EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 6 de junio de 2016

MELBA GUARIGLIA






Me he preguntado acerca de la relación del cuerpo y la escritura, sobre todo en función de mi género. El cuerpo pasa por una construcción cultural de quién soy como mujer y cómo me inserto en la sociedad, y la forma como soy visualizada. La escritura de mujeres me ha interesado al punto de ser co-organizadora de un Encuentro de Literatura Uruguaya de Mujeres realizado en el año 2003, del cual salieron sus Memorias (Actas) en el 2005: “La palabra entre nosotras”, que recomiendo su lectura, dado que allí aparecen diversos artículos, ponencias y ensayos de diversidad de participantes, y de gran interés para el debate sobre el tema.

En muchos de mis textos se pueden encontrar huellas de represiones, así como también algunas transgresiones a ciertos mandatos; pero siempre hay una forma implícita de decir palabras que importan de una manera silenciosa u oculta, si se quiere, bajo la imagen del espejo; dado que la condición de mujer es un condicionamiento, una exigencia que es difícil subvertir.

La lectura de Foucault y Judith Butler también me han ayudado a entender la relación del cuerpo con el poder, y la importancia de este con la producción de los discursos. Paradójicamente, el cuerpo no es considerado lo suficiente en el resultado de la creación y en la crítica sobre ésta. Menos aún en lo que a literatura de mujeres se refiere, conceptualizada como sub-literatura, y dentro de ella sobre las autoras en particular.

A lo largo de los años,  mi escritura se desarrolló fundamentalmente en el género poesía, aunque también escribo cuentos, novelas y ensayo. En cada uno de los textos mi trabajo se relaciona con el lenguaje, y este con las distintas maneras de lograr la comunicación con el otro. Esto es así, tanto en lo que tiene que ver con las imágenes internas, sobre todo en poesía, como con la realidad, de la cual también es parte el lenguaje.
El procedimiento no requiere en mi caso un llamado especial o una inspiración. Escribo sintiendo o siento pensando, en un proceso intelectual que intenta comunicar el sentimiento frente a la indiferencia del mundo exterior.
Elegí la poesía, desde niña, porque tengo la necesidad de trasmitir en pocas palabras la sensación de incomunicación que me atraviesa. Es una búsqueda incesante e interminable de arribo, como de llegar a un puerto, al que no llego (ni llegaré) nunca.
Creo que la síntesis, el gesto simple y breve, me traduce mejor, porque me hace creer que estoy llegando.

Lástima del bosque
que no puede ver lo invisible

ese pequeño árbol a la deriva.

La lectura de libros o textos poéticos están en relación permanente con la escritura. Antes o después de escribir, las imágenes esperan a que las mires y las transformes para hacerlas tuyas. Y en las otras ramas del arte, como la plástica, el cine y el teatro, también están allí; como una ofrenda de la cual seleccionas la que mejor te convoca para continuar con ese proceso interminable, donde para mí, la comunicación es el objetivo, o el llegar al otro de cualquier manera, aun en el imposible.

Cuando escribo poesía, mi conmoción pasa por un permanente conflicto conmigo misma, un malestar, una incomodidad, como un deseo insatisfecho. Sin embargo, cuando escribo prosa caigo en estados de enamoramiento de los personajes, al punto de que he llegado al llanto cuando alguno de ellos tiene que morir.



Farsa

Soy un demonio prisionero
un ángel violentado en la cuna
eligiendo voces para no decir nada.

La sorpresa inutilizó las cuerdas de la furia
se fueron las palabras en fila
por enorme boca
a recorrer ciudades
a poblar torres de lenguajes desconocidos.

Soy un pájaro hembra
múltiple espectáculo in vitro
una mujer de la vida
unívoco acto de la primera farsa.


Identidad


No soy igual a mí misma
invito a responder a los dioses
si existe alguien que nos plagia
emisario de un lugar distante
copia de su origen.

Alguien me parió dos veces
y me dejó extranjera
nos hemos borrado en el vértigo de otros
nos absolvemos mortales.

Soy una mujer demorando
la suerte de ser ella

el lado oscuro del paraíso.



La piel

La piel es un nudo
nacimiento/origen.

He crecido hasta la cicatriz
el insomnio
la estúpida sabiduría de los años.

Todavía me queda desollar los sucesos
uno a uno
construir un amuleto


y revestirme.


Utopía

salirse de la página
batirse con otros
estremecer quietos espacios
fuera de mí
hincar a pleno la espada

ser piedra que abre círculos en un pozo
ecos rodando en el aire
al infinito

y solo soy canto inmóvil
espantado
repicando en el fondo



Intemporal

anónimos mandatos
surgen  en malos sueños
como de mala noche
todos los ciclos tienen algo
de espejismo
suspenso de película 
artífices de novela
interminable
aguardando otoños y regresos
colores apagados

no sé qué decir hoy
no tengo nada
destejo mis ficciones
perdida en el libro del universo

impresa en bastardilla


Sin embargo, en el cuento y la novela, particularmente en esta, el procedimiento de la escritura en mí tiene alguna diferencia; investigo el tema en sus aspectos más nimios, procuro descubrir el punto de vista subjetivo, aun cuando elijo textos realistas, o tal vez por ello. Procuro instalarme en un tiempo y un espacio menos universal, más concreto, en el cual las voces sean veraces y envíen señales de los deseos de mostrar un momento de la historia, de cambiar la realidad por otra menos injusta y más sincera:

…Las casas donde me tocó habitar en el destierro fueron planicies donde reposar los viajes, subsistir las apariencias, sitios pasajeros en los cuales se iban conformando las razones de una búsqueda, de salto en salto, como los gorriones, dejando miguitas por las dudas, para los que vinieran después o, en todo caso, para volver. Las imágenes de las moradas permanecen, aun aquellas asentadas en lugares que parecen personales y de un día para otro dejan de serlo, como si estuvieran sobre postes en medio de un tornado. El papel fotográfico es sensible, recoge los instantes de la luz y los detiene, las agujas del reloj, en cambio, avanzan de sol a sol. Perduran los rostros como marcas de plancha mientras las casas se van estropeando, los niños continúan creciendo, las presencias se transfiguran y la fisonomía verdadera de los seres pierde el matiz, el semblante, y es infructuoso el reconocimiento. Solo queda un negativo revelado, apenas una copia en vida de lo que deja de ser y se convierte en recuerdo…

 (De La memoria de los nombres, Yaugurú, 2012)




Melba Guariglia

Nací en el barrio Capurro, en Montevideo, Uruguay, en 1943, a orillas de la bahía del Río de la Plata, desde donde se ve la efigie del Cerro de Montevideo y en el horizonte se recorta el perfil de los edificios del centro de la ciudad. Con esa imagen aprendí a leer, a dibujar y a escribir. Empecé a leer a los clásicos tempranamente, amparada por los consejos de mi madre y por los libros que me regalaba en todos los cumpleaños. Desde entonces quería ser escritora, después vendedora de libros, luego editora y periodista, actividades a las cuales pude acceder y desarrollar a lo largo de los años, tal vez por mi propia tenacidad, más que por las circunstancias. 
Estudié Trabajo Social y me recibí en la Universidad de la República, de la cual fui docente en el Área de Publicaciones. Mi labor profesional fue en el campo de la infancia en situación de vulnerabilidad, en el actual INAU, de donde me jubilé hace ya unos cuantos años. Allí pude realizar numerosas investigaciones en ese campo y en el de la violencia doméstica, varias de las cuales han sido publicadas, producto de trabajos en equipo.
En los tiempos oscuros de la dictadura en Uruguay, me vi obligada a salir del país y a radicarme en Ciudad de México desde 1978 hasta 1986. Estos años marcaron mi vida, y mi escritura comenzó a transitar por caminos donde el vacío y la soledad impregnaron el lenguaje poético. El dolor del lugar perdido, el hueco de las ausencias, me despojaron de palabras para expresar los sentimientos y solo el pensamiento contribuyó a construirme. Afortunadamente, un niño y los talleres literarios del Instituto de Bellas Artes mexicanos, fueron mis bases para continuar la lucha diaria en ese lejano lugar, así como los trabajos de periodismo cultural a los que me dediqué. Paralelamente aprendí a corregir textos en periódicos y editoriales, lo que me dio la posibilidad de ejercer un oficio que más tarde derivó en la editora que soy. 
Allí aparecieron publicados mis primeros textos: una publicación colectiva de cuentos de la Universidad Autónoma de México: Rounds de sombra, y una plaqueta de mis primeros poemas de exilio: El sueño de siempre. 
Un día del año 2000 recibo en Uruguay, como una asignatura aprobada al fin, un poemario de 1981: Sublevación del silencio -Palabras del exilio-, poemas escritos en México, editado en ese país por la Universidad Autónoma del Estado de México.
A mi regreso a Uruguay, en 1986, instalada la democracia, trabajé en medios periodísticos como redactora, así como colaboradora en revistas culturales, y fui correctora de editoriales y medios de prensa escrita. Al mismo tiempo, fui restituida en el cargo de Asistente Social del INAU donde había sido destituida por nociva a los intereses del Estado autoritario de la época. 
A partir de allí mis publicaciones en poesía fueron: La casa que me habita, A medio andar, Señas del derrumbe, Oficio de ciegos (que obtuvo el Segundo Premio Nacional -compartido- del Ministerio de Educación y Cultura en Poesía inédita en 1996, y Mención en poesía editada en 1997), la antología Entredichas palabras y Pequeñas islas.  
En Uruguay también me dediqué a la gestión cultural, co-organizando numerosos eventos: Primer Encuentro de Literatura Uruguaya de Mujeres -y co-editora del libro La palabra entre nosotras, memorias de ese Encuentro-, Un solo país, con el Ministerio de Educación y Cultura, Movida Onetti, en el departamento de Colonia, y Homenaje a Federico García Lorca, con la Casa de los Escritores del Uruguay, entre otros.
En narrativa fue publicado en Uruguay La furia del alfabeto (Des-cuentos), y La memoria de los nombres, novela, editada en 2012.
En 2015, Yaugurú reedita la puesta a punto del libro La casa que me habita, a treinta años de su primera edición, como un homenaje también a los años de mi regreso.  
Fui fundadora y ex Presidenta de la Casa de los Escritores del Uruguay (período 2006-2007), y actualmente dirijo con gran entusiasmo Ático Ediciones, pequeña editorial independiente que creara en 2006 y que ganara el Premio Morosoli a la labor editorial en 2013.
Escribir sigue siendo mi estrategia permanente de sobrevivencia.






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