EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 26 de julio de 2016

MELISA MAURIÑO






Desde mi modo de pensar y sentir la poesía, creo que ésta trasciende a la escritura (pensada) como soporte material con algún formato en particular (sea prosa, verso, diálogo, libreto, cómic, graffiti, letra de canción, etc.)
Para mí la poesía es un modo de percibir el mundo y en ese acto mismo crearlo. Entonces no es sin el lenguaje, sin lo simbólico, pero creo que puede incluso prescindir por momentos de la palabra. 
La poesía puede ser silencio, intervalo entre ciertos significantes, un modo de montar las imágenes o los sonidos, algo que queda resonando en el cuerpo y se inscribe justamente ahí. Ahí se arma el poema. En ese sentido entiendo que el paisaje puede ser cualquier escena que cobra un valor estético como tal. Yo encuentro poesía en un diálogo de alguna película de Bergman, en un pasaje de Marguerite Duras que puede constar de cuatro significantes, en una pieza musical determinada, en cierta disposición de los colores, en una captura fotográfica o cinematográfica, en una manera de hacer con el cuerpo o con la voz, en un pas de deux que me conmueve; por poner algunos ejemplos.
Hay un recorte. Algo se conserva, algo se desecha. Ambas cosas importan, lo que se escribe y lo que queda por fuera, no dicho. Todo esto es capaz de inspirarme a la hora de escribir, como si fuera un intento de poner en palabras algo que justamente se escapa, que es inefable: lo indecible. Es ahí donde encuentro a la poesía. Sea que esté escribiendo narrativa o poemas en verso siempre apunto a la poesía. Algo que me impacta en el cuerpo y que puede provenir del exterior o del interior, no presto demasiada atención al “de dónde”, porque en tanto me atraviesa, me apasiona y me asombra también me impulsa a hacer: a escribir esa experiencia o percepción concreta para guardarla de alguna manera, para que no se pierda en ese pasaje o aparición efímera. Porque al fin y al cabo lo efímero y mortal es uno.

En uno de los poemas (quizás mi preferido) de mi primer libro a editarse “La piel de la oruga”, a partir de una imagen (un paraguas roto que los autos pasaban por encima en la avenida frente al instituto de oncología “Ángel Roffo” donde yo hacía una rotación de mi Residencia en ese entonces) se dispara el recuerdo de una escena amorosa donde el mar es lo imposible (o más bien representa lo imposible de un amor) y en tanto tal se representa ahí en la calle y duele con la misma intensidad. Se vuelve actual, eso está ahí y opera una sustitución donde el paraguas es el ave que remite al mar (y de golpe estoy en la playa) y a su vez el mar remite a eso imposible. Vela lo que está detrás del mismo mar en la escena original: lo real que se revela al final del poema.



Yo dije el mar

Una vez yo dije el mar
y estábamos desnudos
vos y yo
como dentro de una caja de zapatos
con algunos orificios
para el aire

lo recordé ayer
al bajar del colectivo
que me deja justo
frente al hospital
del cáncer

esperando un cambio de luz
para cruzar la calle
vi la playa
tan vacía como antes
esa tarde
bajo el peso de tu cuerpo

un paraguas destrozado
como un ave marina
que deja sobre la arena una huella
a la par que la borra

mientras la piel
pegada a los huesos
varillas de metal que sostienen
la lluvia, se agujerea como tela
del color de la carne de un molusco

ahí estaba
un paraguas caído
cadáver de alas abiertas
en medio de la calle el dolor
de inventar otra vez
el recuerdo del mar

yo dije el mar
como podría haber dicho
la cama
con las sábanas revueltas
como espuma.

Cuando era muy chica solía decir bromeando frente a mi necesidad de escribir a diario que podía inspirarme en una pelusa sobre el suelo. Quiero decir que cualquier cosa puede llegar a inspirarme, no es algo que elija de antemano o me proponga, simplemente pasa. Es como un rayo que te golpea y por un momento te ilumina, así lo siento. Un antes y un después. Entonces me puede pasar en cualquier parte, y cuando me pasa quizás no puedo ponerme a escribir en ese momento y trato de recordarlo mentalmente o anotarlo en donde pueda (aunque a veces no hace falta porque insiste) para después sentarme en mi computadora a darle forma a eso que me persigue, me embruja o me obsesiona (me gusta el término “haunt” en inglés para describirlo). Esto puede ser una escena, una imagen, un diálogo, un recuerdo, un sueño, una película, una sesión con un paciente, una conversación con alguien, un hecho aparentemente trivial, una lectura, y miles de etcéteras. Algunas veces investigo, porque está en mi esencia investigar o estudiar sobre cualquier tema que me interesa o me genera curiosidad. Siempre fui extremadamente curiosa frente al cosmos y todo lo que me genera asombro, es mi disparador para escribir.

En este fragmento de mi primera novela aún inédita me refiero a una escena infantil que me marca profundamente. Aparecen en escena Eros y Tánatos:


Ocho años. Cinco niños reunidos alrededor de una gran pecera de cristal. En su interior pequeñas piedras de río. Dos dedos de agua. Excrementos en una esquina. Una rana macho de vientre abultado espera la nada absoluta. Esparce su celo en los confines de un territorio limitado. Nos acompaña una mujer adulta. Ella dice: ¿Quién quiere sentir el abrazo de la rana macho en celo? Los animales se aparean sin palabras. Nos gusta mucho observarlos. Esta rana no tiene compañera, está sola en su acuario.

Uno a uno pasan los niños a experimentar el abrazo masturbatorio de la rana. Es una especie de máquina que reacciona al tacto como se dispara un arma cuando se aprieta el gatillo.

Es mi turno. Sigo las instrucciones al pie de la letra. Estoy nerviosa. Siento temor, respeto por el imponente anfibio y su hambre. La mujer sostiene al macho por su lomo. Este abre las patas a una espera que ignora. Coloco mis dedos índice y medio contra el vientre de la rana. Los deslizo y presiono suavemente sobre su piel rugosa.

El anfibio cierra sus patas en torno a mis dedos. Los sujeta con violencia y sacia su apetito a medias sobre el artilugio humano. Me estrangula. La impresión húmeda permanece en la piel que recuerda. El agua deslizándose sin conciencia entre la barriga y los dedos. Los espasmos inútiles del animal. La dolorosa calentura de la rana macho que no encuentra desagote en una falsa cópula con una niña.

No lo soporto más. Siento una pena inmensa por ese animal húmedo y desesperado que me abraza sin consuelo. Pido que se detenga. Entonces ella lo suelta. Él me suelta. Siento el alivio de la presión que cesa. Siento la pena del animal que es uno en el mundo; nunca más dos, ni tres, ni cuatro, ni tampoco el futuro de su especie.


En otro poema de “La piel de la oruga” hablo de la agonía de una de mis polillas (Midori), una hembra que fue la madre de las generaciones posteriores de orugas que fui criando en mi Proyecto Lepidóptera. Mientras ella moría yo escribía el poema Psyché que remite a la transformación de lo vivo a muerto y de lo muerto a vivo, una energía que se renueva. El momento de escribirlo fue muy triste (como me sucedió con muchos de los poemas del libro) y también un modo de despedirla, de darle algún sentido a eso que me conmovía profundamente y a la vez darle trascendencia a ese ser tan pequeño e inmenso. Al día siguiente escribí Partir, un poema donde subjetivo la experiencia de haber escrito ese otro poema mientras ella moría:



Partir

A Midori, para su viaje

Anoche agonizabas, yo escribía
tus alas se rompían en su choque
abandonadas al ras del suelo

te escuché

¿cómo decir el ruido de las teclas
las palabras
que se abrían a los golpes
de mis dedos
como el masaje cardíaco
sobre un corazón seco?

te saqué del nido
temblabas
tus espasmos eran gritos
que caían, ya maduros
de las copas de los ceibos

te acaricié, así pequeña
frágil como espuma
pensando por qué
no habías querido partir
para ser libre

y me dolió
tu pata quebrada pegada al cuerpo
el rostro triste de un niño
que lleva un yeso en el que nadie
escribió su nombre

una mujer de ojos negros
ya no estaba
dibujada en tu lomo
te faltaban partes
como a mí
transparente y expuesto pude ver
lo que tenías dentro

te hablé
y en mi arrullo animal
fuiste cediendo, tus alas quietas
te dije "ya está, ya podés irte"
dejaste semillas por toda la casa

te quedaste así
como una efigie dorada
un tótem guerrero
que se rinde al fin
derrumbado por el peso
de la lucha y no supe
si era triunfo
o derrota

encontré esta mañana
tu máscara funeraria
donde yo te había dejado
para que duermas

ahora te escribo y no sé
cómo decir el ruido de mis dedos
que golpean las teclas, de tus alas
que golpean el cielo.







Pienso que en un poema se arma algún modo de ordenamiento del caos, y a veces en un conjunto de poemas se arma un libro. En mi caso siempre tiene algo de sanador escribir, alivia lo que me impacta o conmueve y me expone subjetivamente, me desnuda. Por otra parte al momento de sentarme a escribir me muevo entre el silencio y la música, respecto de ésta última suelo escuchar mucho a Chopin, a Satie, a Debussy, entre otrxs dependiendo del momento y el ánimo.

Cuando escribo siempre leo en voz alta, la voz para mí es fundamental. La voz toca el cuerpo, lo hace vibrar. Dice en tanto hay un sujeto que puede escuchar/leer eso. También la palabra, incluso cuando es leída en silencio, en soledad, suena con una voz en mi cabeza y me toca. Las sensaciones físicas pueden variar de acuerdo a lo que me genera determinado decir sobre algo, puede ser belleza, tristeza, alegría. En el fondo creo que siempre hay belleza, aún en lo más terrible. De eso se trata para mí. ¿Hay algo más terrible que la belleza? Considero que la escritura es erótica, siempre. Es algo muy personal y he intentado plasmarlo de varias maneras en mis poemas y también en mis novelas, pero es lo que yo siento y cómo la vivo.

Siempre me cuestiono acerca de la relación del cuerpo y el arte, porque para mí el cuerpo es inherente a toda experiencia estética. Separar mente y cuerpo me parece operativo para tratar de comprender ciertos aspectos de lo humano pero en el fondo ese dualismo es una mera abstracción y termina llevando a reduccionismos si se toma demasiado en serio. No alcanza con un conjunto de órganos para que exista un cuerpo. Mi acercamiento a estas temáticas se da fundamentalmente desde el psicoanálisis. Dice Lacan en la “Conferencia en Ginebra” (Intervenciones y textos II, Manantial, 1998): “El hombre piensa con ayuda de las palabras. Y es en el encuentro entre esas palabras y su cuerpo donde algo se esboza.” Me resulta muy interesante el libro de Alejandro Ariel “El estilo y el acto” (Manantial, 1994) para pensar estos entrecruzamientos respecto de diferentes disciplinas artísticas.

En este poema de un libro inédito anterior a “La piel de la oruga”, juego un poco con lo que la palabra hace al cuerpo. Aquí el valor del significante “piedra” que cobra materialidad y golpea en tanto es dicha, arrojada, puesta en circulación. El comienzo es en el cuerpo, no es sin él. Los sentidos se terminan confundiendo unos con otros, el adentro y el afuera, lo que está a la vista y el secreto. Hay un encuentro en el nacimiento del amor (un mito que se construye) y el poema es testimonio de ese encuentro pero también de su falla, de su imposibilidad. El poema mismo lo es.



Piedra

La primera piedra fue el mito
que urdimos entre los dos
para palpar tierra firme con los pies,
la arrojamos al aire sin mirar

se nos volaron todos los pájaros.

¿No es acaso un imposible
habitar la certidumbre
cuando las palmas se tocan
y los cuerpos se saben mortales?

Hubo un temblor entre las manos
un comienzo
en el lenguaje de las células del cuerpo.

¿Cómo ocultar a la vista
el indicio del fuego, ese extraño
mundo privado?

si me besaste
frente a todo el mundo
cuando nadie nos veía.



Melisa Mauriño


Nací un viernes 13 de diciembre en Morón (Pcia. de Buenos Aires) pero nunca viví ahí. Soy de Ramos Mejía y una parte de mi primera infancia transcurrió en la provincia de Córdoba. Soy Lic. en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Hice mi Residencia en Psicología clínica en el PRIM Hurlingham, con sede en el “Centro de Salud Dr. Ángel Bo” en William Morris donde actualmente soy Jefa de Residentes. Llevo mi práctica como psicoanalista también en el ámbito privado y vengo formándome y trabajando hace tiempo en psicooncología y psicoprofiláxis clínica y quirúrgica. Escribo poesía desde que tenía seis años. La escritura siempre fue algo vital para mí, al igual que la literatura. Después de un largo período sin poder escribir volví a mí misma con una serie de poemas que dieron vida a un libro precuela de mi primera novela (inédita) que escribí casi sin proponérmelo. Ese fue el puntapié inicial para los libros de poesía que vinieron después, empezando por “La piel de la oruga”. Este libro ganó el primer concurso de poesía de la editorial Viajero Insomne 2015 y será editado este año. Amo la naturaleza y a los animales con quienes suelo tener una conexión muy especial. Crío mariposas y polillas y vivo con mi gato Pelino (hasta hace poco vivía también con mi gata, Mainque, que falleció recientemente a causa de un tumor) Disfruto del arte en general. Entre mis hobbies están el canto y el ballet.

Poemas en otros Blogs:



No hay comentarios:

Publicar un comentario