EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

jueves, 25 de agosto de 2016

AIXA RAVA




La verdad es que soy mucho más consciente de los procedimientos de corrección posteriores a la escritura de un texto (ya sea poesía o narrativa) que del procedimiento de escritura en sí. Aunque si se trata de ser específico puedo decir que el acto de escritura para mí se inicia por lo general a partir de una imagen, que puede ser interna o externa, de una situación (observada o vivida) y de lecturas previas (casi inmediatamente anteriores a que me ponga a escribir, hay escritores que generan ese arrojo maravilloso) siempre que me encuentre en un estado de ánimo particular. Si el estado anímico, que no necesariamente tiene que ver con estar feliz o triste, sino dispuesto a percibir y recibir ese algo para transformarlo en palabras, no me acompaña, pues me resulta muy difícil escribir. Cuando la imagen, la idea, el verso se generan, entonces todo ocurre en un estado de ensimismamiento y abstracción absolutos, olvido dónde estoy, día y hora, sólo mi libreta, mi lapicera (o computadora) y yo existimos, y entonces escribo, tacho, reescribo, dejo espacios en blanco para completar después, separo con barras diferentes opciones léxicas, coloco asteriscos tras asteriscos, tras flechas y todo tipo de llamadas porque voy escribiendo como me sale, sobre todo cuando escribo poesía. Queda lo que llamo “el esqueleto” del poema, o la superestructura, con algún que otro detalle definitivo, porque después de este primer encuentro, siempre releo, rescribo y corrijo para llegar a la versión final, al cuerpo entero.

Desde chica, la relación que establecí con mi cuerpo fue siempre conflictiva. Por empezar, quería tener alas y volar, acción que intenté una y otra vez durante años con los resultados más desalentadores, por supuesto. Un hecho particular que me tocó vivir hizo que me alejara de mi propio cuerpo durante mucho tiempo, que habitara sólo en mi mente y, como única opción posible, mi cuerpo pasó a habitar la poesía. Me costó darme cuenta y ayudó la mirada de otros en esto, pero mi poesía tiene mucho cuerpo, allí me dejo ser, me permito estar completamente implicada en lo que escribo. En la vida me cuesta más, pero con seguridad que le pongo el cuerpo a la poesía, y cuando escribo, aunque todo ocurra más en la cabeza que en el cuerpo, hay sensaciones, recuerdos, experiencias que resucitan: aromas que nuevamente circulan como si allí estuvieran, texturas que recorren otra vez mis dedos, pieles, pelos, la corteza rugosa de un árbol… Escribo como dijera Cixous en La llegada a la escritura: “…para tocar letras, labios, soplo, para acariciar la lengua, lamer con el alma, saborear la sangre del cuerpo amado; para saturar de deseo la distancia…”. 


Poemas de Barda (Buenos Aires Poetry, 2014)


Tierra del fuego

La luz rodea el verano en el recuerdo,
aquí la sombra deambula con los niños;
entre turberas y fiordos, los glaciares
hacen que el hielo se vuelva un enemigo.

En esta isla, la sangre se congela,
la piel se raja, la voz se hace chillido;
y hasta las bestias, las plantas, los caminos
creen que la nieve es ajena al paraíso.

Y es que no hay cardos, sudor, no hay regocijo
de tambos, de granjas ni de silos;
y si hay un sol, un día, una tarde,
se esconde junto al hierro sin aviso.

Jugar es cosa de adentro, no de plaza,
y a nadie se le antoja el infinito,
que está en el mar, en el nombre, en la bahía,
en todo el viento, y también, en todo el frío.

En un domingo de bosque y costa espesa,
la libertad una rama de lenga 
quiebra
con la ilusión de salir y no encontrarse
con el blanco, el gris y la tristeza.

La isla para el niño es una cárcel
con gaviotas, nutrias y orcas muertas, 
un exilio, un castigo, una venganza,
que en el sur de estos pies dejó su huella.



En constante retorno


Vuelvo a los sueños eternos de los veranos,
al cálido roce de las colchas rojas
sobre el piso helado.
Vuelvo a tomar la leche de las botellas,
a comer masitas de latas negras.
Entre la lluvia nadan unas memorias
y en una gota cabe todo el universo,
en una gota que me trago,
cuando cierro los ojos y adormezco el pecho.

Las baldosas bajo mis pies diminutos
son rojas —mis zapatos, negros.
A veces no sé si es cierto lo que veo,
las imágenes se funden con los hechos.
Sólo sé que vuelvo como un pájaro,
me extravío en los silencios.
Vuelvo al centro de la ausencia
y me construyo con ecos.



Horizonte

Bicicleta y pedaleo
veo pasar la piedra
toda cortada en figuritas,
veo el cemento y las baldosas,
la tierra bajo mis ruedas
de triciclo
pedaleo
y me alejo porque no quiero
pero quiero
llegar al campo, rascar el cielo.
Perderme
entre los maíces 
que grises se van poniendo
y entre semillas 
y tallos —tumbas, 
trigo, puentes, bayos
punzar el horizonte
muy lejos
muy alto
y en un punto 
desbordado    nubloso    extremo
quedarme porque me siento
muy afuera 
y muy adentro.



Estarse vacía

Se me van los recuerdos de ese suelo
y con ellos
un poco me voy,
un poco me pierdo.
Y quizás
yo tampoco quiero
perderme de a poco en este tiempo.

Primero fueron los olores.
Aquel perfume dulce y viejo
que moraba en un tapón 
de frasco sin cuerpo.
El olor de la tierra y de los troncos,
de las flores del jardín de casa, 
el olor de mi cuarto, de mi cama.
No hay olores de toda esa pequeña infancia.

Tampoco junto las piezas del barrio donde vivía,
el dóberman de la vuelta, los gatos de la vecina.
Había extremos y aridez en las aristas
tierra y cemento helado, ñires
barbados, lejos,
y mucha sal en el viento —ese sabor sí que había.

Se me van los recuerdos, 
qué ironía,
tanto quise que se fueran
y hoy me extraña
como si pesara la ausencia
este estarse vacía.

Con la barcaza se aleja,
mi niñez de isla.



Barda

No escucho más que la voz
del viento,
la veo quebrar
instantes como frutos secos.
El valle —un infierno verde—
nos hunde en este desierto 
y son dos
los cauces que irrigan tu perfil bermejo.

Yo corrí esa piel muchas veces,
me enredé entre alpatacos
y le di mi carne a las espinas.
Pisé —y resbalé
tus piedras sueltas
y el hueso de algún cocodrilo
enraizado en tu vientre.
Desde el mirador, junto al canal de la ciudad
y la avenida, vi extenderse el campo de golf 
—otra conquista
sobre tu parte dormida.
Me sentí libre en tus venas
—creo que también me sentí presa
y me fui antes de morderte más las uñas,
un intento voraz 
de escaparle a la locura.



Poemas de La luz no se corta como el papel (Ediciones con doble zeta, 2016)


Estancia

Mi casa es otro cuerpo
y yo aprendo de su respiración
de su descanso, de su trabajo
mientras la habito.
El ruido de los órganos que se acomodan
el pitido del lavarropas, la cortina 
golpeando el marco de aluminio,
el hielo de la heladera 
y su crack —mi casa tiene ritmo. 

Funciona mecánicamente en paralelo 
a las corridas tempestuosas sobre la escalera,
a las bisagras y los golpes de la madera, 
la urgencia del baño y el llamado
del horno y la comida. 
Encastra 
su engranaje a nuestra estancia 
al flujo constante de vida, mirá
cómo se agita cuando abrimos la ventana
y entran con el viento 
revoltijos de hojas; así
dejémosla ligeramente abierta
por unas horas, todo cuerpo 
precisa del reposo.



Símil


A la cucaracha no le importa mi escritorio
tampoco le importa mi cocina, la mesa
que siempre dejamos limpia,
tu mochila erecta desde las baldosas,
las macetas, los fanales, 
las patas raquíticas del perchero.
No sabe de reglas, esa asquerosa
y se come sin distinción todas las migas
las cenizas de las flores y los libros 
que van copando nuestra casa.
Esta mañana la encontré 
complacida sobre los panes y le emboqué un revés 
de esos que no me salen todos los días. 
Pero sigue
aletarga el paso mientras pierde alguna parte. 
Yo la observo, percibo
cuán parecida es a la dueña de este edificio
tostada de un brillo inmundo, huidiza,
guardiana sólo de lo propio 
y hasta ahí.
Mi abuela dice que la muerte 
no se le desea a nadie 
—yo no aprendí 
todavía 
a controlar mis movimientos afectivos.



Nieve


La última vez que toqué la nieve
mis manos recibieron las partículas
minúsculas de aquella otra
que alguna vez odié.
Una bola de nieve es como una bola de cristal:
puedo ver a través las calles blancas
las piernas enterradas hasta la rodilla
los techos cubiertos, las ramas vencidas
las huellas cimbreantes, barrosas
de los autos y camiones.
Puedo ver también las tardes 
de juego en casa: 
la danza en el living
el montaje en la escalera
mamá que teje y toma mates y nos mira.
Una soledad plomiza entra por las ventanas,
papá está lejos, en el campo 
imprime sobre esta misma nieve 
la rúbrica de sus borcegos.
La nutria que cuidamos está en mis brazos,
caliente el cuerpo se hincha y retorna, 
nos mira hasta que se duerme y la nevisca
se funde con las voces de Sui Generis.
Mis manos aclimatadas se acoplan al fuelle,
la última vez que toqué la nieve
eché en falta ese pelaje denso 
por sentirlo otra vez dejé
que me quemara el frío.



En dosis pequeñas


Empezar así a desaparecer.
Una complicación que se disgrega
por la fascia, invisible y silenciosa,
motivos que sobran, ideas
que se aniquilan unas a otras.
Empezar así a desaparecer: 
vómitos como granos de café
heces con aspecto alquitranado
sudor excesivo —inflamación
de todas las partes del cuerpo.
Los síntomas están, son todos
de la misma enfermedad.
Empezar así a desaparecer,
en dosis pequeñas de dos por día,
después de cuatro
de seis
de ocho
de diez.
La tolerancia se adquiere tarde
como la sabiduría.


Aixa Rava


Soy Aixa Rava, fueguina de nacimiento, neuquina por elección, clase 82. Estudié Letras en la Universidad Nacional del Comahue con el afán de dedicarme a la investigación dentro de la academia —afán que afortunadamente se me pasó— y Enseñanza de Español como Lengua Extranjera y Bellas Artes en la Universidad Nacional de Rosario. A los 12 años decidí que lo que quería hacer por el resto de mi vida era leer y escribir, pero me llevó tiempo encontrar el trabajo que me diera de comer y en el que tuviera que usar sólo estas dos habilidades. Lo encontré en la corrección y desde hace 8 años me dedico a esto de manera independiente, trabajo para agencias de traducción, editoriales y doy talleres de escritura creativa. Publiqué mi primer poemario, Barda, en el 2014 por Buenos Aires Poetry, y el segundo, La luz no se corta como el papel, este año, por Ediciones con doble zeta. 



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