EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

domingo, 3 de julio de 2016

MARIANA SÁNDEZ



Siempre el punto de partida es una imagen inesperada, algo en lo que reparo a pesar de mí, de forma bastante involuntaria. Una imagen desprendida de un hecho cualquiera, de lo más cotidiano, de un comentario dicho por alguien que despierta una idea o se asocia a un recuerdo. Es muy parecido al modo en que se gesta una vida: de todas las imágenes cotidianas solo algunas sobreviven y se fecundan, como si buscaran trascender en el magma de microsucesos diarios. Al principio ni siquiera sé por qué me causa interés. Hasta que va tomando forma y va abarcando lugar en mi pensamiento. Es una imagen que reincide, que vuelve, que empuja, que se impuso por algún motivo inicialmente incomprensible pero va cobrando sentido. 

Veo películas y leo permanentemente pero no con el fin de que me inspiren, sino porque me gusta hacerlo. Es nafta para mi vida, no para escribir. El cine que prefiero es el de los años 60.

Y el cuerpo desaparece frente a un libro que me atrae mucho tanto como durante el rato de escritura. Por eso suscribo al concepto de Vila-Matas de que escribe con el único fin de desaparecer, de suicidarse en la escritura. Escaparse de la realidad material, incluso del cuerpo propio. Yo no sé dónde está mi cuerpo cuando leo o escribo; para saberlo, tendría que dejar de leer o escribir, no conseguiría tener en cuenta las dos cosas a la vez, y me parece que justamente ahí está el placer: en perderse. “Perder países, perder recuerdos, perderlo todo”, también dice Vila-Matas citando a Pessoa. Es la sensación de borramiento, de viaje, de fuga, de desintegrarse. Lo frustrante es que uno quisiera permanecer de aquel lado, no volver a esta dimensión. Los límites son bien específicos, pero cuando te acostumbrás al estado de la ficción, por momentos, no sabés bien de qué lado queda la realidad, cuál de las dos es. Sí sabés siempre cuál preferís: la que tenga literatura.

En este último tiempo leí los tres libros de Stephen Dixon que publicó en español Eterna Cadencia entre 2014 (dos volúmenes de cuentos) y 2016 (Interestatal, novela). Es un autor que descubrí hace poco y se ubicó de inmediato en mi Olimpo de escritores. Dixon me hace aullar de risa y finalmente eso también es corporal: los autores que elijo son los que me hacen reír en voz alta.
Cito un fragmento de Stephen Dixon de “Hombre, mujer y niño”, un cuento de Ventanas y otros relatos:

“El problema es este”, dijo ella. “Somos dos personas, en una casa, con un solo hijo, y yo no estoy embarazada de un segundo. Tenemos un dormitorio principal y otro dormitorio, así que uno para nosotros y otro para el niño. No tenemos lugar para invitados. No tenemos habitación de huéspedes. El sofá no es lo bastante cómodo como para dormir en él y no se convierte en cama. No tenemos bolsa de dormir para que uno de nosotros duerma en el suelo. No quiero que nuestro hijo duerma en la cama principal con uno de nosotros mientras el otro duerme en la cama de él. Uno de nosotros tiene que irse, eso es lo que estoy diciendo. “Te entiendo”, dice él.”




Fragmento del cuento “Diario de un animal”, de Algunas familias normales, Zona Borde, 2016.


Tres días de garúa. Siempre la misma, finita, impalpable. Se va convirtiendo en un estado del cielo, una forma del aire.

La presencia de la gente me molesta más que antes. Sufro si algún pariente anuncia que va a venir a saludarnos, como esta tarde, y el fin de semana pasado, y el anterior. Traen cosas para comer, se van instalando. Mi mujer conversa, los chicos juegan, a todos les gusta compartir su tiempo con extraños. Sólo agregan multitud. Son más voces, más fuertes, a las que prestar atención. El ruido se desborda. Me irrita el sonido del agua y de los platos al chocar. El olor a comida reptando por la escalera hasta las habitaciones. Las manchas en el mantel. Las huellas de tierra que dejan los zapatos. La cartera y los abrigos colgando del perchero. Los peinados, el maquillaje, la vejez.

Cuando me hablan, no sé qué responder. Supongo que me quedo mirándolos, no estoy seguro de lo que contesto. Tardo, eso sí, tardo mucho en hacerlo. Como si las palabras se hubieran ido con el pelo que perdí. Un éxodo. Estas que escribo son las que conservo. Las destino a este diario, una libreta de bolsillo que llevo a todas partes. Hago un esfuerzo bestial por pronunciar otras. Es mi mujer la que charla con las visitas, con mis padres o nuestros amigos. Les pregunta a los chicos cómo les fue en la escuela y si tienen deportes o tarea para el día siguiente. Ella es un espíritu sociable, pura generosidad. La envidio por la constancia; aunque su entrega radical me da pena.

Me toca el hombro: te están hablando, respondeles. No articulo las frases: las pienso, llego a verlas desdibujadas. Las percibo en la zona del paladar, en la punta de la lengua, después no las encuentro. Se tropiezan y bajan. De nuevo el camino hacia adentro. El gesto de preocupación en la cara de mi mujer se transforma en uno de furia o de vergüenza.
Por fin quedamos solos. Me exige una explicación. Es gente, digo yo. Y ella, enojada, grita: es tu familia. Quedo perdido en algún punto entre sus ojos y los míos. Es gente, repito.

Afuera todo gris, la llovizna tapiza la ciudad. Leve. Igual camino hasta la oficina; la ida y la vuelta a casa son los pocos momentos de cielo y movimiento. En el trabajo empezaron a notarlo. Llego cada vez más tarde, a pesar de ser el director. Siempre me esforcé por dar los ejemplos. Ahora falto tres de cada cinco días, mañanas enteras. O soy el primero en irme a la tarde. Salgo a caminar, entro en un bar, apago el teléfono. Cuando vuelvo me reclaman. Mi secretaria deja notas diseminadas sobre el escritorio: llamadas, temas pendientes, reuniones que olvidé o preferí olvidar.

Aparte del bar, paso parte de mi tiempo en los parques. Escribo en la libreta y observo. Arrastro los pies al andar, me voy encorvando, me cuesta respirar.

Mi mujer se enoja conmigo, vuelca su energía en el jardín. Planta, poda, riega, siembra. Dice que sin pelo, gris y con joroba parezco un hechicero. Gargamel, se ríen mis hijos. Quasimodo, agrega ella. Es gente, pienso.

A veces vengo a este banco, al que vuelve siempre una anciana. En una bolsa trae migas para las palomas y charla; a duras penas la escucho. Qué aspecto tendré, además de pelado, encorvado y gris. Este cuerpo ya no me pertenece. El otro día se lo dije a ellas, a mi mujer y a esta señora: me siento un cartílago. Cómo, gritó espantada mi esposa, qué es eso. Dramatiza. La anciana, en cambio, no oyó o no entendió. Guardó silencio. Antes tenía carne llenando el cuerpo, dije, pero desde hace un tiempo me veo como el nervio, el hilo que cuelga en el centro. Sin sustento.

El teléfono, un aparato siniestro. Vive apagado en mi puño, adentro del bolsillo. O miro los números iluminados, temblando en la pantalla mientras suena, lo ignoro. Para mi cumpleaños los chicos me regalaron uno con agenda, correo electrónico, radio, juegos, cosas que se tocan y se sueñan. Un artefacto mágico que no me decido a usar.

Hoy debería contarle a mi mujer que me echaron…


Mariana Sández

Nací en 1973 en Buenos Aires. Mirando a mi prima mayor, a los cinco descubrí que se podía aprender a leer y me obsesioné con el propósito. A los siete escribía diarios íntimos; a los ocho, cartas donde recomendaba leer como forma de vida; a los diez, me recuerdo sentada en el vano de la ventana de quinto grado escribiendo poemas. También en el micro a los campamentos. Mis compañeros me pedían que los ayudara en literatura y en mi familia era la encargada de escribir las tarjetas de cumpleaños. Mis papás me rogaban que mirara los paisajes y no las páginas de un libro durante los viajes. Los momentos memorables del colegio fueron los ratos de lectura y de ir a buscar libros en la biblioteca. O cuando estudiamos el teatro de Shakespeare debajo de un sauce llorón gigante que había en el patio.
Leer y escribir le dio, le sigue dando y le dará sentido a vivir.
Mis libros publicados: Algunas familias normales (Zona Borde, 2016, cuentos) y El cine de Manuel. Un recorrido sobre el cine de Manuel Antín (Capital Intelectual, 2010, ensayo y entrevistas al director). Y mucho en proceso…

sandezmariana@gmail.com / FB: Mariana Sández


1 comentario:

  1. Mariana, un gusto leerte por acá, te mando un abrazo

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