EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

miércoles, 8 de junio de 2016

PATRICIO TORNE



Nunca tuve un procedimiento que podría señalarse como un “modus operandi” a la hora de escribir. Lo que comienzo de un modo puede terminar de otro: una lectura, una canción, la cotidianidad alterada, el paisaje, la realidad imperante, mis conflictos afectivos pueden ser el disparador de un texto que, finalizado, no refleja absolutamente nada de eso, quizá una palabra surgida de aquella idea primigenia, termina apoderándose del poema y ya es imposible no dejar que sea el centro del poema. Puede ocurrir, también, que una palabra, una imagen interna o material, funcionen como la patada inicial de un texto que, apenas concluido, me pide a los gritos que no lo deje solo, que la cuestión va por algo de más largo aliento, y es entonces cuando me siento compelido a cumplir con ese reclamo que hasta es capaz de no dejarme dormir, no puedo estar en paz, y es así que entro en un estado de permanente inquietud y dependencia del tema, me resulta casi imposible evitar que todo se vuelva vinculante, y comienzo una obsesionada búsqueda de cosas que hacen referencia o aluden directamente a eso que va creciendo como una bola de nieve. Casi todos mis libros son el resultados de ese proceso (estado sería la palabra), y terminan siendo obras conceptuales, si cabe la expresión. Aunque si tengo que ejemplificar, dos de ellos son exclusivamente temáticos: “Donde muere la lógica” (Ultimo Reino 1992) sobre la vida del pueblo Nuba que surgió de una fotografía de Leni Riefenstahl  con la que me encontré azarosamente, y me llevó a una investigación sobre esa tribu y la vida misma de Riefenstahl, y el otro libro es “Perros y más perros” (Editorial deacá 2015) sobre mi propia experiencia militante en la organización PRT-ERP en los años 70, intentando poner otra mirada sobre esa experiencia que va más allá del discurso político, histórico, y social que se hace al respecto. 

Como tiendo a acumular, como quien guarda por las dudas, del mismo modo en que he guardado revistas literarias, de diseño, de arquitectura, de artes en sus más variadas expresiones, las nuevas tecnologías e internet, me permiten acceder a imágenes que guardo en carpetas para mirar con detenimiento cuando tengo tiempo y disfrutar de ellas e investigar sobre sus autores, familiarizándome con expresiones a las que,  sino fuese por ese soporte no podría  haber accedido. De de esas imágenes, justamente, me valgo para escribir casi a diario, como quien se propone un ejercicio para despuntar el vicio, y suelo encontrarme con resultados que más de una vez me satisfacen. 

En fin, si tuviese un método sistematizado mi respuesta sería más simple, aunque mucho más aburrida, claro que sí. 

Pienso que uno escribe con el cuerpo, y el mío se tensa, transpira, se agita, se cansa. En algunos procesos de escritura, la obsesión no me permite dormir y me levanto, anoto cosas sueltas, palabras que me dictan esos estados que luego se incorporan o cumplen una función en el texto final. Terminado el proceso creativo, el cuerpo se relaja, descansa, me permite disfrutar de otras cosas que la cotidianidad me ofrece, vuelvo a la normalidad, hasta otra oportunidad.

Poemas


De, Materialismo dialéctico


Materialismo dialéctico


Yo vengo de una casa descuidada.
En ella cualquiera entraba sin permiso 
ni justificación alguna salvo la de saciar sus 
propios deseos.
El lechero, por ejemplo, cada mañana
abusando de todas y cada una de mis hermanas. 
Leche en abundancia para ellas, que vino,
con el tiempo, a representarlas concienzudamente 
como holando argentinas y helvecianas.

No es casual y aquí se explica el por qué
me espanta la aparente fugacidad de los vendedores 
ambulantes: heladeros, afiladores de cuchillos, verduleros, 
pescadores, buscavidas de todo tipo, siempre atentos
a cualquier descuido de mi parte.


Mi padre, sin embargo, quiso –sin poder –
poner algo de orden. Lo único que consiguió
–lo pienso ahora – es lucir una mortaja 
proporcionalmente blanca y bordada
a su desesperación, ya sin problemas en la próstata.


En mi casa entraban los perros, los suicidas, los 
atorrantes de toda laya, y organizaban 
campeonatos de fútbol, después de comerse lo 
que había en la fiambrera.
Uno de esos atrevidos –el turco negro –
confundió mi cama con la de mi madre,
y desde entonces
vive enamorado de mí, igual que lapa adherido a la piedra, lo llevo 
en cada instante y escribo cosas con qué satisfacerlo o 
espantarlo definitivamente.

La cuestión sería despertar y saber que ya no duerme a mi
lado, recordándome la casa en que me crié.
Esta manera de ser que confunde a toda gente
señalando como extravagante lo que sólo fue indigencia.



Ley de fuga


Pasa el fuego, la invisible serpentina del dolor y la prueba de estar secándose  hasta partirse sin que ninguna palabra, brotando de la desesperación, venga a convencer al que maneja los voltios.

Alguien con el rostro desencajado mira desde el techo. A veces es tu madre, la maestra María Rosa, el padre José, su hermano, el Corcho Antúnez que lo desorienta porque ayer quedó tirado en la vereda en un charco de sangre. Algo  inentendible le dicen desde las alturas. Después desaparecen tras la venda que oculta sus ojos.

La lengua no es la lengua. Es un trapo que se estruja después de tanta sangre inflamándolo hasta creer que se revienta. Un trapo de finísima tersura con el que se limpian los objetos más preciados para volverlos a guardar sin entregarlos al que, con tanta insistencia, los reclama: una fecha, un lugar, ciertos nombres, los ojos de la Colo, un documento, números, y esa furia que anida en el olvido, la mentira o el terror de morirse sin tener las manos de su vieja para darle consuelo. Ese paisaje helado es el futuro, está pensando. Pero no es el frío lo que aterra, es el fuego naciendo del hielo, el desamparo que lo hace arder mientras tiembla y nadie, salvo ellos sobre ese cuerpo. Haciendo pensar que es mejor si todo pasa rápido, aunque siente que el tiempo se detuvo en la cima del dolor.

Aunque vuelvan los rostros como ángeles guardianes de su infortunio, nada impide que se sienta carne puesta en la parrilla. Entonces ve que aquellos ojos se iluminan de lágrimas y la última esperanza es evitarles el sufrimiento. Después viene la sed, una sed inmensa que de sólo imaginarse desespera, el miedo y la duda de no haberse distraído y traicionado. Un interruptor que se apaga. El informe del forense y su nombre verdadero en la primera plana de los diarios.


Textos inéditos


TÁCTICA

Tensar la cuerda hasta saber que el vértice opuesto, 
es tanto o más resistente que la intención puesta en evidencia. 
Probar el grado de vulnerabilidad que hay en el aire. 
Después, igual que polen cuando cae la tarde, 
dejar que el cuerpo ceda, como quien se deja estar, 
apenas a ras de tierra. 
El guerrero piensa en cómo encontrar las formas 
de llevar el pan, el guerrero se cansa, tiene hambre. 
El guerrero sabe que no es lo mismo hacer el amor 
que ser un pastor de dios, 
los pastores son amorosos y merecen ser amados, lo sabe, 
pero él prefiere hacer el amor, y de eso nunca habla.
Aunque piensa muchas veces en el amor, 
sabe que debe encontrar la forma de no sentirse 
derrotado antes de ver el pan. 
Como quien tiene la certeza de saber 
que hay un carozo en el medio de la pulpa, 
o flechas prestas para el arco.
Así el guerrero, con la parsimonia de un monje, 
pensará en los pros y los contras del acto a seguir. 
De ser abatido, no ha de ser Goliat, 
habrá de erguirse como David. 
Si por el contrario, es suya la contienda, 
será el viento quien esparza la buena nueva. 
Por sobre todas las cosas, el guerrero sabe 
que toda gloria es pequeña para cabalgar en ella, 
que todo gesto, como toda cuerda, debe ponerse a prueba.


FRUTAS


Walter, el verdulero del super me dice 
si no quiero “unas bananas para hacer licuados, 
están buenas, pero como las cáscaras están manchadas 
la gente no las compra, 
aunque están buenas y hay que tirarlas”. 
Elijo unas cuantas y siento que ya tengo asegurado 
el licuado para cuando vuelva de correr. 
Me hice de unas bananas que la gente no lleva. 
La gente exige calidad, aunque más no sea 
en las apariencias. Las bananas, dicen, son mejores 
cuando más maduras están, pero, a decir verdad, 
se compra por los ojos, 
el resto viene bien para el licuado. 
A mí me gustan las frutas, desde siempre 
me gustan las frutas, desayuno con frutas. 
Será que cuando chico, en mi pueblo 
no abundaban más que los cítricos, 
a los que no considerábamos más fruta que un níspero, 
las moras, un ubajay, las guayabas, el pisingallo, 
eso que brotaba por naturaleza 
y estaban allí al alcance de la mano. 
Las frutas nos llegaban en un colectivo antiguo 
transformado en galpón ambulante donde estaban 
los cajones con las manzanas, las bananas, las peras, 
las uvas, los duraznos, las ciruelas, 
y no mucho más que eso. Una cavidad 
donde las abejas libaban libremente el néctar despedido.
Yo me acercaba con mi madre por el sólo hecho 
de ver cuánto resistía sin pellizcar una uva, 
sacar una ciruela, o sentir que se llenaba 
mi boca de saliva de sólo ver y sentirles el aroma. 
Algunas se comían a cualquier hora del día, 
otras eran el postre. Algunas se vendían por docenas, 
y otras pasaban por la romana. 
Mamá pagaba, y el olor penetrante 
se trasladaba a la cocina y la galería 
donde esas pulpas dulces y tiernas se exhibían 
en unas fuentes de vidrio por no más de un día 
cuando ya serían devoradas por la gula 
de un chiquerío imposible de conformar. 
Me gustan tanto las frutas que se me contrae el corazón 
pensando en que hay bananas que se tiran por unas manchas. 
Es posible que nos estemos volviendo irrespetuosos 
de nuestras historias, de algunos padecimientos 
que calaron como banderas, esas cosas que nos volvían 
más pudorosos ante los excesos. 
A mí, sin embargo, ver o imaginarme ciertas frutas, 
todavía, me hace agua la boca. 
Quizá, como decían en casa, 
haya algo de pájaro habitando mi espíritu.
No hay exceso que pueda con ello.




ORNAMENTAL

Entonces confundían la posibilidad de elevarse con ser felices. 
Les bastaba con ir hasta el borde de la tabla, balancearse 
al compás del corazón, y se lanzaban a un abismo no exento de peligro. 
La belleza del riesgo combina altas dosis de precisión y estética, 
donde descontaban la seguridad y el control total de movimientos 
al que exponían sus cuerpos. 
Llegaron a creer que su retórica acrobática 
se enmarcaba en la mismísima Costa del Peloponeso. 
El encanto de los múltiples factores que los arrojaban 
al abismo celeste de las aguas, hacía que disfrutaran 
igual que el hipocampo devorando su presa. 
Como él, no tenían saciedad. Pero entonces, algo no encajó, 
o estuvo fuera de lugar, o a destiempo. 
Fue poco el impulso que se dieron? 
La elevación no les alcanzó? 
Llegado el punto no supieron sincronizar? 
Como es que salpicaron hasta el mismo jurado?
Entonces estaban mareados en la confianza de coordinar 
el uno con el otro. 
Les bastó con eso, y trazaron metas sin saber 
que no era cuestión de confianza sino de entrega. 


SECUOYAS

Como esas secuoyas que viven 
del aire fresco de la costa, donde la niebla 
mantiene una humedad constante, 
en ese bosque durante todas las estaciones,
y ellas deslizan su altura, año tras año, 
tomando su destino de grandeza 
con absoluta naturalidad.
En ese bosque 
donde las intensas lluvias despojan 
de los nutrientes necesarios, 
haciendo que esos gigantes dependan
del reciclaje de los helechos 
y los árboles muertos 
que también nacen para morir 
más temprano que tarde,
y convertirse en  alimento para darles vida.
Allí en el Redwood National, 
donde se convocan
los que apuestan a vencerlos 
con sus herramientas y máquinas Caterpillar, 
porque está en su naturaleza
mostrar que son más fuertes 
que esos troncos  gigantes,
y no les importa 
poner en riesgo su libertad
ante los federales, o aportar al exterminio 
del búho Spotted
que tiene su habitat en ese 
mismo bosque. 
Como ocurre con las secuoyas 
cuya altura es admirable,
produciendo pánico o recelo,
siempre han de ser más pequeños
los que intenten derribarte,
los que arremeterán contra tu altura
y no han de cejar hasta verte herido.



LOS PIBES DE LAS ALTURAS

Aprendimos jugando en el cielo de la desdicha. 
Antes de ser lanzallamas, fuimos el puro fuego. 
De algún modo éramos el gesto que anticipa el detonante, 
mientras reíamos como ausentes de todo riesgo. 
Nada de lo que ha sido oscuro nos fue negado, 
y en esa intangible oscuridad nos elevamos 
cuantas veces fue necesario tratando de ser felices. 
Tocamos el sol, y quemadas las manos arrojamos arena 
en los ojos de los cobardes, esos que nunca 
se animaron a tirarse desde el cielo y en picada. 
Ellos no merecían ver nuestros juegos, 
no estaban en condiciones, ni tan siquiera, de envidiarnos. 
Tomamos las alturas como un campo desprovisto 
de imposibilidades, y a ese cielo le pusimos maleza 
para que los poderosos crean que era un baldío. 
Fuimos dichosos aún cuando nos faltaron dientes 
para masticar las cuerdas que habría de sujetarnos 
cuando volvíamos de aquella altura. 
Tuvimos tanta sed, tanta hambre, 
como marcas en la cabeza. 
Somos esos que cada tanto se juntan a cantar bajo el arco iris, 
y miran crecer el río con la calma de los condenados.



MI MADRE

Mi madre fue la primera en advertir 
que vivir en éste mundo no era fácil, 
por eso me enseñó 
que ciertas cuestiones 
no han de tomarse a la ligera. 
Y lo hizo a su modo,
muy eficazmente. 
Mi madre era analfabeta, 
desconocía a Piaget, 
su teoría del desarrollo cognitivo,
y los manuales básicos 
sobre psicología infantil.
Cuando niño, 
supo darme 
penitencias y castigos 
necesarios,
advirtiendo que la vida 
sería menos condescendiente. 
Por eso, 
aunque lo intentara,  
el mundo no pudo matarme.
Mi madre, 
más que tierna y amorosa, 
fue acertada, fue justa
en el instinto 
de preservar la cría. 


Patricio Torne



Desde que tengo uso de razón me vinculé al lado creativo de la vida, nacido en Helvecia, provincia de Santa Fe, saqué provecho del río, de las islas, de las calles de arena, de su gente, para que mi niñez nunca deje de ser un lugar de añoranza. La lectura y escribir, junto con la plástica, y el mundo del arte, es algo que surgió tempranamente, a contramano de todas las costumbres costeras, igual que la militancia y mi interés por los conflictos sociales. Esto hizo que muy joven partiese a conocer la república y, de haber sido posible, el mundo todo. Pertenezco a esa generación diezmada que ofrendó parte de su vida para que la historia se escriba con sangre. Conocí las cárceles y los lugares abyectos de la peor dictadura, pasé por la Universidad pero mi pasión siempre fue arbitraria a la hora de formarme: ser autodidacta me brindó la libertad de elegir qué estudiar, y agregarle una obsesión que ninguna institución es capaz de generar. Me formé como eso que hoy denominan ampulosamente “gestor cultural”, aunque yo se bien que es pura pasión por las cosas que hago. Hace 30 años que vivo en Villa Mercedes, San Luis, trabajando en la Universidad donde doy Talleres de escritura, y me encargo del área de Cultura y Artística en Extensión, una denominación rimbombante e ilimitada para un cargo en el que, si bien puedo desempeñarme a gusto, es un modo que tiene la institución de ponerme donde menos moleste.  Es probable que esta vida mía, mezcla de aventura, monje y anarquista, sea el caldero inagotable que me permite escribir para estar vivo.

Libros editados:

Orbita de Endriago (Filofalsía -1990)
Helvecia y Otros Tópicos (“Todos Bailan” -1990) 
Donde Muere la Lógica  (“Último Reino” -1992)
Anacrónica (Ediciones de la nada - 2000)
Perros (Editorial Revistas Callejeras - 2010)
Materialismo Dialéctico (Editorial deacá – 2013)
Perros y más perros (Editorial deacá – 2015)


petorne@yahoo.com.ar







2 comentarios:

  1. Excelentes poemas Patricio y esos poemas que son como gritos. Hermosos.

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    1. Gracias Gustavo!!! Un honor tus palabras. Gracias

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