EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

miércoles, 6 de julio de 2016

ARIEL WILLIAMS



En el momento de escribir, hay multitud de cosas a las que presto atención, creo que lo hago buscando los ecos que producen en mí. Esas cosas pertenecen a un espectro muy amplio, que va desde percepciones, paisajes, sucesos reales, recuerdos, diálogos que escucho o en los que intervengo, hasta lecturas, temas musicales, películas, caras o gestos de personas, sueños, etc. No siempre se trata de una búsqueda consciente; de hecho, en general, el primer disparador para el inicio de un proceso de escritura suele aparecer sin una búsqueda previa. 
Hace un tiempo, por ejemplo, estuve fascinado con el cielo, las nubes, la luz; cuando caminaba solía ir con la cabeza levantada hacia el cielo (sufrí varios tropezones y caídas en esa época) y sacaba muchas fotos. Esa fascinación apareció después, en la escritura de una novela: al leerla, un amigo me dijo que el cielo era casi un personaje más. Yo ni siquiera me había dado cuenta.
Con respecto a esta cuestión, cuando la escritura fluye y estoy metido de lleno en un proyecto de libro, me suele ocurrir que todo encaja: vivo la cotidianeidad como si todo formara parte de la escritura, todo interviene de alguna forma en el mundo del libro que estoy escribiendo: vivencias, situaciones, películas, música, conversaciones, etc. Es un momento increíble que siempre busco volver a vivir, porque todo parece tener sentido y todo tiene una intensidad inigualable. Lamentablemente, eso se termina cuando pongo el punto final. No siempre me ocurre esto en los procesos de escritura, pero lo he vivido varias veces.
A veces investigo sobre algún tema puntual y busco experiencias determinadas viendo películas, escuchando música, leyendo, etc. Suele ocurrirme que, mientras escribo, leo ciertos libros en paralelo, a veces, buscando imágenes, tonos, escenas, etc., otras veces, por alguna relación especial que tiene lo que estoy escribiendo con esos libros. Mientras escribía “Discurso del contador de gusanos”, por ejemplo, leía la obra de Descartes, ya que, en alguna medida, ese libro parodia al filósofo francés.

Es difícil distinguir, en la escritura, las sensaciones físicas de las sensaciones imaginarias. Creo que, en alguna medida, la escritura se produce a través de una especie de ser híbrido entre el cuerpo, el imaginario y el lenguaje. Escribiendo, puede pasarme que me olvido por un rato largo de que soy un cuerpo; el cuerpo se hace imaginación - lenguaje. Mi escritura, además, es muy corporal, porque yo camino mucho. Y el caminar es parte del escribir: hay problemas de la escritura que se resuelven caminando. Yo siento que el cuerpo que camina es un cuerpo imaginante, imaginándose, siempre. En mi experiencia, el caminar libera el proceso de la imaginación; es como si el cuerpo, ocupado en una actividad automática, liberara otros campos para que se desplieguen. La escritura, además, permite experimentar otros cuerpos, tener otros cuerpos, ser poseído por otros cuerpos, o incluso vivir la muerte del cuerpo propio. Al escribir se viven experiencias-fantasma. En mi caso, la escritura me lleva a una experiencia border: creo que mi imaginación es muy esquizofrénico-paranoica, y entonces hay una experiencia alucinatoria del cuerpo poseído, atravesado por fuerzas y seres, desmembrado, etc. El deseo y el asombro que producen los cuerpos de los otros, así como el orgasmo, entran en este campo imaginario también.
El tema de la relación entre el cuerpo y el arte me interesa, aunque no hice nunca una lectura sistemática al respecto. Hay un filósofo que a mí me parece extraordinario, no solo por su pensamiento, que es interesantísimo, sino porque era un gran escritor (sus ensayos filosóficos son piezas literarias bellísimas): Maurice Merleau-Ponty. 
Puedo mencionar tres libros muy hermosos de él: La prosa del mundo, Sentido y sinsentido y El ojo y el espíritu
Comparto un fragmento de este último libro: “Como todos los demás objetos técnicos, como las herramientas, como los signos, el espejo ha surgido en el circuito abierto del cuerpo vidente al cuerpo visible. Toda técnica es “técnica del cuerpo”. Ella figura y amplifica la estructura metafísica de nuestra carne. El espejo aparece porque soy vidente-visible; porque hay una reflexividad de lo sensible, él la traduce y la redobla. Por él mi afuera se completa, todo lo que tengo de más secreto pasa en esa cara, ese ser plano y cerrado que ya me hacía sospechar mi reflejo en el agua. Schilder observa que al fumar la pipa frente al espejo siento la superficie lisa y quemante de la madera no solo donde están mis dedos, sino también en esos dedos gloriosos, esos dedos solamente visibles que están en el fondo del espejo. El fantasma del espejo prolonga mi carne hacia afuera y al mismo tiempo todo lo invisible de mi cuerpo puede investir a los otros cuerpos que veo. En adelante mi cuerpo puede soportar los segmentos sacados de los otros, en cuanto mi sustancia pasa en ellos; el hombre es espejo para el hombre.” ¡Cuánto de lo que dice Merleau – Ponty ahí se podría aplicar a la escritura!



De Discurso del contador de gusanos (El Suri Porfiado, 2011):

2

Si llovió es porque hay barro. Se va secando, pero está en el
aire. Un método. Antes tenía uno. Encendía un cigarrillo
después de cada momento del día. No era un mal método.
Pero ahora el día casi no tiene momentos. No hay, entonces,
método. Me atraviesan unos gusanos de color lila. Salen por
el ano. Hace un tiempo, los llamaba “pensamientos”. No los
pensé yo, pero vinieron a mi cabeza. No sé de dónde vienen,
pero sé por dónde se van. Parecen pasto, pero son gusanos.
Parecen dedos de alguien muerto. Ahogado por ejemplo. Dicen
que los ahogados se ponen de color azul o lila. Pero no son
dedos de ahogado, son gusanos. La diferencia está justamente
en que comen. Pasan unos autos por la calle oscura: con sus luces,
sacan pedazos de cosas de la noche. Como unas piernas que asoman
de una pollera. El ventanal vacío de una casa. Una señora barriendo
la vereda, invisible debajo del cielo negro.

9

Nuestros pensamientos son ríos. ¿Cuándo vuelven? Solamente
cuando aparece un ahogado. Un cuerpo azul bastante hinchado.
Los filósofos son ahogados. Un filósofo dijo que aprender a
filosofar era como aprender a nadar. Había que tirarse al agua.
Se ahogó.
Los ahogados y los pensamientos atraen el azogue. Lo dijo
Tom Sawyer. Les tiran pan con mercurio. El pan flota, los busca
y los señala. Es el material de los espejos el que los busca. El pan
hace de transporte. Los ahogados y los pensamientos nos reflejan.
Algo tendrá que ver eso con “mis” gusanos de color lila. Por
ahora eso es suficiente. Por ahora, con eso, tengo bastante como
para nadar por el pasillo hasta salir del sueño.
Una vez vino a verme mi prima hermana. No hace tanto. Dijo
que sentía que le faltaba el aire. No podía respirar profundo.
Sus labios se veían azules. Sus orejas estaban muy frías. Tenía
la Solitaria.

De Notas de una sombra (Espacio Hudson, 2014):

14

Los órganos son espíritus animales detenidos. Todos los días encuentro
manos, ojos, hígados al abrir la puerta. Vienen a unírseme. Los hago
volver y envío con ellos a mi estómago o un dedo del pie. Soy un conjunto
de animales un poco sueltos. En la historia de la simbiosis, estoy un escalón
abajo de los demás. Siento que nuestros ojos eran medusas en el paleozoico.
Hay algunos animales que todavía son fluidos: la tristeza, la risa. Con la risa
cloqueamos como pájaros ridículos. Los animales fluidos, la saliva, las
ilusiones, vienen de las corrientes. Los animales viscosos se forman en
las grietas y agujeros: la lengua, el páncreas, los pulpos.

21

Es una tarde donde el viento parece llevarse las luces. El aire
se hace negro. Y yo camino, casi sin pies. Ser crepuscular. Dejo
mis manos en un banco de madera. No hay sangre, caen de los
muñones una especie de babosas parecidas a tendones. En el hotel
quedó un reloj y un traje recién lavado. Y una mancha indefinida
en la cama. El piso mintió. El cielo fue mentiroso. Tan hondamente
transparente. Pasa una piedra oscura, lenta en la luz del extenso
domingo. No hay tiempo para ser. Me encuentro en un restaurante
con una mujer – vergüenza. Una persona delicada, con dedos
largos, filosos como espinas sangrientas.

De La risa huérfana (Hilos Editora, 2016):

2

Me fui criando como una especie de cuerpo nuevo
con la persona distinta. Fue a partir de las piernas,
desde ahí fui subiendo nacido, diferente.
Las patas eran ojos que iban tanteando, ¿qué seré, qué seré?,
decían y decían. Y yo subía por las venas,
por los músculos fuertes de tanto correr. Subía ojeado nuevo,
secreto.
En el medio del movimiento del ir, se me iban apareciendo
unas manos de sentir, un decirme yo. Como
si fuera una sangre tibia queriendo hacia su arriba
y creciendo.

5

Y todo eso había sido sin un sentimiento, era parecido
a una máquina que se descubría viva;
pero ahí llegaba yo a un corazón, ahí estaban las cosas
que hacían latir y llorar, había ojos que golpeaban
al pasar por uno, voces de gente que traían los seres
de la emoción, susurros escondidos en la carne,
y había labios y los decires se venían como agujas. Y
las distintas partes del cuerpo que saben sentir. Entonces
descubrí que yo flotaba en una especie de agua de mí,
más amplia que los brazos el torso la cabeza las piernas,
más amplia que ese estar corporándome,
y en esa agua
yo era como un ser yendo y viniendo, transmitido y
atravesado por queridas.


Pequeña memoria literaria:

Creo que nací por segunda vez a los trece años, cuando leí Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. La experiencia de ser fagocitado por un libro, que es lo que me pasó con Tom Sawyer, de alguna manera me hizo de nuevo. Esa primera lectura del Tom Sawyer fue increíble, dejé de estar en el mundo por dos o tres días. Era el fin del verano, si no me equivoco, y me acuerdo de que fuimos a la playa con mis hermanos y primos y tías. Mi madre manejaba una camioneta Dodge celeste, y los chicos íbamos en la caja. Todos iban gritando, cantando y empujándose, el viento de la ruta me movía las páginas, pero yo leía. En la playa, no quise ir al mar ni jugar con los demás. Volvimos otra vez en la caja de la camioneta, en el atardecer, y era como si yo no hubiera estado en la playa. Descubrí en ese momento el poder increíble de la literatura. Desde entonces leí otras trece veces Tom Sawyer, y cinco Las aventuras de Huckleberry Finn. También fue entonces que decidí que quería ser escritor: soñaba con lograr que algún lector fuera fagocitado por un texto mío de la misma forma en que los textos de Mark Twain lo habían hecho conmigo. No sé si alguna vez lo lograré, pero el sueño sigue intacto.
Esos primeros años de lecturas, los viví en compañía de mi hermano y mis dos hermanas. Aparecieron Hal Foster, Emilio Salgari, Louise May Alcott y muchos más. Mi madre nos había asociado a la Biblioteca Popular Agustín Álvarez, de Trelew, y todas las semanas podíamos ir a elegir libros. Muchas veces, elegíamos uno de Hal Foster (de la saga del Príncipe Valiente) y, mientras mi madre hacía mandados en el pueblo, nosotros, sentados adentro del auto, en una hora, liquidábamos el libro que habíamos elegido. 
Mi hermano era un lector tremendo; le decíamos “El Leyón”. Incluso en los cumpleaños, en vez de jugar con los demás chicos, él aprovechaba para leer los libros que le habían regalado al cumpleañero. Extraño a ese lector que era mi hermano; ya no lee ficción.
Descubrí la poesía con mi padre. Como viajaba mucho por los campos y chacras, nos llevaba a mi hermano y a mí con él. En el camino, a veces nos recitaba poemas de Almafuerte, que sabía de memoria. También nos introdujo en la obra de Pablo Neruda y Dylan Thomas. Yo los leía y me ponía loco. No podía creer que alguien pudiera inventar imágenes como las que ellos componían. Me desesperaba, pensaba que nunca iba a poder escribir. Y de hecho, me costó muchísimo. 
Solamente cuando, en 1988, me instalé en Buenos Aires y empecé a estudiar Letras, logré encontrar por primera vez un tono y una continuidad. Pero eso dependió también de un hecho terrible: un amigo murió atropellado por un colectivo. 
Fue entonces que se produjo una decisión muy fuerte en mí: como mi amigo no podría vivir su vida, yo tenía que vivir por los dos, y eso implicaba escribir, crear otras vidas. 
En una noche de tristeza y angustia, escribí un cuento que, de alguna manera, era el relato ficticio de la muerte de mi amigo. Y en ese relato encontré por primera vez un tono, un mundo – lenguaje. Me costó todavía otros seis años terminar un libro de poesía. Y recién logré escribir una novela completa diecisiete años después, en 2005.




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