después estaba el vértigo, y ese mareo
de hamacas 
cuando se arrojan las piernas 
como serpentinas al cielo
en un primer instinto de supervivencia.



Más que objetos que desaparecen en el aire

Estoy cansada y quiero un café
O algo que me fuerce a resistir.

Empiezo un cuaderno escribiendo 
este poema y
ya no importa el tamaño de las cosas
ni los límites
que las desbordan.

Ahora
que las hojas se derrumban
y su perfume entra en el viento que las agita
entiendo que no pertenezco a este lugar
ni a ningún otro 
que me despida amablemente. 

Cuando era chica miraba
por la ventanilla el reflejo
de los árboles deformarse 
hasta perderse para siempre


Un auto dobla la esquina y
por la ventana vuela la mano sola
de un niño 
que no puede acariciar más que objetos 
que desaparecen en el aire.


La orilla

Se disuelve la resaca de los días 
a  la luz del sol 
duplicada en el oleaje.
Arriba, en el puente, los rayos, las bicicletas,
sus cortes limpios y su proyección 
en el agua iluminada.
  
Un pez irrumpe el reflejo:
lleva a Urano en su ojo izquierdo,
el planeta que habito.
La imagen devuelve 
una versión distorsionada de nosotros, donde 
yo soy el pez
y viceversa.

Del otro lado de la orilla hay libros, amigos,
gente que conocí ayer y que ahora
se desenvuelve con temeraria hermandad.
No entienden que mi cuerpo quedó ahí,
en un planeta lejano, el ojo grisáceo de un pez
y puedo volver al sol y a su luz cálida 
como un niño débil y enfermo
que ha dejado escapar
su única idea posible del mundo. 


Flor Defelippe


Nací en 1982 y escribí mi primera novela en un cuaderno Gloria de tapa blanda a mano; se llamó “El unicornio azul” en una suerte de homenaje a la canción. Estudié Letras en la UBA y teatro con Claudio Quinteros y Fabiana Mozotta. También participo del taller de escritura de José María Brindisi hace varios años, aunque con algunas intermitencias. Publiqué los libros “Parrhesia” [2009, Ed. CILC] y “Las malas elecciones” [Panico el pánico, 2014]. Coordino los ciclos de lecturas “Palo Santo”, junto a Valeria de Vito, y “El bosque sutil”, con Verónica Pérez Arango. El poema “Nunca supe cómo cruzar el terreno baldío” obtuvo el 2° premio en el Certamen Oliverio Girondo, organizado por la Editorial Burma.

El retrato lo dibujó Magalí en Río Cuarto, Córdoba, Mayo del 2015.

No hay comentarios:

Publicar un comentario