EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 6 de junio de 2016

SOLEDAD GÓMEZ NOVARO



Mi escritura nace así, como ahora, que salí volando de la ducha porque se me vino el texto al cuerpo. Cuando quiso, como siempre. De manera inesperada. Como una fiera que no quiere salir cuando le abren la jaula. Que prefiere escaparse por las suyas. Y viene espantando quehaceres cotidianos con las garras o a dentelladas, para que la alarma del reloj, los gastos y los trámites no le quieran poner otra vez la correa o el bozal.
Y es un ritmo, una frase, una imagen que viene de adentro, lejos y me sacude el espinazo. No viene de la mente ordenada y doméstica. Llega silenciosa, hasta decirse, hasta el final. Intensa, con nitidez punzante.
Después, cuando leo, me dicen que lo que escribo se puede ver. Yo pienso que debe de ser así, porque yo escribo lo que me gustaría pintar.


Poemas

Fragmentos de Piezas Crudas


I

Estoy incrustada en la tierra, el pasto me hace cosquillas en la frente y viene el animal. La tierra tibia me adormece, me sostiene y me deshace. Me hago tierra en la tierra. Y viene el animal, las patas blandas, calientes, las garras escondidas. Siente la tierra húmeda entre los dedos y mira los charcos luminosos en la noche. Los charcos que sostengo con las manos, con los brazos y la tierra que ahora soy. Se posa el animal y le siento el calor del vientre a través del pelo, a través del pasto. Se recuesta y gira, mueve las patas. Apoyado sobre el lomo se frota la nuca poderosa con las hojas. Su pelaje negro, corto me cepilla con infinitas agujas sedosas hasta que se distrae y se olvida de su juego para echarse sobre mí. Abandonados los labios también negros, lisos, lustrosos. El colmillo asoma en la boca tierna del animal dormido, pesado, incrustado ya sobre la tierra, con el pasto haciéndole cosquillas al testuz. Y lo sostiene, lo adormece, lo deshace la tierra, se hace tierra el animal, tierra que soy yo, que soy el animal.


II

“Se soltó”, digo al cruzar la calle o en el ascensor, y me mira una mujer, y finjo, por absurdo que parezca, no haber sido yo quien dijo esa frase que, como el animal, se soltó.



III

El cuero de las riendas cruje entre mis dedos. Cruje también el cuero de la montura al ritmo lento del animal cansado. No hay caminos, sólo una superficie inmensa de pasto amarillo y reseco que cruje también bajo cada pisada. No hay caminos. Voy guiando al animal hacia el árbol.
Sé que el árbol está, pero todavía no aparece. La planicie se desdibuja en la polvareda y la polvareda a lo lejos, se confunde con el cielo.
Busco el árbol. El animal tironea de las riendas, quiere torcer el rumbo. Seguimos surcando el camino incierto en la planicie. Me fijo en dónde está el sol, observo hacia qué lado se proyecta mi sombra. No hay postes ni alambrados. Sólo puedo guiarme por el sol y por mi sombra. Hace calor. Necesitamos llegar al árbol antes del mediodía y esperar ahí hasta que pase la tarde. El animal se cansa, se aburre de tironear y sigue caminando a paso lento, constante.
El sol, la luz y la planicie se me hacen insoportables. Pienso en el momento en que me echaré a la sombra. Durante la marcha, el ardor de la piel retrocede y me concentro aún más. Después oigo el zumbido de una mosca y el resoplar tibio del hocico del animal, que ahora anda suelto junto a mí y ha encontrado a la sombra algunas hierbas tiernas que lo refrescan. Me adormezco, puedo sentirlo. Sueño a la sombra del árbol lo que viví en el día al rayo del sol. Y me sueño en la marcha soñando a la sombra. Y el tironeo de las riendas es sólo un sueño, como es un sueño el calor del día, la marcha interminable y la búsqueda del árbol. Es un sueño también el haber andado a rienda suelta, el resoplido tibio y la hierba que cruje tierna apagando un poco la voz de los grillos. Como es un sueño el silencio del resoplido que ya no oigo, la muerte del animal, la luz de la luna, sus huesos blancos. Y es un sueño también la tierra que se enfría bajo el pasto reseco y amarillo entre mis dedos, la luna que se aparta, mis dedos mismos, mi propia sombra, mis huesos blancos.


Soledad Gómez Novaro


Nací en Buenos Aires en 1970. Mis primeros recuerdos, lejos de ser nítidos, forman una constelación. En mi memoria todavía están intactos el olor del pan, el sabor de las naranjas, la construcción de una torre, el ruido de las sierras antes de armar en encofrado, la luz de una mañana, el transatlántico azul en un libro de cuentos. Desde entonces busco ese barco y esa luz en cada pedazo de cielo que se reparte en nuestras calles. Siento de algún modo este puerto, esta orilla que fuimos y no somos.
Me cautivaron siempre la cercanía de un instrumento musical y escuchar que me lean en voz alta. Buscando el barco y la luz, empecé a dibujar hasta que mi madre me mandó a un taller de dibujo y pintura. Gocé frente a una pava en carbonilla que pendía de un caballete silencioso, de una bañera antigua con yeso para mezclar, de los cráneos de dos vacas y de mis primeros juegos con el color.
Tiempo después me sumergí en la lectura y me animé a escribir, pero dejé de hacerlo cuando ingresé en la carrera de Letras. Los clásicos me intimidaron. Tuve que esperar varios años para salir de mi escondite de silencio. Y así, callando mi escritura, me dediqué a dar clases.
Empecé a asistir a un taller literario y publiqué una serie de textos junto con otros autores en la antología Tal vez debería yo hablar del fuego, sólo del fuego, editada por La mariposa y la iguana. Ya en 2014, salió mi primer libro, Piezas crudas. Terminarlo me hizo sentir sin rumbo. Viví un estado de desasosiego que sólo se alivió cuando nacieron las frases y las imágenes de las siguientes prosas poéticas. Volví al remanso de una escritura que tomaba cuerpo. Los primeros fragmentos se anticiparon en una segunda antología de distintos autores que fue Y no ilumines los rincones de La mariposa y la iguana. Finalmente, la misma editorial me acompañó en la publicación del libro definitivo, Dentelladas. Mientras tanto, sigo deambulando, buscando el barco y la luz, pero esa es una especie de sed, que no se apacigua nunca. Se calma un poco cuando voy al Museo Quinquela, a su casa bella, donde todavía viven la orilla y el río que nos pusieron tan lejos.


sgnovaro@gmail.com


1 comentario:

  1. la extraordinaria sensibilidad de sus textos pone en valor aquellos gestos cotidianos que buscan el grito fuerte para ser,fuerte pero afonico,fuerte pero parcialmente visible.Soledad rescata y expone con naturalidad esos detalles,ese dobladillo descocido de la antigua falda casi nueva,o el lagrimal húmedo con una lagrima que casi no fue solo por no perder un instante de emoción .Así de simplemente extraordinaria son las emocione sque me despiertan tus textos,tan simples ,tan profundos ,en fin una admirable belleza.

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