EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

jueves, 9 de junio de 2016

VIRGINIA FEINMANN



Mi procedimiento de escritura está en la vida, y en general en la propia. En determinado momento encuentro algo en la realidad, una acción, un objeto, una frase que dijo el verdulero, y siento que puedo articular una historia a su alrededor, de modo que ya no sea una simple acción, un simple objeto o una simple frase. El contexto, el artificio que le pongo, la curva dramática donde intento insertarlo, le van a dar otro sentido y, con suerte, nos van a entregar algún tipo de comprensión profunda. Un pulóver color gris plomo se carga de significado y pasa a ser mi ex marido, un escarpín aún tibio que acaba de caérsele a un bebé muestra una maternidad frustrada, y así. Esto suena muy pretencioso. No digo que siempre lo consiga, sino que es lo que me guía.
Respecto de los temas de investigación, sí, me interesan en particular los años 70 y la dictadura militar. Muchas de mis ficciones se enmarcan en ese contexto, en especial la infancia y la escolarización en un entorno represivo.
Creo que nunca escribí nada inspirado por una obra de teatro, película o música. Miro personas y cosas por la calle, miro para atrás, miro para adentro.


No me había preguntado nunca por la relación entre el cuerpo y la escritura, pero ahora que estoy frente a la pregunta entiendo que existe.
Mi primera sensación, cuando algo se me presenta como una idea para escribir, es de una cosquilla en el pecho, y ganas de sentarme a desarrollar esa idea. Sentarme es sentarme literalmente. No escribo en mi cabeza. Solo tengo la idea, en un segundo definitivo y suficiente. Lo que debo hacer ahí es poner el cuerpo a disposición de la creación: sentarme y apoyar las dos manos sobre el teclado y tipear.
Si no lo hago, esa idea dura, digamos, unas diez horas. Si no la desarrollé para entonces, toda la historia se pierde, me olvido por completo. Puedo anotar en una servilleta: “chica que cantaba en el subte, mujer que la mira” y al día siguiente no entiendo por qué eso podría ser un cuento, no recuerdo el clima, las emociones que me suscitó, nada. Vale decir que el cuerpo tiene que servir a la idea rápidamente.
Otra relación entre cuerpo y arte es que cuando en una época de mi vida se me ocurrían muchas cosas para escribir pero no lo hacía porque me daba miedo, sentía que las ideas muertas se quedaban en el cuerpo y que me iba a enfermar de cáncer.
Respecto de lo que ocurre al no desarrollar una idea creativa puedo recomendar el cuento “Narración interrumpida”, de Dino Buzzatti. El autor comienza una historia sobre una aldea y una muchacha joven que canta en un balcón. Deja de escribirla. Y cuando la retoma... bueno... es interesante lo que ocurrió con la aldea, el balcón y la muchacha debido a su ausencia (al alma creativa que él les quitó). Es un cuento maravilloso, y su tesis, para mí, absolutamente cierta.



Fragmentos de obra:

La conjuntivitis se presentó en medio de la noche y me dijo: vos ya no estás para cuidar a tu papá. Se acabaron tus noches en terapia intensiva, chiquita. Secate el ojo con un algodón mojado, sí, ponete gotas, pero no volvés a entrar al 1er piso del Otamendi.
Olvidate de recostarte en el silloncito y cabecear al arrullo del monitor de parámetros fisiológicos. Se te terminó la de despertarte cada 10 minutos con su angustia o su flema, ponerle vasitos para que escupa, apoyar tu mano en su frente, decirle que todo está bien, escuchar que está podrido de esa frase y sentirte una pelotuda. Listo.
La conjuntivitis me acarició el ojo derecho con mil agujitas. Cada una decía lo mismo con su pequeña voz viral. Se terminó para vos. Se terminó para vos. Por tres semanas se terminó para vos.
La conjuntivitis me tomó en sus brazos y me recostó en la cama de mi departamento. Me tapó con mis sábanas limpias, prendió la estufita al mínimo, me alcanzó un plato caliente de comida de verdad y puso un audiobook de Raymond Carver.
Cuando de todos modos me quise levantar me acompañó hasta el espejo del baño. ¿Ves? me dijo ante la impresión con que yo me miraba a mí misma, así no te van a dejar pasar.
Y de vuelta en la cama me apartó el pelo de la frente y apoyó su mano suave de velo corneal.
Hay otros, me dijo al oído. Está tu hermana, están tus primos, hay enfermeros pagos. Son tres semanas nomás.
La conjuntivitis me hizo lagrimear, de angustia, de alivio, no sé de qué.

__

Es la tercera vez desde que me mudé que se rompen los caños. La pared se puso amarilla en dos días. La chica de la inmobiliaria va a mandar al plomero.
En casa con mi marido no nos pasaba nunca. Busco: "¿qué aprendizaje nos dejan los caños rotos?". Mi maestra de reiki dice que en todo hay que ver el aprendizaje. Cuando ella tuvo invasión de hormigas buscó el aprendizaje: las hormigas vienen a decirnos que nuestro esfuerzo diario tiene sentido, que el trabajo de hoy va a dar sus frutos mañana. Cuando lo aprendió, las hormigas se fueron. Los caños rotos, leo ahora, depende. Si están tapados, represión de las emociones. No. Si el agua sale de su curso, sí, eso, caos, desborde emocional. Eso. Agua negruzca: matrimonio desgraciado. Eso también.
Llega el plomero a las 8 de la mañana. Todavía no me dormí desde el día anterior. Estoy pilas, le hago mate y tostadas.
–¿Por qué no durmió?
–No sé, no puedo –le alcanzo el mate. Está agachado tocando los globitos de la pared amarilla– desde que me separé que no duermo de noche.
–Acá va a haber que romper ¿sabe? –toma y me devuelve.
–Sí, está bien. ¿Le molesta si le pongo azúcar? Con mi marido siempre tomábamos...
–No, así dejeló nomás, por favor.
Bueno, será diabético, pienso. Me pongo a leer. Él va sacando herramientas.
–¿Usted es psicóloga? –dice de pronto
–No ¿por qué?
–Ah... porque yo conozco tres psicólogas, y las tres están separadas.
–Ah... no.
Me parece que se desilusiona. Para compensar le digo que soy escritora. Saco una revista del primer cajón de la cómoda, busco la página. Mire! –le muestro un cuento con mi foto– eso lo escribí yo. Es una revista literaria que está muy buena, se llama...
–Pero esta no es usted.
–¿Cómo no?
Mira la foto, me mira a mí, mira la foto.
–No...
–Bueno... me pusieron una luz.
–No pero esta no...
–Y había dormido.
Sigue mirando la foto y mirándome.
–Bueno, está bien, me puse una miga de pan abajo del labio para que parezca más grueso. ¿No ve que tengo el labio de arriba finito y queda horrible? –le saco la revista.
Se ríe como si le hubieran contado el mejor chiste de su vida. A mí no me parece.
–Perdone, voy a tratar de dormir.
–Pero yo voy a romper.
Los dos miramos los 30 metros cuadrados, mi colchoncito cerca de la pared amarilla. Lo alejo un poco.
–No importa, rompa tranquilo. Yo voy a dormir igual.
Manoteo un rivotril del armario, lo trago con el último mate amargo.
Duermo. Él rompe, taladra, me hace pensar en autos, en rutas, vacaciones con Martín, juntos en el agua, al sol, a los besos sobre las sábanas tirantes del hotel, el desayuno a la mañana armando historias sobre los de las otras mesas y él que me dice qué linda, cómo te bronceaste.
Me despierto. Son las siete de la tarde. El plomero se fue. La pared quedó blanca. Afuera ya está oscuro. Estoy cubierta de polvillo.

__

Es Navidad, hace calor y mamá le puso mayonesa al pionono. Jamás se acuerdan de que no me gusta la mayonesa, ni mucho el pionono tampoco.
Mamá, ¿no tenés otra cosa, queso crema, que le pueda poner a esto? Me da asco.
Sí, a ver te separo.
Me preparó otro pero sin alcaparras porque no le quedaban, perdía un poco el gusto. Traté de sacar alcaparras del de mi hermana, les lavé la mayonesa, las metí en mi pionono y soltaron agua. Se me fue el hambre.
Mi hermana se escribió mensajitos de guasap con el novio durante toda la cena. No sé para qué si al rato se veían. Yo salgo con un tipo casado, lo veo dos veces por semana y sin embargo no necesito estar mandándome mensajitos todo el tiempo.
Él la vino a buscar, charló con mi mamá que le sirvió sidra y lo felicitó por su último disco. Qué chico hermoso, lleno de talento, dijo mientras ellos bajaban juntos en el ascensor. Yo recibí un mensajito de texto de mis ex suegros, me recordaban siempre, me deseaban lo mejor.
Llevé los vasos a la cocina.
No sé para qué guardás este taper mamá, el plástico está viejo.
Sí, tiralo nomás.
Bueno, pero saquemos la basura ahora porque se va a formar jugo y, ay, el pedal del tacho está roto también? odio tocar con las manos.
Ella cerró la bolsa que le pasé y la puso sobre un diario.
Sabés mami, en enero publico un cuento nuevo, pero no estoy muy contenta –le dije mientras lavaba los platos. No me parece que esté haciendo algo valioso. Además voy a tener que agarrar alguna traducción tarde o temprano, aunque no quiera, así junto unos mangos otra vez. Pasa que me mata, me coloniza la cabeza, es como que empiezo a pensar en inglés, en castellano neutro, después no puedo escribir nada mío.
Sí, mi amor, te entiendo –ella agarró una bolsa de basura nueva y antes de que la pusiera le dije esperá y aproveché a tirar unos pedazos de pionono mojados.
Además no sé qué voy a hacer con Esteban. Me molesta mucho que esté casado –traté de apartarme un mechón de pelo de la cara sin usar las manos enjabonadas– Ya sé que me quiere y es divino, porque te juro que es divino, pero hay algo que me molesta y no sé qué es.
Bueno, date tiempo.
Sí, pero después si se separa tampoco sé si voy a estar con él. Igual tampoco habló nada en la casa, no sé. Mami ¿me puedo quedar a dormir? No quiero viajar a esta hora, y allá dejé todo desordenado, y seguro se juntó calor, acá está más lindo, aunque ¿pusiste el black out nuevo? porque si entra luz en el cuarto mejor no me quedo. Estoy durmiendo remal.
Sí, lo pusieron la semana pasada, quedate.
Duermo nada, no sabés. Quiero dormir pero no me acuesto. Ahora el martes empiezan a romper los caños de nuevo. El tipo viene a las ocho, yo me acosté a las siete y ya tengo que abrirle y seguir de largo.
¿Y acostándote un poquito más temprano?
No es tan fácil. O sea, decirlo es fácil, pero hacerlo no. Me pongo a escribir y además mami, no sé qué hacer con Esteban, porque al final estoy en una situación, porque yo no sabía que era casado y ahora ya me enganché, y tampoco quiero insistir en que se separe, me mato antes de hacer eso, pero tampoco quiero ser así la amante, y la verdad es que yo no quería salir con nadie, estaba tranquila, ya me empezaba a olvidar de Martín. Además no sé qué voy a hacer con el libro porque si empiezo a traducir, que tendría que empezar a más tardar en febrero, no tengo tiempo de dejarlo listo, y ya si traduzco no escribo lo mío, ay mami qué caliente que sale, el calefón no tiene para graduar?
Me di vuelta y la vi parada, cansada, sí, eran las cinco y media de la mañana.
¿Entendés lo que me pasa, mamá?
Ella se bajó el escote de la blusa y me mostró entera su mastectomía. Jamás en quince años la había visto. Sólo había visto cierta incomodidad y una mayor ceremonia de su parte para vestirse usando prótesis. Alguna vez, un reborde de la prótesis por encima del escote, pero jamás el hueco sobre el que se apoyaba.
Hay un costurón y un hueso como una percha, salido, el pectoral. Abajo se hunde por completo. No hay nada. Sólo piel tirante, pegada al cuerpo. Mamá golpea con dos dedos como si fuera el parche de un tambor.
Acá es puro hueso, me dice, tac, tac, tac.
Vuelve a subirse la blusa. Agarra el vaso de agua y la pastilla y se va a dormir. Al rato me voy yo también.


Virginia Feinmann:

Me llamo Virginia Feinmann, nací en 1971, cuando mis padres todavía eran felices. A mi abuelo le pareció divertido enseñarme a leer a los tres años e incorporé información que no podía entender, titulares de diarios sobre la guerra de Vietnam o los asesinatos de la Triple A. Me angustiaba. Decía cosas que espantaban a todos y ya no había como des-enseñarme a leer. Cuarenta años después, las palabras escritas ordenan mi mundo y me dan un sentido profundo de identidad.  

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