EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

jueves, 2 de junio de 2016

ROXANA PÁEZ





No existe para mí un procedimiento previo, sino un llamado ("El llamado del Relincho" decía Madariaga). ¿Qué estímulos tienen eco en la mulier faber que se pone a objetivar en un artefacto,la energía de un impulso de motivaciones misteriosas?
Ese impulso viene de un golpe (¿de dados?). Para mí, de las palabras... Ellas irrumpen, una serie de ellas, como un cartel, una señal que sigo, como el cabo de un hilo, a veces años. ¿Qué hay en ellas, qué me dicen? Sólo lo puedo descubrir con la lengua. Esas palabras que irrumpieron en el “cielo” de la pantalla o de una libretita, terminan siendo el nombre del extraño objeto hecho de palabras. Todo lo que excite la configuración que poco a poco se vislumbra cuando empieza a “definirse”, vendrá bien como puntos de alimentación y de empatías, pero rara vez, esas fuentes de alimentación o excitación, no son de la misma materia que la irrupción inicial: palabras.
A veces, a los novelistas, se les aparece el tramo de una historia para contar. A mí, desde los nueve o diez años, más o menos, se me aparecen palabras, que no me interesa descifrar porque no creo en un significado oculto, sino desplegar como pistas -de aterrizaje de la intensidad. Descubrimiento y objeu.


La concentración o la dispersión, múltiples ojos que miran en distintos niveles, sin división entre mente y cuerpo. Para mí, escribir, es bien animal (uno con muchas antenas o con un oído muy fino o que se mimetiza, un poco etnólogo). Y este animal se droga de sinapsis. Muchas veces a diferentes niveles de lo que sea la realidad. Revelación de la realidad, ¿del lenguaje? Para este animal viene a ser lo mismo. Y sus escupitajos son como haikus (revelaciones). O, en palabras de Virilio, intuiciones: un exceso de velocidad del pensamiento. ¿O del lenguaje? Detrás viene metódica, la artesana, la albañil que busca la solidez de tales figuras.

Comme les animaux habitent les éléments où ils vivent, les hommes habitent l’espace où ils voient, et dans l’espace où ils voient les hommes s’introduisent dans tout ce que la lumière éclaire, comme les animaux dans l’eau, dans l’air et dans la terre où ils vivent s’introduisent dans tout ce que l’obscurité éteint (...)
L’homme cherche une place mais il ne sera jamais là où il faut qu’il soit pour être là.

Jean-Luc Parent

Como los animales habitan los elementos en los que viven, los hombres habitan el espacio que ven, y en el espacio que ven los hombres se introducen en todo lo que la luz aclara, como los animales en el agua, en el aire y en la tierra donde viven se introducen en todo lo que la oscuridad apaga (...) 
Jean-Luc Parent (traducción de RP)


Poemas del libro inédito: Impasse de la Ballena*

IMPASSE DE LA BALLENA

Como el costillar metálico 
en la carne se incrustaba presionando
la base de las mujeres pomo
desbordadas y cubiertas debajo como un altar.

Vaivenes
multiétnicos. El nombre de la calle de los bares
fue un hombre que fabricaba telas pintadas.

Sedán, un empresario textil,

se volvió la vía por la que mi vecino giró
para llegar
en moto a la plaza León Bloom
que preferí llamar “Leopold...”. 

Era el mismo camino
que Saer recorría 
por el bulevar Voltaire.

Antes de mudarse al sur,
y escribir La pesquisa
en homenaje al Barrio.

La última vieja fue asesinada
en la calle Saint Maur, donde todos
alguna vez vivieron (a la vuelta):
el hombre de la Corte Internacional
de la Haya que mi madre recordó, 
la veneciana
que redactó una tesis sobre Luzi,
el crítico de música 
cuando fue estudiante,
además de Soraya, la peluquera berebere,
Jams Scylla que da cursos
de danza de Guinea, pero le cuesta embocar
los números para poder abrir su propia puerta.
La librería que no  exhibe los valores de la rentrée.


El amor vive aquí, como si hubiera vivido
siempre. Prefirió las calles movidas 
por tracción a sangre,
a la torre Eiffel. Se vino en bicicleta. 
Desbordó el sótano de tantas cosas para
arraigarse o mantener una vida subterránea.
Yo misma vivo también aquí.

En la otra calle bajo “mi ex casa”
quesos redondos ahumados 
atados como boleadoras,
en la cooperativa italiana. 
Cada mañana su llegada en furgón provocaba
un embotellamiento y bocinazos
que me despertaban alegremente.

O porque entrabas en la boutique de una africana, 
y yo te esperaba mirando la vitrina,
las pulseras de rafia
los anillos y gargantillas de plata.

No es el crisol de razas, 
ni el exotismo entre vecinos,
ni el París que tal vez existió. 
Ni la Boca cuando
Europa se mandaba desde Génova
al sueño, con fundamento y trabajo manual.


LA MANZANA


Se llama “La alfombra mágica”,
organizan viajes a la Meca.

¿Es humor? ¿Exotismo? Ambos
 venden
a los árabes que no son de Arabia.

Voy

viajando

a la vuelta de mi casa. Pienso 
en que Borges escribía Alcorán
y en cuántos camellos y camellas
hay dentro del Libro, si bien
en el Maghreb
sólo existen dromedarios.



“NO TE OLVIDES DE ESTAR EN VARIAS PARTES A LA VEZ”


Lo vimos enseguida
en la vereda.

La gente vacila,
a un punto tal, que se vuelve difícil
pasarla en el trayecto
al mercado, la sinagoga,
la mezquita, el bazar, el bar.

Un balanceo.

A cierta edad o tal vez por el peso,
una oscilación general. Pero
también las mujeres asiáticas 
que vinieron para ejercer
en la vereda
                                     basculan. 
Como nosotros, un pie aquí
un pie allá.
Una danza del genio
del Lugar   a miles de leguas,
du Lieu à milles lieues. 


derecha     izquierda,
claqué sin ruido que dibuja la vacilación
como mínimo
                                            entre dos lenguas.


EL ROBO


Sólo se veían los dibujos de la silueta
masculina en cada puerta.

La escritura, femenina. 
El escritor, masculino. La mujer roba
el fuego y lo paga con diferentes condenas
según la condición, la época, el nacimiento

cuando fuiste
varios años analfabeta.

De vuelta de las vacaciones de invierno
en primer grado, no te acordabas
si debías escribir de derecha a izquierda
o viceversa.

Tu abuelo te enseñó caligrafía
en esas travesías por hojas y cuadernos
en lugar de pentagramas.

Buscaste tu música iletrada.

Tus notas de salvaje, tus malabarismos
sin intención. A los once copiaste
la inclinación al chico de la vuelta, sus letras. 
Tenían un poder, una importancia, yéndose
al este se parecían a las crípticas de tu padre
« especialista en niños » (decía la placa).
Casi no podías dormir. Tenías que confesarle
tu conversión a la maestra, lo realmente 
encomiable, la redondez clara que lograbas
imitando maestras ¡se acabó! 
Fue como cambiar de partido, de sexo.
La angustia de decírselo. Su decepción
anticipada. La tecnología de la que se fue
apoderando tal pequeño yo.

 


Roxana Páez


*Diez años anduve amueblando ese Impasse, con una mirada de mosca. Son poemas descriptivos, hablan de un “pueblo” dentro de una gran capital. Sin embargo, los imanes estaban en el nombre de una calle donde hubo un fabricante de ballenas para corsets, esas palabras enhebradas: fue a partir de ahí que me puse a guardar lo que veía u oía como flaneuse o ciclista en anábasis y katábasis con una atención flotante.
También en “La manzana” la chispa fue el descubrimiento callejero de la utilización comercial de Las mil y una noches  -como un reflejo barroco- para viajes reales a la Meca.
Hay un especial acento corporal en los dos poemas siguientes. La oscilación del paso objetiva la que se produce entre las lenguas que poseen todos esos inmigrantes, saltos en una misma frase como si fueran de un continente a otro al hablar, en una permanente teletransportación por las palabras.
La escritura es tan física, un tallado incisivo, casi siempre de orfebre,  y otras escultura o poda frente al volumen total, tronco observado por la pantalla de un diagramador. Ya sabemos que en poesía el ritmo es también visual.



AUTOBIOGRAFÍA FINGIDA POR UNA NIÑA

Me encanta oler a humo,
sentir la fumée
irrumpiendo en la bola
atmosférica del otro,
volver a oír
a mi abuelo diciendo
"ni loco besaría 
a una mujer que fuma"

La amiga de mi hermana 
pasa por la calle de abajo
frente al baldío. Las montañas se recortan
azules en el fondo.
Antes la tierra seca cortada por la calle
de donde bajas del troley
y caminás hasta el monoblock.

Son varios metros y alguien te podría 
de hecho un hombre baja detrás tuyo
te sigue, mete su mano entre tus piernas
desde atrás
como si fuera la cabeza de una víbora.

Lo hace diciendo palabras que te olvidaste
y se va. Sólo te rozó sin más.

La amiga de tu hermana pasa con tu blazer 
azul y entallado con que debías ir a la escuela
mañana.

Tu hermana ha vuelto a hacer saltar el candado
Vas a pegarle cuando la veas, patadas en el culo.
Tirarle el pelo
para que deje de ser mala.
Ha sacado el cassette con la voz de tu padre
que también era su propio padre.
Lo ha borrado, para grabarse otra cosa 
encima. Ya no tenemos nada de papá.

En el cassette papá nos hablaba, cantaba,
tal vez silbara. Nos extrañaba
en Buenos Aires.

Una vez volvió de un Congreso.
Me acuerdo que volvió y quiso besarme
y yo le dije que no lo reconocía.

Mi hermana se hizo tomar una foto 
con las piernas abiertas, bien abiertas
como si fuera a parir. Pero no está 
embarazada. Tendrá 15 años y 
no se depilaba.

Mi abuela se asoma y abre de pronto
la carpa y ahí está mi hermana
con mi compañero de teatro. 
Mi abuela se pone a gritar.

Mi papá volvió de la guardia 
y  me pidió mi muñeca de trapo.
Mi papá quería dársela
a una nena que se iba a morir.

Mi papá se murió
un sábado o un domingo.
Se cayó y se calló. 
Iba por un desfiladero.
Habría una tormenta de nieve
o mucho viento y se desbarrancó
allá en un abismo.

Tenía 25 años el que iba con él.
Ahora sé que no iban encordados.
Que el chico bajó para buscarlo
y que no pudiendo acceder al punto
se murió congelado.
Esto lo supe el año pasado. No antes.
No durante treinta años.

Por entonces para mí no era un chico.
Un hombre de cara redonda.  
Y durante la búsqueda
escuché que su mujer y él habían querido
tener hijos, no podían.

Había escrito sobre chicos que se dormían
congelados, sacrificados por sus padres
caciques. Había robado los cuentos
al hombre que reemplazó a mi padre
sin haberlo nunca reemplazado.

Decíamos: El 25 de mayo nació
un caballo, levantó la cola
y le salió un zapallo.
Febo asoma punto y coma los zapatos
de tu abuelo son de goma y los míos
son de acero.
En el cielo las estrellas, en el campo
las espinas y en el centro de mi pecho
una lata de sardinas

Todo venía de la educación patriótica
que se trasladó al tango Volver
con la frente marchita y la verga chiquita
de tanto cojer. Con jota.

Muchas chicas nos ponemos 
a fotografiar las flores del maestro Gérard
abrazadas a los yuyos,
yuyos coronados con floraciones
peinadas y de arrabal.

Un niño crece, se vuelve
peludo, 
después queda pelado,
se desarrolla en muchas
direcciones y tiempos imprevisibles.

Ahora va a tirar mi escritorio
marinero de cuando yo empecé 
a estudiar. Cuando él empieza
lo tira. Vaya la suerte. Sólo
pregunté dónde quedaron
mis papeles guardados
en sus cinco cajones.

Un día de marzo, después de verlo,
escribí
"Hace catorce días la casa 
se cerró. 
Pero después
 se abrió, se abrió, se abrió y yo no estaba.”


25 de mayo de 2014


(de la serie inédita INVENCIONES)



BIOGRAFIA EN PROSA

Nací en La Plata. Mis padres sesentistas tuvieron hermosas ideas. Y las siguieron teniendo porque nunca envejecieron. Soy huérfana. Antes sufrí todas sus mudanzas y desde entonces para siempre soy alguien de otro lugar. Durante mi corta infancia fui nadadora y andinista. Las palabras me despertaban y yo las escribía. Hacia los once años tuve una crisis muy fuerte ligada con la letra. Debía confesarle a la maestra que no continuaría con su modelo redondo y claro del que yo era una practicante ejemplar. Mi padre escribía secretas palabras inclinadas que gozaban de un prestigio, un aura. Mi abuelo paterno que no hizo estudios secundarios después del internado en Puerto Madryn, pese a que su madre era directora de escuela, me entretenía entre los siete y los diez con hojas de caligrafía, donde trazaba como ejemplo un modelo “gótico” o rococó que yo seguía. También era él quien me llevaba a las clases de natación. 
Un chico que me atrajo mucho, del barrio al que nos mudamos, cuya escuela tenía esa maestra que me quería y en cuya clase yo trataba de rehacer mi vida, escribía también de forma inclinada hacia la derecha. Esa manera “interesante” produjo una suerte de fascinación en mí. También la de mi madre tenía una ligera inclinación no siendo hermética, ni secreta, por lo que me apliqué pronto a imitarla para poder firmar en su lugar. Ahora pienso en su aspecto vanguardista. Su firma comenzaba con una L minúscula. Ella suprimía las jerarquías, era original y no se jactaba de trayectorias, sino que más bien obraba con una sicodelia bucólica agregando humor, estilo, al mundo encogido que solía quebrar a gritos.
A los once o doce años pertenecí por unos meses al cuerpo de nadadores del Club de Regatas, orgullo de mi padre que no tenía idea de mis tribulaciones y tentaciones de letras. Sin embargo, él ejercía cuidadosamente la censura de cualquier Corín Tellado o fotonovela que pudiera caer en nuestras manos. No era una censura moral, sino estética. Poco después, con apenas cuarenta años, se murió. Meses después recibí una mención en un concurso literario organizado por el club, con el que seguí yendo a la montaña. En general, yo fui mala alumna. Pero tenía un juego secreto y solitario con el diccionario. Debía caer al azar en palabras que no entendiera y aprendérmelas. Las pasaba a un cuaderno, cinco o diez por día. No me acuerdo. Mi mamá, que nunca supo de mis animaciones íntimas a esa edad, tenía Trilce en la biblioteca.  Y antes de que cumpliera los 17,  me regaló Una temporada en el infierno. Lo que volvió a cambiar mi vida.

Roxana Páez

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