EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 11 de julio de 2016

SELVA ALMADA




El procedimiento no es el mismo siempre, sino que cada relato, cada historia llega de maneras diversas. En el caso de Ladrilleros o de una novela que tengo empezada (aún sin título) el disparador fue una anécdota. De manera informal, en una sobremesa, en distintos lugares y fechas, dos personas contaron sus anécdotas: una que había sucedido en una ciudad del norte del litoral y otra, en las islas del Paraná, durante un día de pesca. Otros relatos empiezan a manifestarse a partir de una escena cotidiana o de una pequeña situación o de un personaje. El relato El miembro fantasma, por ejemplo, surgió de un cartel al costado de la ruta interbalnearia, en Uruguay, que me llamó la atención: Aquí se fabrican prótesis ortopédicas, un cartel enorme en el medio de la nada.
En general no investigo, alguna cosa muy puntual sí, cómo se llama una herramienta, por ejemplo. Para esta novela sin título vi algunos videos de pesca en youtube y también el programa Monstruos de río, de Discovery. Por supuesto siempre hablando de la ficción. Para Chicas muertas , hice un trabajo de campo, pero es un libro de crónica.
No escucho música casi nunca, mucho menos cuando escribo. Pero es verdad que en algunos relatos me han acompañado algunas películas que vi alguna vez. No vuelvo a verlas, pero ese recuerdo de alguna manera acompaña el proceso de escritura y siento que echa luz sobre algunas partes del texto. En Ladrilleros estuvieron siempre muy presentes Bella tarea, de Claire Denis; y Nazareno Cruz y el lobo, de mi amado Favio. Cuando escribí Chicas muertas, fui varias veces a A sangre fría, de Capote.

Cuando estoy empezando a escribir algo nuevo es de mucha emoción, de cierto vahído, algo que siento en el estómago, emoción, melancolía, algo parecido a cuando conocemos a alguien y nos parece que podemos enamorarnos de esa persona. Después, una vez que encontré la voz de ese relato, es una sensación más distante, de bastante interrupción, no puedo estar sentada muchas horas, me aburro, busco hacer cosas que odio como ponerme a limpiar la casa. La relación se torna un poco hosca, aunque también me divierto mucho. Es como estar contenta y no aguantar esa alegría, no sé, es raro.
A veces pienso en esa relación cuerpo/arte… no sé qué pienso, supongo que cómo hacer para pasar más tiempo en la silla escribiendo. O pienso que tal vez si saliera a caminar, si hiciera ejercicio, se me ocurrirían cosas fabulosas… pero después no lo intento, soy muy perezosa. Hace un tiempo me compré De qué hablamos cuando hablamos de correr, de Murakami, creo que para ver si me contagiaba un poco el gusto por el ejercicio. Pero me aburrió y lo dejé. No puedo citarlo porque no sé por dónde anda y de todos modos no me resultó inspirador.


Fragmento de Ladrilleros (Mardulce editora, 2013)

     “La bota bordada con lentejuelas y plumas de faisán vuela por el aire. El cielo de blanco se ha puesto azul. Pero azul, azul como en las postales. La bota gira largando destellos y en una de las vueltas se transforma en una culebra que también da giros, ondula en ese día luminoso, según el movimiento enseña el lomo verde o la panza blanca. ¿Está muerta? Le parece escuchar el siseo de la bicha que sigue coleteando y no aterriza nunca. Corre atrás, como un chico persiguiendo la cola de un barrilete, corre entre los pastos de la laguna agarrándose el costado para que no se le salgan las tripas. Quiere ver adónde cae, si está viva. En eso le llega el ruido del agua. Las brazadas de Tamai en la laguna, sus chapoteos juguetones y la invitación.
    -¡Vení! Dale que está de linda.
     Pero no pierde de vista la culebra que empieza a perder altura y cae entre los pastizales. Corre más rápido hasta allí. Piensa en agarrarla y revoleársela a Tamai, pegarle un cagazo, reírse un poco.
     -¡Chaque la culebra!
     Y cuando por fin llega, en vez de la bicha, allí entre los pastos, hay un acordeón, desplegado, como si también el instrumento quisiera huir de él. Las teclas de nácar espejean al sol y cuando se inclina un poco para agarrarlo, le agarra el mareo y cae redondo entre los yuyos.
     Parpadea. El cielo azul. En la postal se mete un biguá que viene volando. Volando y chillando biguáaa, biguáaa y el chillido del pájaro se pega al chillido del acordeón guá-guá-guaguaguaguá.
     Se apoya en un codo para incorporarse a medias.
     Tamai en cueros, parado en una pata como una garza, está tocando el instrumento, lo tiene un poco en el aire y otro poco apoyado sobre el muslo levantado, y mueve los hombros y la cabeza acompañando el compás de un chamamé. Del cabello le chorrea agua y está sonriendo.
     -No sabía que tocás-, le dice el Pájaro en voz bien alta para hacerse oír por encima de la música.
   -Hay muchas cosas que no sabés. Tamai es un bicho escondedor-, le dice su padre guiñándole un ojo. Y enseguida levanta la cabeza, abre la boca y empieza a salir el sapucai mismo de la entraña.”


Selva Almada


Nací en Entre Ríos, en 1973. Me gusta decir así: Entre Ríos y no un sitio en particular, porque su nombre es hermoso y tiene el rumor del agua. Empecé a escribir a los 20 años y a publicar a los 30. Mi maestro es Alberto Laiseca, tengo una relación entrañable con él, nos queremos mucho y ese amor se ha mantenido a lo largo de los años. Escribí algunos poemas que se publicaron en un libro que se llama Mal de muñecas, pero no soy buena poeta, creo que escribir poesía es dificilísimo y que son muy, muy pocos los que lo logran. También pienso que si hubiera nacido en un pueblo con río sí hubiese sido poeta, pero vaya a saber. Escribí una buena cantidad de relatos que se publicaron en Una chica de provincia y en El desapego es una manera de querernos. Dos novelas: El viento que arrasa y Ladrilleros. Y una crónica, Chicas muertas.




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