EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

miércoles, 1 de junio de 2016

JAVIER CHIABRANDO


Suelo pensar argumentalmente, sobre todo si escribo una novela. Me refiero a algo del estilo de “un hombre roba y luego escapa pero en el camino se cruza con una mujer…”, etcétera. Nunca pienso demasiado en el o los personajes principales, hasta que termino y veo si les hice justicia o no. De no ser así, busco la forma de darles entidad. Creo que si la historia es buena, sea en el sentido dramático, épico, emotivo, paródico; el personaje que la viva deberá ser inevitablemente interesante.
En cuanto a los diálogos, no escucho lo que dicen los personajes ni tomo diálogos de la vida real. Mi sistema es que los personajes sean sicológicamente atractivos, por lo tanto obrarán y hablarán de forma atractiva para la historia y el lector.
Aunque por lo general me dejo llevar sin pensar demasiado hasta el momento de la corrección. Investigo cuando se trata de algo de época, pero no lo llamo investigar, sino documentarse. En ciertas ocasiones, uso autores o libros de referencia, para ver cómo resuelven otros los problemas.
El cine y la música son claves en mi vida. El cine es una inspiración constante a la hora de contar en imágenes o de concebir argumentalmente. La música es una compañía y más también.

Intento escribir rápido, aunque luego deba corregir bastante. Porque busco (en las novelas, al menos) la idea de unidad o totalidad. Esa rapidez hace que la escritura se vuelva física, en el sentido de cansadora. Mi ideal es cerrar una novela en un lapso de tres a seis meses. Luego corrijo mucho tiempo, años.
Nunca pensé demasiado en la relación cuerpo/escritura. Pero recuerdo que una vez le preguntaron a Saer, qué opinaba de lo dicho por Auster, de que escribir es como rezar, a lo que Saer contestó que era una tontería, que escribir es demasiado complicado como para considerarlo un rezo; que, si se quiere, agrego yo, es una actitud cómoda.
Para mí escribir es un trabajo agradable, no lo sufro ni me desespero. Si algo no sale, toco la guitarra un rato y veo qué me depara la escala pentatónica.


LOS HIJOS DE SATURNO (Fragmento de la Novela).
—1—

Hora de asestarle un golpe mortal a la opacidad, pareció decirse Goya, y le sacó la tapa al Blem para luego levantarlo como si se tratara de la antorcha olímpica. Pero acá no había récord que batir, excepto el de agotar un aerosol en menos de tres días, que era lo que había durado el anterior. La opacidad dio un paso atrás, acorralada por la ley representada en ese hombre: Goya.
Afuera de esa oficina, absolutamente ajenos a la noble tarea que el abogado, ex fiscal, y actual dueño y director de la Agencia Goya acometía con desenfreno paroxístico, un cliente nada común se presentaba ante la secretaria en el horario convenido.
—El doctor Goya lo atenderá en unos minutos —le dijo Celina, con cara de querer transmitir esta espectacular idea: “la solución que usted busca no se consigue ni en la luna, pero en esta oficina sí”.
El cliente se sentó en un sillón tan coqueto como incómodo, diseñado para lucir; algo que un esgrimista de los lugares comunes llamaría “para echar pinta”. El cliente no estaba acostumbrado a esperar; sí, quizá, a las mareas o al cambio de dirección del viento cuando estaba en el velero. Y a su esposa, claro, como casi todos los hombres. Pero si estaba en la Agencia Goya, después de pensarlo y pensarlo durante años, no era para exigir un trato especial ni un asiento más confortable.
—El doctor está haciendo unas llamadas —completó Celina, que insistía en llamar doctor a Goya como si eso le agregara sobriedad a la oficina, a la empresa y a las tareas que la Agencia Goya realizaba.  
—Gracias —dijo mecánicamente el cliente.
La sala de espera era el lugar más pulcro que había visto en su vida. Quizá un quirófano podía superarla, pero no cualquier quirófano. Seguramente una nave espacial era más pulcra, pero nunca había subido a ninguna, ni subiría. Menos todavía después de haber decidido presentarse ante Goya. No era la visita a una nave espacial lo que había en su futuro inmediato.
La forma en que combinaban los colores de los muebles con las cortinas y la alfombra era de un gusto que generaba una sensación de admiración que se parecía al asco. Un ejemplo: el ruedo de las cortinas tenía tres rayas verde inglés exactamente iguales a la parte inferior de los vidrios de las ventanas. Y eso no era todo: la tarjeta personal de Goya tenía las mismas tres idénticas rayas verdes. Lo que el cliente no sabía ni podía imaginar era que a cada cambio de tarjeta, cambio de cortinas y de guardas en los vidrios, cosa que sucedía una vez al año. El anterior había sido una guarda color terracota con símbolos de lejana semejanza con lo azteca que Goya se hizo diseñar por un artista plástico, mexicano, of course. El año anterior a ése había sido lo que podríamos de-nominar el período azul de Goya.
Luego de unos minutos de revolverse en el asiento en el que apenas cabía, el cliente se puso de pie para mirar las fotos de la pared. Goya con su madre, de su misma altura, de sonrisa similar —es decir ausencia de sonrisa—, ambos de frente en alto, de manos blancas y dedos cortos; Goya con sus dos hijos y una mujer que no podía ser otra que la esposa aunque costara creerlo. La mujer le sacaba una cabeza de altura; pelirroja, sonriente, femenina, atlética, sensual y pelirroja: una flor de exportación devenida mujer, una flor comestible que saciaría y despertaría el hambre en partes iguales, una extravagancia de la naturaleza. Por si esos atributos no se veían con claridad en esa foto, había una tercera, donde la mujer sola, de pie —jean, remera, zapatos y peinado casual; incomparable—, sonreía como si quisiera verse incómoda, sorprendida por un fotógrafo lo suficientemente gay como para lograr fotografiarla sin babearse, en pose de mujer acostumbrada a ser observada y a simular que no le gusta, con un gesto en los labios de “qué culpa tengo yo si soy un bombonazo”.
El cliente se dijo que si la esposa de Goya era la mitad de lo interesante que se veía en la foto, sería sin duda una mujer notable. Se equivocaba. La mujer de Goya era el doble de interesante, algo muy difícil de calcular, como si se sumara 1,239 más 5.123.545,67 y luego se dividiera por el valor del dólar en Nigeria. Los hijos del matrimonio eran simétricos entre sí, del tipo que cuando aparecen en una propaganda, a uno le entran ganas de salir corriendo a comprar el producto sin saber para qué sirve ni cuanto cuesta.
—Bella familia, ¿no? —dijo Celina, que no desentonaba con el lugar aunque no era atractiva; eso sí, vestía a la última moda. Pero, ¿quién necesita una secretaria linda con una esposa así y dos hijos de exposición mundial?
—Sí —dijo el hombre sin énfasis porque la respuesta era extraordinariamente obvia.
—La señora mayor es la madre del doctor, quizá la haya visto en revistas de chismes o del espectáculo.
Celina repetía eso sin darle importancia a que eso había sido en el pasado, más de diez años atrás, que en un país como Argentina significa saltar de la era de los glaciares al del calentamiento global sin un grito de “agua va”. La madre de Goya había aparecido mucho en televisión porque encabezaba Children Work Out, una ONG dedicada a extirpar el trabajo infantil de la tierra. Como no lo habían logrado, por muchos té canasta o tertulias de música clásica que hicieran, terminaron por disolverse y cada uno de sus miembros se dedicó a malcriar nietos con éxito total.
—Claro —dijo el cliente pero nunca la había visto en una revista y apenas miraba televisión. Pero sí le importaba la vida de la madre de Goya, tanto le importaba que él estaba allí porque ella existía y era quién era.
—Y la señora del doctor fue tenista, de las buenas.
El cliente volvió a mirar la foto, más por ganas de mirar a la pelirroja que por saber si la recordaba como tenista. Resultó que sí, que la recordaba. Quizá la había visto jugar en un torneo organizado por una de sus empresas, pagado con su dinero, jugado en un club que le había pertenecido cuando eran sólo tierras que una inmobiliaria que lavaba dinero loteó para hacerlo más rico cada día. Todo eso era posible, y el doble también.
Una luz roja titiló en el teléfono. Celina levantó el tubo sin decir hola. Era una llamada del corazón mismo de la pulcritud, del tipo de llamada que prevé problemas. “Dentro de diez minutos recordame una reunión que no tengo para que me pueda sacar a este plomo de encima.” Pero el cliente sabía que apenas se identificara ante Goya, ese mensaje quedaría sin efecto.
Celina colgó, se puso de pie, se alisó la falda, tosió mientras se tapaba la boca, le abrió la puerta de la oficina principal y dijo:
—El doctor Goya lo espera.


Javier Chiabrando


Escribo novelas cuando puedo. Escribo notas para Rosario 12 y Télam cuando debo. Hago música el resto del tiempo, y la grabo cuando los músicos están disponibles o cuando mis dedos obedecen a mi cerebro. Ahora estoy grabando dos discos de música propia: instrumental en uno, cantada en otra; todo con el apoyo de amigos. Mis últimas novelas son: “La novela verdadera” (Ed.Barataria de Barcelona, 2013) que en 2016 se editará en Argentina, y “Los hijos de Saturno” (Ed. Aquilina, colección Negro Absoluto, Buenos Aires, 2015).
Y organizo el Festival Azabache de Mar del Plata si los planetas no se desalinean. Eso es todo por ahora.  


Facebook: Javier Chiabrando

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