EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

jueves, 23 de junio de 2016

MARIO ARTECA




Escribo a la mañana, y a veces a la noche. Cambié algunos hábitos: antes era sólo a la noche. Pero me di cuenta que todo cuerpo pide descanso. Utilizo los fines de semana como un bien ganancial. No es sólo tiempo, sino que la ausencia de compromiso laboral hace funcionar la cabeza de una forma no habitual. Escucho música para escribir, aunque no es una condición necesaria, desde ya. La música, sea jazz o algún tema de rock, y a veces música clásica, o un film que me interese particularmente, ambienta la escritura, pero no la crea. La escritura, en mi caso, se arma desde sitios a los que estoy desacostumbrado a llegar. Desde hace años escribo libros y no colecciones de poemas (eso no me sale), series continuas que forman un sentido, tanto en estilo como en anécdotas, o al menos trato de hacer eso. Me sucede lo mismo cuando escribo un texto: comienzo tanteando un acontecimiento, una sensación, etc., y después se organiza fragmentariamente, para después volverse una incrustación de voces, que a veces provienen de la calle, de los libros, de mis allegados, de mis amigos. En estos momentos, los últimos años, al menos, la realidad funciona como un enjambre de conexiones cuyos impulsos son momentos de cierta conciencia, y donde los tramos de lucidez se sienten cómodos con la deriva necesaria que debiera tener un poema. Encuentro el poema después del impulso, no antes.  

No sé si el cuerpo se propone diferente al escribir, pero sí siento que cuando ya domé el “asunto” de un determinado poema, experimento una seguridad en la que ya no escucho ni sufro el paso del tiempo: todo pasa en una porción de sentido, que puede ser desmentido, claro, pero cuya mirada sobre lo que se puede escribir es cercana la sensación original. El poema es un deslizamiento certero del primer asombro y del reducto de respiraciones íntimas, pocas veces traducibles. 

Dejo un tramo de un  texto recomendado, en este caso de Mark Strand. 
Se trata de “Clear in the september night”, de su último libro, “Almost invisible”: 

“Lo que hace no tiene que ver nada conmigo. Su desesperación no es mi desesperación. Yo no me pongo de pie bajo los árboles a mirar pequeñas casas. Yo no tengo perro.”


Poemas


De, “Yo no tengo perro”:


DOS ESCENARIOS POSIBLES


1

Las explosiones de los escapes de las motos,
sobre todo de noche. La pesadilla de ese tableteo
treinta y tantos años antes. La música de un combate
lejano, mientras lo que parecía oscuro emergía
con el nombre cerrado de una silueta oculta.
Sin protagonistas reconocidos, siquiera después.


2.

Nuestras certezas cayeron, van de mal en peor.
Un niño desaparece en el lago congelado.
La pista se derrumbó mientras patinaba
con su amigo de colegio. Las calles numeradas
cambian de mano. Su padre no calculó 
con precisión el espesor del hielo y tampoco
el peso del niño. Nadie conoce como él 
lo que significa un error de cálculo. La memoria 
adquiere un espesor del que no estamos 
debidamente informados. Las calles vuelven 
a ordenarse, pero esta vez de atrás hacia adelante. 
En esta tierra, cuya humedad promedio supera 
el sesenta por ciento, no se encuentran lagos 
helados. Así que el niño está a salvo. 
Será un niño sobre un lago helado 
sostenido por la superficie, para siempre.



YO NO TENGO PERRO

Lo que sabemos: lo efímero no se reproduce.
Si la existencia se dividiera por mitades, 
sólo una de ellas sería nuestra; la otra debiera 
enterrarse, como los huesos que un perro 
oculta bajo la tierra para almacenar el apetito. 
Yo tengo perro, podría no tenerlo. Si lo viera 
desde arriba sólo obtendría un punto dorado largo 
y móvil. En el fondo se trata de un gran organismo 
que oculta y parece hacerlo todo por sí mismo.
Un hombre entierra un cuchillo en un huerto, 
después lo extrae y vuelve a repetir la maniobra
tres veces más. “Podría hacerlo mejor”, se dijo.
Y lo hundió una vez más, pero el cuchillo 
seguía siendo reluciente, porque parecía 
no haberse utilizado nunca. “Podría haberlo
hecho mejor”, finalmente se dijo, y guardó
el instrumento en el bolsillo. De vez en cuando
se habla desde el lugar que nadie quiere habitar,
al que muchos quieren arribar, pero que no
se puede lograr sin que se resigne aquella
proximidad a la indulgencia de las presunciones.
No tengo ni tendré de nuevo un perro. Cuando
observaba una casa pequeña, que pudo ser mía,
sentí aquello que podría decir sin que una 
repentina impotencia me hiciera mover los brazos,
como un pájaro, y después –esto es así–, caí 
de rodillas y golpeé el césped con la fuerza
que debiera haber guardado para ocasiones 
más límites. La casa no era mi casa, 
y el jardín no tenía relación conmigo, menos 
el perro que se acercó y parecía compartir 
la misma inercia. Al hombre que miraba 
mis movimientos le deseo la mejor suerte,
porque algún asunto en esto le incumbía
si no fuera porque el escenario era propicio
para verter conclusiones privadas. Dejé
mi sujeto en esos golpes amortiguados
en la gramilla, y sin embargo algo quedó
lesionado, un hueso, un efecto retardado
por la propulsión inmediata. El ladrido retenido 
del animal que traducía cualquier movimiento 
de mis manos. Si alguien me abriera al medio, 
¿saldría un perro? Tal vez sea sólo un niño, 
como sugiriera cierta vez Kluge a Godard. 
El sonido de sus uñas cuando prepara
su agujero en la tierra, y la sacudida 
de una caja de fósforos que acompaña
la operación de enterrar el futuro sustento.
El susurro doble cuando cava y agita.
Podría ofrecerle la inmediatez en un lugar
donde nunca estuvo, y sin embargo, el trabajo
de sus garras desmontaba todo aquello
a lo que me había acostumbrado a observar,
como si me asombrara de que las flores
de mi pequeño huerto también se despertaran
con la luz de la mañana. Sombras y variedad
de grises para resaltar cierta importancia,
determinada idiosincrasia del ocultamiento.
Yo tengo un perro salido de un vientre
diferente al mío, pero no se puede hablar
de vientre si no está abierto, son las reglas
quirúrgicas, el onceavo mandamiento 
no firmado. Y como en una canción de 
The Smiths, después de una fiesta alguien 
entierra una estrella muerta. Pero los dioses 
argentinos son siempre argentinos 
y por ese motivo, cavar, con las uñas 
de un perro la tierra antes removida, 
será rasgar le pátina del azar cuyo secreto 
mayor ofrece un descubrimiento previamente 
conocido. Cuando estoy entre dos pisos
y varias personas salen a mi encuentro, 
suelo echarme al suelo, apretar la cara
contra el polvo. Nunca sé si me miran 
por las mirillas de las puertas. Pero no 
vivo entre dos pisos, por lo que nadie
sale en mi búsqueda y ninguna criatura
me observa detrás de las puertas. 
Tampoco aprieto mi rostro contra 
el polvo de una muerte que no tiene 
que ver con un modelo único de producción. 
La redundancia será lo que se disfraza 
al constituirse –ya lo sabés– y se forma 
desde una máscara a otra, desde un punto 
notable a otro, con la presunción de mostrarse 
sumergida. Aun así, no tanto como ser 
demasiado cercano. The vulgate of experience. 
Hay tantas ideas que merecen la pena,
que al encontrarnos con una la divulgamos
enseguida como propia. Antes de nosotros, 
alguien puso un bocado a resguardo,
porque la noción de futuro se añeja 
desde el mecanismo de escamoteo. 
Cava, y agita, dijimos, en versiones rápidas
y sencillas, para que no fueran halladas
porque sí, y de no llevar a cabo el trabajo 
de desenterrar los objetos abandonados 
como pericias que, aisladas y sin tutela, 
anticipen la factura de los hechos. La carne 
enterrada, una persona que observa y un perro
cavando, son uno. Me tumbaba de espaldas,
decía, y estábamos en un agujero para reventar,
y para torcer el curso de la conversación,
si eso fuera necesario. Y lo es. Tengo perro.
Dejaré de golpear el césped cuando el mirón
se haya ido. De conversar con él, nada
surgiría sino la mirada cuya patente levante 
y pronuncie la palabra, sea la que fuera 
para que permanezca enterrada, porque 
la intención era valorar los frutos 
y no el principio oculto que la activaba. 
Conocer esto supondría saber demasiado. 
Es posible conocer lo suficiente. La mierda 
de mosca se funde con la sombra sobre 
la mesa negra de guatambú recién lustrada. 
Hay aroma, hay industria, se reconocen 
los aromas, y la exigencia en la elegancia. 
El hueso que desentierra mi ex perro tiene 
tanta vida como cuando informa sobre 
el porvenir. Lo reservo. Es nuestro derecho.




VACA MUERTA

                                         a raíz de un mensaje  de Eduardo Espina, diciembre de 2001
  

I

Cosas grandes dices, sobre todo 
en estos días en que anduve leyéndote 
mientras la plaza de la presidencia 
ardía en odio hacia el fracaso 
de los políticos; yo, en cambio, te veo 
a la luz de la poesía total, la que 
se construye sin necesidad de justificarse.
También me sorprende lo de los Small
Faces, pues somos de los pocos apegados 
a la música que estuvo antes 
pero supo esperarnos. Conmueve 
lo que decís, pues te veo como
un surgimiento entre la maleza 
de residuos epocales que va dejando 
la poesía del presente siglo. Creo 
que te distancias, pues al llegar 
ya estabas lejos, lo que yo llamo 
sobreabundancia por falta de déficit.


II

Por cierto, salí por la carretera 
en bicicleta, con tu libro en un canasto 
de hierro. Seguramente anduve 
por cinco horas y en un momento 
vi una vaca dormida, pero me acerqué
y estaba más muerta que ella.
La había atropellado un enorme
ómnibus. Pero cuando fui a decirle 
algo, estaba totalmente quieta.

Un abrazo.
Un abrazo.




GUAU

El ladrido es un soporte, depende del animal 
que lo emite y su capacidad torácica, y esa manera 
de aproximarse al grito humano hasta rozar 
la coincidencia. Hoy quedé varios minutos 
con la mente en blanco, prendido de la fotografía
donde una muchacha, con su piernas cruzadas 
al estilo budista, pero con otro estilo, no podía 
dejar de mirarme. El cabello lacio cayéndole 
sobre la frente anticipaba distintos movimientos. 
La camisa abierta donde sobresalían sus senos 
con conocimiento de causa, y una mueca de aviso 
preventivo lograba que por primera vez en mucho 
tiempo emitiera un sonido semejante a un  ladrido.
Porque cuando decidí revivir tuve la necesidad 
de moverme en aguas profundas, como nunca
pensé hacerlo. Ya irrumpí demasiado en tu vida,
violando cada una de mis promesas, no por maldad,
sino por ausencia de eficacia en la enunciación.
El primer plano de un ladrido no es sólo una superficie
sino el fotograma de un film de Antonioni antes 
que todo estalle y se pierda en un mordisco el vuelo 
de una mosca en el excremento de mi perro. 
Y hay tanto para hablar, si pudiéramos comunicarnos
por señas. Abrí las patas ante la silla inmaculada
que no recuerda cuándo fue la última vez 
que me incorporó. La botamanga de la silla 
cubierta de un orín perfumado, viscoso 
y largo como el lomo de mi perro. Hay gente 
que piensa y respira como vive, como trabaja, 
sobre todo en momentos donde el atropello 
parece dejarnos huérfanos de sentido.
Es difícil imaginar qué sucede conmigo cada vez 
que abro el paraguas. Creo salvarme con él de la lluvia,
pero sólo se trata de un auxilio tóxico y deslucido.
Las personas se vuelven fantasmas cuando ocultan 
su rostro, y mi paraguas es negro, chino, e inmune
a los encantos del viento. Es como tener un perro
y no echarse sobre él como si él lo hiciera de no tener
un amo oculto en la tela de avión de un paraguas 
y en la búsqueda de controlar el mecanismo automático 
que lo abre. Esto no tiene sentido aún, porque hay
un sol que parte la ciudad como un diagonal de luz, 
y donde siquiera las chinches de agua se animan 
a exhibir sus ganchos dentados. Dejé de ser 
esa persona que soy, en contra de mi voluntad. 
No se puede escribir poesía bajo el nivel del mar, 
y aquí, más allá de la ceguera del tiempo 
entre nosotros, las aguas envían su alfabeto 
para que lo corrijamos todo. Una vez robaste 
tu propio bebé, después de ponerle nombre 
y número al hallarlo. Es una conquista con todas 
las de la ley, pero no siempre la norma está a favor 
de los cuerpos, y en cierto modo quería que hubiese 
una acción, aunque no la había. “Sos como un niño”
dijo. “Sí, en eso me convertí. Pero es demasiado 
tarde para arrepentirse.” Después resultaba que 
a un perro se le rompía el hocico, o se le oscurecía 
la piel, o que el esmalte de su lomo se empezaba 
a descascarar. Y eso también era tiempo que pasaba.  


Mario Arteca



Nací en  La Plata, en 1960, y trabajo de periodista. Publiqué entre otros libros: “Guatambú”, 2003, “La impresión de un folleto”, 2003, “Bestiario búlgaro”, 2004, “Cinco por uno”, 2008, “Horno”, “El pekinés”, 2010, “Nuevas impresiones” (Chile), “Circular”, 2012 (Brasil), “Vinilo” (Brasil), 2012, “Géminis” (2012), “Circulante. Antología personal” (España), 2012, “El pronóstico de oscuridad”, 2013, “Irish Republican Army” (2013, Uruguay), “Hotel Babel”, 2014, “Yo no tengo perro” (plaquette, 2014), “Piazza Navona”, 2014, “Noticias de la belle époque”, 2015 y “Hotel Babel. Primera versión” (Ecuador). 
Soy co-autor de “País imaginario: escrituras y transtextos poesía en América Latina 1960-1979”, editado en España por Amargord, en 2014 (hay una edición anterior, de la editorial Ruido Blanco, Ecuador, con algunos autores menos).
Empecé a escribir a los 17 años, llenando cuadernos Gloria, de lo que no queda casi nada. Estudié en el Colegio Nacional de La Plata y en la Universidad de La Plata. Trabajo desde hace casi 30 años en Radio Universidad, de mi ciudad, un lugar fabuloso para crear y volverse loco de alegría, o simplemente loco. Tengo una bella hija de 16 años, Olivia, y un perro salchicha llamado Scott, al que le llamo sólo “salchicheta”. 




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