EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

miércoles, 13 de julio de 2016

LEANDRO LLULL




Cuando empecé a escribir, tenía un exceso de concentración. Sentía que si no lo hacía algo muy valioso se me podía escapar. Anotaba, observaba, estudiaba; devoraba películas, catálogos de pintura, escuchaba música tratando de entender cada movimiento. Todo con esfuerzo y dedicación. Pero los años fueron decantando mi actitud. Ahora me contracturo menos, dejo que la energía fluya hacia las diferentes facetas de la vida. Si se me da por anotar, anoto (hace poco hice una relectura de la Ilíada y llené un cuaderno); si tengo ganas de mirar por horas el árbol que irrumpe en el balcón, lo hago y punto. Sin embargo, mi atención es menos invasiva. Mis lecturas y mis observaciones se desintelectualizaron. Ya no está la voluntad operando sobre la contemplación. Escucho más al cuerpo que a la racionalidad. Leer, leo a diario. Si bien considero que el trabajo dedicado es esencial, a mis propios textos no les estoy encima como antes. Si tuviera que buscar una génesis, diría que los versos surgen mayormente de la lectura. Pero esa lectura siempre se basa en experiencias o imágenes anteriores. El verso surge de la fuente del recuerdo, la lectura es su llamador. El paisaje, la realidad, los diálogos, los sueños y las obras de arte también hacen lo suyo. A lo que agregaría el viajar. Mis investigaciones son vagas. Cuando termino un libro, me paro frente a la biblioteca y hago una elección sin fundamento. A pesar de ello, los textos se hilvanan. No sé si es una ilación preestablecida o si el hilo lo aporto inconscientemente, pero que la costura está ahí es algo que no puedo negar.

De pibe siempre sufrí no poder hacerme entender, no lograr exteriorizar mis emociones. Todos mis pensamientos y mis sensaciones estaban impedidos de ingresar en las palabras que usaban los demás. Yo no tenía ideas, sólo veía o sentía imágenes, y cuando quería compartirlas nunca llegaba a sacarlas del cuerpo, casi como un animal herido que no sabe cómo pedir ayuda. Así, la lengua era un lugar asfixiante. Hasta que un día descubrí que parte de lo que me habitaba era susceptible de entrar en un verso. Fue cuando empecé a escribir pequeñas notas arruinando la mesa de mi dormitorio. A raíz de estas imágenes aparecieron otras, más densas, más claras, que comenzaron a encadenarse, dándome un respiro. Después vinieron los primeros poemas, y con ellos la sensación de sutura, de reparación, de unidad. Con el tiempo se volvió una actividad fisiológica, de supervivencia. Un nuevo modo de vida, una branquia crecida en un costado. Hoy, cuando una frase reclama convertirse en verso, sé que comienzo un proceso en el que voy a sentir vibrar la cuerda de este mundo. Es un viaje a ciegas, pero a través de un fuego que repara las heridas. Como dijo Valéry, “la dificultad, para el poema, consiste en colocarse de nuevo en el estado digno del primer verso. Lo endemoniado es continuar.” De todos modos, “el arte mismo no es más que una forma de vivir, y puede prepararse uno para él viviendo de cualquier manera, sin saberlo” (Rilke, Carta X a Kappus).


Poemas


NÚMEROS

Con la luz apagada y una pata menos en los lentes
mi vieja saca cuentas para ganarle a la inflación.
Tengo cinco años, el mundo 
es una cocina oscura y una mujer 
tentando que las cosas entren en sus números.
Las cifras se ocupan de la impotencia y de la falta
y ella pega tickets, hace sumas 
en los márgenes, glosa y adjunta las notas 
garabateadas en retazos.
Siendo una de esas bocas destinadas
a salvarse por la maravilla del guarismo,
empiezo a entender que las verdades 
son un pequeño tajo de sol 
en la habitación ensombrecida 
donde una mujer se desvive 
para que la matemática sea, 
como Descartes quiso,
un arma que descompone,
y al final, nos une.


ACARICIO POR ÚLTIMA VEZ TU CABELLERA BLANCA

Ahora que acaricio por última vez tu cabellera blanca
siento como si yo tañera entera la Vía Láctea, repasara
las curvas blandas de la melena de Berenice.
Pronto subirás igual que una diosa hacia las luces
que son y no son, y llegan
cuando ya no están más. Desde ahí,
vas a constelarte en mis genes y a apretar bien fuerte
la carne de mi gemelo en un puño
como si aún te aferraras a las sábanas.
Vas a llamarme como en esas madrugadas
en las que te daban calambres y yo te llevaba
una banana, elongación y un vaso de agua,
mientras la contractura,
esa herida que en vos había trazado el mundo,
se hacía láctea y dispersa como esta galaxia
donde giramos en la oscuridad.



HUESOS

¿Te acordás del monstruo
que unos pibes encontraron
cerca de la rompiente y las aguas vivas?
Ardía negro y perlado un palo
marcando aquel hallazgo y la gente
se amontonaba para verlo.
Pero solamente había una seña,
la intriga y la sorpresa soportando
el embate de la espuma.
“Un hueso” —dijiste—, un fósil
de alguna criatura milenaria
en la orilla del mar como la pena
estaba clavada sobre mi fémur.
Blando, efervescente, irradiaba
su latido y rodeaba con un pecho
de medusa los maravillados años
igual que la sal sobre la piel
cuando nos quedamos encallados
a secarnos en la arena.


GENIO

En aquel ascensor de Nápoles
subimos simétricos y mudos,
distantes cada cual entre la bruma
lustrosa del espejo.
Él gritaba sus palabras
y yo lo oía como a un muerto,
un pariente que reclama
en lo hondo de los sueños.
Era un juez que retenía la sentencia,
no el guardián de los sentidos,
y cuando me acerqué, me mostró el tesoro:
mi presencia era algo denso
perdido por encima de ese plano.
Fui entonces el fantasma,
el bisel o el filo, prisma
que nunca vuelve a respirarse,
sin reparar en la envolvente esencia
de la que me había despojado
como se le quita a un cuarto
el calor del huésped
al final de su estadía.


MATAN A UN GATO

Mis manos se abrieron y todo el peso
cayó sobre su cuerpo dormido,
tan blando de sueño que apenas recibió el golpe.
En un segundo su elasticidad quedó borrada
—el vértigo, la miel de relámpago
que habitaba en sus ojos—, cuando en nosotros
creció una planta oscura como una forma
de la noche, una sierpe
que nos recorrió el pecho haciéndonos
saber de la cadena que iba a unirnos
hasta el fin, ahí, en la linde,
corroídos por la sombra, al filo
del tapial de los vecinos.


EL VOTO

Entre los pliegues de mi carne
prometí secretamente
vivir según la regla que he visto
arder en el pecho de los pájaros.
El sonido en la espesura, la canción
hilvanada en la violencia,
ese es nuestro voto,
nuestra forma de vida.


REJAS

Pusiste rejas para cuidar al débil
que hubiese muerto si no escondía
su carne al amparo de las luces.
Ahora ves las ramas avanzar,
te inundan el balcón, te llaman,
tensan las alas que crecieron en lo oscuro.
No sos el ángel, tampoco el dios,
un ícaro en la mañana cristalina
mendiga contra el metal las gotas
de la claridad que quema.


Leandro LLull


Nací el 7 de junio de 1983. Soy de géminis. Vivo en Rosario y trabajo en una oficina. También doy un taller (se llama  La rama hacia el este y tiene lugar en la Biblioteca Popular C. C. Vigil). Publiqué los libros Disonancia del jardín (2009, EMR), Horas menores (Huesos de jibia, 2013) y A los pibes crudos (2015). Poemas míos están en la obras colectivas Prueba de soledad en el paisaje (Mansalva, 2011), Código urbano (2013, p.a) y Poemas de la resistencia (Clara Better, 2016), entre otras. Los textos que comparto en este blog son inéditos y recientes. Mi dirección de correo es leandrollull@hotmail.com.

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